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“Gabo y Mercedes: la despedida”, de Rodrigo García

Mientras leía, crecía mi admiración y respeto por Rodrigo García; atreverse a publicar este emotivo texto sobre su duelo, duelo compartido con millones de lectores admiradores de sus padres, Gabriel García Marquez y Mercedes le debió resultar muy duro.

Crónica sobre los últimos días de nuestro querido Nobel, y escribo nuestro porque la verdad es que Gabriel García Marquez se ganó el incondicional cariño de sus lectores, que lo adoptamos como nuestro, sin importar nuestra nacionalidad. Mi vida como lector siempre se mantuvo vinculada con los libros de García Márquez. Leí por primera ocasión “Cien años de soledad” en 1968, así que ya se imaginarán.

El texto de Rodrigo es, sin duda, un maravilloso testimonio, una sentida y hermosa despedida de un hijo a su padre, aunque nos relate hechos y situaciones desoladoras, como la demencia senil que sufrió durante los últimos años, con todas sus dificultades inherentes: perdida de la memoria, los apuros para comunicarse, las complicaciones para razonar, y lo que me pareció más cruel para un escritor como el Gabo: la dificultad para encontrar las palabras y hacerse entender.

Rodrigo García Barcha (1959-) nació en Bogotá y se crio entre Ciudad de México y Barcelona. Estudió Historia Medieval, pero se encaminó hacia el cine y la televisión. Entre sus películas se encuentran Things You Can Tell Just by Looking at Her y Mother and Child. Ha dirigido capítulos de series como Los Soprano, Six Feet Under y Carnivàle. Y escribe.

En “Gabo y Mercedes: una despedida” Rodrigo narra de forma sobria y detallada sus recuerdos sobre los últimos días de su padre y las primeras horas después de expirar. Sentimientos, sensaciones, percepciones, y las actividades que él y el entorno más íntimo y cercano de la familia realizaron durante esas dolorosas horas: “A diferencia de la muerte hace un rato o de la cremación que tendrá lugar esa misma noche, los sentimientos con respecto a este momento carecen de misterio. Duelen hasta los huesos: se va de la casa y jamás regresará”.

Testigo y director de escena durante la cremación de su padre, escribe “La imagen del cuerpo de mi padre entrando al horno crematorio es alucinante y anestésica. Es a la vez grávida y sin sentido. Lo único que puedo sentir con algo de certeza en este momento es que él no está allí en absoluto. Sigue siendo la imagen más indescifrable de mi vida”.

Recuerda el funeral homenaje que le organizaron en Bellas Artes cuatro días después del fallecimiento de su padre, con la asistencia de los Presidentes de Colombia -se refiere de él como “un conocido de mi padre por muchos años y se hicieron amigos mucho antes que llegará a la presidencia”- y el de México, que ante la alusión a ellos como «los hijos y la viuda», nos cuenta que “me retuerzo en la silla, con la certeza de que mi madre no lo verá con buenos ojos”. Las últimas palabras de Mercedes sobre el inoportuno comentario fueron: “Yo no soy la viuda. Yo soy yo”.

Mercedes falleció en agosto de 2020. La pandemia le impidió a Rodrigo ver a su madre salvo a través de la pantalla. La última ocasión que la vio en su celular fue cinco minutos antes de su muerte. De ella, Rodrigo la define “Siempre sólida y firme e incluso dirigiendo el mundo que el éxito de mi padre les proporcionó. Fue una mujer de su época, sin estudios universitarios, madre, esposa y ama de casa…la admiraban sin reserva y le envidiaban su determinación, resiliencia y su conciencia de sí misma”.

Conmovido aún por la lectura de “Este relato, entreverado de recuerdos de una vida irrepetible, es la más hermosa despedida al hijo del telegrafista y su esposa” no me resta más que recomendarte este libro homenaje a uno de nuestros más inmensos escritores. ¡Te leo!

“Claus y Lucas”, de Agota Kristof

Dos hermanos, una conflagración, tres novelas, diversas lecturas, entre ellas, el de la imposibilidad de captarla. La lectura de la trilogía de Claus y Lucas me significó un desafío. No por su complejidad estructural o por una prosa enrevesada. No, no te asustes. Los narradores utilizan un lenguaje sobrio, elemental, sencillo y claro, permíteme la redundancia. Tenme paciencia. Trataré de explicarme.

No sé si debí o no, abalanzarme a leer la trilogía de corrido, una novela tras otra. No tenía referencias suficientes, o no me lo esperaba. O más o menos. O no tengo ni idea de lo que quiero expresarte. Independientemente de todo y antes de continuar, para evitar malos entendidos, te aclaro: desde que inicié con “El gran cuaderno”, no me separé del libro.

Las historias, que podrán o no parecerte inconexas, incoherentes, tienen una fuerza tan poderosa que por momentos evité intentar hilvanarlas. El arranque, cuando Lucas y Claus son llevados al campo por su madre a casa de la abuela, para resguardarlos de la brutalidad de la guerra que se vivía en la ciudad, me dejó, créemelo, en estado de shock y así me seguí.

No conocía a Agata Kristof. El libro me impulsó a investigar lo más que pudiera sobre su vida. La lectura me conmocionó, sorprendió y conmovió. Resultó una sacudida inesperada. Kristof (1935-2011), nacida en Hungría pero exiliada la mayor parte de su vida en Suiza, escribió Teatro, cuentos, guiones para la radio antes de escribir y publicar su gran éxito, su primera novela, “El gran cuaderno”, en 1986. A ésta siguieron “La prueba” y “La tercera mentira; una trilogía de difícil lectura.

