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“El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, de Tatiana Tîbuleac

Inquietante a la vez que conmovedora, “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes”, la ópera prima de Tatiana Tîbuleac me agarró desprevenido por su explosivo, inaudito, poco convencional arranque, cuando Aleksy me da una violenta zarandeada al contarme que “Aquella mañana, en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás”.

“El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes” nos relata la metamorfosis que experimentó la relación entre Aleksy y su madre, enferma terminal de cáncer, durante unas vacaciones de verano, en un pequeño pueblo francés, a donde arriban a petición de la moribunda; ella, en busca, quizá, de una reconciliación, de la redención necesaria para partir en paz, mientras que él, sin conocer aún el estado de su madre, la acompaña lleno de rabia y rencor, pero amansado y seducido por un soborno materno: ayuda para falsificar los papeles necesarios para obtener un permiso de conducir.

Exitoso resultó el debut como novelista de Tatiana Tîbuleac (1978), nacida en Moldavia, periodista e hija de periodistas, novela precedida por un libro de relatos titulado “Fábulas modernas” y años de trabajo como reportera de una cadena televisiva en la antigua república soviética. “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes” ha recibido varios premios, ha sido traducida en variados idiomas y lo principal, ha sido acogida, leída y comentada por lectores de todas partes.

Aunque desde el inicio se me manifestó que la novela exploraría un tema delicado, el conflicto materno filial, asunto, sin duda, ampliamente debatido en la literatura, y superado el shock de los primeros párrafos, me sentí consternado: solo recordaba novelas sobre relaciones complejas madre-hija, casi siempre escritas por mujeres; y no recordé ninguna donde un varón expresara, de forma tan áspera y abierta, tantos sentimientos de odio, rencor, animadversión hacia su madre. En fin, mi mala memoria es irrelevante, aunque no deja de ser curioso.
Vaya, perdonando la digresión, Ni Tony Soprano se atrevió a tanto con Livia, una mujer profundamente perturbada, que nunca amó a su hijo y que incluso participó en la planeación de su muerte.

Aleksy es un adolescente con severos desajustes mentales. Transcurrió parte de su vida en instituciones psiquiátricas. A través de su relato, nos enteramos de la muerte de su hermana, del abandono del padre, y del desinterés y el desamor que su madre manifestó por él. La historia sobre ese verano, en que su madre tuvo los ojos verdes, la escribe como parte de su terapia, a petición de su psiquiatra, ya como adulto.

Historia de múltiples lecturas, la de Aleksy y su madre, cimentada en lo que parecía una relación plena de odio, rencor e indiferencia, se va transformando en un conmovedor relato sobre la redención, la reconciliación, el poder sanador del perdón, que produce un enternecedor intercambio de papeles, cuando Aleksy se transforma en un amoroso cuidador, en el diligente custodio del estado de confort de su madre durante sus últimos días.

Estupenda novela la de Tatiana. Narrada apasionadamente en primera persona, con una estructura a base de flashbacks, escrita en una prosa escabrosa, severa, descarnada, pero que a la vez, la autora, sirviéndose de recursos literarios, logra llevarla a alcanzar tonos líricos , “El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes” es una novela conmovedora, intensa, potente y realista, que te la recomiendo ampliamente. ¡Te leo!

“La mejor voluntad”, de Jane Smiley

Extraordinaria novela, corta, muy corta, que narra la asombrosa historia de los Miller: Bob, Liz y el pequeño Tom, que desafiando toda lógica capitalista, viven una utópica vida en su paraíso, con ingresos menores a los 400 dólares anuales, a base de intercambios con sus vecinos, sin electricidad, sin automóvil, sin agua corriente, en una casa del siglo XIX, reconstruida, junto con sus muebles y enseres, con sus propias manos, en un estilo de vida orientado a la auto sustentabilidad.

No hace mucho comenté las dos novelas que he leído de esta extraordinaria escritora: “La edad del desconsuelo” y “Un amor cualquiera”, esta, una novela intensa, atrevida, compleja y realista que me marcó hondamente y me llevó a reflexionar sobre la ruptura de los lazos que unen a los matrimonios, muy parecida a “La edad del desconsuelo”, corta, extraordinaria y compleja; relevante y realista, que te cuestiona sobre que tan feliz o infeliz eres, y que tanto consuelo requieres para seguir adelante.

Jane Smiley (1949-), autora estadounidense, ganadora del Premio Pulitzer en 1992, nacida en California; maestrante y doctorada por la Universidad de Iowa, ha publicado 13 novelas, y gracias a la labor de Sexto Piso, la estamos conociendo a cuenta páginas, pero sin perder la esperanza, esperando con paciencia que continúen con su extraordinaria labor de acercarnos a la obra de Smiley.

Escrita en 1989, la “La mejor voluntad” transcurre durante esa década y los temas que nos plantea continúan vigentes, porque temas como la educación de nuestros hijos o la relación que sostenemos con el medio ambiente, provocan aún ásperos debates.

La novela nos cuenta, en voz de Robert “Bob” Miller, el orgulloso y habilidoso marido de Liz y padre de Tom, la idílica vida familiar que han logrado construir a base de una Fe a prueba de balas por la auto sustentabilidad, donde sus talentos individuales se conjugan para crear un estilo de vida, que en apariencia, resulta cuasi perfecto, paradisiaco.

