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“Las inseparables”, de Simone de Beauvoir

Este fin de semana me topé con una pequeña joya :”Las inseparables”, de Simone de Beauvoir, un texto cortito, lo justo -155 páginas incluyendo epílogo, escrito por su hija, y documentos iconográficos: fotografías y correspondencia -, inédito hasta ahora. Fue Sylvie Le Bone de Beauvoir, la hija de la pensadora francesa, quien decidió sacarlo de su ostracismo.

Simone de Beauvoir es uno de esos personajes que todo mundo creemos conocer, aunque sea incierto. Su vida, llena de clichés -que sí Sartre, que si el sexo, que si el feminismo-, fue fascinante y dejó una huella indeleble en el pensamiento del siglo pasado. Escribió ensayo, textos de corte autobiográfico, y novela: “El segundo sexo”, “Memorias de una joven formal”, y “Los mandarines” son solo un ejemplo de cada género.

Clasificada por la propia autora dentro del género de la ficción, todo alrededor del libro te hace pensar que “Las inseparables” es un texto autobiográfico: la fotografía de la portada, la dedicatoria, no solo el “Para Zaza”, sino el texto de la misma; más fotografías; cartas entre Simone y Zaza, que concuerdan con lo narrado en el texto; en fin, todo indica que Simone volcó en el texto no solo sus sentimientos, sino hechos que realmente acontecieron.

Simone no quiso publicar en vida el texto. En sus memorias, publicadas en los 60´s, dejó entrever que lo había escrito pero que no lo publicaría. No quiero especular sobre sus razones; de Beauvoir no actuaba, no se contenía, presionada por la opinión pública, y mucho menos, pienso, intimidada porque le apeteciera decirle a una niña “las cosas que solo se dice en los libros”.

“Las inseparables” es narrada en primera persona y arranca el primer día del curso, por Sylvie, de nueve años, una niña muy formalita, la mejor de la clase, cuando conoce a Andrée, una niña con “personalidad”, que admiraba a “Don Quijote y a Cyrano de Bergerac como si hubieran existido en carne y hueso” y que se distinguía por su comportamiento descarado y sus “opiniones subversivas”.

Texto de iniciación, de desarrollo vital, de primeros amores y besos, de confusión en los sentimientos y sensaciones, de desarrollo y crecimiento; Sylvia y Andrée viven en entornos dispares, observan sus convicciones religiosas de manera distinta, afrontan las convenciones familiares y sociales juntas, pero con resultados desiguales, y la forma en que sienten, viven y perciben su amistad, es tan divergente como desigual.

“Las inseparables” es la historia de la gran amistad entre dos niñas que transitan hacia la vida adulta, con una Sylvia despojándose de todas las cadenas que le intenta imponer la sociedad, mientras que Andrée se mantiene apresada en un entorno familiar donde impera el fanatismo religioso y los códigos sociales, con su vida futura decretada, y dirigida hacia el matrimonio y la familia.

Con un final trágico y doloroso, “Las inseparables” es una historia escrita con sensibilidad, ingenuidad y veneración, pero también con pasión, con un arrebato juvenil que no trasgrede, no incomoda, no escandaliza, pero que conmueve, enternece, emociona. Escrita en 1954 no envejece, porque a pesar de las décadas transcurridas, las mujeres continúan pagando un alto precio por su libertad. Se las sugiero.

“Linchamientos digitales”, de Ana María Olabuenaga

“Quien con monstruos lucha, cuide a su vez de no convertirse en un monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también estás mirando dentro de ti”.

Nietzsche

Quizá no es este el foro indicado para hablar sobre el texto de Ana María, por lo que les solicito de antemano su indulgencia por mi temeridad e imprudencia. Considerado como ensayo de corte académico, a mí me pareció una crónica muy bien documentada sobre los “Linchamientos digitales” que sufrieron personas como Tiziana Cantone, Armando Vega Gil, Nicolás Alvarado y Marcelino Perelló.

Como usuarios de las redes sociales el tema nos incumbe. Los que por aquí andamos desde hace tiempo, hemos sido víctimas, victimarios o testigos indiferentes de esas ejecuciones extra judiciales, en donde un grupo de usuarios, principalmente anónimos, se unen, de manera espontánea o premeditada, para “hacer justicia” desde su teclado, sobre un presunto culpable de infligir con alguna norma, estatuto, código o ley, casi siempre, no escrita.