La historia de Claus y Lucas aparecía frecuentemente en mi muro del Facebook gracias a lectores como tú, que participan en el Grupo. Tomaba nota mental, sin profundizar en los comentarios publicados. Vaya, no tenía ni siquiera el conocimiento de que se trataba de una trilogía.

En las publicaciones en el Grupo, solo leía por encima “Claus y Lucas”; veía la portada de dos niños peleándose, pero hasta ahí. Era frecuente la aparición de reseñas. En diversas ocasiones busqué el libro sin encontrarlo, hasta que me olvidé de él. Y cuando menos me lo esperaba, mi librero se presentó con “Claus y Lucas” en la mano preguntándome si ya lo había leído. Se lo arrebaté. Era la cuarta edición de Libros del Asteroide, publicada en el 2020, y contenía las tres novelas.

La mejor sin duda es la primera, “El gran cuaderno”, donde en boca de los gemelos, conocemos el infierno que vivieron en casa de su cruel abuela. Una dura historia llena de violencia, de pobreza y hambre; expuestos al horror de la guerra, al desamparo, al abandono, a Claus y Lucas no les queda de otra más que entrenarse para resistir, para sufrir y encajar los dolores afectivos y la violencia física.

Endurecen su cuerpo, acorazan su espíritu; con una vieja biblia y un diccionario que cargan desde casa, recuerdo de su padre, aprenden ortografía, lectura, matemáticas y ejercitan su memoria. Negocian con los soldados, sin importarles su bando. Al fin y al cabo, todos son enemigos.

No se comprende a uno sin el otro. Son ellos, o como los narradores que nos cuentan la historia, en la primera del plural: son “nosotros”, ellos, los que con un lenguaje preciso, dan testimonio de “lo que es, lo que vemos, lo que vimos, lo que hacemos…”

“La prueba” y “La tercera mentira” me desbarajustó el ritmo. Agata se decide por cambiar de narradores. En “La prueba” es un narrador en tercera persona quien cuenta lo que pasa con Lucas en el mismo lugar y con la misma gente, mientras que en “La tercera mentira” vuelven a hablar Claus y Lucas -lo supongo- pero ya no desde el nosotros, sino con dos narradores en primera en singular.

“La prueba” y “La tercera mentira” cuentan, indiscutiblemente, la historia de Claus y Lucas, pero la decisión de la autora de modificar las voces narrativas nos sometió a dudas, nos generó preguntas; la más importante: ¿a quién le creemos?, o más bien, ¿le creemos?

Si llegaste hasta aquí, permíteme recomendarte la lectura de las tres novelas. No sé si de manera continua o no. Los once días que invertí en leerlas, investigar a la autora, escribirte este texto para encontrar… para invitarte a leer a Agata Kristof, han sido una buena inversión. ¡Te leo!

“País de nieve”, de Yasunari Kawabata

Me quedo completamente chalado, encandilado, fascinado con la seductora novela del Nobel Yasunari Kawabata. “País de Nieve” se concibió y se publicó originalmente (en 1934) como una novela en entregas y 87 años después continúa arrobando, embrujando, seduciendo y atrayendo a nuevas generaciones de lectores, tal y como corresponde a un clásico de la literatura universal.

En otra entrega te había comentado que yo leí por primera ocasión a Kawabata apenas este 2021. Por esas sin razones del mundo de los lectores, no lo había hecho. Fue gracias a grupos de lectores como este, que caí en cuenta de los miles de viejos y nuevos lectores que le rinden una merecida y absoluta adhesión a su obra.

Después de la lectura de “Lo bello y lo triste” no esperé a encontrarme por casualidad con otra de sus novelas. Las busqué y afortunadamente me hice de una pequeña parte de la bella colección que se publicó en el 2019 para festejar los 120 años de su nacimiento. Encantadoras portadas, ediciones cuidadas y prologadas, son un lujo en cualquier biblioteca.

Nacido en 1899 en Osaka y egresado en 1924 de la Universidad Imperial de Tokio, muy pronto ejerció el liderazgo de una nueva generación de escritores japoneses. Escritor de novela y cuento, además de asiduo ensayista y articulista en diversos periódicos y revistas, Yasunari Kawabata fue galardonado con el Nobel de Literatura en 1968.

“País de nieve” cuenta la historia del amor apasionado y disparejo que Shimamura, un heredero amante de la danza y el teatro, despierta en Komako, una bellísima, joven y voluble aprendiz de Geisha que se instruye para ejercer el milenario oficio en una posada termal ubicada en una zona montañosa en la costa occidental del Japón; la región “donde más nieva en el mundo” y donde los nativos quedan aislados del mundo desde diciembre hasta mayo cuando retorna la primavera.

Shimamura, un hombre en sus treinta, casado y sin mayor oficio que el goce y disfrute de la vida, es un personaje singular: un tanto cuanto desapegado, indiferente y desapasionado, que se considera experto en el arte del ballet, aunque jamas acuda a un escenario para deleitarse en vivo, pues considera que la belleza, entre más desconectada se encuentre de la vida, más pura se conserva.

Con esa actitud de frio observador acude hasta el hostal, y alarga sus estadías: parece que solo busca deleitarse sin comprometerse con la belleza de Komako, para después, desde una férrea distancia emocional, interrogarse sobre su indecisión, su impasibilidad, sus carencias que le impiden entregarse a Komako de la misma forma en que ella se le entrega.