Bob cosecha y cria lo que consume la familia, diseña, construye y mantiene todo: la granja, los muebles, los cobertizos, la huerta, los jardines, y cuando necesita dinero en efectivo, trabaja para sus vecinos o intercambia animales, frutas, vegetales y lo que se pueda para conseguirlo. Liz, su mujer no se queda atrás: cocina en una estufa de leña, teje, cose, hila la lana de sus borregos, y cómo de que no, hasta cocina, adereza y enlata conservas. Y ambos comparten la crianza y la educación de Tom, de siete años, un niño obediente, educado y trabajador como sus padres, siendo el único de los tres, que abandona diariamente la granja para asistir a la escuela.

Y es precisamente en la escuela cuando empiezan a manifestarse algunas alarmantes señales en el comportamiento de Tom, que advierten, que apuntan, que perfilan, a que quizá, para nuestra tristeza, no existe ninguna posibilidad de lograr, de alcanzar, de conseguir ese estado ideal, bucólico, impecable que los Miller han construido con mucho trabajo y con mayores dosis de idealismo.

A mi me afligió observar cómo las certezas de los Miller, se desmoronaban ostensiblemente cuando confrontaban sus ideales y obsesiones por alcanzar una vida sencilla y austera, con las necesidades, las carencias, que ni siquiera alcanzan a identificar con claridad, de su hijo Tom, penurias que se reflejan inesperadamente por un comportamiento arrebatado, sorprendentemente agresivo que exhibe contra la única compañera de color de su grupo escolar.

Gran novela corta. Intensa, que te encara, te confronta, te reta a reflexionar tus conceptos, nociones, ideas sobre la educación de los hijos. Yo que ya pasé por ese trance, recordé las dificultades que implicó la preparación de nuestra descendencia. Y creo que aprendí que las normas y límites, horarios, tareas, y obligaciones no pueden imponerse a nuestros hijos por igual.

Valores como la colaboración en equipo, la del esfuerzo, la constancia, la frugalidad y la disciplina son necesarios, pero no suficientes. No basta “La mejor voluntad”, ni los besos, los abrazos y grandes dosis de comprensión. La novela de Jane Smiley nos confirma que difícilmente recibimos la mejor educación para convertirnos en padres. Somos frágiles y vulnerables, y a pesar de nuestra mejor voluntad, nuestros sueños, anhelos y aspiraciones puede desmoronarse con un imperceptible toque de la vida. ¡Te leo!

“Leviatán”, de Paul Auster

Novela de aparente lectura complicada, perfilada por una fuerte carga de filosofía y política, poblada por un puñado de personajes tan complejos como fascinantes y perturbadores, escrita con una delicada prosa, que traductores de poesía como Auster, son capaces de crear, “Leviatán” es una lectura imprescindible para los admiradores del novelista estadounidense y muy recomendable para aquel lector que desee conocer a uno de los más prominentes escritores estadounidense contemporáneos.

Inmerso en un extraño, largo y profundo bache lector, con un poco más media docena de lecturas sobre la mesa, que avanzan de manera morosa, la novela de Auster fue la única que logró engancharme del principio al final durante estos raros, muy singulares días, y eso, a pesar de que su lectura no resulta fácil, ni siquiera a lectores devotos de Auster, como yo, que le rendimos culto, como lo podrás constatar observando mi colección de sus libros.

Sorpresa agradable. Cuando pensaba que contaba con todas sus novelas, recién me encontré con esta nueva edición -la Duodécima- de Anagrama, que publicó “Leviatán” por primera ocasión en el ya lejano 1993, y que se me había escurrido sin darme cuenta. Afortunadamente la encontré, la compré, la abrí y ya no la solté, y así, descansé de los perturbadores pensamientos que me asaltaban por mi insólita incapacidad para terminar libros que me agobia estas últimas semanas.

Paul Auster (1947-) es traductor, escritor (novela, cuento, memorias y autobiografías), guionista de cine y teatro y director cinematográfico. Nació en Nueva Jersey, EU. Casado con la gran autora Siri Husvedt, ha sido galardonado con el Principe de Asturias de las Letras 2006 (A Siri se le concedieron en el 2019) y pronto llegará (espero) a nuestras librerías su reciente novela: “La llama inmortal de Stephen Crane”.

“Leviatán” es un arduo pero interesante ejercicio metaliterario, como a los que nos tiene acostumbrados Auster, donde cuenta la historia del novelista Peter Aaron (¿notas las iniciales?) mientras escribe frenéticamente, a contra reloj -se podría decir-, un libro que titulará “Leviatán”, donde relata la historia de su intimo amigo, el también escritor Benjamin (el nombre completo de Auster es Paul Benjamin) Sachs, aguijoneado para terminarlo lo más pronto posible por una investigación sobre una explosión de un automóvil, puesta en marcha por FBI, y que involucra al propio Aaron.

No me gusta mucho utilizar la palabra compleja porque te puedo dar una impresión equivocada de la lectura. Auster arma sus novelas con una estructura narrativa construida por ramificaciones que te conducen a historias que contienen otras historias, pero su talento y la aparente sencillez estilística que utiliza te hace navegar por ellas sin tropiezos relevantes.

