Autor: Humberto Vela

Nací en Monterrey, N.L. México, en marzo de 1957. He trabajado desde 1982 en la industria de las tecnologías para la información, así que hoy inicio la aventura de escribir de nuevo.

“Por quién doblan las campanas”, de Ernest Hemingway

Hacía mucho tiempo que no me tomaba el debido para disfrutar una novela. “Por quién doblan las campanas” le leí en cortas sesiones de 100 páginas, no por su complejidad , que no la tiene, sino que, por el interés que me provocaba, acudía con frecuencia a otras lecturas sobre la guerra civil española.

Hay autores que no requieren de presentación, pues su popularidad traspasa los límites del universo literario. Ernest Hemingway (1899-1961) fue uno de ellos. Nobel de Literatura 1954, se creó un personaje que dejó huella en la imaginación popular y que aún perdura, como la demuestra el biopic cinematográfico “Hemingway y Gellhorn” protagonizado por Nicole Kidman y Clive Owen.

No tengo idea del porqué pensaba que había leído “Por quién doblan las campanas” en mi juventud, época en que leí “El viejo y el mar”, “París era una fiesta” y “Muerte en la tarde”, pero ventajas de tener catalogada tu biblioteca, me di cuenta que ni la había leído ni la tenía, y como leer a Hemingway es una fiesta, a la primera oportunidad, me enfiesté.

El episodio que se narra ocurre en 1936, cuando los republicanos planean lanzar una ofensiva contra las tropas franquistas asentadas en la ciudad de Segovia. Para evitar que los fascistas reciban apoyos por tierra, envían a un norteamericano experto en explosivos a volar un puente, con la instrucción que la voladura debe ocurrir exactamente minutos después de iniciada la ofensiva.

La novela transcurre durante los tres días que le toma a Roberto Jordán -el estadounidense- llegar a la zona, reunir y organizar a los guerrilleros republicanos dispersos en las montañas, que colaboraran con él, planear al detalle la explosión, enamorarse de María, reflexionar sobre su vida, la muerte, la familia, el carácter de los españoles, la guerra y su misión.

Leí una entrevista que le hicieron a Hemingway (George Plimpton, en “El oficio de escritor”, Ediciones Era, 1968) donde confesó que escribir esta gran novela sobre la guerra civil española le había representado “un problema con el que tuve que bregar cada día. En principio sabia lo que iba a suceder. Pero inventé cada día lo que iba sucediendo.”

La referencia es importante, porque una de las cosas que me sorprendieron de la lectura, fue la forma en que convirtió un historia que transcurrió en apenas 4 días, en una novela que, en mi edición, sobrepasa las 600 páginas. No es queja, al contrario: mantenerte adherido a una historia que avanza tan gradualmente, muestra la maestría del narrador que te la está contando.

Excepcional cuentista, cazador, boxeador, taurino, Hemingway aprovechó su experiencia como corresponsal de guerra, y testigo de primera mano de la conflagración española, para ofrecernos una visión -quizá sesgada- sobre las ideologías políticas, el fanatismo anti y religioso, y la lucha de clase que dividieron y enfrentaron a los españoles en una guerra fratricida que culminó en una larga dictadura.

Aunque pareciera que la novela es sobre la guerra, la temática la sobrepasa. “Por quién doblan las campañas” trata sobre el compañerismo, el compromiso, el sacrificio, la muerte, el suicidio, y la incertidumbre que viven los actores cuando reflexionan e intentan justificarse a la hora de matar a un paisano, a un vecino, solo por el hecho de militar en el bando contrario.

También vislumbras de refilón el ambiente político que se vivía en España, pletórico de intrigas, venganzas, traiciones y manipulaciones. Y si me lo permiten, ya poniéndome en un plan muy cursi, agregaría el amor a primera vista como parte de la temática, aunque me rechinaba un poco la relación entre Roberto y María.

“Por quién doblan las campanas” se convirtió en un gran éxito y acaparó críticas y elogios. A 80 años de su publicación conserva sus valores literarios; el paso del tiempo no parece haberlos disminuido. La recomiendo.

La letra de una canción, ¿es poesía?

elpais.com/cultura/2020/09/11/babelia/1599812811_139001.html

Con el paso de los años, creo que voy encontrando cierto nivel de comprensión y aceptación a la decisión de la Fundación Nobel al galardonar a Dylan con el Nobel de Literatura.

“Medio siglo con Borges”, de Mario Vargas Llosa

Se me dificulta mucho la lectura de la literatura de Jorge Luis Borges. Poco afecto a la fantasía y a la ciencia ficción, mediocre lector de poesía, leo sus cuentos más como actividad formativa, académica, con disciplina y concentración, intentando descifrar su magia, que por placer.