En uno de los viajes en tren de Shimamura hacia la posada de montaña, observa el reflejo de un ojo femenino en el vidrio de la ventana del vagón en que se traslada. El ojo pertenece a Yoko, que jugará un papel inquietante e indescifrable en la historia, gracias a la ambigüedad de nuestro viajero, que mantiene con Komako y Yoko una relación de fascinación entre sexual y amorosa, llena de equívocos e indeterminaciones.

Novela construida a través de bellas imágenes, de pequeñas anécdotas, de fragmentos narrativos delicados y sutiles, articulada mediante una variedad de viñetas; creo observar, sin lograr descifrar con precisión en qué consiste, una especie de continuidad con la novela “Lo bello y lo triste”, mi primera lectura del Nobel japonés, que narra la historia de Toshio Oki, Ueno Otoko y Keiko Sakami.

Probablemente sea el estilo de Yasunari Kawabata, que nos reta como lectores a darle forma en nuestro cerebro, a que recompongamos cada fragmento y le demos la estructura que nos parezca más lógica, que le de mayor sentido… perdón, no quiero confundirte porque la lectura no es tan compleja, dejé volar la mente ante la belleza de la novela, que se lee, se goza, se disfruta sin darle tantas vueltas a las razones.

Por su exquisita prosa, por la complejidad y la ambigüedad de los tres personajes, por los bellos trazos con que nos enseña la vida de los campesinos en la montaña, por la propia sencillez de las historias que nos relata, “País de nieve” es una novela de imprescindible lectura.¡te leo!

“Una sala llena de corazones rotos”, de Anne Tyler

Novela pausada, la historia que nos cuenta Anne Tyler sobre Micah Mortimer, un informático -así se nos decía en los 80´s- me resultó un bálsamo, un calmante, una lectura relajante, muy adecuada, sobre todo después de la lectura de la novela de Rosario Castellanos, “Rito de iniciación”, que me significó otro tipo de ánimo como lector.

No tenía ni una sola referencia ni de la novela ni de Anne Tyler. La compré animado por conocer una nueva autora, por la editorial y por el almibarado título. Tampoco tenía en mente leerla tan pronto; hay novelas en espera en mis libreros, pero como la tenía a la mano por haber llegado unos días atrás a casa, y después de leer la entrada de la contraportada, me decidí, apostando a su brevedad y que el tema me era afín.

Anne Tyler (1941-), norteamericana, residente en Baltimore desde 1967, donde ha ambientado la mayor parte de sus novelas, es una escritora conocida y reconocida cuando menos en los Estados Unidos. Prolífica novelista, ha publicado más de 20 novelas, ha sido galardonada con el Premio PEN/Faulkner, el National Book Critics Circle y el Premio Pulitzer. Ha publicado literatura infantil, relato corto y varias de sus obran han sido adaptadas al cine y a la televisión.

Micah es un soltero en sus cuarenta, que vive solo en el sótano de un edificio de departamentos que además, administra; y lo hace con el mismo celo, eficacia, eficiencia y suficiencia con la que gestiona su departamento. Graduado en informática, ha formado una pequeña cartera de clientes a los que les resuelve diversos problemas que tienen con sus ordenadores, celulares y todos los dispositivos tecnológicos que cargamos en nuestras actividades cotidianas. Su microempresa es conocida por el sugerente nombre de “Tecnoermitaño”.

Personaje metódico, sistemático y cuidadoso, ha hecho del orden y la limpieza su divisa. Y ordenado, programado y cuadrado es en todos los aspectos de su vida. Huérfano de padre y madre, es querido y apreciado por sus dos hermanas, sus cuñados y sus sobrinos, que constantemente hacen burla de sus manías y peculiaridades, entre la que resalta su incompetencia, su torpeza, su total ineptitud social. Hazte de cuenta un Sheldon Cooper, sin su IQ, pero con su mismo déficit de empatía: es incapaz de entender y responder a los mensajes emocionales de los demás.

Entendible así su soltería, ha pasado por varias relaciones sentimentales, que terminan sin que nuestro protagonista logre explicarse a bien las razones. Al inicio de la historia, vemos que ha establecido con Cassia, una entregada maestra, de “treinta y muchos”, una unión que le funciona relativamente bien, hasta que concurren dos sucesos -Cassia es amenazada con el desalojo de su casa, y a Micah se le aparece en su hogar Brink, un joven que piensa que pudiera ser su hijo- que parecen provocar un leve desequilibrio en su vida.

Mientras observas la habilidad de Micah para resolver las decenas de problemas que diariamente le presentan sus clientes e inquilinos y te desesperas, asombras y consternas con su carencia de inteligencia emocional -No dudes de que el tipo te va a caer bien desde el principio-, esperas un milagro que no ocurre y Micah no se desvía de sus rutinas, porque Micah no lo requiere y terminas acompañándolo y disfrutando de su compañía, comprendiendo que Micah es más que sus manías, que es un hombre educado, atento, amable, servicial y solidario.

“Una sala llena de corazones rotos” es una novela corta que me gustaría que no hubiera acabado tan pronto. Historia encantadora, tierna, que te atrae con ese magnetismo máximo con que se aproximan dos imanes con polos diferentes; relato extraordinario sobre vidas ordinarias, donde te reconoces, te encuentras y compartes sentimientos, sensaciones, emociones en la cotidianidad de vidas como las de Micah, sus familiares, sus clientes y vecinos.

Novela fascinante que te hipnotiza, escrita con una estructura sin complejidades, una prosa sutil y delicada y un tipazo como protagonista, lo que te conduce a disfrutar de su lectura desde un estado de calma, de placidez, sin sobresaltos y sin extremos, como sencillas, familiares, naturales y cotidianas son las anécdotas que nos relata. Voy a buscar más Anne Tyler, si ya la conoces ¡Te leo! Y sí, no, también.