A mi me gustan mucho las novelas de escritores. “Leviatán” trata sobre la amistad de dos escritores que se conocieron de “casualidad” en un Bar en Nueva York y que transcurre durante el período 1970-1990 del Siglo XX, manteniendo como telón de fondo eventos políticos como la Guerra de Vietnam y la Fría, con todo y la caída del Muro de Berlin, lo que da pie para cavilar en temas como la violencia política y la individualidad dentro de una sociedad democrática como la estadounidense.

Pero “Leviatán” también trata sobre el amor, el poliamor, el sexo, el engaño y las mentiras, que no es lo mismo. La complejidad psicológica de los personajes que creó Auster: Ben, María, Fanny y Lillian, le otorgan una solidez, una credibilidad a sus comportamientos, sus reacciones, a sus relaciones, a los embustes que le cuentan a Paul Aaron, que al igual que ellos juegan con él, él nos reta como lectores a descubrir la realidad.

Narrada en primera persona, la mayor parte sobre el pasado, aunque descolocándonos un poco cuando entra una voz en tercera omnisciente, quizá este texto te haga pensar que “Leviatán” es una novela enredada y engorrosa pero créeme que no lo es. “Leviatán” es una novela sobre escritores, con suspenso y ritmo que te invito a leer, mientras yo ¡Te leo!

“La fe del sembrador”, de José Luis Coindreau

Conocí al Coco Coindreau por intermedio de su gran amigo, Jorge Chapa Salazar con quien colaboré 12 años. Sabía del Coco porque presidió en épocas diferentes dos instituciones de las cuales yo fui consejero: la Cámara de Comercio y el Consejo Cívico de las Instituciones; años después, coincidimos en el gobierno de Fernando Canales, él cómo Secretario General de Gobierno, yo como Director de un Organismo Público Descentralizado.

Fue en esa época cuando me enteré que la fábrica donde acudía con frecuencia siendo niño era de su propiedad. Mi tío Pedro, uno de los hermanos menores de mi padre, era el gerente y la empresa del Coco se ubicaba justo al lado al taller de carpintería de mi abuelo Pedro, a quien sus nietos acompañábamos cotidianamente. Aprovechábamos para pasar a saludar al tío y de paso, abusando, jugar en un pequeño jardín ubicado en la parte frontal de la factoría.

No encontré demasiadas oportunidades para tratarlo como me hubiera gustado. De él, solo recibí atenciones y me resultó un hombre muy agradable, con una enorme simpatía y desbordante de empatía. Forjado como líder en el sector empresarial en las conflictivas décadas de los 70’s y 80’s, cuando alcanzó la más alta posición a nivel nacional en la Cámara de Comercio y la Confederación Patronal, en los 90’s se decidió a participar activamente en la arena política desde el Partido Acción Nacional, donde igualmente destacó como dirigente.

Fue como Presidente del CDE cuando su Partido, con Fernando Canales como candidato, ganó por primera ocasión las elecciones por el gobierno del Estado de Nuevo León. Durante los primeros cinco años del gobierno de Canales, el Coco Coindreau encabezó la relevante Secretaria General de Gobierno, posición a la que renunció, buscando, sin alcanzarla, la candidatura de su partido para el gobierno del Estado. No regresó a la función pública ni a la acción política electoral.

Nuestros políticos no son muy dados a escribir sus memorias políticas. Creo que “La fe del sembrador” se acerca más a al género autobiográfico que al de memorias políticas. La línea es tenue y por tanto no tan clara, aunque en mi entender tiene que ver con el lapso que abarcan: relatar toda la vida o solo el tiempo que le tocó ejercer como político.

Coco menciona que la intención inicial de escribir sus memorias era dejarle a sus hijos y a sus nietos una “huella” de sus vivencias. Poco después, nos cuenta que lo impulsaron tres motivos para hacerlo: que los lectores encuentren advertencias, moralejas y orientaciones útiles; como testamento de su pensamiento y vida para sus hijos y porque tuvo la suerte de vivir en la segunda mitad del siglo XX.

Y en nuestro país, sobre toda en la época que al Coco le tocó vivir, los miembros del PAN eran un tercio empresarios, otro tercio activistas y el que les restaba, políticos. Por eso creo entender el enfoque que eligió Coco. Su actividad política no lo define. Demasiada, variada e intensa vida ha vivido Coco para tan escasas páginas.

“La fe del sembrador” no trata de las memorias políticas del autor. Eso no quiere decir que no relate aquellas experiencias que ayudaron a moldear su personalidad y que tuvieron que ver con su actividad política; y que nos de a conocer sus reflexiones sobre sus acciones y decisiones del pasado y sus consecuencias en la actualidad.

Sin embargo pienso que a Coco le faltó espacio para profundizar más sobre las razones, ya sea de filosofía o de ideología política de las decisiones que tomó en el ejercicio de sus cargos como funcionario público y dirigente del PAN. No me deja ver dónde abrevó sus conocimientos; no menciona sus lecturas, ni platica sobre mentores. Me quedé con ganas de conocer más acerca de esos temas.