Ana María Olabuenaga es una publicista, editorialista y emprendedora ampliamente conocida y reconocida en los medios de comunicación. “Linchamientos digitales” es un libro que desborda conocimiento, pero a la vez, valentía, porque la autora comprende, sin duda, que en este nuevo mundo de lo digital, hay cosas que ya no se pueden ni deben decir, sin correr el riesgo de convertirse en víctima de lo narrado.

Con una prosa precisa y clara, más periodística que académica, el libro se lee fácil, aunque lo que lees, no lo es. “Linchamientos digitales” duele y preocupa, pues como menciona Olabuenaga, en las redes sociales no existe un pacto de civilidad, y cualquier traspiés, te puede retorcer la vida entera.

Tiziana y Armando se quitaron la vida; Nicolás, trata de reconstruirla; Perelló la perdió a los cuatro meses de su linchamiento. Pero como estas cuatro víctimas de esa especie de tribunal digital, integrado por una turba de criaturas que, indignadas, se “asumen como virtuosas cuya obligación es mostrar el camino a los espurios, perdidos, traidores, enemigos e infieles”, sabemos existen muchas más: es muy diligente ese juzgado cibernético.

Desde la elección que ganó Trump, hemos leído sobre cómo circula y se retroalimenta el odio en las redes sociales. Los algoritmos que utilizan para decidir que nos dejan, o no, ver en nuestros muros o pizarrones digitales, no son aún tan inteligentes como para impedir la circulación de estos discursos llenos de odio, rencor, aversión, rabia, indignación, desprecio, fobia.

Nos cuenta Ana María que ya en 1896, el doctor Gustave Le Bone denominó a la masa que lincha como “la multitud criminal”, la irritable, la irracional, la crédula, la sugestionable, la impulsiva; los “residuos atávicos de los instintos primitivos de la masa”, que lincha sin culpa, y mucho menos, con miedo al castigo, pues se sienten impunes, protegidos por la masa.

Las palabras, material que utiliza la Nobel Louise Glück para escribir su maravillosa poesía, también se usan para lacerar, dañar, herir, mutilar. El lenguaje empleado como armamento para asesinar socialmente, para borrar de la faz de la tierra al adversario, al equivocado, al errado, al desviado de la ruta correcta, al que patina, al que desbarra, sin necesidad de empuñar ni disparar un arma; esas palabras, sin duda, matan.

Les recomiendo ampliamente “Linchamientos digitales”, un libro que igual que te fascina, te aterra. Basta con recordar a Armando Vega Gil, que quebrado por el linchamiento al que era sujeto, escribió: “Sé que en redes no tengo manera de abogar por mí, cualquier cosa que diga será usada en mi contra… mi vida está detenida… no hay salida”, seguidamente, se colgó de un árbol frente a su casa.

“Un caballero en Moscú”, de Amor Towles

Lectura sosegada y tranquilizante. Sin duda, de vez en cuando se agradece encontrarte con un libro como el de Amor Towles, que llegó gracias a la recomendación de un buen compañero de aventuras triatletas, Esteban De la Garza. No conocía nada de Towles, salvo la recomendaciones de De la Garza y de Bill Gates, aunque la de Gates no fue la que me impulsó a comprarlo.

Amor Towles, graduado de Yale en Letras, laboró en el mundo de las finanzas. Su primera novela se titula “Normas de cortesía” y logró una buena recepción . “Un caballero en Moscú” es su segunda novela, y alcanzó tal éxito, que abandonó su trabajo en los despachos financieros de Manhattan para dedicarse exclusivamente a la literatura.

La novela inicia en 1922, cuando triunfa la revolución Bolchevique. Ubicada en Moscú, narra la historia del Conde Aleksandr Ilich Rostov, quien es condenado a permanecer en arresto domiciliario en las instalaciones del lujoso, burgués y monumental Hotel Metropol, donde llevaba cuatro años viviendo como un epicúreo y apreciado huésped.

Reconocido como escritor en sus años mozos, se salvó de una condena más severa por escribir un poema, que considerado subversivo en los años previos a la sublevación, era altamente valorado por los líderes revolucionarios, por lo que a pesar de sus orígenes aristocráticos, le permutaron la condena de muerte por el confinamiento en tan monumental e insigne alojamiento.