“Lo que fue presente”, de Héctor Abad Faciolince

Después de “El olvido que seremos”, a Héctor Abad Faciolince le perdono todo, incluso las novelas y libros de relatos que siguieron, publicaciones que no alcanzaron los niveles del maravilloso libro-homenaje a su padre, obra que le otorgó un extenso y merecido reconocimiento, texto que traspasó las fronteras idiomáticas.

Razones tendrá para decidirse a publicar sus diarios en vida, escritos, según él, con otras intenciones: sí, para leerse, pero no para publicarse. Advertidos que, “contienen poco o nada de su vida pública, porque ni la tenía; se nutren casi siempre de mi vida privada, y no omiten partes de mi vida secreta”, sus diarios te permiten conocer su miedo de fracasar como escritor, sus infidelidades, sus inseguridades como padre y marido, su fobia social, sus batallas por ganarse la vida en trabajos tan ajenos a sus aspiraciones.

Héctor Abad Faciolince (1958-), colombiano, graduado de Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín, Italia, ha escrito novela, poesía, ensayo, traducciones, críticas literarias y “El olvido que seremos”. Y no lo escribo como sarcasmo o ironía. Es por admiración y agradecimiento. Cuántos escritores quisieran haber publicado un libro, uno solo, que tocara las fibras emocionales de sus lectores como lo consiguió Abad Faciolince.

Escribir diarios es una actividad popular. Desde muy pequeños, casi casi desde que aprendemos a escribir, muchos de nosotros empezamos a transcribir una bitácora de nuestro día a día. Como sucede con el coleccionismo, tan popular en la infancia, son pocos los que persisten en la dura disciplina que se requiere para continuarlos; parecerá cliché, pero los más persistentes en la tarea, terminan relacionados con el mundo literario.

Frente al tocho “Lo que fue presente”, con más de 600 páginas, vale preguntarse: ¿Por qué leemos diarios? ¿Qué buscamos en la lectura de un texto no creativo, un registro fragmentario sobre la vida de un autor más o menos conocido? ¿Por qué leer los de un escritor como Abad Faciolince, que al escribirlos, aspira, según el mismo confiesa, a “durar después de la muerte mediante las huellas de mis letras”?

En mi caso, que leo por puritito gusto, porque siento predilección por las biografías, autobiografías y diarios de escritores. Sin talento, imaginación ni vocación como autor, prefiero ejercer de lector para vivir, a través de la lectura, pero sin tanto sufrimiento, la vida de los escritores, la mayoría de las ocasiones, dura, tan ingrata, que terminas agradeciendo tu déficit vocacional.

Leí con agrado el tocho de Abad Faciolince. En Mazatlán, de visita a mi madre, que no veía desde enero del año pasado, el escenario se prestaba para lecturas largas; el puerto sinaloense es ideal para la lectura reposada, plácida y relajada de la vida de un escritor que aprecias por un libro entrañable, emotivo, enternecedor, francamente conmovedor e inolvidable.

Los diarios concluyen antes de la publicación de “El olvido que seremos”; la última entrada se registra el 8 de septiembre del 2006, cuando Abad recibe una llamada desde Berlin de Gabriel Iriarte, informándole que el manuscrito final de “El olvido que seremos” “Le gustó muchísimo. Que es un libro bello, conmovedor, que lo sacudió como lector y como colombiano”.

Diarios alimentados por la vergüenza, escritos en momentos de tristeza, de inseguridad, de desasosiego; confesiones que desnudan a un hombre que será todo, menos un santo. Textos que transpiran honestidad, que recopilan una serie de fracasos, de penosas derrotas, que convirtieron a Abad en el hombre que hoy es. Escritos plagados de culpa, deseos sexuales, vacilaciones, perplejidades, miedo y amor.

Bien escritos, los diarios de Héctor resultaron una agradable lectura. Testimonio sobre una vocación que no permite dudas ni desviaciones, escritos “en vivo”, diríamos hoy, a diferencia de las memorias y las autobiografías, que son más recuerdos y evocaciones de tu pasado, que sensaciones, emociones y sentimientos de lo que se vive al momento; Abad ha mencionado que sus diarios eran los sustitutos de confesores y psicoanalistas, y tiene razón: por momentos parecen bacinicas donde se deshace de sus deshechos.

No tengo certeza sobre la viabilidad de que Héctor se convierta en un escritor clásico, leído por las generaciones por venir. Es un escritor solvente, que relata correctamente historias, principalmente, de corte intimista y que escribió una obra entrañable, llena de amor filial, una maravillosa novela de No Ficción en homenaje a su padre asesinado, con lo que obtuvo reconocimiento, certeza, seguridad, y mi fidelidad como lector. ¡Te leo!

“Y líbranos del mal”, de Santiago Roncagliolo

Sin alcanzar a decepcionarme por completo, siento que la más reciente novela de Santiago Roncagliolo me quedó a deber. Un tema potente, polémico y complejo: los abusos sexuales al interior de la Iglesia Católica del Perú, y la desintegración de una familia, conservadora, racista, clasista, católica radical, derivada del vínculo del padre con el escándalo de abusos sexuales de menores, pienso yo, daba para más. Y por favor, tenme paciencia, trataré de explicarme.