Pienso que quizá José Luis no es un ideólogo ni un estratega político. Me quedo con la imagen que de él tenía: de un táctico de primera, un excelente operador político, un gran líder, excelente esposo, padre, abuelo y un leal amigo. Sus recuerdos, vivencias, experiencias, sentimientos y sensaciones durante su paso por las diferentes etapas de su vida resultan interesantes y son relatadas de manera amena. ¡Te leo!

“Maigret tiende una trampa”, de George Simenon

El universo literario resulta vasto, interminable y más lo percibes cuando conoces a escritores como George Simenon, un autor con una obra tan extensa que te deja sin aliento. Mea culpa como lector: “Maigret tiende una trampa” es apenas la segunda novela que le leo. Con 192 novelas publicadas bajo su nombre y una treintena que publicó bajo diferentes seudónimos, la magnitud de mi falta es tan amplia como su obra.

Quiero suponer sin poderlo asegurar, que a Simenon le saco la vuelta, porque casi siempre, con todo el dolor que el hecho provoca en mi bibliomanía, eludo los libros de Acantilado, la editorial que desde el 2012 publica al belga en español; Acantilado es una extraordinaria editorial española, que tiene como una de sus políticas editoriales rescatar lo mejor de la literatura europea, pero que por desgracia, sus libros alcanzan en México precios que, me niego a escribir, prohibitivos, pero casi; por eso tiendo a evadirlos pasando a su lado sin ver.

Precios altos y calidad, he ahí uno de los dilemas que enfrentamos los lectores adentro de las librerías. Tratándose de novela policial, la competencia es verdaderamente bestial. Autores clásicos versus escritores contemporáneos. Investigaciones serenas, a base de puro cerebro, la intuición y deducción como arma, o averiguaciones frenéticas, tanto como la nuevas tecnologías que soportan el peso de la operación. Se publican tantos títulos del género negro, que la elección no me resulta fácil.

George Simenon (1903-1989) nació en Leija, Bélgica y nos legó una obra monumental de la cual el Comisario Maigret, aunque relevante y significativo, es solo una parte de la misma. Es el autor en francés más traducido entre los escritores nacidos en el siglo XX y el tercero en la historia, detrás de Jules Verne y Alexandre Dumas. Es de los escasos autores del género policial que la crítica literaria le reconoce méritos literarios, a tal punto que en una época fue candidato al Nobel y desde el 2003, parte de su obra forma parte de la prestigiada colección La Pléiade de Gallimard.

Por todos lados lees que el mismísimo Nobel André Gide calificaba a su amigo George Simenon como un escritor extraordinario. Cuando leí por primera ocasión a Simenon (“El perro canelo”), investigando la historia de su autor, me sorprendió la enorme adhesión que alcanzó con su obra. Mito y leyenda en gran parte de Europa, Simenon es lectura pendiente en Iberoamérica.

El comisario Jules Maigret protagoniza 78 novelas y 28 cuentos. Nació en 1887 en Sant-Fiacre (no lo busques), inició estudios de medicina que muy pronto abandonó para trasladarse a Paris a trabajar en la policía. Casado desde 1913 con Louise Leonard, vive en un agradable departamento sobre el Bulevar Richard Lenoir. Fumador de pipa y bebedor de cerveza, es un hombre grande, no muy inteligente, pero sí comedido, bondadoso y con una gran capacidad intuitiva.

De modesto ayudante de Comisaría de Barrio, su talento policiaco lo llevó al cargo de Comisario en Jefe de la Policía Judicial, puesto desde donde se enfrenta al reto de detener a un asesino serial que en 6 meses, ha asesinado a cinco mujeres en distrito XVIII de Paris. Acuchilladas, sin rastros de violencia sexual o robo, su asesino ha evitado dejar pistas contundentes que lo identifiquen.

Es el verano de 1958. Bajo la presión de una comunidad asustada, el Comisario enfrenta sin avances la búsqueda y captura del asesino serial; inspirado por una conversación sostenida con un reconocido psiquiatra, Maigret, que prefiere investigar a la persona sobre el delito, elabora un incipiente e incierto perfil psicológico del asesino, y concibe una delicada y arriesgada celada para obligarlo a salir a descubierto.

Historia sencilla y quizá, hasta ingenua en este siglo XXI: sin ordenadores, sin celulares y sin ADN’s; sin grandes peligros ni escalofriantes aventuras, pero no por ello exenta de intrigas y misterios; “Maigret tiende una trampa” es una policial a la antigua, una novela sólida, bien escrita que no te defrauda. A mí, como fanático del género negro, me dejó serenamente satisfecho y con una deuda in crescendo con Simenon. ¡Te leo!

“La apariencia de las cosas”, de Elizabeth Brundage

Resulta emocionante encontrarse con una sorpresa placentera, como ocurrió con la lectura de “La apariencias de las cosas”; pienso que recibí un regalo insospechado, no sé que tan merecido. Después del desconcierto que me provocó leer la exótica catalogación que le atribuye The Wall Street Journal: “thriller literario”, al terminarla pensé: ¡Joder! Pues no andaban tan errados.