Encantador, elegante, flemático; lector de altos vuelos: profundo conocedor de la obra de Tostoi y de Chéjov, sin dejar de leer a Montaigne; culto, refinado, prudente. En sus treinta, el Conde Rostov pasa sus siguientes 30 años, recluido en los amplios y agradables espacios del hotel, departiendo, conviviendo, incluso, trabajando, siempre relacionándose con una variada comunidad tan heterogénea, como las que concurren en lugares como el Metropol.

Más allá de los límites del Metropol, Rusia y el mundo sufren grandes transformaciones, sin que los acontecimientos alteren significativamente la rutina en la vida de nuestro entrañable personaje, que con una envidiable entereza y su filosofía de vida, producto de su educación, lecturas y manera de verla y vivirla, se ajusta a ellos, sin que logren trastocarla gravemente.

Contada por un detallista narrador omnisciente, de aguda mirada, que no deja pasar oportunidad para resaltar la serie de cualidades, reflexiones, recuerdos y valores que guían y soporta el caballeroso comportamiento de nuestro admirado Conde, que además, con sus acciones y actitudes, termina de definir a un personaje envidiable – a mi me gustaría ser como él-, curiosamente, a un prisionero afortunado, que no hizo de su suerte, motivo de lamento ni de insatisfacción.

Novela extensa, de 500 páginas que se van gozando lentamente, como corresponde hacerlo con esta clase de historias: sin prisas, sin agobios, reposando y disfrutando las anécdotas, aventuras, por que sí, aún enclaustrado, se viven. Historia de personajes cálidos y entrañables; pletórica de metáforas y reflexiones, irónica y nostálgica, tierna y romántica, narrada con detalle y precisión, pero a la que no le sobra ni una sola palabra.

Filosofía, historia, arte -literatura, música, plástica- , amistad, lealtad, paternidad son los temas que, reunidos, tratados y narrados magistralmente por Towles, se convierten en literatura de la buena. “Un caballero en Moscú” ha sido una agradable y deliciosa lectura, con un final que te dejará feliz, sosegado y reconfortado. Solo me queda recomendar su lectura. Esteban, gracias por la recomendación. Y ustedes, no dejen de leerla, no se arrepentirán.

“Fred Cabeza de Vaca”, de Vicente Luis Mora

Los lectores estarán de acuerdo conmigo que, descubrir un nuevo autor, cuya literatura nos seduzca, nos cautive, nos entusiasme, nos encandile y nos conquiste, resulta un verdadero placer, porque, entre muchas razones, representa una promesa, la esperanza de que habrá más lecturas fascinantes en el futuro.

Vicente Luis Mora (1970-) es español, abogado y poeta. También escribe novela y ensayo. Ejerce la crítica literaria en varias revistas y suplementos culturales, y mantiene un Blog literario -Diario de lecturas- desde el 2008, una iniciativa planteada en su momento como parte de un proyecto de ampliación de las fronteras literarias a nuevas instancias posibilitadas por las nuevas tecnologías.

“Fred Cabeza de Vaca” (2017) es su más reciente novela, que esperamos no la última, y cuenta.. cuenta entre muchas cosas, ese es su atractivo, sobre Natalia Santiago Fermi, una bien intencionada académica, que se propone escribir una biografía sobre “el artista español más universal desde Picasso: Fred Cabeza de Vaca”.

Pero, ¿Quién es Fred? No, no tiene nada que ver con el conquistador. La novela nos plantea desde el inicio que Fred es uno de los mayores artistas que ha dado el mundo en el siglo XXI. Natalia nos cuenta que “A pesar de los numerosos testimonios disponibles sobre FCV, y de los profusos escándalos que llenaron portadas y publicaciones…..fue un perfecto desconocido”. De ahí su proyecto: dar a conocer al verdadero Cabeza de Vaca, el que escondió su personalidad tras su obra (Santiago dixit).

Escrita como una especie de rompecabezas, donde las piezas son fragmentos de textos de diversos orígenes: apuntes para memorias, el diario del propio FCV, esquejes y comentarios de Natalia, artículos de críticos, conversaciones con una tal Francis Eckerman, mensajes y archivos electrónicos, textos encontrados en el basurero del artista, memorandos de su consejero legal, recortes y entrevistas de prensa, conversaciones grabadas, mensajes a manera de post-it encontrados en casa de una de sus amantes.

