Autor: Humberto Vela

Nací en Monterrey, N.L. México, en marzo de 1957. He trabajado desde 1982 en la industria de las tecnologías para la información, así que hoy inicio la aventura de escribir de nuevo.

“Leviatán”, de Paul Auster

Novela de aparente lectura complicada, perfilada por una fuerte carga de filosofía y política, poblada por un puñado de personajes tan complejos como fascinantes y perturbadores, escrita con una delicada prosa, que traductores de poesía como Auster, son capaces de crear, “Leviatán” es una lectura imprescindible para los admiradores del novelista estadounidense y muy recomendable para aquel lector que desee conocer a uno de los más prominentes escritores estadounidense contemporáneos.

Inmerso en un extraño, largo y profundo bache lector, con un poco más media docena de lecturas sobre la mesa, que avanzan de manera morosa, la novela de Auster fue la única que logró engancharme del principio al final durante estos raros, muy singulares días, y eso, a pesar de que su lectura no resulta fácil, ni siquiera a lectores devotos de Auster, como yo, que le rendimos culto, como lo podrás constatar observando mi colección de sus libros.

Sorpresa agradable. Cuando pensaba que contaba con todas sus novelas, recién me encontré con esta nueva edición -la Duodécima- de Anagrama, que publicó “Leviatán” por primera ocasión en el ya lejano 1993, y que se me había escurrido sin darme cuenta. Afortunadamente la encontré, la compré, la abrí y ya no la solté, y así, descansé de los perturbadores pensamientos que me asaltaban por mi insólita incapacidad para terminar libros que me agobia estas últimas semanas.

Paul Auster (1947-) es traductor, escritor (novela, cuento, memorias y autobiografías), guionista de cine y teatro y director cinematográfico. Nació en Nueva Jersey, EU. Casado con la gran autora Siri Husvedt, ha sido galardonado con el Principe de Asturias de las Letras 2006 (A Siri se le concedieron en el 2019) y pronto llegará (espero) a nuestras librerías su reciente novela: “La llama inmortal de Stephen Crane”.

“Leviatán” es un arduo pero interesante ejercicio metaliterario, como a los que nos tiene acostumbrados Auster, donde cuenta la historia del novelista Peter Aaron (¿notas las iniciales?) mientras escribe frenéticamente, a contra reloj -se podría decir-, un libro que titulará “Leviatán”, donde relata la historia de su intimo amigo, el también escritor Benjamin (el nombre completo de Auster es Paul Benjamin) Sachs, aguijoneado para terminarlo lo más pronto posible por una investigación sobre una explosión de un automóvil, puesta en marcha por FBI, y que involucra al propio Aaron.

No me gusta mucho utilizar la palabra compleja porque te puedo dar una impresión equivocada de la lectura. Auster arma sus novelas con una estructura narrativa construida por ramificaciones que te conducen a historias que contienen otras historias, pero su talento y la aparente sencillez estilística que utiliza te hace navegar por ellas sin tropiezos relevantes.

A mi me gustan mucho las novelas de escritores. “Leviatán” trata sobre la amistad de dos escritores que se conocieron de “casualidad” en un Bar en Nueva York y que transcurre durante el período 1970-1990 del Siglo XX, manteniendo como telón de fondo eventos políticos como la Guerra de Vietnam y la Fría, con todo y la caída del Muro de Berlin, lo que da pie para cavilar en temas como la violencia política y la individualidad dentro de una sociedad democrática como la estadounidense.

Pero “Leviatán” también trata sobre el amor, el poliamor, el sexo, el engaño y las mentiras, que no es lo mismo. La complejidad psicológica de los personajes que creó Auster: Ben, María, Fanny y Lillian, le otorgan una solidez, una credibilidad a sus comportamientos, sus reacciones, a sus relaciones, a los embustes que le cuentan a Paul Aaron, que al igual que ellos juegan con él, él nos reta como lectores a descubrir la realidad.

Narrada en primera persona, la mayor parte sobre el pasado, aunque descolocándonos un poco cuando entra una voz en tercera omnisciente, quizá este texto te haga pensar que “Leviatán” es una novela enredada y engorrosa pero créeme que no lo es. “Leviatán” es una novela sobre escritores, con suspenso y ritmo que te invito a leer, mientras yo ¡Te leo!

“La fe del sembrador”, de José Luis Coindreau

Conocí al Coco Coindreau por intermedio de su gran amigo, Jorge Chapa Salazar con quien colaboré 12 años. Sabía del Coco porque presidió en épocas diferentes dos instituciones de las cuales yo fui consejero: la Cámara de Comercio y el Consejo Cívico de las Instituciones; años después, coincidimos en el gobierno de Fernando Canales, él cómo Secretario General de Gobierno, yo como Director de un Organismo Público Descentralizado.

Fue en esa época cuando me enteré que la fábrica donde acudía con frecuencia siendo niño era de su propiedad. Mi tío Pedro, uno de los hermanos menores de mi padre, era el gerente y la empresa del Coco se ubicaba justo al lado al taller de carpintería de mi abuelo Pedro, a quien sus nietos acompañábamos cotidianamente. Aprovechábamos para pasar a saludar al tío y de paso, abusando, jugar en un pequeño jardín ubicado en la parte frontal de la factoría.