Pero mis penurias lectoras no interfieren en mi admiración por el escritor argentino. Por eso disfruto mucho leer sus ensayos, así como también a otros autores acerca de su obra, sus puntos de vista sobre la vida, la literatura y todos los temas que le interesaban.

A Mario Vargas Llosa lo leo desde la adolescencia. Tengo recuerdos imborrables y entrañables de cuando leí “La ciudad y los perros”, “Pantaleón y las visitadoras” y “La tía Julia y el escribidor”, las tres, antes de cumplir los veinte. También recuerdo haber leído en esos años los libros de cuentos de “Los jefes” y “Los cachorros”. Y desde entonces, hasta “Tiempos recios” lo he seguido y leído apasionadamente.

Vargas Llosa, al igual que Borges, es un excelso ensayista literario: “La orgía perpetua”, donde profundiza en la obra de Flaubert “Madame Bovary”; “La verdad de las mentiras”, una serie de reseñas y reflexiones sobre varias novelas”; su tesis doctoral, imposible de obtener, “García Márquez: historia de un deicidio”, un premonitorio y profundo ensayo sobre la obra del Nobel Colombiano, desde sus primeros cuentos hasta “Cien años de soledad” son textos valiosos y cautivadores.

Desconozco las razones editoriales que llevaron a Alfaguara a proponerle a Vargas Llosa la publicación de “Medio siglo con Borges”. Supongo que sus haters han de estar trinando por el atrevimiento de publicar en forma de libro una serie de textos que se consiguen fácilmente en Internet. Digo, pretextos les sobran para hacer patente su desacuerdo con las actividades políticas del peruano, sin que les importe expresarlos en foros literarios.

El título indica, y el autor menciona, que es una especie de celebración de los 50 años dedicados a la lectura de Borges. No sé que tan razonable sea el motivo, pero agradezco la publicación, consistente en una compilación de una decena de entrevistas, artículos y conferencias que ya habían aparecido por aquí y por acullá y que ahora las podemos leer o releer reunidas en un solo libro.

Se ha publicado tantos tomos con la obra de Borges, como acerca de ella, que pareciera abrumador seguir acumulando libros relativos al tema borgiano, cuantimás si son textos ya publicados, y algunos, como las entrevistas que presenta “Medio siglo con Borges”, ampliamente conocidos y comentados. Yo aprecié la lectura y la relectura, aprendiendo de ellas.

“Las ficciones de Borges”, quinto de los textos, escrito originalmente en 1987, donde Vargas homenajea sin ambages, amplia y sinceramente la trayectoria, la imaginación, la cultura, el talento de Borges, me pareció una joya, que que conmovió y a la vez me avergonzó por mis limitadas capacidades como lector, que siempre me han impedido deleitarme al máximo con Borges como lo hacen la enorme mayoría de sus lectores.

En los textos percibí admiración, curiosidad, un poco de rivalidad, una sana dosis de celos y envidia, pero de la buena. Dos entrevistas, la segunda de ella muy comentada por las referencias de Vargas Llosa a la sobriedad y modestia con que vive Jorge Luis Borges en Buenos Aires, y 8 textos más que giran desde la misma casa del escritor Argentino, hasta un libro de viajes escrito “como un hombre enamorado” -Vargas Llosa dixit- por Borges entre los 83 y 85, forman parte de este libro que se goza y se lee fácil.

“A propósito de nada”, de Woody Allen

Los lectores amamos las biografías y memorias, aunque pienso que tenemos especial predilección por las de los escritores, quizá, porque además de admirarlos, suponemos que poseen -pensando de una manera idealizada-, adicional a su mérito como testimonio histórico, de cierta belleza artística, de valor estético, de ciertos alcances literarios.

Woody Allen es un escritor de talento y con oficio -16 nominaciones al Oscar al mejor guión original-, además de un cineasta excepcional. De hecho, confiesa en las páginas finales de “A propósito de nada” que se considera fundamentalmente escritor, y aunque no sabe si volverá a filmar, sí, que continuará escribiendo: artículos, chistes, guiones, libros, aunque sean solo para él.

Reconozco que leí su libro principalmente porque lo admiro como cineasta, más que como escritor. De hecho, sus memorias es lo único que le he leído. Me encantan sus películas. Las veo, las reveo y vuelvo a verlas. Manhattan, Annie Hall, Interiores, La rosa púrpura del Cairo, Hannah y sus hermanas: Y las últimas: Medianoche en Paris, A Roma con amor, Blue Jasmine, Un día de lluvia en Nueva York… Caray, mientras las evoco, quiero volverlas a ver.