He leído a Santiago desde el 2006, cuando fue galardonado con el Alfaguara de Novela por su obra “Abril Rojo”. “Pudor”, “La pena máxima”, “Tan cerca de la vida”, “Óscar y las mujeres”, “La noche de los alfileres” son algunas de las novelas que leí con agrado. También recuerdo un libro de ensayo o crónica periodística sobre Abimael Guzmán y Sendero Luminoso titulado “La cuarta espada”.

Esperaba pues de buen ánimo “Y líbranos del mal”, después de casi cinco años sin leerlo. Santiago Roncagliolo (1975-), nació en Lima, Perú y En su carrera ha explotado todos los géneros para contar historias. Su obra ha sido traducida en más de veinte idiomas. Como periodista ha escrito una trilogía de historias reales sobre el siglo XX hispanoamericano: la ya citada “La cuarta espada”, “Memorias de una dama” y “El amante uruguayo”. Como creador u guionista, ha desarrollado películas y series. Sus libros infantiles han recibido los galardones White Raven y Barco de Vapor.

Una familia estadounidense, radicados en Brooklyn, inmigrantes peruanos, con una cabeza, Sebastian, ejerciendo un férreo patriarcado sobre su mujer y su hijo, Jimmy, de 17 años, nuestro narrador y protagonista, que a pesar de desconocer la patria de su padre, es enviado a Lima a cuidar a su abuela, Mamá Tita, quien es todo un personaje: abierta y orgullosamente racista, clasista y rabiosamente católica.

Sebastian es un meritorio descendiente de Mamá Tita. Comparte sus prejuicios de clase y su rígido catolicismo. Trabaja como administrador de la iglesia catedral católica en Brooklyn, a la cual se entrega incondicionalmente. Su único contacto con Perú, a donde jamás regresó, era a través de la visita anual de su Mamá Tita durante las navidades. Es serio, taciturno, pero esposo y padre responsable, distante, poco comunicativo, determinante, pero afectuoso.

En Lima, Jimmy advierte, percibe y se entera de inquietantes murmuraciones sobre el pasado de su padre. Su deseo de conocerlo a fondo, de saber la verdad, de comprender la resistencia de Sebastián a involucrarse con su patria y con los peruanos, lo impulsa a indagar, averiguar, fisgonear por aquí y por allá, y como el que busca, encuentra, termina tropezándose con una oscura historia sobre abusos sexuales a adolescentes en Sodalicio, una comunidad laica fundada por Gabriel Furiase, un hombre carismático y manipulador, en la cual su padre ocupó un papel de liderazgo.

¿Por qué mencioné que Santiago me quedó a deber en “Y líbranos del mal”? Por que no se decidió a ahondar en las víctimas, ni en las familias, y tampoco en la institución Católica. Pasaban las páginas, se acercaba el final de la novela, y desconocía a los perjudicados, no alcanzaba a vislumbrar un recuento integral de sus daños. Temas como los secretos de familia, la relación entre un padre y su hijo único, el significado de ser inmigrante también se tocaban solo de refilón.

Puro seducir con pistas, nuevos personajes, pequeñas sorpresas, intrigándonos y en ocasiones, sobresaltándonos un poco pero…Y es que terminé quedándome con la impresión que el autor optó con centrarse con una historia marginal: una especie de triangulo entre tres personajes -Sebastian, Daniel y Furiase- enredados en una relación de celos y venganzas.

La novela es leíble, bien escrita, narrada en primera persona por Jimmy, un personaje bien desarrollado en su papel de adolescente curioso, terco, insolente, enfrentado con su padre. Con un ritmo de menos a más, sin alcanzar las cotas de un thriller, “Y líbranos del mal” es una novela ligera, complaciente, mojigata, por lo que no entiendo la resistencia de Carlos Slim a su distribución en sus Sanborns. ¡Te leo!

“Devastación”, de Tom Kristensen

Vaya pasmosa, asombrosa sorpresa que me llevé con la novela de Tom Kristensen, un autor que me era total, completa y absolutamente desconocido, cuya novela, “Devastación”, publicada originalmente en 1968 y editada en español por Errata natura 50 años después, me sumergió en un reto lector, del cual emergí saturado, colmado de sensaciones encontradas, después de atravesar por diversos estados, que pasaban de la conmoción al asombro, sacudido con tanta fuerza, que me obligaba a poner toda mi concentración en la lectura.

“Devastación” me la encontré arrinconada entre cientos de libros en la sección de Literatura Universal. Tomo único, lo compré más por curiosidad que por otras razones, y no de primer impulso. Cuando lo vi, lo saqué del estante, medio leí la sinopsis, lo dejé y seguí recorriendo la librería. Media hora después, ya en la fila para pagar, inquieto con lo que no llevaba en las manos, me salí, crucé la librería y regresé por ella. De vez en cuando mis intuiciones son muy afortunadas.

Autor danés nacido en Londres, Tom Kristensen (1893-1974) fue poeta, novelista, crítico literario y periodista. Es una de las principales figuras literarias danesas de la generación posterior a la Primera Guerra Mundial. Además de “Devastación”, su novela más reconocida, publicó tres libros de poesía y numerosos textos autobiográficos o de viajes.

Diez días me llevó su lectura. Normalmente una novela de 650 páginas me toma la mitad de ese tiempo. Pero “Devastación” no es una novela fácil. Es más, a ratos me incomodaba y la tenía que dejar. Pero créeme: ni por asomo era por fastidio, cansancio, aburrimiento. Pausaba la lectura, pero ansiaba regresar a ella.

La historia de la auto degradación de Ole Jastrau, un crítico literario en sus treinta, que trabajaba en uno de los diarios más importantes de Dinamarca me tenía atrapado, subyugado, pero a la vez, anhelando un poco de sosiego. Testimoniar su descenso a los infiernos, rehén del alcohol; atestiguar su caída gradual pero inexorable, su desamparo, su decadencia, no me resultaba fácil de digerir.