Múltiples son las fuentes que el creador -¿o la biógrafa?-, utiliza para ofrecernos un retrato “realista” de Fred Cabeza de Vaca, que va revelándose como un ser inteligente, pensador interesante, crítico de arte, curador museístico, cocinero de altos vuelos; un artista provocador, obsesionado con la basura y su reciclaje; seductor, mantenido, egoísta, manipulador, arribista, misógino (a sus amantes las numera: la 1, la 70, la 54): un personaje tan deslumbrante como repugnante, atiborrado de excesos y contradicciones.

Conforme avanza la novela, Natalia, que conoció y simpatizó -en una biografía no autorizada de FCV se le citaba como “su crítica de guardia”- con Fred, empieza a -¿dudar?- reflexionar sobre el Fred que se le manifiesta a medida de que arma el rompecabezas. Y como quién busca, encuentra, Natalia se tropieza con un trol virulento cuyas acciones la dejan descolocada.

“Fred Cabeza de Vaca” me pareció una agradable sorpresa. La elección de Mora, utilizando cientos de textos fragmentados, era una propuesta arriesgada, solventada magistralmente, porque créanmelo, muchos de esos pedazos son, por si mismos, una lectura atractiva; leídos en conjunto, resulta fabuloso, adictivo -a ratos parece un thriller, a ratos relato de ciencia ficción -, y entretenido.

“Fred Cabeza de Vaca” es una ambiciosa, innovadora y maravillosa novela. Además de su valor literario, resalto como un plus esa mirada tan irónica como cínica del autor sobre el mundillo del arte del siglo XXI, ese que aquí en México, la crítica Avelina Lésper vitupera sin piedad como arte VIP (video, instalación, perfomance) contemporáneo.

Vicente Luis Mora además de gran escritor, nos resultó un profundo, imaginativo y crítico conocedor del arte contemporáneo. La recomiendo ampliamente.

“Por quién doblan las campanas”, de Ernest Hemingway

Hacía mucho tiempo que no me tomaba el debido para disfrutar una novela. “Por quién doblan las campanas” le leí en cortas sesiones de 100 páginas, no por su complejidad , que no la tiene, sino que, por el interés que me provocaba, acudía con frecuencia a otras lecturas sobre la guerra civil española.

Hay autores que no requieren de presentación, pues su popularidad traspasa los límites del universo literario. Ernest Hemingway (1899-1961) fue uno de ellos. Nobel de Literatura 1954, se creó un personaje que dejó huella en la imaginación popular y que aún perdura, como la demuestra el biopic cinematográfico “Hemingway y Gellhorn” protagonizado por Nicole Kidman y Clive Owen.

No tengo idea del porqué pensaba que había leído “Por quién doblan las campanas” en mi juventud, época en que leí “El viejo y el mar”, “París era una fiesta” y “Muerte en la tarde”, pero ventajas de tener catalogada tu biblioteca, me di cuenta que ni la había leído ni la tenía, y como leer a Hemingway es una fiesta, a la primera oportunidad, me enfiesté.

El episodio que se narra ocurre en 1936, cuando los republicanos planean lanzar una ofensiva contra las tropas franquistas asentadas en la ciudad de Segovia. Para evitar que los fascistas reciban apoyos por tierra, envían a un norteamericano experto en explosivos a volar un puente, con la instrucción que la voladura debe ocurrir exactamente minutos después de iniciada la ofensiva.

La novela transcurre durante los tres días que le toma a Roberto Jordán -el estadounidense- llegar a la zona, reunir y organizar a los guerrilleros republicanos dispersos en las montañas, que colaboraran con él, planear al detalle la explosión, enamorarse de María, reflexionar sobre su vida, la muerte, la familia, el carácter de los españoles, la guerra y su misión.

Leí una entrevista que le hicieron a Hemingway (George Plimpton, en “El oficio de escritor”, Ediciones Era, 1968) donde confesó que escribir esta gran novela sobre la guerra civil española le había representado “un problema con el que tuve que bregar cada día. En principio sabia lo que iba a suceder. Pero inventé cada día lo que iba sucediendo.”

La referencia es importante, porque una de las cosas que me sorprendieron de la lectura, fue la forma en que convirtió un historia que transcurrió en apenas 4 días, en una novela que, en mi edición, sobrepasa las 600 páginas. No es queja, al contrario: mantenerte adherido a una historia que avanza tan gradualmente, muestra la maestría del narrador que te la está contando.