Las memorias de Allen no defraudaran a los amantes del cine. Escribe desde cuestiones técnicas -guión, fotografía, edición, casting, etc.- hasta anécdotas entretenidas y desconocidas sobre sus vivencias durante la producción de sus filmes. Por sus páginas pasan sus actrices consentidas, sus colaboradores preferidos, actores, escritores, productores, críticos, colegas, etc.

“A propósito de nada” me generó sentimientos encontrados, principalmente por que me resultó pesado y hasta chocante leer que Woody no considera alcanzar la altura de los grandes cineastas de la cinematografía mundial; vaya, ni en la estadounidense, eso y a pesar de sus 24 nominaciones al Oscar y los 4 alcanzados.

Además, el libro me decepcionó algo en mis expectativas literarias. Pensaba que un escritor como Allen, que ha publicado, mucho, y bien, nos presentaría un texto primorosamente escrito, pero pienso que erré, porque me pareció un texto embrollado, escrito a las carreras, quizá, como confiesa filmar: “con hábitos perezosos e indisciplinados”.

Pero no deja de ser un libro muy humano, un retrato sincero de un hombre de 84 años, que recuerda y admira de manera amena, entretenida, con altas dosis del sentido del humor muy a la Woody Allen a familiares, amigos, novias, amantes, colegas, neurosis y obsesiones.

“A propósito de nada” nos ofrece un amplio recorrido por el mundo cinematográfico, televisivo, teatral, musical y del Stand Up estadounidense, disciplinas artísticas en las que ha participado su autor durante su ya larga y exitosa trayectoria profesional. No será una obra de arte, pero es su lectura es agradable.

PD para los que desean comprar “A propósito de nada” por el morbo: sé que habrá muchas lectoras/lectores atraídas por las escabrosas revelaciones de los Farrow. Es válido y respetable.

Pero si suponen que Woody eligió utilizar “A propósito de nada” como una forma de expiación, purgación, o sacrificio; como una especie de ofrenda a los cazadores de brujas que han aparecido por doquier a partir del #MeToo, podrían equivocarse: Woody, sin tentarse el corazón ni la pluma, ajusta cuentas, y fuerte, con Mia Farrow.

Aunque tengo mi opinión, resulta irrelevante si le creo o no a Woody. Además, en estos enrevesados tiempos del #MeToo, poner en tela de juicio acusaciones como las que Mia Farrow y su propia hija, Dylan, han lanzado contra el autor de “A propósito de nada”, no es solo aventurado, sino desgraciadamente, políticamente incorrecto.

La justicia estadounidense no ha encontrado elementos para enjuiciar a Allen. Su obra como artista, ya ha sido y podrá seguir siendo juzgada. Es momento de separar la obra, de su creador; el texto, de quien lo escribe; su vida privada, de sus creaciones como escritor, dramaturgo, cineasta. Esto es, en mi opinión, lo más conveniente ahora y siempre, por qué ¿quién puede distinguir claramente lo que es real de lo que es puramente ficción, de los hechos que sucedieron de los que nunca ocurrieron?

“No contar todo”, de Emiliano Monge

He comentado que nada más alejado de mis ambiciones que ser considerado un crítico literario. No tengo la formación, ni el oficio ni la vocación para ejercer tal papel. Lo mío es la invitación a la lectura, el acercamiento al texto, la participación de sensaciones, sentimientos, reflexiones que me provocó la lectura.

Sin embargo, he leído lo suficiente para percibir, aunque no logre explicarlo, cuando un autor procura desviarse de las rutas habituales y conocidas en la literatura. Es encomiable que un escritor explore nuevos métodos, procedimientos, lenguajes.

Creo que Emiliano Monge, del que no había leído nada, lo intentó con extraordinarios resultados. “No contar todo” había generado ruido, comentarios y reseñas positivas, recomendaciones en las redes sociales, y, obviamente, me provocó leerlo. Además, trataba sobre uno de mis temas preferidos: el de la paternidad, muy entrañable para mí, huérfano de padre y de hijas ausentes.

“No contar todo” encaja en los géneros de la autoficción, o en la no ficción. Cuenta la historia de tres generaciones de Monge: el abuelo, Carlos Monge McKey, el padre Carlos Monge Sánchez y supongo, la del autor, Emiliano Monge. Una Saga de Monge a través del tiempo.

En teoría, el autor nos podría contar la historia en primera persona. Pero no, no le pareció adecuado usar un recurso tan trillado, por lo que ahí se torció el rabo el marrano, y explotó mi cerebro. No entendía quién era el narrador: ¿el padre, al contarle al hijo? ¿el propio autor, pero en tercera persona, como si Emiliano fuera un extraño? ¿el abuelo, a través de sus diarios? ¿Los tres?