Nos encontramos en Copenhague, en los años 20 del siglo pasado. Ole, casado y con un hijo, vive una vida aburguesada y rutinaria de clase media reseñando libros para el periódico Dagbladet, hasta que una noche, un viejo conocido del ambiente nocturno y un joven desarrapado, hijo de un reconocido poeta, irrumpen en su casa en busca de refugio, pues la policía los busca por cuestiones políticas.

La extraña, rara, muy chocante influencia que el joven, poeta como su padre, ejerce sobre Ole, lo conduce a cuestionarse el sentido de su vida, considerándola vacía y sin incentivos; a objetar su monotonía, a sacar a flote su insatisfacción con su vida matrimonial, a mostrar su amargura, su desencanto; y palpas la maestría de Kristensen para crear esa ambientación, esa atmósfera, entre bohemia y decadente que arrastra a Ole, y a nosotros junto con él, hacia la destrucción de su vida.

Insisto: lectura incómoda, extraña. Por momentos me identificaba con el protagonista, para inmediatamente después considerar sus reacciones como inmaduras, por no decir francamente inverosímiles. ¿Sería debido a mi absoluta ignorancia sobre Dinamarca y la cultura danesa? ¿Brecha generacional, además de cultural? Ese vacío emocional de Ole, ese intenso y acusado deseo de hundirse, de destruir su vida matrimonial, familiar, profesional me provocaba sensaciones ininteligibles.

Relatada con una prosa medida, seca, producto, creo, de una excepcional traducción; con un narrador distante, muy frío, que prefería mostrar más que explicar o resumir, lo que ralentizaba el ritmo del relato, utilizando los diálogos y las acciones, evitando reflexionar sobre las razones, dejándonos a los lectores la tarea de ponderar, especular, meditar, deducir, comprender, adivinar las causas, motivos y sin razones del proceso autodestructivo de Ole Jastrau, “Devastación” es, aunque cueste su lectura, una gran novela.

Sé que habrá lectores que podrán considerarla cruda, lenta, cansada, excesiva en el número de páginas, inverosímil e incomprensible las acciones y reacciones de los personajes, y no soy nadie para contradecirlos ni desmentirlos. A mí, a pesar de lo que me costó su lectura, me fascinó. Descarnada, inquietante, molesta, retadora, “Devastación” me supuso un gran descubrimiento.

Retrato de una cultura y una época desconocida, su lectura me confrontó con muchos de mis demonios, pues funcionó a manera de espejo y lo que vi, pudo disgustarme. “Devastación” es, sin duda, una novela sobresaliente, notable, realmente relevante. ¡Te leo!

“En busca de la felicidad”, de Douglas Kennedy

Cautivadora, conmovedora, amena lectura, que a pesar de su extensión (600 páginas), me resultó tan atractiva como adictiva. “En busca de la felicidad” cuenta la historia de los hermanos Sara y Eric Smythe, y la de Jack Malone y Dorothy, su mujer, ambientada en el Manhattan los 50´s, con la cruzada anti comunista del senador McCarthy como contexto histórico y político.

El libro atrajo mi atención. No conocía ni al autor ni a la editorial; la fotografía de la portada, con una mujer muy bella como protagonista, y el título tan, pero tan cursi, me impulsaron a tomarlo de la mesa, y contra mi costumbre, leer la contraportada: “… vertiginosa historia de amor”. Hice lo que nunca: ahí, en plena librería me puse a buscar información en la Wikipedia (me da pena que piensen que ando comparando precios con Amazon) y lo que leí, me decidió.

Douglas Kennedy (1955-) es un escritor estadounidense, neoyorkino para más señas, que ha escrito doce novelas traducidas a veintidós idiomas, de las cuales se han vendido 14 millones de copias. Lo aman en Francia y es conocido en España. La editorial Arpa se encuentra en Barcelona y publicó “En busca de la felicidad” en 2019. Habrá que seguirles la huella, a Kennedy y a Arpa; espero que continúen enviando sus publicaciones a México.

Dividida en cuatro partes y narrada en primera persona por Katie y Sara, “En busca de la felicidad” es una extraordinaria novela, escrita con una primorosa y bien cuidada prosa, llena de diálogos inteligentes y graciosos, que no obstante, retrata el horror, la oscura atmósfera de esos tiempos canallescos, la ruin persecución que sufrieron escritores, artistas, políticos e intelectuales de la izquierda liberal estadunidenses a mediados del siglo pasado.

Y sí, existe el romance, aunque la relación entre Sara y Jack Malone es compleja, tortuosa, enfermiza, destructiva, intensa y trágica, como muchas, sin duda, que ni me asusto ni mi chupo el dedo, porque acuerdos como los de Sara y Jack han existido siempre, pero aún y así, continuamente te cuestionas sobre los parámetros que definen la felicidad que buscan este singular par de amantes.

Erase una vez que era una fiesta en el Greenwich Village, durante la víspera del día de Acción de Gracias de 1945, recién finalizada la II Guerra cuando Sara Smythe conoce a Jack Malone, un periodista del Ejército estadounidense que pasa unos días de descanso en su país antes de regresar a Europa, ahora como voluntario para colaborar con las actividades posguerra.