Excepcional cuentista, cazador, boxeador, taurino, Hemingway aprovechó su experiencia como corresponsal de guerra, y testigo de primera mano de la conflagración española, para ofrecernos una visión -quizá sesgada- sobre las ideologías políticas, el fanatismo anti y religioso, y la lucha de clase que dividieron y enfrentaron a los españoles en una guerra fratricida que culminó en una larga dictadura.

Aunque pareciera que la novela es sobre la guerra, la temática la sobrepasa. “Por quién doblan las campañas” trata sobre el compañerismo, el compromiso, el sacrificio, la muerte, el suicidio, y la incertidumbre que viven los actores cuando reflexionan e intentan justificarse a la hora de matar a un paisano, a un vecino, solo por el hecho de militar en el bando contrario.

También vislumbras de refilón el ambiente político que se vivía en España, pletórico de intrigas, venganzas, traiciones y manipulaciones. Y si me lo permiten, ya poniéndome en un plan muy cursi, agregaría el amor a primera vista como parte de la temática, aunque me rechinaba un poco la relación entre Roberto y María.

“Por quién doblan las campanas” se convirtió en un gran éxito y acaparó críticas y elogios. A 80 años de su publicación conserva sus valores literarios; el paso del tiempo no parece haberlos disminuido. La recomiendo.

“Medio siglo con Borges”, de Mario Vargas Llosa

Se me dificulta mucho la lectura de la literatura de Jorge Luis Borges. Poco afecto a la fantasía y a la ciencia ficción, mediocre lector de poesía, leo sus cuentos más como actividad formativa, académica, con disciplina y concentración, intentando descifrar su magia, que por placer.

Pero mis penurias lectoras no interfieren en mi admiración por el escritor argentino. Por eso disfruto mucho leer sus ensayos, así como también a otros autores acerca de su obra, sus puntos de vista sobre la vida, la literatura y todos los temas que le interesaban.

A Mario Vargas Llosa lo leo desde la adolescencia. Tengo recuerdos imborrables y entrañables de cuando leí “La ciudad y los perros”, “Pantaleón y las visitadoras” y “La tía Julia y el escribidor”, las tres, antes de cumplir los veinte. También recuerdo haber leído en esos años los libros de cuentos de “Los jefes” y “Los cachorros”. Y desde entonces, hasta “Tiempos recios” lo he seguido y leído apasionadamente.

Vargas Llosa, al igual que Borges, es un excelso ensayista literario: “La orgía perpetua”, donde profundiza en la obra de Flaubert “Madame Bovary”; “La verdad de las mentiras”, una serie de reseñas y reflexiones sobre varias novelas”; su tesis doctoral, imposible de obtener, “García Márquez: historia de un deicidio”, un premonitorio y profundo ensayo sobre la obra del Nobel Colombiano, desde sus primeros cuentos hasta “Cien años de soledad” son textos valiosos y cautivadores.

Desconozco las razones editoriales que llevaron a Alfaguara a proponerle a Vargas Llosa la publicación de “Medio siglo con Borges”. Supongo que sus haters han de estar trinando por el atrevimiento de publicar en forma de libro una serie de textos que se consiguen fácilmente en Internet. Digo, pretextos les sobran para hacer patente su desacuerdo con las actividades políticas del peruano, sin que les importe expresarlos en foros literarios.

El título indica, y el autor menciona, que es una especie de celebración de los 50 años dedicados a la lectura de Borges. No sé que tan razonable sea el motivo, pero agradezco la publicación, consistente en una compilación de una decena de entrevistas, artículos y conferencias que ya habían aparecido por aquí y por acullá y que ahora las podemos leer o releer reunidas en un solo libro.

Se ha publicado tantos tomos con la obra de Borges, como acerca de ella, que pareciera abrumador seguir acumulando libros relativos al tema borgiano, cuantimás si son textos ya publicados, y algunos, como las entrevistas que presenta “Medio siglo con Borges”, ampliamente conocidos y comentados. Yo aprecié la lectura y la relectura, aprendiendo de ellas.

“Las ficciones de Borges”, quinto de los textos, escrito originalmente en 1987, donde Vargas homenajea sin ambages, amplia y sinceramente la trayectoria, la imaginación, la cultura, el talento de Borges, me pareció una joya, que que conmovió y a la vez me avergonzó por mis limitadas capacidades como lector, que siempre me han impedido deleitarme al máximo con Borges como lo hacen la enorme mayoría de sus lectores.