Destaco el punto solamente porque la frase, lo novedoso del adjetivo, me resultó, de entrada, un simple artificio mercantil y al final de la lectura, concluí que el WSJ se había quedado corto, pues no alcanza a definir en toda su dimensión a la novela de Elizabeth Brundage.

Yo compré la novela por otras razones: por el sello editorial (Nefelibata es un adjetivo –usado también como sustantivo– que alude a un individuo soñador o fantasioso) y por conocer a Elizabeth Brundage. Elizabeth es graduada en el Hampshire College, acudió también a la escuela de cine de la Universidad de Nueva York y trabajó como guionista en el American Film Institute de Los Ángeles. La autora se formó en el taller de escritores de la Universidad de Iowa. Entre sus obras se pueden encontrar títulos como “The Doctor’s Wife”, “Somebody Else’s Daughter”, “A Stranger Like You” y “All Things Cease to Appear”, la única en traducirse en español como “La apariencia de las cosas”.

La novela inicia una noche de febrero de 1979 con el arribo de George Clare y la pequeña Franny a la casa de Joe y June Pratt, sus vecinos, para solicitar ayuda, pues algo le había ocurrido a Catherine, su esposa. De alguna manera te enteras que la encontró muerta, sin mayores detalles. Por pequeños gestos, difusas conversaciones y expresiones sueltas que observas durante la lectura inicial, te das cuenta que casi todos en el entorno, sospechan de George.

Pronto, la autora decide dar un pequeño salto hacia al pasado, solo unos cuantos meses atrás, suficientes para que despliegue todo su talento narrativo, toda su maestría en la creación de un grupo de extraordinarios personajes y sus pequeñas, comunes, entrañables historias entretejidas por diversos intereses en común, que terminan convergiendo en la vida de los Clare.

Y ahí encontré la sorpresa: esperaba encontrarme con una historia policíaca. Y pues sí, arranca con un asesinato, el de Catharine Clare, y también encontramos a un policía, Travis Lawton, y rondaba por ahí un psicópata asesino, pero habrán pasado más de trescientas páginas sin enterarme de alguna acción o avance sobre la investigación. No, definitivamente no fue la solución del homicidio lo que me conectó y enganchó con la novela.

Fueron las historias de los habitantes de Chosen, el pequeño pueblo del Estado de Nueva York, a donde llegaron a vivir los Clare; George, Catharine y su hija Franny. Fue el asistir a Saginaw, la pequeña universidad que contrató a George, como maestro de historia del arte; ocurrió al adentrarnos en la historia y leyendas alrededor de la granja donde viven los Clare.

Mi respuesta emocional se fue dando mientras me adentraba en las historias de los vecinos: los tres hermanos Hale, jóvenes huérfanos, antiguos moradores de la granja de los Clare; las de los Sokolov, los Lawton y los DeBeer; y conforme vamos conociendo el entorno de los Clare, desciframos los usos y las costumbres de quienes comparten el espacio con nuestros protagonistas.

Y es en ese ejercicio cerebral que realizamos para conocer, para entender, para interpretar, intuir, percibir las necesidades emocionales de los vecinos de Chosen, cuando reconocemos que estamos sumergidos en la lectura de una excelente obra literaria, empujados a ensanchar nuestros conocimientos sobre sus vidas, a percibir el mundo desde esa diversidad de puntos de vista que nos ofrecen sus acciones y sus pensamientos. Y les tomas afecto, caray. A Cole, a Eddy, a Justine, a Rainer, y ni se diga a la trágica Catherine; a casi todos terminas queriendo.

Extraordinaria novela. Es casi hasta la página 400 cuando regresamos a la investigación policiaca. Y en esas últimas cien páginas, Elizabeth demuestra que se le da bastante bien el género. Pero no, no es un Thriller, para nada. Es una novela que se lee poco a poco, que te pone a recapacitar, meditar, reflexionar en temas más profundos y relevantes que el de encontrar la manera de atrapar al asesino de Catherine.

Sin duda “La apariencia de las cosas” es una novela que te recomendaría sin reparo alguno. Es una de las mejores que he leído en este 2021. ¡Te leo!

“Lo peor de todo”, de Ray Loriga

Me hubiera -y no existe el hubiera- haber leído “Lo peor de todo” cuando se publicó. No me arrepiento de su lectura, pero tratándose de un autor como Ray Loriga, un referente de su generación, de esa pléyade de jóvenes escritores españoles que irrumpieron con fuerza en los albores de la transición a la democracia española y que sacudieron con la misma energía la industria editorial iberoamericana, pienso que la habría disfrutado más a mis 20/30 años.

Lo menciono como una leve advertencia. “Lo peor de todo” fue la ópera prima de Ray. La lectura de sus novelas iniciales se debe encarar teniendo en mente el contexto, el entorno, el ambiente de la época en la que se escribieron. Y para que no haya malos entendidos, desde ahora te insisto en que me gustó, pero…

La verdad no quiero pensar que mis sentimientos y sensaciones como lector estén influenciados por haberme convertido con el paso de los años en uno de esos “viejos babosos” a los que alude Élder, el narrador de “Lo peor de todo”, que se vuelven repugnantes con la edad y que empeoran año tras año. Ojalá y que no.