No encontré demasiadas oportunidades para tratarlo como me hubiera gustado. De él, solo recibí atenciones y me resultó un hombre muy agradable, con una enorme simpatía y desbordante de empatía. Forjado como líder en el sector empresarial en las conflictivas décadas de los 70’s y 80’s, cuando alcanzó la más alta posición a nivel nacional en la Cámara de Comercio y la Confederación Patronal, en los 90’s se decidió a participar activamente en la arena política desde el Partido Acción Nacional, donde igualmente destacó como dirigente.

Fue como Presidente del CDE cuando su Partido, con Fernando Canales como candidato, ganó por primera ocasión las elecciones por el gobierno del Estado de Nuevo León. Durante los primeros cinco años del gobierno de Canales, el Coco Coindreau encabezó la relevante Secretaria General de Gobierno, posición a la que renunció, buscando, sin alcanzarla, la candidatura de su partido para el gobierno del Estado. No regresó a la función pública ni a la acción política electoral.

Nuestros políticos no son muy dados a escribir sus memorias políticas. Creo que “La fe del sembrador” se acerca más a al género autobiográfico que al de memorias políticas. La línea es tenue y por tanto no tan clara, aunque en mi entender tiene que ver con el lapso que abarcan: relatar toda la vida o solo el tiempo que le tocó ejercer como político.

Coco menciona que la intención inicial de escribir sus memorias era dejarle a sus hijos y a sus nietos una “huella” de sus vivencias. Poco después, nos cuenta que lo impulsaron tres motivos para hacerlo: que los lectores encuentren advertencias, moralejas y orientaciones útiles; como testamento de su pensamiento y vida para sus hijos y porque tuvo la suerte de vivir en la segunda mitad del siglo XX.

Y en nuestro país, sobre toda en la época que al Coco le tocó vivir, los miembros del PAN eran un tercio empresarios, otro tercio activistas y el que les restaba, políticos. Por eso creo entender el enfoque que eligió Coco. Su actividad política no lo define. Demasiada, variada e intensa vida ha vivido Coco para tan escasas páginas.

“La fe del sembrador” no trata de las memorias políticas del autor. Eso no quiere decir que no relate aquellas experiencias que ayudaron a moldear su personalidad y que tuvieron que ver con su actividad política; y que nos de a conocer sus reflexiones sobre sus acciones y decisiones del pasado y sus consecuencias en la actualidad.

Sin embargo pienso que a Coco le faltó espacio para profundizar más sobre las razones, ya sea de filosofía o de ideología política de las decisiones que tomó en el ejercicio de sus cargos como funcionario público y dirigente del PAN. No me deja ver dónde abrevó sus conocimientos; no menciona sus lecturas, ni platica sobre mentores. Me quedé con ganas de conocer más acerca de esos temas.

Pienso que quizá José Luis no es un ideólogo ni un estratega político. Me quedo con la imagen que de él tenía: de un táctico de primera, un excelente operador político, un gran líder, excelente esposo, padre, abuelo y un leal amigo. Sus recuerdos, vivencias, experiencias, sentimientos y sensaciones durante su paso por las diferentes etapas de su vida resultan interesantes y son relatadas de manera amena. ¡Te leo!

‘Después”, de Stephen King

Stephen King regresa para traernos una historia que me asombró. Cuando pensaba que le conocía todos sus trucos, volvió a sorprenderme con una novela que se parece a otras, pero que aún y así, me atrapó desde la primera página, y que al final… caray, el reto mayor al que me enfrenté es contarte lo sorpresiva que me resultó, sin estropearte la lectura.

Agradezco cuando se me atraviesan libros como “Después”, del maestro Stephen King, que resultan justo el tipo de historia que mi sesera requiere, asimila, aguanta y festeja sin sentir que acrecienta la fatiga mental que en ocasiones me fastidia. Y los leo de un tirón, sin sentirme cansado. Descanso activo pues, ya te lo he comentado.

No soy fanático, ni asiduo seguidor del género del terror. Pero con Stephen King me une un fuerte lazo escritor-lector que ni el paso de casi 48 años y decenas de libros -unos excelsos, otros regulares, algunos francamente infumables- han logrado causar ni un leve rasguño que lo ponga en riesgo de rotura. King es el autor del que más libros tengo y he leído. Sobrepasan ya los noventa, cubriendo varios metros en el librero más grande de mi biblioteca. Te lo cuento para anticiparte que no esperes objetividad en mi lectura. Soy incondicional del Rey.

Hace muchos años dejé de considerar a Stephen King como mi “placer culposo”. Con la edad y la confianza de saberme buen lector, dejé de ocultar la pasión que me provocan los libros del mal llamado “Rey del Terror”. Todavía en el siglo XX, muchos críticos literarios se atrevían a desdeñarlo y/o criticarlo, y algunos lectores lo consideran como un productor de lectura basura, pero a mí, me vale.

Stephen King es un autor de culto para millones de lectores de diferentes generaciones que leen y coleccionan sus libros y todo tipo de juguetes referentes a sus películas o personajes; disfrutan sus películas y series televisivas; crean grupos y sitios en las redes sociales para intercambiar experiencias y comentarios sobre sus lecturas, y leen religiosamente todos los Tweets que difunde. La mayoría de sus libros continúan reeditándose, desde su primera novela “Carrie”, hasta la más reciente en nuestras librerías: “Después”. Cualquiera que asista a una librería podrá notar la vigencia de su prestigio y popularidad.