Flechazo instantáneo, dos días con sus noches de pasión, y llega la despedida, con promesas de escribirse a diario y regresar dentro de nueve meses. El soldado Malone desaparece, dejando con el corazón roto a Sara, que llore y llore, enviando cartas por docenas, atosigando obsesivamente a su cartero en espera de respuestas, va construyendo una prometedora carrera como editora y columnista del diario Saturday Night/Sunday Morning.

Pasan los meses, unos años. Sara trabaja, sale, se relaciona, se mal casa, se divorcia; crece su fama como columnista, hasta que una mañana de domingo, paseando por Central Park se topa con, bueno, ya saben con quién, y ya no les cuento más de esta relación, porque hay más, como la entrañable relación filial entre Sara y su hermano Eric.

Permíteme comentarte que Eric es un personajazo: exitoso guionista en la recién nacida industria televisiva; de joven, como muchos, simpatizó con la izquierda liberal, y como todos, con la madurez, se olvidó de sus coqueteos con el comunismo, sucumbiendo a los placeres que ofrece el capitalismo salvaje. Eric Smythe es señalado por un cobarde, y sufre la persecución, las amenazas, los métodos miserables del macartismo que tantas vidas destruyeron. Eric, para sorpresa de algunos, demostró su verdadero carácter con las alternativas que eligió bajo la presión de los esbirros de McCarthy.

Y también aparecen Katie y su hermano Charlie, víctimas y beneficiarios de las circunstancias y de la bondad humana. “En busca de la felicidad” es una novela que te recomiendo leas si la encuentras. Son tantas sus virtudes, que solo me resta reiterarte mi sugerencia: lectura placentera e imprescindible. ¡Te leo!

“Gente normal”, de Sally Rooney

Ganas de agarrarlos del cuello, zarandearlos y cuestionarlos a gritos: ¿¡Qué no se dan cuenta que tienen todo para ser felices juntos, par de anormales!? Mira que a pesar de saber de que iba la cosa, la lectura de “Gente Normal” me sacaba de quicio, me exasperaba cada vez que ese par de tarados se separaban, pero cuando recordaba que ya soy un adulto mayor, respiraba hondo hasta que me controlaba.

Detesto leer una novela después de ver la película basada en el libro. No creo que la animadversión tenga que ver con la trama o el final revelado; pienso que es más bien que no me gusta que se me sobrepongan los rostros de los actores y actrices en los de los protagonistas de la novela.

La serie de televisión “Gente normal” fue una de las mejores series que vi el año pasado (la vi en STARZPLAY). No recuerdo haberme enterado que se basaba en una novela. Por eso cuando mi librero me la recomendó, la acepté sin dudar y sin ligar el título del libro con la serie que había visto meses atrás. Mi senil memoria desencadena esas penosas situaciones.

Iniciada la lectura, la hermosísima cara de Daisy Edgar-Jones apareció y se incrustó en mi mente, que cliqueó de inmediato, evocando la serie y fastidiándome de paso, porque elegir una lectura en ciertas circunstancias, me resulta un incordio.

Pensé en regresar el libro a su lugar, pero al final, decidí darme la oportunidad de leerlo, con la expectativa de que ocurriera lo que normalmente sucede: que el libro fuera mejor que la película, lo que significaría una novela atractiva, porque reitero: la serie para televisión es espléndida.

Tratándole de dar forma a este texto, me enteré que Sally Rooney fue la super estrella en el mercado editorial anglosajón el año pasado, y yo, ¡ni enterado!; vaya, me pasó de noche, quizá por la pandemia, quizá porque la etiquetaron como un fenómeno literario de su generación. El caso es que a pesar del éxito de la novela y de la serie, “Gente normal” me agarró fuera de base.

“Gente normal” trata acerca de la singular relación entre Marianne Sheridan y Connell Waldron, y cubre desde su último año (2011) en el Instituto de Carricklea, un pequeño poblado irlandés, hasta principios del 2015, casi graduados de la Universidad de Dublín, ella en Historia y Política, él en Filología Inglesa.

Brillantes estudiantes, atractivos, envidiados y apreciados por igual, en lo único que difieren es en el origen: ella, hija de abogados de abolengo; él, hijo de madre soltera muy joven y trabajadora.

Marianne es una nerd con toques góticos: inteligente, brillante, hermosa, de familia adinerada, indiferente a los usos y costumbres de sus condiscípulos, que no pierden oportunidad para aplicarle bullying; inepta en lo social, intensa en lo intelectual, apasionada en el plano sexual.

Connell es considerado como un buen partido, estudiante sobresaliente, centro delantero del equipo de fútbol del Instituto, guapo, que cae bien a todo el mundo, y aunque peca de introvertido, mal que bien, más por sentido de pertenencia que por placer, se involucra y participa en las actividades extra escolares.

Lorraine, la madre de Connell, trabaja como empleada doméstica de entrada por salida en la casa familiar de Marianne. Connell acostumbra ir por su madre al finalizar su jornada laboral. Es durante los momentos en que espera que su madre esté lista para regresar a casa, cuando Marianne y Connell empiezan a conocerse, y muy pronto se enciende una chispa entre los dos.

Connell, inmaduro, inseguro, temeroso de las reacciones de sus amigos, decide ocultar la relación ante los demás, determinación que Marianne respeta, aunque sin entender plenamente las razones. Y pasan los meses; y entre más se conocen, más se entienden, y conforme más se entienden, más y mejor se comparten; y así, van construyendo un fuerte, un firme, un muy sólido vínculo afectivo, que trasciende las convenciones románticas al uso.

Y transcurren los años universitarios, y ellos, entre sonoros éxitos académicos, continúan acercándose y alejándose, sin lograr derrumbar todas las barreras construidas con supuestos, conjeturas, imaginaciones y malos entendidos, involucrándose cada quien por su lado en otras relaciones, que solo les sirven para regresar al mismo punto.