En los textos percibí admiración, curiosidad, un poco de rivalidad, una sana dosis de celos y envidia, pero de la buena. Dos entrevistas, la segunda de ella muy comentada por las referencias de Vargas Llosa a la sobriedad y modestia con que vive Jorge Luis Borges en Buenos Aires, y 8 textos más que giran desde la misma casa del escritor Argentino, hasta un libro de viajes escrito “como un hombre enamorado” -Vargas Llosa dixit- por Borges entre los 83 y 85, forman parte de este libro que se goza y se lee fácil.

“A propósito de nada”, de Woody Allen

Los lectores amamos las biografías y memorias, aunque pienso que tenemos especial predilección por las de los escritores, quizá, porque además de admirarlos, suponemos que poseen -pensando de una manera idealizada-, adicional a su mérito como testimonio histórico, de cierta belleza artística, de valor estético, de ciertos alcances literarios.

Woody Allen es un escritor de talento y con oficio -16 nominaciones al Oscar al mejor guión original-, además de un cineasta excepcional. De hecho, confiesa en las páginas finales de “A propósito de nada” que se considera fundamentalmente escritor, y aunque no sabe si volverá a filmar, sí, que continuará escribiendo: artículos, chistes, guiones, libros, aunque sean solo para él.

Reconozco que leí su libro principalmente porque lo admiro como cineasta, más que como escritor. De hecho, sus memorias es lo único que le he leído. Me encantan sus películas. Las veo, las reveo y vuelvo a verlas. Manhattan, Annie Hall, Interiores, La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas: Y las últimas: Medianoche en Paris, A Roma con amor, Blue Jasmine, Un día de lluvia en Nueva York… Caray, mientras las evoco, quiero volverlas a ver.

Las memorias de Allen no defraudaran a los amantes del cine. Escribe desde cuestiones técnicas -guión, fotografía, edición, casting, etc.- hasta anécdotas entretenidas y desconocidas sobre sus vivencias durante la producción de sus filmes. Por sus páginas pasan sus actrices consentidas, sus colaboradores preferidos, actores, escritores, productores, críticos, colegas, etc.

“A propósito de nada” me generó sentimientos encontrados, principalmente por que me resultó pesado y hasta chocante leer que Woody no considera alcanzar la altura de los grandes cineastas de la cinematografía mundial; vaya, ni en la estadounidense, eso y a pesar de sus 24 nominaciones al Oscar y los 4 alcanzados.

Además, el libro me decepcionó algo en mis expectativas literarias. Pensaba que un escritor como Allen, que ha publicado, mucho, y bien, nos presentaría un texto primorosamente escrito, pero pienso que erré, porque me pareció un texto embrollado, escrito a las carreras, quizá, como confiesa filmar: “con hábitos perezosos e indisciplinados”.

Pero no deja de ser un libro muy humano, un retrato sincero de un hombre de 84 años, que recuerda y admira de manera amena, entretenida, con altas dosis del sentido del humor muy a la Woody Allen a familiares, amigos, novias, amantes, colegas, neurosis y obsesiones.

“A propósito de nada” nos ofrece un amplio recorrido por el mundo cinematográfico, televisivo, teatral, musical y del Stand Up estadounidense, disciplinas artísticas en las que ha participado su autor durante su ya larga y exitosa trayectoria profesional. No será una obra de arte, pero es su lectura es agradable.

PD para los que desean comprar “A propósito de nada” por el morbo: sé que habrá muchas lectoras/lectores atraídas por las escabrosas revelaciones de los Farrow. Es válido y respetable.

Pero si suponen que Woody eligió utilizar “A propósito de nada” como una forma de expiación, purgación, o sacrificio; como una especie de ofrenda a los cazadores de brujas que han aparecido por doquier a partir del #MeToo, podrían equivocarse: Woody, sin tentarse el corazón ni la pluma, ajusta cuentas, y fuerte, con Mia Farrow.

Aunque tengo mi opinión, resulta irrelevante si le creo o no a Woody. Además, en estos enrevesados tiempos del #MeToo, poner en tela de juicio acusaciones como las que Mia Farrow y su propia hija, Dylan, han lanzado contra el autor de “A propósito de nada”, no es solo aventurado, sino desgraciadamente, políticamente incorrecto.