Extravagantes tiempos verbales, artefactos literarios quizá novedosos, pero extraños a un lector como el que les escribe, me traían literalmente desequilibrado, subrayando, trazando líneas de tiempo y árboles genealógicos, y eso que apenas llevaba un poco menos de la mitad del libro.

Pero me armé de paciencia; estamos encerrados, pensé, en cuarentena, así que cálmate y no abandones la lectura, no eres Messi para andar de berrinchudo porque no se hacen las cosas como quieres, esperas y acostumbras. Respira hondo y continúa, no pueden estar equivocados tantos críticos que leíste en el lejano 2019, cuando éramos felices sin saberlo.

Quizá el que su abuelo haya fingido su muerte bajo la carga de unos cartuchos de dinamita, para huir lejos de la familia; o que también su padre los haya abandonado, al abuelo, abuela y tíos, para largarse a la sierra guerrerense y unirse al grupo guerrillero de Genaro Vázquez, para más tarde, casarse con su madre, y terminar también abandonándola junto a sus hijos, tentó a Emiliano Monge a hacérnosla difícil, en una especie de venganza ante tanto abandono, para probarnos, para medir nuestra lealtad a su literatura.

La paciencia rinde frutos. Para cuando Emiliano nos narra las historias sobre las infructuosas esperas del arribo de su padre en la sala de llegadas del aeropuerto Benito Juárez, ya estaba bien encarrilado en la novela.

A partir de ahí, dejé que la historia de los Monge fluyera, contara quién sea que la contara, que las locuras, las excentricidades, las rarezas e incongruencias del abuelo y del padre son entretenidas e históricas: el surgimiento del tráfico de drogas y de las guerrillas urbanas, dos épocas en la historia del siglo XX mexicano.

Ya no solté la novela. Caí rendido y asombrado ante la desmesura de las historias de los Monge. Verdaderas o falsas, las anécdotas que desmenuza el autor, las diferentes versiones/visiones de los Monge sobre sus vidas, los períodos y sucesos históricos que abarcan, las escapadas del trío Monge, las cadenas de mentiras con que las cubren y justifican, lograron que la lectura de “No contar todo” se convirtiera en una retadora, pero a la vez deslumbrante experiencia como lector.

“Persépolis”, de Marjane Satrapi

No entiendo, no encuentro razón -salvo la edad- que justifique que me haya costado tanto trabajo la lectura de la novela gráfica “Persépolis”, ganadora de dos Premios Angoulême- autor revelación y al mejor guión- cuando la teoría -¿cuál teoría QuimoSabi?- señala que contiene menor grado de dificultad la lectura de cómics.

La historia de Marjane Satrapi (1969), Iraní, nacionalizada francesa es atractiva por los períodos que cubre, pletóricos de transformaciones provocadas por la revolución islámica que ocurrió en Irán en 1979, y que restringió y complicó la vida de los habitantes de el país asiático.

Mentiría si dijera que seguí de cerca los eventos que ocurrieron en Irán durante esos complejos días, pero si les puedo decir que era imposible no enterarse de lo que sucedía, pues todo lo que ocurriera en ese país petrolero, afectaba la estabilidad de los mercados mundiales, y el frágil equilibrio político en esa explosiva zona.

Vaya, si hasta el depuesto Sha Reza Pahlevi y su esposa pasaron por México en su errático peregrinar hacia un exilio que no encontraba fin, pues los países que antes le rendían honores, le cerraban sus fronteras, ante el temor que les despertaba el terrorismo de gobierno encabezado por Ruhollah Jomeini, el líder político y espiritual de la revolución islámica.

A veinte años de su publicación, me puse a leer “Persépolis” por un reto lector: Retópata20, si no hubiera sido así, quizá nunca lo hubiera hecho. Claro que tuve noticias sobre la influencia y el impacto de “Persépolis”, pues a través de ella, nuevas y viejas generaciones tuvieron acceso a esa parte de la historia Iraní, que antes de su publicación, parecía una historia más entre las contadas en las Mil y una noches.

Durante mi adolescencia me atiborré de leer tebeos, cómics, monitos, historietas o cómo sea que las conozca. Mi emprendedora madre abrió una revistería a principios de los 70´s que era un paraíso para mí. Imagínense: tenía acceso gratuito a todos los cómics que se publicaban en México en aquellos años. Era un pedazo de cielo ubicado en la calle Hidalgo, en la colonia Obispado de Monterrey; horas leyéndolos, sin discriminación alguna: desde los de Disney, hasta los de El Santo, la Familia Burrón, Los agachados, Memin Pinguin, todos, pasaban por mis manos y mis ojos.