Pero hablemos un poco de “Después”. En un alucinante arranque de la novela, caemos en cuenta que Jamie, un niño de seis años, ve y habla con los muertos. Pero, calmado, no ocurre a la manera de Cole, el protagonista de “Sexto sentido”, la película con Bruce Willis y Haley Joel Osment de protagonistas. Puede ser interesante, aterrador, puede ser terrible, pero es lo que es, así, sin mas, una habilidad, llamémosla sobrenatural de Jamie.

Jamie, es hijo único de Tia, una madre soltera a quien adora y que es, además, agente literaria, un atractivo adicional para un lector que le agrada todo lo que tiene que ver con los libros, la industria editorial, escritores y las novelas; Regis Thomas, autor de La saga de Roanoke, que constaba de 9 títulos, era y con mucho, la joya de la corona de la agencia de Tia.

Sin deberla ni temerla, Jamie es forzado por su madre a utilizar su insólito poder de interlocución con el Sr, Thomas y auxiliarlos a concluir su más esperada novela, “El secreto de Roanoke” con la cual cerraría la saga. Por desgracia, su conversación con Regis Thomas fue presenciada, además de su madre, por su pareja, Liz, una policía corrupta del Departamento de policía de Nueva York.

Thriller tirándole a “Weird Fiction”, que es un subgénero que involucra a policías investigando crímenes o eventos extraños donde aparecen entidades paranormales, con muchos guiños a sus novelas protagonizadas por niños con poderes sobrenaturales; Novela escrita con solvencia, narrada en primera persona por Jamie, que no alcanza las alturas de las últimas novelas de Stephen, como “El visitante” o la saga de Mr. Mercedes, pero se lee y se disfruta, sobre todo porque logré leerla sin miedo ni grandes sobresaltos. ¡Te leo!

“Maigret tiende una trampa”, de George Simenon

El universo literario resulta vasto, interminable y más lo percibes cuando conoces a escritores como George Simenon, un autor con una obra tan extensa que te deja sin aliento. Mea culpa como lector: “Maigret tiende una trampa” es apenas la segunda novela que le leo. Con 192 novelas publicadas bajo su nombre y una treintena que publicó bajo diferentes seudónimos, la magnitud de mi falta es tan amplia como su obra.

Quiero suponer sin poderlo asegurar, que a Simenon le saco la vuelta, porque casi siempre, con todo el dolor que el hecho provoca en mi bibliomanía, eludo los libros de Acantilado, la editorial que desde el 2012 publica al belga en español; Acantilado es una extraordinaria editorial española, que tiene como una de sus políticas editoriales rescatar lo mejor de la literatura europea, pero que por desgracia, sus libros alcanzan en México precios que, me niego a escribir, prohibitivos, pero casi; por eso tiendo a evadirlos pasando a su lado sin ver.

Precios altos y calidad, he ahí uno de los dilemas que enfrentamos los lectores adentro de las librerías. Tratándose de novela policial, la competencia es verdaderamente bestial. Autores clásicos versus escritores contemporáneos. Investigaciones serenas, a base de puro cerebro, la intuición y deducción como arma, o averiguaciones frenéticas, tanto como la nuevas tecnologías que soportan el peso de la operación. Se publican tantos títulos del género negro, que la elección no me resulta fácil.

George Simenon (1903-1989) nació en Leija, Bélgica y nos legó una obra monumental de la cual el Comisario Maigret, aunque relevante y significativo, es solo una parte de la misma. Es el autor en francés más traducido entre los escritores nacidos en el siglo XX y el tercero en la historia, detrás de Jules Verne y Alexandre Dumas. Es de los escasos autores del género policial que la crítica literaria le reconoce méritos literarios, a tal punto que en una época fue candidato al Nobel y desde el 2003, parte de su obra forma parte de la prestigiada colección La Pléiade de Gallimard.

Por todos lados lees que el mismísimo Nobel André Gide calificaba a su amigo George Simenon como un escritor extraordinario. Cuando leí por primera ocasión a Simenon (“El perro canelo”), investigando la historia de su autor, me sorprendió la enorme adhesión que alcanzó con su obra. Mito y leyenda en gran parte de Europa, Simenon es lectura pendiente en Iberoamérica.

El comisario Jules Maigret protagoniza 78 novelas y 28 cuentos. Nació en 1887 en Sant-Fiacre (no lo busques), inició estudios de medicina que muy pronto abandonó para trasladarse a Paris a trabajar en la policía. Casado desde 1913 con Louise Leonard, vive en un agradable departamento sobre el Bulevar Richard Lenoir. Fumador de pipa y bebedor de cerveza, es un hombre grande, no muy inteligente, pero sí comedido, bondadoso y con una gran capacidad intuitiva.

De modesto ayudante de Comisaría de Barrio, su talento policiaco lo llevó al cargo de Comisario en Jefe de la Policía Judicial, puesto desde donde se enfrenta al reto de detener a un asesino serial que en 6 meses, ha asesinado a cinco mujeres en distrito XVIII de Paris. Acuchilladas, sin rastros de violencia sexual o robo, su asesino ha evitado dejar pistas contundentes que lo identifiquen.

Es el verano de 1958. Bajo la presión de una comunidad asustada, el Comisario enfrenta sin avances la búsqueda y captura del asesino serial; inspirado por una conversación sostenida con un reconocido psiquiatra, Maigret, que prefiere investigar a la persona sobre el delito, elabora un incipiente e incierto perfil psicológico del asesino, y concibe una delicada y arriesgada celada para obligarlo a salir a descubierto.