La justicia estadounidense no ha encontrado elementos para enjuiciar a Allen. Su obra como artista, ya ha sido y podrá seguir siendo juzgada. Es momento de separar la obra, de su creador; el texto, de quien lo escribe; su vida privada, de sus creaciones como escritor, dramaturgo, cineasta. Esto es, en mi opinión, lo más conveniente ahora y siempre, por qué ¿quién puede distinguir claramente lo que es real de lo que es puramente ficción, de los hechos que sucedieron de los que nunca ocurrieron?

“No contar todo”, de Emiliano Monge

He comentado que nada más alejado de mis ambiciones que ser considerado un crítico literario. No tengo la formación, ni el oficio ni la vocación para ejercer tal papel. Lo mío es la invitación a la lectura, el acercamiento al texto, la participación de sensaciones, sentimientos, reflexiones que me provocó la lectura.

Sin embargo, he leído lo suficiente para percibir, aunque no logre explicarlo, cuando un autor procura desviarse de las rutas habituales y conocidas en la literatura. Es encomiable que un escritor explore nuevos métodos, procedimientos, lenguajes.

Creo que Emiliano Monge, del que no había leído nada, lo intentó con extraordinarios resultados. “No contar todo” había generado ruido, comentarios y reseñas positivas, recomendaciones en las redes sociales, y, obviamente, me provocó leerlo. Además, trataba sobre uno de mis temas preferidos: el de la paternidad, muy entrañable para mí, huérfano de padre y de hijas ausentes.

“No contar todo” encaja en los géneros de la autoficción, o en la no ficción. Cuenta la historia de tres generaciones de Monge: el abuelo, Carlos Monge McKey, el padre Carlos Monge Sánchez y supongo, la del autor, Emiliano Monge. Una Saga de Monge a través del tiempo.

En teoría, el autor nos podría contar la historia en primera persona. Pero no, no le pareció adecuado usar un recurso tan trillado, por lo que ahí se torció el rabo el marrano, y explotó mi cerebro. No entendía quién era el narrador: ¿el padre, al contarle al hijo? ¿el propio autor, pero en tercera persona, como si Emiliano fuera un extraño? ¿el abuelo, a través de sus diarios? ¿Los tres?

Extravagantes tiempos verbales, artefactos literarios quizá novedosos, pero extraños a un lector como el que les escribe, me traían literalmente desequilibrado, subrayando, trazando líneas de tiempo y árboles genealógicos, y eso que apenas llevaba un poco menos de la mitad del libro.

Pero me armé de paciencia; estamos encerrados, pensé, en cuarentena, así que cálmate y no abandones la lectura, no eres Messi para andar de berrinchudo porque no se hacen las cosas como quieres, esperas y acostumbras. Respira hondo y continúa, no pueden estar equivocados tantos críticos que leíste en el lejano 2019, cuando éramos felices sin saberlo.

Quizá el que su abuelo haya fingido su muerte bajo la carga de unos cartuchos de dinamita, para huir lejos de la familia; o que también su padre los haya abandonado, al abuelo, abuela y tíos, para largarse a la sierra guerrerense y unirse al grupo guerrillero de Genaro Vázquez, para más tarde, casarse con su madre, y terminar también abandonándola junto a sus hijos, tentó a Emiliano Monge a hacérnosla difícil, en una especie de venganza ante tanto abandono, para probarnos, para medir nuestra lealtad a su literatura.

La paciencia rinde frutos. Para cuando Emiliano nos narra las historias sobre las infructuosas esperas del arribo de su padre en la sala de llegadas del aeropuerto Benito Juárez, ya estaba bien encarrilado en la novela.

A partir de ahí, dejé que la historia de los Monge fluyera, contara quién sea que la contara, que las locuras, las excentricidades, las rarezas e incongruencias del abuelo y del padre son entretenidas e históricas: el surgimiento del tráfico de drogas y de las guerrillas urbanas, dos épocas en la historia del siglo XX mexicano.

Ya no solté la novela. Caí rendido y asombrado ante la desmesura de las historias de los Monge. Verdaderas o falsas, las anécdotas que desmenuza el autor, las diferentes versiones/visiones de los Monge sobre sus vidas, los períodos y sucesos históricos que abarcan, las escapadas del trío Monge, las cadenas de mentiras con que las cubren y justifican, lograron que la lectura de “No contar todo” se convirtiera en una retadora, pero a la vez deslumbrante experiencia como lector.
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