Quizá me empaché y por eso la dificultad para terminar “Persépolis”. Me tardé días, porque leía muy pocas páginas en cada sentada, y mira que fueron 356, o sea, corta, corta no es, pero no vayan a creer que aburrida, tampoco, solo que el formato me distraía muy fácil, porque la historia de Marjane, tal como la cuenta, es bastante novedosa -bueno, para mi- y atractiva.

Novela autobiográfica, Marjane cuenta la historia de su familia desde los finales del régimen de Reza Pahlevi, y su tránsito, lleno de dificultades por el estado islámico que se integró lidereado por Jomeini hasta su llegada a Francia, donde vive desde 1994. Dividida en 4 partes, se publicó en 4 tomos entre el 2000 y el 2003 y cuenta hasta con su versión cinematográfica.

Espero que no me mal entiendan. Me gustó “Persépolis”, de hecho, la recomiendo. Cubre una parte fundamental de la historia del Siglo XX, que aunque ocurrió en Oriente, afectó al Occidente. Familia, religión, fanatismo religioso, violencia política, exilio, desde la mirada femenina de una niña son temas que no pierden vigencia, y presentados como lo hace Marjane, me hacen recomendarla.

“Poeta chileno”, de Alejandro Zambra

“Ser un poeta chileno es como ser un chef peruano o un futbolista brasileño o una modelo venezolana” nos cuenta Zambra a través de Pru en una parte de la novela, además de que “son curiosamente más famosos que los narradores y hay muchos narradores que escriben novelas sobre poetas. Son como héroes nacionales, figuras legendarias”, aunque “algunos son mejores llenando los formularios de las becas que escribiendo poemas”, le dijo un poeta, con bastante mala leche a Pru.

Después de la angustia, del desasosiego que me provocó la novela de Emmanuel Carrère “Una semana en la nieve”, con la lectura de “Poeta chileno” de Alejandro Zambra pasó todo lo contrario: generó calma y tranquilidad, acompañada de mucho gozo y entretenimiento, a pesar, o gracias a, atender temas serios como la paternidad, la familia y la vocación de poeta, ¡poeta y chileno!

Gracias a los videos de YouTube, esos donde los escritores nos presumen de sus bibliotecas, conocí la de Zambra y su mujer. Tomé nota mental porque me cayó muy bien, y cuando me encontré en la librería con “Poeta chileno”, no dude para comprarlo, pensando que descubriría a un nuevo escritor.

Pensaba que no había leído a Alejandro Zambra. Pero ya iniciada la lectura de “Poeta chileno”, algo me hizo clic, y comprobando en el BookBuddy, advertí que en el 2014 leí “Formas de volver a casa”, y que además, me había gustado, y mucho. Leer solamente una novela y seis años de distancia pueden provocar olvidos, aunque sean inmerecidos.

Alejandro Zambra (1975), chileno, poeta, cuentista, guionista, ensayista y novelista ha escrito 5 novelas, 2 libros de relatos, 3 de Ensayo y 2 guiones. Galardonado con 5 premios por sus libros, actualmente vive en México desde donde lanza una mirada entre nostálgica, irónica y crítica al ambiente literario chileno.

“Poeta chileno” se divide en 4 partes: en las primeras dos nos cuenta la historia de amores, encuentros y desencuentros entre Gonzalo y Carla, y entre Gonzalo y Vicente, el hijo de Carla, fruto de un rápido e imprudente remojón del cochayuyo entre León y Carla.

En la tercera, nos encontramos con Vicente, de 18 años y aspirante a poeta, enamorando a Pru, una joven y bella periodista estadounidense, que llega a Chile a escribir sobre el ambiente lírico chileno, sorprendiéndose de que, abajo de cada piedra, encontraba a un poeta. La cuarta parte es sobre dulces reencuentros, nostálgicas despedidas, muchas gozadas, como las de uno, que como lector, disfrutó todas y cada una de las páginas de “Poeta chileno” al máximo.

Dicen que dicen los chilenos, que no serán campeones mundiales de futbol, pero a cambio, han ganado dos premios Nobel: Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Sin duda tierra de poetas, pues también son chilenos Nicanor Parra, Vicente García-Huidobro, Pablo de Rokha, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn y decenas, quizá, cientos más. No logré identificar a todos los citados en la novela, aunque supongo que a Zambra les cambio el nombre, como para evitarse problemas.