Historia sencilla y quizá, hasta ingenua en este siglo XXI: sin ordenadores, sin celulares y sin ADN’s; sin grandes peligros ni escalofriantes aventuras, pero no por ello exenta de intrigas y misterios; “Maigret tiende una trampa” es una policial a la antigua, una novela sólida, bien escrita que no te defrauda. A mí, como fanático del género negro, me dejó serenamente satisfecho y con una deuda in crescendo con Simenon. ¡Te leo!

“La paciente silenciosa”, de Alex Michaelides

Novela psicológica, que a pesar de que escasea del ritmo frenético que caracteriza a los Thriller, no deja de ser atractiva y adictiva. Sé que existen demasiadas reseñas y comentarios sobre ella, pero apenas el pasado mes de julio llegó a las librerías mexicanas. Así que discúlpame y tenme paciencia por andar de novedoso retrasado.

“La paciente silenciosa” me resultó, antes que nada, uno más de los grandes Misterios del mercado editorial ¿Por qué tardó tanto Alfaguara para publicarla en México? A finales del año pasado, la editorial me solicitó un texto para publicarlo en una de sus revistas digitales. Aproveché para solicitar, como contrapartida, la novela de Michaelides. No la tenían disponible, así que me aguanté hasta que por fin salió la primera edición en México, dos años después de la edición española.

Ya llegó a las librerías españolas la segunda novela de Alex Michaelides, titulada “Las doncellas”. Vamos a ver cuánto tarda Alfaguara México en traerla. Mis expectativas no son altas. A lo mejor en el 2023. Con decirte que aún no llega la tercera novela de Carmen Mola, otra súper ventas de Alfaguara. Afortunadamente sobran alternativas de lectura, así que no hay prisa, solo curiosidad de lector voraz.

“La paciente silenciosa”, opera prima de Alex, convertida en un best seller a fuerza de recomendaciones de lectores, no defraudará a los que nos cautivan las novelas bien estructuradas, escritas con solvencia, bien ambientadas, protagonizadas por personajes amenazados, afectados, abusados, rotos psicológicamente actuando en una historia llena de giros, donde los buenos no lo son tanto, y los malos son peor de lo que te imaginas.

“La paciente silenciosa” es Alicia, una artista plástica, que en un arranque de locura, asesina a su esposo descerrajándole 5 tiros en la cabeza. Muda, literalmente sin hablar, termina internada en un hospital psiquiátrico a donde seis años después, llega Theo, un joven y ambicioso psicoterapeuta, que obsesionado por la última obra pictórica de Alicia, empecinado en curarla y de paso, desentrañar el misterio sobre lo que la llevó, lo que la impulsó esa sangrienta noche a matar a su marido con esa saña.

Alex Michaelides (1977-) nació en Chipre y estudió Literatura Inglesa y Psicoterapia. Como chipriota, debe de conocer muy bien la mitología griega, pues basó la novela en la historia de Alcestis y la obra de Eurípides, y como psicoterapeuta, la trasladó a The Grove, el hospital psiquiátrico de seguridad donde ocurre la historia de Alice y Theo. La novela está llena de referencias al sacrificio de Alcestis, y te entra la duda: ¿clave para desentrañar el misterio, simples ganas de presumir erudición?

Narrada en primera persona por los dos protagonistas, Alicia a través de su diario, y Theo, ay Theo, el pobre psicoterapeuta, que mientras intenta sacar a Alicia de su marasmo, nos cuenta -a la vez que se entera, y de la peor manera, sobre la fragilidad del amor, los débiles eslabones que te unen en matrimonio con la mujer que amas con locura-, … les decía que Theo nos narra, en primera persona, los múltiples obstáculos que tiene que enfrentar para ayudar a su silenciosa paciente. Porque todos: médicos, pacientes, familiares y amigos de Alicia intentan estorbar los esfuerzos de Theo, convirtiéndose francamente, en sospechosos.

Curioso: tengo que confesarte que existe un momento, en que me desvíe mentalmente del enigma que impulsó a Alicia a matar a su marido, porque mi atención se concentró más en los dramas maritales de Theo, que en sus problemas burocráticos y sus esfuerzos terapéuticos para devolverle la voz a Alicia; hasta que un giro maestro en la historia, los hace converger, dejándome descolocado, sorprendido, estupefacto, francamente asombrado por esa última vuelta a la tuerca.

Suspenso, buen ritmo, aunque sin desenfreno ni frenesí; eso sí: sensaciones de peligro, mucho antagonismo; “La paciente silenciosa” aprovecha los conocimientos de su autor para que reflexionemos en el maltrato infantil y sus consecuencias; profundiza en los orígenes del dolor psicológico, del desamor, del sacrificio y el sufrimiento; “La paciente silenciosa” es una buena novela que se lee de una o dos sentadas y que no defraudó las expectativas que había puesto en su lectura. ¡Te leo!

“La apariencia de las cosas”, de Elizabeth Brundage

Resulta emocionante encontrarse con una sorpresa placentera, como ocurrió con la lectura de “La apariencias de las cosas”; pienso que recibí un regalo insospechado, no sé que tan merecido. Después del desconcierto que me provocó leer la exótica catalogación que le atribuye The Wall Street Journal: “thriller literario”, al terminarla pensé: ¡Joder! Pues no andaban tan errados.