A Ray Loriga lo leí por primera ocasión en diciembre de 1995. “Caídos del cielo” fue esa primera lectura, y de acuerdo a lo que anoté, me agradó. Aún andaba por mis treinta y aunque mi vida fue diferente -a mis 25’s era un joven serio, formal y orientado a lo que en aquellos años estaba seguro que era el “éxito”- a la de los protagonistas de la novela de Ray, me identificaba con ellos en otros aspectos.

Ray Loriga, seudónimo de Jorge Loriga Torrenova (1967-), escritor madrileño, colaborador de diversas publicaciones, guionista y director de cine ha publicado once novelas, 4 libros de relatos y un cuento infantil. Integrante de la denominada “Generación X”, logró su primer éxito de público y critica con “Lo peor de todo”, que fue publicada por todo Europa.

No recuerdo las razones por las que no volví a leer a Ray Loriga. En el 2017 su novela “Rendición” fue galardonada con el Alfaguara de Novela e inmediatamente lo recordé. Por eso no dude en comprarla y leerla. Y de nuevo, me gustó. “Extraña pero entretenida” resumí en mis notas. Quizá iniciaba mi época de viejo baboso.

“Lo peor de todo” es su primera novela, publicada en 1992 con toda la frescura de sus 25 años, reeditada por Alfaguara en el 2008 y reimpresa en México por el mismo sello en el 2014, edición que en la mañana me la encontré a precio de ganga y que hoy mismo leí. Para que me espero a envejecer más.

Novela de iniciación sobre la transición de la niñez a la juventud del protagonista y narrador Élder Bastidas, escrita en primera persona, a la manera de un diario medio caótico, con un ritmo por momentos frenético, transitando del pasado al presente, sin freno ni pausa, sin lograr asentarse, pero sin que te provoque inconveniente o problema alguno con la lectura.

Apenas empezamos a conocer a sus amigos, cuando pasa a hablarnos de T., su novia, “que es tan bonita como tener a Dios de cara” y sin pausa, salta a contarnos de su familia, formada por su padre, “que le encantan los puertos, le horrorizan las playas”, sus hermanos Fred “el cuerdo” y M. que “está loco” y su madre, que “es una gran mujer a pesar de su nefasta afición por el cine suramericano”.

Vertiginosamente, sin apenas darnos cuenta, nos enteramos de su expulsión de la escuela, de su paso por un internado, de su viaje a Londres con regreso a Madrid. Parece inevitable su confusión, el dolor, la frustración, la injusticia, la desilusión y desesperanza experimenta y que lo agobia.

Creemos entender la transitoriedad de sus empleos como parte de su crecimiento mientras termina de desarrollar su personalidad: “He trabajado en mil sitios, pero nunca he hecho nada bien. Eran solo trabajos de idiota, en realidad casi todos los son”.

Escrita con un estilo narrativo que no te da descanso, “Lo peor de todo” es una novela singular, que intenta reflejar sin aludir un período, para mi incierto, de la historia española. Amor, ingenuidad, humor, calidez, angustia, violencia contenida, confusión y oscuridad encuentras en la historia de Élder. Nostalgia, añoranza y satisfacción me dejó su lectura. ¡Te leo!

“Gabo y Mercedes: la despedida”, de Rodrigo García

Mientras leía, crecía mi admiración y respeto por Rodrigo García; atreverse a publicar este emotivo texto sobre su duelo, duelo compartido con millones de lectores admiradores de sus padres, Gabriel García Marquez y Mercedes le debió resultar muy duro.

Crónica sobre los últimos días de nuestro querido Nobel, y escribo nuestro porque la verdad es que Gabriel García Marquez se ganó el incondicional cariño de sus lectores, que lo adoptamos como nuestro, sin importar nuestra nacionalidad. Mi vida como lector siempre se mantuvo vinculada con los libros de García Márquez. Leí por primera ocasión “Cien años de soledad” en 1968, así que ya se imaginarán.

El texto de Rodrigo es, sin duda, un maravilloso testimonio, una sentida y hermosa despedida de un hijo a su padre, aunque nos relate hechos y situaciones desoladoras, como la demencia senil que sufrió durante los últimos años, con todas sus dificultades inherentes: perdida de la memoria, los apuros para comunicarse, las complicaciones para razonar, y lo que me pareció más cruel para un escritor como el Gabo: la dificultad para encontrar las palabras y hacerse entender.

Rodrigo García Barcha (1959-) nació en Bogotá y se crio entre Ciudad de México y Barcelona. Estudió Historia Medieval, pero se encaminó hacia el cine y la televisión. Entre sus películas se encuentran Things You Can Tell Just by Looking at Her y Mother and Child. Ha dirigido capítulos de series como Los Soprano, Six Feet Under y Carnivàle. Y escribe.

En “Gabo y Mercedes: una despedida” Rodrigo narra de forma sobria y detallada sus recuerdos sobre los últimos días de su padre y las primeras horas después de expirar. Sentimientos, sensaciones, percepciones, y las actividades que él y el entorno más íntimo y cercano de la familia realizaron durante esas dolorosas horas: “A diferencia de la muerte hace un rato o de la cremación que tendrá lugar esa misma noche, los sentimientos con respecto a este momento carecen de misterio. Duelen hasta los huesos: se va de la casa y jamás regresará”.