Independientemente de la valía de la novela, me encantó el habla de los chilenos: son fomes, chuchetas, pololean, tiran pinta, dan la lata, huevean, se ven la raja; gilculiados, caleta de frío, sacos de hueva, amarmelados, caídas de catre. Espero que no piensen que nosotros hablamos como el Chavo del Ocho.

Novela sobre la familia, las funcionales y las que no; de los amores y desamores; de la paternidad, repartida entre padre y padrastro; ironía, humor, pasión por la poesía, vocación, sentido de identidad y grupal; sobre los géneros y las generaciones; sobre la amistad y la rivalidad. 421 páginas me resultaron pocas, escasas, insuficientes para contener tanto amor por la literatura.

“Una semana en la nieve”, de Emmanuel Carrère

Tuve que detener su lectura a las dos de la madrugada; no piensen que por sueño, no, para nada: no toleraba el desasosiego que me provocaba la historia de Nicholas, el protagonista de la novela de Carrère. Desde las primeras páginas, Nico, de 8 años, nos fue contagiando de su ansiedad, su tensión, su nerviosismo, de su angustia. En la 115, me detuve, necesitaba dormir en paz.

Había leído a Carrère. Lo poco que leí, me había gustado. Recuerdo vagamente que leí, o escuche maravillas sobre “Una semana en la nieve”; la busqué por Internet, no la encontré, pero utilice una opción para que me avisara cuándo estuviera disponible de nuevo, y uno o dos años después, recibí la notificación. La compré, la leí, y aquí estoy, recuperándome de su lectura a través de la escritura de este texto.

Emmanuel Carrère (1957-), francés, ganador del Premio FIL de Guadalajara en el 2017, se ha especializado por escribir novelas donde mezcla la ficción con la realidad. “El adversario”, una de sus novelas más aclamadas, es el mejor ejemplo de su literatura. “Una semana en la nieve” fue galardonada con el Premio Femina 1995, y créanme que es una pequeña joyita, pequeña por lo corta (163 páginas).

Que rápido olvidamos nuestros temores infantiles. Que convenientemente invocamos los que nos convienen, sobre todo cuando tratamos estúpidamente de compararnos con nuestros hijos: “cuando yo tenía tu edad… cuando era niño… cuando mi padre…”. Si rememoráramos nuestras pesadillas, angustias, terrores, congojas, quizá mostraríamos más empatía y lograríamos ser más receptivos hacia las necesidades de nuestros hijos pequeños.

Nico, ya lo dijimos, tiene apenas ocho años, pero una imaginación tan grande como sus preocupaciones, sus pesadillas y sus fantasías. Tímido, introvertido, y por tanto solitario, es enviado a un campamento de esquí buscando que el contacto permanente con un grupo de imberbes como él, contribuyera en su sociabilidad.

No les voy a contar con que sucedió en el campamento, salvo que existen tres personajes que afectan de diferentes maneras las vacaciones de Nico: Patrick, un joven monitor con el que Nicolás establece cierta complicidad; Hodkann, el imprevisible “mandón”, el rey del bullying de todo grupo; y su padre, representante de ventas de productos médicos, inflexible, seco, rígido, cuya figura se encuentra siempre presente en el relato, aunque su participación se haya limitado solamente a llevar a Nico al campamento.

La maestría expresada en la prosa de Carrère nos provocaba la sensación, más no la certeza, de que nos sumergíamos en una historia de la que no saldríamos ilesos de su lectura. Intuíamos que algo malo le sucedería a Nico.

Nos encontrábamos sometidos a su historia, a sus paranoias, a sus temores, a su desesperanzada imaginación. Porque aunque se narra en tercera persona, nos enteramos de todo lo que ocurre porque lo dice, lo escucha, o lo piensa Nico.

Nicholas eligió protegerse de las amenazas que percibía en su entorno fingiendo una enfermedad que lo alejara de la convivencia con los demás, pero su mente continuó desatada, trasladándose del pasado al presente, hilando recuerdos con fantasías siniestras y pesadillas, mientras que afuera del campamento, tomaban forma.

Nico no es culpable de nada. Nico es un niño vulnerable. Si quienes lo deben proteger, deciden voltear la cabeza, esconderse, refugiarse, el niño se dará cuenta, y vivirá en un estado de imaginación exuberante, fatalista y en la paranoia total.

La novela es muy corta, y además, adictiva. Solo quiero expresarles que, de tanto imaginarlos, pensarlos, soñarlos, nuestros deseos y nuestras pesadillas se pueden convertir en realidad.

Novela psicológica, trágica, hasta siniestra, escrita con un prosa potente, precisa, angustiosa. Novela corta, en la que Carrère, deja vacíos que nosotros nos encargamos de llenarlos. Lectura que te causa desasosiego, ansiedad. Historia que puede ser verídica, es más, que ocurre todos los días. No te gustarán las sensaciones que te provoca, pero de que es una gran novela, no me quedó duda alguna.