Destaco el punto solamente porque la frase, lo novedoso del adjetivo, me resultó, de entrada, un simple artificio mercantil y al final de la lectura, concluí que el WSJ se había quedado corto, pues no alcanza a definir en toda su dimensión a la novela de Elizabeth Brundage.

Yo compré la novela por otras razones: por el sello editorial (Nefelibata es un adjetivo –usado también como sustantivo– que alude a un individuo soñador o fantasioso) y por conocer a Elizabeth Brundage. Elizabeth es graduada en el Hampshire College, acudió también a la escuela de cine de la Universidad de Nueva York y trabajó como guionista en el American Film Institute de Los Ángeles. La autora se formó en el taller de escritores de la Universidad de Iowa. Entre sus obras se pueden encontrar títulos como “The Doctor’s Wife”, “Somebody Else’s Daughter”, “A Stranger Like You” y “All Things Cease to Appear”, la única en traducirse en español como “La apariencia de las cosas”.

La novela inicia una noche de febrero de 1979 con el arribo de George Clare y la pequeña Franny a la casa de Joe y June Pratt, sus vecinos, para solicitar ayuda, pues algo le había ocurrido a Catherine, su esposa. De alguna manera te enteras que la encontró muerta, sin mayores detalles. Por pequeños gestos, difusas conversaciones y expresiones sueltas que observas durante la lectura inicial, te das cuenta que casi todos en el entorno, sospechan de George.

Pronto, la autora decide dar un pequeño salto hacia al pasado, solo unos cuantos meses atrás, suficientes para que despliegue todo su talento narrativo, toda su maestría en la creación de un grupo de extraordinarios personajes y sus pequeñas, comunes, entrañables historias entretejidas por diversos intereses en común, que terminan convergiendo en la vida de los Clare.

Y ahí encontré la sorpresa: esperaba encontrarme con una historia policíaca. Y pues sí, arranca con un asesinato, el de Catharine Clare, y también encontramos a un policía, Travis Lawton, y rondaba por ahí un psicópata asesino, pero habrán pasado más de trescientas páginas sin enterarme de alguna acción o avance sobre la investigación. No, definitivamente no fue la solución del homicidio lo que me conectó y enganchó con la novela.

Fueron las historias de los habitantes de Chosen, el pequeño pueblo del Estado de Nueva York, a donde llegaron a vivir los Clare; George, Catharine y su hija Franny. Fue el asistir a Saginaw, la pequeña universidad que contrató a George, como maestro de historia del arte; ocurrió al adentrarnos en la historia y leyendas alrededor de la granja donde viven los Clare.

Mi respuesta emocional se fue dando mientras me adentraba en las historias de los vecinos: los tres hermanos Hale, jóvenes huérfanos, antiguos moradores de la granja de los Clare; las de los Sokolov, los Lawton y los DeBeer; y conforme vamos conociendo el entorno de los Clare, desciframos los usos y las costumbres de quienes comparten el espacio con nuestros protagonistas.

Y es en ese ejercicio cerebral que realizamos para conocer, para entender, para interpretar, intuir, percibir las necesidades emocionales de los vecinos de Chosen, cuando reconocemos que estamos sumergidos en la lectura de una excelente obra literaria, empujados a ensanchar nuestros conocimientos sobre sus vidas, a percibir el mundo desde esa diversidad de puntos de vista que nos ofrecen sus acciones y sus pensamientos. Y les tomas afecto, caray. A Cole, a Eddy, a Justine, a Rainer, y ni se diga a la trágica Catherine; a casi todos terminas queriendo.

Extraordinaria novela. Es casi hasta la página 400 cuando regresamos a la investigación policiaca. Y en esas últimas cien páginas, Elizabeth demuestra que se le da bastante bien el género. Pero no, no es un Thriller, para nada. Es una novela que se lee poco a poco, que te pone a recapacitar, meditar, reflexionar en temas más profundos y relevantes que el de encontrar la manera de atrapar al asesino de Catherine.

Sin duda “La apariencia de las cosas” es una novela que te recomendaría sin reparo alguno. Es una de las mejores que he leído en este 2021. ¡Te leo!

“Lo peor de todo”, de Ray Loriga

Me hubiera -y no existe el hubiera- haber leído “Lo peor de todo” cuando se publicó. No me arrepiento de su lectura, pero tratándose de un autor como Ray Loriga, un referente de su generación, de esa pléyade de jóvenes escritores españoles que irrumpieron con fuerza en los albores de la transición a la democracia española y que sacudieron con la misma energía la industria editorial iberoamericana, pienso que la habría disfrutado más a mis 20/30 años.

Lo menciono como una leve advertencia. “Lo peor de todo” fue la ópera prima de Ray. La lectura de sus novelas iniciales se debe encarar teniendo en mente el contexto, el entorno, el ambiente de la época en la que se escribieron. Y para que no haya malos entendidos, desde ahora te insisto en que me gustó, pero…

La verdad no quiero pensar que mis sentimientos y sensaciones como lector estén influenciados por haberme convertido con el paso de los años en uno de esos “viejos babosos” a los que alude Élder, el narrador de “Lo peor de todo”, que se vuelven repugnantes con la edad y que empeoran año tras año. Ojalá y que no.

A Ray Loriga lo leí por primera ocasión en diciembre de 1995. “Caídos del cielo” fue esa primera lectura, y de acuerdo a lo que anoté, me agradó. Aún andaba por mis treinta y aunque mi vida fue diferente -a mis 25’s era un joven serio, formal y orientado a lo que en aquellos años estaba seguro que era el “éxito”- a la de los protagonistas de la novela de Ray, me identificaba con ellos en otros aspectos.