Testigo y director de escena durante la cremación de su padre, escribe “La imagen del cuerpo de mi padre entrando al horno crematorio es alucinante y anestésica. Es a la vez grávida y sin sentido. Lo único que puedo sentir con algo de certeza en este momento es que él no está allí en absoluto. Sigue siendo la imagen más indescifrable de mi vida”.

Recuerda el funeral homenaje que le organizaron en Bellas Artes cuatro días después del fallecimiento de su padre, con la asistencia de los Presidentes de Colombia -se refiere de él como “un conocido de mi padre por muchos años y se hicieron amigos mucho antes que llegará a la presidencia”- y el de México, que ante la alusión a ellos como «los hijos y la viuda», nos cuenta que “me retuerzo en la silla, con la certeza de que mi madre no lo verá con buenos ojos”. Las últimas palabras de Mercedes sobre el inoportuno comentario fueron: “Yo no soy la viuda. Yo soy yo”.

Mercedes falleció en agosto de 2020. La pandemia le impidió a Rodrigo ver a su madre salvo a través de la pantalla. La última ocasión que la vio en su celular fue cinco minutos antes de su muerte. De ella, Rodrigo la define “Siempre sólida y firme e incluso dirigiendo el mundo que el éxito de mi padre les proporcionó. Fue una mujer de su época, sin estudios universitarios, madre, esposa y ama de casa…la admiraban sin reserva y le envidiaban su determinación, resiliencia y su conciencia de sí misma”.

Conmovido aún por la lectura de “Este relato, entreverado de recuerdos de una vida irrepetible, es la más hermosa despedida al hijo del telegrafista y su esposa” no me resta más que recomendarte este libro homenaje a uno de nuestros más inmensos escritores. ¡Te leo!

“Claus y Lucas”, de Agota Kristof

Dos hermanos, una conflagración, tres novelas, diversas lecturas, entre ellas, el de la imposibilidad de captarla. La lectura de la trilogía de Claus y Lucas me significó un desafío. No por su complejidad estructural o por una prosa enrevesada. No, no te asustes. Los narradores utilizan un lenguaje sobrio, elemental, sencillo y claro, permíteme la redundancia. Tenme paciencia. Trataré de explicarme.

No sé si debí o no, abalanzarme a leer la trilogía de corrido, una novela tras otra. No tenía referencias suficientes, o no me lo esperaba. O más o menos. O no tengo ni idea de lo que quiero expresarte. Independientemente de todo y antes de continuar, para evitar malos entendidos, te aclaro: desde que inicié con “El gran cuaderno”, no me separé del libro.

Las historias, que podrán o no parecerte inconexas, incoherentes, tienen una fuerza tan poderosa que por momentos evité intentar hilvanarlas. El arranque, cuando Lucas y Claus son llevados al campo por su madre a casa de la abuela, para resguardarlos de la brutalidad de la guerra que se vivía en la ciudad, me dejó, créemelo, en estado de shock y así me seguí.

No conocía a Agata Kristof. El libro me impulsó a investigar lo más que pudiera sobre su vida. La lectura me conmocionó, sorprendió y conmovió. Resultó una sacudida inesperada. Kristof (1935-2011), nacida en Hungría pero exiliada la mayor parte de su vida en Suiza, escribió Teatro, cuentos, guiones para la radio antes de escribir y publicar su gran éxito, su primera novela, “El gran cuaderno”, en 1986. A ésta siguieron “La prueba” y “La tercera mentira; una trilogía de difícil lectura.

La historia de Claus y Lucas aparecía frecuentemente en mi muro del Facebook gracias a lectores como tú, que participan en el Grupo. Tomaba nota mental, sin profundizar en los comentarios publicados. Vaya, no tenía ni siquiera el conocimiento de que se trataba de una trilogía.

En las publicaciones en el Grupo, solo leía por encima “Claus y Lucas”; veía la portada de dos niños peleándose, pero hasta ahí. Era frecuente la aparición de reseñas. En diversas ocasiones busqué el libro sin encontrarlo, hasta que me olvidé de él. Y cuando menos me lo esperaba, mi librero se presentó con “Claus y Lucas” en la mano preguntándome si ya lo había leído. Se lo arrebaté. Era la cuarta edición de Libros del Asteroide, publicada en el 2020, y contenía las tres novelas.

La mejor sin duda es la primera, “El gran cuaderno”, donde en boca de los gemelos, conocemos el infierno que vivieron en casa de su cruel abuela. Una dura historia llena de violencia, de pobreza y hambre; expuestos al horror de la guerra, al desamparo, al abandono, a Claus y Lucas no les queda de otra más que entrenarse para resistir, para sufrir y encajar los dolores afectivos y la violencia física.

Endurecen su cuerpo, acorazan su espíritu; con una vieja biblia y un diccionario que cargan desde casa, recuerdo de su padre, aprenden ortografía, lectura, matemáticas y ejercitan su memoria. Negocian con los soldados, sin importarles su bando. Al fin y al cabo, todos son enemigos.