“La hermandad de la uva”, de John Fante

No había leído a John Fante. Las únicas referencias que recordaba sobre él se las debía a Charles Bukowski. El símbolo del “realismo sucio” lo tenía como uno de los escasos novelistas que valía la pena leer. Fante no era nadie en el mundo literario, hasta que el “viejo sucio”, ya en la cumbre de su fama, mencionó que era su ídolo y fuente de inspiración.

Era tan influyente Bukowski en aquellos años, que con su referencias, logró que la editorial que lo descubrió, Black Sparrow Press volviera a publicar los libros de su Sensei, que habían pasado sin pena y sin gloria, convirtiéndose, bajo el amparo de los halagos de Bukowski en un éxito de ventas. Al igual que Bukowski, John Fante gozó durante poco tiempo del éxito y la fama, falleció de diabetes en 1983.

John Fante (1909-1983), de origen italiano, escribió 7 novelas, cuatro de ellas de la saga conocida como “Arturo Bandini”. “La hermandad de la uva” se publicó en 1977, y Anagrama, la editorial española que publica a Bukowski la presentó en el 2004, y la incluyó en su colección conmemorativa 50Anagrama el año pasado.

Todo el ruido generado alrededor de la celebración de centésimo aniversario del nacimiento de Charles Bukowski (nació el 16 de agosto de 1920) y la casualidad, me llevó a la lectura de “La hermandad de la uva”. No tenía ni uno solo de los libros de Fante. La semana pasada me lo encontré entre los exiguos estantes de la librería Gandhi Monterrey. Lo han de haber sacado de las cajas por el pretexto del centenario del natalicio de Bukowski.

Me encantó la novela. Los primeros capítulos me dejaron alucinado y enganchado hasta el desvelo. No podía soltarla, deslumbrado por el arranque de la novela, cuando Henry Molise (cincuentón, escritor y padre de 2 veinteañeros), recibe una llamada desde San Elmo, Cal., de su hermano Mario, solicitándole su intervención para evitar que sus padres -setentones plus los dos- inicien otro proceso de divorcio, pues según Mario, su madre, al descubrir y reclamar otra infidelidad, fue golpeada por su marido, provocando un escándalo de tal magnitud, que terminó con el viejo Nick Molise tras las rejas.


Henry, discusiones previas con Harriet, su mujer, sobre la opción de llevar a su padre a vivir con ellos, decide regresar a San Elmo a mediar entre sus progenitores. Al llegar, el problema entre sus revoltosos padres estaba resuelto, pero la trampa que había armado su progenitor para que lo acompañara a la montaña para cumplir con un contrato de albañilería, lo atrapa sin remedio.

El planteamiento de la trama, el ritmo de la novela, la prosa, los diálogos, los personajes, la ambientación del pequeño pueblo californiano, los vecinos, la hermandad de la uva, todo, pero todo, funcionaba y parecía impecable, estupendo, maravilloso. Leía asombrado, deslumbrado, hasta que a eso de las dos, tres de la madrugada, a punto de terminarla, me venció el sueño. Es lo malo de iniciar las novelas a media noche.

Nick Molise, albañil, el mejor cantero de America, según él; cascarrabias, alborotador, tirano de la paciencia ajena, borracho casi siempre; cantante desafinado, cínico mujeriego, ludópata, y golpeador; casado con María, madre sobreprotectora, gran cocinera, adicta al drama, con olor a aceite de oliva y salsa de tomate en el pelo, son dos enormes personajes que hacen desentonar a su hijo Henry, el insulso escritor y narrador, que al lado de su viril padre, parece -sin pretender ofender- señorita de las de antes.

Novela sobre la familia; de despedidas; de regresos sin gloria; sobre las consecuencias de las arbitrariedades del padre y la tolerancia de sus dependientes. Pasión, ajuste de cuentas, contradicciones, vida, muerte; no sales indemne de su lectura, te gana la certeza de que leíste una novela realista, cruda, de un humor tenuemente oscuro, que te deja con una ligera sonrisa, que no te permites liberarla, por respeto al duelo. Vale la pena su lectura.

¿De qué hablo cuando hablo de catalogar la biblioteca


A todos los que participamos en el grupo nos gusta ver fotografías de libros. Sobre la mayoría de los lectores, los libros ejercen una fascinación, un encanto que va mas allá de la lectura. Nos gusta tocarlos, olerlos -a mí no, la verdad -, ojearlos, presumirlos. Por eso también publicamos fotos de nuestras bibliotecas: de diez libros o diez mil, nos emociona subirlas, y conocer las de los demás. ¡ Nos encanta: es la puritita verdad!