Ray Loriga, seudónimo de Jorge Loriga Torrenova (1967-), escritor madrileño, colaborador de diversas publicaciones, guionista y director de cine ha publicado once novelas, 4 libros de relatos y un cuento infantil. Integrante de la denominada “Generación X”, logró su primer éxito de público y critica con “Lo peor de todo”, que fue publicada por todo Europa.

No recuerdo las razones por las que no volví a leer a Ray Loriga. En el 2017 su novela “Rendición” fue galardonada con el Alfaguara de Novela e inmediatamente lo recordé. Por eso no dude en comprarla y leerla. Y de nuevo, me gustó. “Extraña pero entretenida” resumí en mis notas. Quizá iniciaba mi época de viejo baboso.

“Lo peor de todo” es su primera novela, publicada en 1992 con toda la frescura de sus 25 años, reeditada por Alfaguara en el 2008 y reimpresa en México por el mismo sello en el 2014, edición que en la mañana me la encontré a precio de ganga y que hoy mismo leí. Para que me espero a envejecer más.

Novela de iniciación sobre la transición de la niñez a la juventud del protagonista y narrador Élder Bastidas, escrita en primera persona, a la manera de un diario medio caótico, con un ritmo por momentos frenético, transitando del pasado al presente, sin freno ni pausa, sin lograr asentarse, pero sin que te provoque inconveniente o problema alguno con la lectura.

Apenas empezamos a conocer a sus amigos, cuando pasa a hablarnos de T., su novia, “que es tan bonita como tener a Dios de cara” y sin pausa, salta a contarnos de su familia, formada por su padre, “que le encantan los puertos, le horrorizan las playas”, sus hermanos Fred “el cuerdo” y M. que “está loco” y su madre, que “es una gran mujer a pesar de su nefasta afición por el cine suramericano”.

Vertiginosamente, sin apenas darnos cuenta, nos enteramos de su expulsión de la escuela, de su paso por un internado, de su viaje a Londres con regreso a Madrid. Parece inevitable su confusión, el dolor, la frustración, la injusticia, la desilusión y desesperanza experimenta y que lo agobia.

Creemos entender la transitoriedad de sus empleos como parte de su crecimiento mientras termina de desarrollar su personalidad: “He trabajado en mil sitios, pero nunca he hecho nada bien. Eran solo trabajos de idiota, en realidad casi todos los son”.

Escrita con un estilo narrativo que no te da descanso, “Lo peor de todo” es una novela singular, que intenta reflejar sin aludir un período, para mi incierto, de la historia española. Amor, ingenuidad, humor, calidez, angustia, violencia contenida, confusión y oscuridad encuentras en la historia de Élder. Nostalgia, añoranza y satisfacción me dejó su lectura. ¡Te leo!

“Vivir no es tan divertido, y envejecer, un coñazo”, de Oscar Tusquets Blanca

Ilustrativa, amena, graciosa, tan encantadora y tan sugerente, que siento que “Vivir no es tan divertido, y envejecer un coñazo”, de Oscar Tusquets me quedó a deber, aunque no sea cierto. Mira que hace poco escribía que coincidía con Philip Roth en aquello de que “la vejez no es una batalla, es una masacre”.

El título, el tema, el autor, la portada con la ilustración del maestro Belmont desafiando a la muerte, mi coyuntura actual; todo ello junto me empujó a tomar inmediatamente el libro de Oscar de la mesa de novedades para traérmelo a casa.

Oscar Tusquets es “arquitecto por formación, diseñador por adaptación y pintor por vocación”, y confiesa que escribe “por deseo de ganar amigos”. De él solo había leído un libro de memorias sobre su infancia -“Tiempos que fueron”-, que escribió a cuatro manos con su hermana Esther Tusquets, quien dirigió muchos años la Editorial Lumen y de quien te he platicado sobre alguno de sus libros. Publicó 8 libros en solitario y 5 en colaboración “en prestigiosas editoriales y con alentadoras cifras de ventas”.

Cuenta Oscar que entre la finalización y despacho del libro a la imprenta, se le atravesó la pandemia. Y eso lo orilló a escribir una breve introducción donde echa, vacía, derrama todas sus filias y fobias sobre lo que ha visto, leído y escuchado, sobre lo que ha vivido y sufrido durante este triste período de nuestras vidas. Curioso: coincido y comparto casi todas sus reflexiones sobre el tema.

“Vivir no es tan divertido, y envejecer un coñazo” es otro libro -panfleto le llama el propio autor- de memorias, escritas por un superviviente que ha vivido un montón de experiencias en sus ochenta años de vida, escrito con un desparpajo que hace de su lectura una experiencia amena, ciertamente grata y atractiva, a pesar de que el tema me afecta por razones obvias.

Breve, demasiado breve para su larga e interesante vida y para mi gusto, “Vivir no es tan divertido, y envejecer un coñazo”, de Oscar Tusquets Blanca es un rápido repaso -un grueso brochazo sobre un lienzo- por su infancia, su paso por la central de la Llotja de Barcelona para estudiar Dibujo, por su estadía en la Escuela de Arquitectura donde se graduó con un grupo de treinta compañeros y solo una compañera.