“Gente normal” es una historia intimista, un relato sobre un amor poco convencional, sin cursilería ni estridencias, pero real, auténtico, lleno de confusión, deseo, pasión, ternura, necesidad, aturdimiento, vacilación, fantasía, incertidumbre, dolor, miedo, nerviosismo.

Novela estructurada con saltos en el tiempo que te mantiene atado a la trama, escrita con una prosa llana, seca, donde resalta un extraordinario trabajo en el desarrollo de nuestros protagonistas, sumamente complejos, contradictorios, inseguros, insensatos, anormales, magnéticos, súper atractivos personajes.

Novela intensa, inteligente, introspectiva, que nos hace reflexionar sobre las barreras sociales, la amistad, el maltrato familiar, las relaciones tóxicas; un relato lleno de matices que hacen única, una historia que pudiera parecer ordinaria, de gente normal, que me gustó, que me emocionó como la serie, a pesar que supuestamente no se dirige a gente de mi generación ¡Te leo!

“Los abismos”, de Pilar Quintana

Novela seria y conmovedora; punto de vista de una niña perspicaz sobre un tema que en nuestra infancia provocó angustia, zozobra y congoja: el miedo ante la muerte de nuestros padres. Galardonada con el Premio Alfaguara de Novela 2021, “Los abismos” fue una puerta que se nos abrió a la literatura de Pilar Quintana.

Hace muchos, pero muchos años, perdí la inocencia y dejé de considerar a los premios, sobre todo los que otorgan las Editoriales, como guía literaria, sin que por ello considere que me debo de privar de comprar, y mucho menos leer una novela, solo por el hecho de haber sido galardonada.

El tema está bastante sobado y manoseado, por lo que ya solo menciono que una cosa es que no te chupes el dedo con los premios, y otra cosa es que descalifiques un autor o una obra de entrada, solo porque ha sido galardonado. Los premios son un mecanismo de promoción de una industria que requiere de lectores y consumidores, y debe de entenderse de esa forma.

Yo no conocía a Pilar Quintana. Compré “Los abismos” Premio Alfaguara de Novela 2021 solamente porque desde 1998 he comprado todas las novelas galardonadas por Alfaguara. Y la leí tan pronto, simplemente porque una compañera de mi mundo académico, colombiana como la autora, me la recomendó.

El boca a boca funciona, sin duda, como también funcionan las recomendaciones en las redes sociales, en nuestras comunidades. Quizá si no hubiera de por medio esa intervención, se queda en espera, como lo están aún “Salvar el fuego”, de mi paisano Guillermo Arriaga o “Mañana tendremos otros nombres”, de Patricio Pron, por citar solo los dos premiados que anteceden a Pilar.

Pilar Quintanilla (1972) nació en Cali y ha escrito 5 novelas y un libro de cuentos: “Cosquillas en la lengua” (2003), “Coleccionistas de polvos raros” (2007), “Conspiración iguana” (2009) y “La perra” (2017). El libro de cuentos, “Caperucita se come al lobo”, provocó una controversia hace tiempo, pues tratándose sobre el tema del deseo femenino, parece que se les coló a los responsables de las bibliotecas escolares en Chile generando molestia entre los padres de familia. “La perra”, traducida a quince idiomas, ha sido reconocida con el Premio de Narrativa Colombiana y un PEN Translates Award.

“Los abismos” cuenta la historia de Claudia, quien desde su mirada curiosa y sensible, mirada perspicaz para una niña de 8 años, que observa sin ingenuidad, pero sin comprender cabalmente cuál fue el detonante, el comienzo de una serie de conflictos entre sus padres, surgidos de una indiscreción de su madre, devaneo que deviene en sutiles pero trascendentales cambios en la dinámica familiar.

Ubicada en Cali, durante unas vacaciones de verano; narrada en primera persona por Claudia, (gracias al oficio de la autora, no te hace ruido el nivel del lenguaje que utiliza Claudia, considerando que es una niña), relata la memoria familiar de su madre (tocaya, se llama igual que la hija) y la de su padre, propietario junto con su hermana Amelia de un súper mercado, herencia de sus padres.

Claudia madre, lectora asidua de revistas de corazón, comenta con su hija, sin cesar, y sin reflexionar sobre los efectos en la pequeña Claudia, historias como la de Natalie Wood, Diana de Inglaterra, la Princesa Grace de Mónaco, todas ellas involucradas en accidentes mortales. Gloria Inés, prima que era como su hermana, fallece ese verano al precipitarse desde el balcón de su departamento, a 18 pisos de altura, historias que provocan pesadillas en la niña.

El padre, serio, trabajador y responsable, tolera la indiscreción de su mujer, resiste el estado depresivo en que la postró el fin del affaire, e intenta darle la vuelta a la página; le gusta pasear con su hija los fines de semana, se muestra atento y empático a sus necesidades, pero discreto y poco comunicativo, no colabora en construir una atmósfera más alegre y equilibrada para su hija.

Novela intimista, de excelente factura, escrita con una prosa delicada, y personajes bien construidos; historia que sin extremismos, se atreve a desacralizar a la madre perfecta y que evade otorgarle al padre el papel de culpable; que trata sobre sobre los anhelos, los deseos, las aspiraciones de las mujeres y su relación con la maternidad; sobre la tristeza y la depresión; pero sobre todo, de los miedos, los temores infantiles, el más grande de ellos: el perder a nuestros padres. ¡Te leo!
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