No se comprende a uno sin el otro. Son ellos, o como los narradores que nos cuentan la historia, en la primera del plural: son “nosotros”, ellos, los que con un lenguaje preciso, dan testimonio de “lo que es, lo que vemos, lo que vimos, lo que hacemos…”

“La prueba” y “La tercera mentira” me desbarajustó el ritmo. Agata se decide por cambiar de narradores. En “La prueba” es un narrador en tercera persona quien cuenta lo que pasa con Lucas en el mismo lugar y con la misma gente, mientras que en “La tercera mentira” vuelven a hablar Claus y Lucas -lo supongo- pero ya no desde el nosotros, sino con dos narradores en primera en singular.

“La prueba” y “La tercera mentira” cuentan, indiscutiblemente, la historia de Claus y Lucas, pero la decisión de la autora de modificar las voces narrativas nos sometió a dudas, nos generó preguntas; la más importante: ¿a quién le creemos?, o más bien, ¿le creemos?

Si llegaste hasta aquí, permíteme recomendarte la lectura de las tres novelas. No sé si de manera continua o no. Los once días que invertí en leerlas, investigar a la autora, escribirte este texto para encontrar… para invitarte a leer a Agata Kristof, han sido una buena inversión. ¡Te leo!

“País de nieve”, de Yasunari Kawabata

Me quedo completamente chalado, encandilado, fascinado con la seductora novela del Nobel Yasunari Kawabata. “País de Nieve” se concibió y se publicó originalmente (en 1934) como una novela en entregas y 87 años después continúa arrobando, embrujando, seduciendo y atrayendo a nuevas generaciones de lectores, tal y como corresponde a un clásico de la literatura universal.

En otra entrega te había comentado que yo leí por primera ocasión a Kawabata apenas este 2021. Por esas sin razones del mundo de los lectores, no lo había hecho. Fue gracias a grupos de lectores como este, que caí en cuenta de los miles de viejos y nuevos lectores que le rinden una merecida y absoluta adhesión a su obra.

Después de la lectura de “Lo bello y lo triste” no esperé a encontrarme por casualidad con otra de sus novelas. Las busqué y afortunadamente me hice de una pequeña parte de la bella colección que se publicó en el 2019 para festejar los 120 años de su nacimiento. Encantadoras portadas, ediciones cuidadas y prologadas, son un lujo en cualquier biblioteca.

Nacido en 1899 en Osaka y egresado en 1924 de la Universidad Imperial de Tokio, muy pronto ejerció el liderazgo de una nueva generación de escritores japoneses. Escritor de novela y cuento, además de asiduo ensayista y articulista en diversos periódicos y revistas, Yasunari Kawabata fue galardonado con el Nobel de Literatura en 1968.

“País de nieve” cuenta la historia del amor apasionado y disparejo que Shimamura, un heredero amante de la danza y el teatro, despierta en Komako, una bellísima, joven y voluble aprendiz de Geisha que se instruye para ejercer el milenario oficio en una posada termal ubicada en una zona montañosa en la costa occidental del Japón; la región “donde más nieva en el mundo” y donde los nativos quedan aislados del mundo desde diciembre hasta mayo cuando retorna la primavera.

Shimamura, un hombre en sus treinta, casado y sin mayor oficio que el goce y disfrute de la vida, es un personaje singular: un tanto cuanto desapegado, indiferente y desapasionado, que se considera experto en el arte del ballet, aunque jamas acuda a un escenario para deleitarse en vivo, pues considera que la belleza, entre más desconectada se encuentre de la vida, más pura se conserva.

Con esa actitud de frio observador acude hasta el hostal, y alarga sus estadías: parece que solo busca deleitarse sin comprometerse con la belleza de Komako, para después, desde una férrea distancia emocional, interrogarse sobre su indecisión, su impasibilidad, sus carencias que le impiden entregarse a Komako de la misma forma en que ella se le entrega.

En uno de los viajes en tren de Shimamura hacia la posada de montaña, observa el reflejo de un ojo femenino en el vidrio de la ventana del vagón en que se traslada. El ojo pertenece a Yoko, que jugará un papel inquietante e indescifrable en la historia, gracias a la ambigüedad de nuestro viajero, que mantiene con Komako y Yoko una relación de fascinación entre sexual y amorosa, llena de equívocos e indeterminaciones.

Novela construida a través de bellas imágenes, de pequeñas anécdotas, de fragmentos narrativos delicados y sutiles, articulada mediante una variedad de viñetas; creo observar, sin lograr descifrar con precisión en qué consiste, una especie de continuidad con la novela “Lo bello y lo triste”, mi primera lectura del Nobel japonés, que narra la historia de Toshio Oki, Ueno Otoko y Keiko Sakami.

Probablemente sea el estilo de Yasunari Kawabata, que nos reta como lectores a darle forma en nuestro cerebro, a que recompongamos cada fragmento y le demos la estructura que nos parezca más lógica, que le de mayor sentido… perdón, no quiero confundirte porque la lectura no es tan compleja, dejé volar la mente ante la belleza de la novela, que se lee, se goza, se disfruta sin darle tantas vueltas a las razones.

Por su exquisita prosa, por la complejidad y la ambigüedad de los tres personajes, por los bellos trazos con que nos enseña la vida de los campesinos en la montaña, por la propia sencillez de las historias que nos relata, “País de nieve” es una novela de imprescindible lectura.¡te leo!
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