Oscar nos cuenta cómo conoció a Salvador Dalí, y pasa raudo y veloz a enumerar a una variopinta lista de personajes del mundo artístico y cultural barcelonés de finales de los 50’s, principios de los 60’s del siglo pasado, que convergían y convivían en un “ambiente escandaloso, absolutamente irrespetuoso con lo que hoy denominaríamos corrección política”.

También nos ofrece un rápido repaso sobre sus estadías escolares veraniegas en instituciones italianas, donde afianzó su amor por las Bellas Artes y por el país; también de refilón nos relata sobre su paso por las Milicias Universitarias, donde obtuvo el grado de Alférez de complemento.

Escribe acerca de sus creaciones iniciales ya como arquitecto, sobre la Gauche Divine barcelonesa, mundo al que perteneció y compartió con su socio de dos décadas, Lluís Clotet, “recuerdos dispersos de una vida que ha dado para mucho”, como bien escribe, integrante de una generación privilegiada, criado en un medio económico holgado, por unos padres “tremendamente tolerantes, aunque fuera por pereza”; una vida llena de oportunidades que tuvo la visión, la disciplina y el talento para explotarlas.

En la segunda parte del libro, Oscar hace un recuento de los daños causados por el paso de la edad: el abandono de la salud, la belleza, el deseo sexual, los amigos, la memoria, las alternativas, el deseo de emprender largos viajes, los colaboradores, las creaciones más amadas, el sueño, estar de moda, la capacidad de crear, las nuevas tecnologías, emprender proyectos de larga duración, la utilidad de aprender.

El libro se pone serio cuando el autor reflexiona, y nos pone a pensar sobre un tema tabú en la cultura occidental: la muerte, la resistencia a hablar ella: “nombrarla se considera de mal agüero, se oculta a los niños, parece algo sucio y vergonzoso, olvidando que es el momento culminante de nuestra vida, aquel para el que deberíamos haber estado preparándonos día a día”.

Estamos tan poco inclinados y tan mal preparados para morir, que en caso de enfermedad terminal, con tal de obtener unas cuantas horas más, estamos dispuestos a arruinar económica y psicológicamente a nuestros familiares y a pasar por todas las humillaciones y padecimientos que los médicos nos impongan.

El libro termina con un inteligente consejo, que te recomiendo leas y atiendas, que nunca es tarde para reflexionar sobre el porvenir y aprender lo que más podamos de los sabios que nos preceden.¡Te leo!

“La anomalía”, de Hervè Le Tellier

No he leído a Ray Bradbury, tampoco a Philip K. Dick, menos aún a Aldous Huxley o Isaac Asimov, aunque en mi biblioteca puedes encontrar alguna de sus novelas más célebres. Igual esperan, aunque sea a que les pase el plumero por encima, libros de autores como Margaret Atwood y Arthur C. Clark.

Sin embargo he leído a Michael Crichton y hasta acudí con mis hijas a los Estudios Universal a conocer Parque Jurásico. También he leído a Jorge Luis Borges y a su gran amigo, Adolfo Bioy Casares. Y probablemente alguna de las novelas de Stephen King encajen en el género, y al “King” le tolero todo.

No soy afecto a la ciencia ficción. No es lo mío. No logré terminar ni la primera película de la saga de “Star Wars”, aunque reconozco que desconozco si encaja en el género; tampoco he visto nada de “Star Trek”; no terminé “Matrix”, aunque me encantó y continúo disfrutando de la saga de “Back to the Future”.

No había leído ni había escuchado mención alguna de Hervè Le Tellier. El escritor francés ( 1957-) ha publicado 27 libros y preside el Oulipo, acrónimo francés del Taller de literatura potencial. Este grupo experimental fue fundado a principios de los sesenta por el escritor Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais y ha contado entre sus miembros ilustres a Georges Perec e Italo Calvino.

“La anomalía” la compré porque ganó el Goncourt 2020, que habitualmente es garantía de buenas novelas. Cuando la catalogué, consideré que podría pertenecer al género de Ciencia Ficción, así que mis expectativas para leerla tendieron a cero.

Pero un texto de nuestro amigo Jose Sahagun Sahagun me intrigó lo suficiente como para obligarme a descomponer en factores los polinomios del numerador y denominador como primer paso para esquivar ese límite que tendía a cero, y ese paso, más las primeras páginas de novela, modificaron las expectativas.

Sin embargo, después del buen arranque, sentí como que no pasaba gran cosa y percibí que la función de densidad de terminar la novela, viraba de nuevo hacia el cero. La recomendación de Jose y el Goncourt me empujaban a perseverar, así que procedí a sustituir los polinomios en el límite por su descomposición en factores y eliminé aquellos que se repetían en el numerador y en el denominador. Un buen autor, un buen libro, modifica las posibilidades, pensaba.

Y ¿sabes qué? No pienses que “La anomalía” es mala. Al contrario. Por momentos toma ritmo de thriller y no quieres soltar el libro. Las novelas malas no las termino de leer y mucho menos me tomo tiempo para escribir sobre ellas. Y la novela de Le Tellier es buena y te entretiene. Pero…

La premisa es buenísima: un avión atraviesa una tormenta sobre el Atlántico, logra sortearla con algunos daños para aterrizar en Nueva York, todos vivitos y coleando. Tres meses después, un avión idéntico, con la misma tripulación y los mismos pasajeros, salva una tormenta de las mismas características y aparece por el espacio aéreo de los Estados Unidos.