Una gran mayoría de nosotros sueña con tener algún día una biblioteca; ajustada a nuestra personalidad, necesidades y hasta a nuestros prejuicios. Los que ya contamos con una, comprendemos que nuestras bibliotecas explican quienes somos; intuimos que son nuestra autobiografía en muchas capas; advertimos que nuestra verdadera historia se encuentra en los estantes que guardan nuestros libros; entendemos, sin que nadie nos lo diga, que al tenerlos cerca, nunca estaremos solos.

La manera de ordenar una colección de libros depende, la mayoría de las veces, del azar; cuando decidimos ubicarlos en un estante del librero, sobre una mesa, o sencillamente apilados en un rincón de la recámara, adquieren su propia identidad, ya sea por la propia asociación con los otros libros, por alguna etiqueta autoritaria que les otorgamos, o simplemente por el lugar que ocupa,

El tema no es cómo los ordenamos en los estantes. No es mi punto: por idioma, por género, por tema, por autor, por tamaño, por color, por país, por editorial, para mi, no es tan relevante, porque por razones que solo los lectores comprendemos, siempre, tarde o temprano, terminamos encontrando el libro que buscamos. Lo que para los demás es caos, para nosotros es un desorden regulado.

Entonces, ¿de qué hablo cuando hablo de catalogar nuestros libros? De tener una lista de ellos, de conocer exactamente cuáles libros ya tenemos, y la primera razón para ello es la más obvia: no comprarlos repetidos.

A mí no me molesta repetir títulos siempre y cuando sean de ediciones diferentes. De hecho, tengo más de 40 “Cien años de soledad”, otros tantos de “Corazón, diario de un niño”; de “Pantaleón y las visitadoras”. Libros que representaron mucho en mi vida, los colecciono en diferentes ediciones.

Lo que me molesta es comprar dos libros exactamente iguales; cuando terminé de clasificarlos conté más de 300 libros, exactamente iguales, repetidos. Me daba de topes contra la pared. He logrado intercambiar casi todos. Así que, con esta única razón, no comprar repetidos, se podría justificar el esfuerzo de catalogarlos.

Yo los clasifiqué hace dos años. Me llevó cuatro meses de tiempo completo. Convalecía de una enfermedad, y el tiempo en casa, lo aproveché para trabajar en ello. Mi impulso inicial fue que, cuando menos, mis hijas supieran exactamente cuántos y cuáles libros estaban en los libreros; que contaran con información precisa que las ayudara a tomar cualquier decisión sobre ellos. Una especie de inventario testamentario.

Pero algo sucedió: no tienen idea de lo que disfruté el proceso. Reencuentros con libros muy queridos, descubrir entre sus páginas fotografías, facturas, mensajes, tarjetas, boletos de avión, dedicatorias, me trajeron recuerdos que me conmovían y emocionaban.

Cada mañana me levantaba deseoso de reiniciar la tarea, seguro de que me encontraría con sorpresas que me alegrarían el día y justificarían la friega. Me recuperé física, pero sobre todo, emocionalmente. Comprendí muchas cosas sobre mi vida y decidí intentar un nuevo rumbo, todavía no sé cual, pero otro.

Mientras llega el momento en que mis hijas decidan el destino de los libros, no tienen idea de lo que disfruto mi biblioteca desde que terminé de registrarlos. No comprar repetidos es la más obvia; pero hay otras: en cualquier instante, listar los libros tengo de un autor determinado; la fecha en que los leí, los que dejé sin terminar, dónde están, el día en que los compré. En fin, puedes ingresar a tu catálogo tantos datos como creas que te harán falta para disfrutar tu colección.

Yo utilicé una App y mi iPhone. La verdad es que probé unas cuantas, hasta que me decidí, no recuerdo porqué, por BookBuddy+ . Un consejo, no utilicen la versión gratis. La Pro cuesta muy pocos pesos, menos de 200 (10 dólares), lo que cuesta un libro, así que no sean tacañas e inviertan unos pocos dólares en la versión completa.

Sé que cuatro meses, de cuando menos 8 horas diarias, es mucho tiempo; quizá ustedes no cuenten con tantas horas, pero posiblemente no requieran tanto; mis libros se contaban por miles.

Por eso quiero recomendarles que inicien su proyecto sin importar que tengan pocos libros. Ya los tendrán por miles!

Insisto, no importa si tienen 25, 100 o más de mil libros. Inviertan en una App para catalogarlos, nunca se arrepentirán, créanmelo.
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