Las autoridades aéreas, el ejercito estadounidense, la CIA, el FBI, en fin, todos los involucrados en el fenómeno, se jalan los cabellos sobre la imposibilidad de tal anomalía: ¿Un avión y más de doscientas personas aparecen desde el espacio, mientras que sus réplicas, que arribaron tres meses atrás se encuentran haciendo su vida ? Joder…

Entonces, ¿qué pasó, porqué las dudas? Nada, solo que me resultó excesivo que casi durante toda la primera mitad de la novela, el autor se la pasó presentándome a una amplia selección de la tripulación y el pasaje. Ocho personajes, ocho historias, demasiadas páginas dedicadas a conocerlos, así que debí armarme de paciencia.

La temática de la novela me gustó. Estudié ingeniería. Me casé con una matemática. Me gustan e intrigan los misterios matemáticos. La hipótesis de la simulación del matemático sueco Nick Boström me resultó interesante y además, “La anomalía” me puso a reflexionar sobre cuestiones relevantes: ¿Cómo reaccionaría al enfrentarme conmigo, bueno, con mi doble idéntico: lo integro a mi vida, lo presento como mi hermano gemelo desaparecido, lo mato, o qué?

“La anomalía” es una novela original, ingeniosa, atractiva, entretenida e interesante. No tengo claro que haya sido indispensable armar tantas combinaciones sobre cómo el ser humano enfrentaría la posibilidad poco probable de toparse con su doble; no con una réplica, no con un clon, sino con una versión idéntica de sí mismo. Mi reparo no le debe importar mucho al autor y menos a ti. Ganó el Goncourt. ¡Te leo!

“Gabo y Mercedes: la despedida”, de Rodrigo García

Mientras leía, crecía mi admiración y respeto por Rodrigo García; atreverse a publicar este emotivo texto sobre su duelo, duelo compartido con millones de lectores admiradores de sus padres, Gabriel García Marquez y Mercedes le debió resultar muy duro.

Crónica sobre los últimos días de nuestro querido Nobel, y escribo nuestro porque la verdad es que Gabriel García Marquez se ganó el incondicional cariño de sus lectores, que lo adoptamos como nuestro, sin importar nuestra nacionalidad. Mi vida como lector siempre se mantuvo vinculada con los libros de García Márquez. Leí por primera ocasión “Cien años de soledad” en 1968, así que ya se imaginarán.

El texto de Rodrigo es, sin duda, un maravilloso testimonio, una sentida y hermosa despedida de un hijo a su padre, aunque nos relate hechos y situaciones desoladoras, como la demencia senil que sufrió durante los últimos años, con todas sus dificultades inherentes: perdida de la memoria, los apuros para comunicarse, las complicaciones para razonar, y lo que me pareció más cruel para un escritor como el Gabo: la dificultad para encontrar las palabras y hacerse entender.

Rodrigo García Barcha (1959-) nació en Bogotá y se crio entre Ciudad de México y Barcelona. Estudió Historia Medieval, pero se encaminó hacia el cine y la televisión. Entre sus películas se encuentran Things You Can Tell Just by Looking at Her y Mother and Child. Ha dirigido capítulos de series como Los Soprano, Six Feet Under y Carnivàle. Y escribe.

En “Gabo y Mercedes: una despedida” Rodrigo narra de forma sobria y detallada sus recuerdos sobre los últimos días de su padre y las primeras horas después de expirar. Sentimientos, sensaciones, percepciones, y las actividades que él y el entorno más íntimo y cercano de la familia realizaron durante esas dolorosas horas: “A diferencia de la muerte hace un rato o de la cremación que tendrá lugar esa misma noche, los sentimientos con respecto a este momento carecen de misterio. Duelen hasta los huesos: se va de la casa y jamás regresará”.

Testigo y director de escena durante la cremación de su padre, escribe “La imagen del cuerpo de mi padre entrando al horno crematorio es alucinante y anestésica. Es a la vez grávida y sin sentido. Lo único que puedo sentir con algo de certeza en este momento es que él no está allí en absoluto. Sigue siendo la imagen más indescifrable de mi vida”.

Recuerda el funeral homenaje que le organizaron en Bellas Artes cuatro días después del fallecimiento de su padre, con la asistencia de los Presidentes de Colombia -se refiere de él como “un conocido de mi padre por muchos años y se hicieron amigos mucho antes que llegará a la presidencia”- y el de México, que ante la alusión a ellos como «los hijos y la viuda», nos cuenta que “me retuerzo en la silla, con la certeza de que mi madre no lo verá con buenos ojos”. Las últimas palabras de Mercedes sobre el inoportuno comentario fueron: “Yo no soy la viuda. Yo soy yo”.

Mercedes falleció en agosto de 2020. La pandemia le impidió a Rodrigo ver a su madre salvo a través de la pantalla. La última ocasión que la vio en su celular fue cinco minutos antes de su muerte. De ella, Rodrigo la define “Siempre sólida y firme e incluso dirigiendo el mundo que el éxito de mi padre les proporcionó. Fue una mujer de su época, sin estudios universitarios, madre, esposa y ama de casa…la admiraban sin reserva y le envidiaban su determinación, resiliencia y su conciencia de sí misma”.

Conmovido aún por la lectura de “Este relato, entreverado de recuerdos de una vida irrepetible, es la más hermosa despedida al hijo del telegrafista y su esposa” no me resta más que recomendarte este libro homenaje a uno de nuestros más inmensos escritores. ¡Te leo!
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