“Linchamientos digitales”, de Ana María Olabuenaga

“Quien con monstruos lucha, cuide a su vez de no convertirse en un monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también estás mirando dentro de ti”.

Nietzsche

Quizá no es este el foro indicado para hablar sobre el texto de Ana María, por lo que les solicito de antemano su indulgencia por mi temeridad e imprudencia. Considerado como ensayo de corte académico, a mí me pareció una crónica muy bien documentada sobre los “Linchamientos digitales” que sufrieron personas como Tiziana Cantone, Armando Vega Gil, Nicolás Alvarado y Marcelino Perelló.

Como usuarios de las redes sociales el tema nos incumbe. Los que por aquí andamos desde hace tiempo, hemos sido víctimas, victimarios o testigos indiferentes de esas ejecuciones extra judiciales, en donde un grupo de usuarios, principalmente anónimos, se unen, de manera espontánea o premeditada, para “hacer justicia” desde su teclado, sobre un presunto culpable de infligir con alguna norma, estatuto, código o ley, casi siempre, no escrita.

Ana María Olabuenaga es una publicista, editorialista y emprendedora ampliamente conocida y reconocida en los medios de comunicación. “Linchamientos digitales” es un libro que desborda conocimiento, pero a la vez, valentía, porque la autora comprende, sin duda, que en este nuevo mundo de lo digital, hay cosas que ya no se pueden ni deben decir, sin correr el riesgo de convertirse en víctima de lo narrado.

Con una prosa precisa y clara, más periodística que académica, el libro se lee fácil, aunque lo que lees, no lo es. “Linchamientos digitales” duele y preocupa, pues como menciona Olabuenaga, en las redes sociales no existe un pacto de civilidad, y cualquier traspiés, te puede retorcer la vida entera.

Tiziana y Armando se quitaron la vida; Nicolás, trata de reconstruirla; Perelló la perdió a los cuatro meses de su linchamiento. Pero como estas cuatro víctimas de esa especie de tribunal digital, integrado por una turba de criaturas que, indignadas, se “asumen como virtuosas cuya obligación es mostrar el camino a los espurios, perdidos, traidores, enemigos e infieles”, sabemos existen muchas más: es muy diligente ese juzgado cibernético.

Desde la elección que ganó Trump, hemos leído sobre cómo circula y se retroalimenta el odio en las redes sociales. Los algoritmos que utilizan para decidir que nos dejan, o no, ver en nuestros muros o pizarrones digitales, no son aún tan inteligentes como para impedir la circulación de estos discursos llenos de odio, rencor, aversión, rabia, indignación, desprecio, fobia.

Nos cuenta Ana María que ya en 1896, el doctor Gustave Le Bone denominó a la masa que lincha como “la multitud criminal”, la irritable, la irracional, la crédula, la sugestionable, la impulsiva; los “residuos atávicos de los instintos primitivos de la masa”, que lincha sin culpa, y mucho menos, con miedo al castigo, pues se sienten impunes, protegidos por la masa.

Las palabras, material que utiliza la Nobel Louise Glück para escribir su maravillosa poesía, también se usan para lacerar, dañar, herir, mutilar. El lenguaje empleado como armamento para asesinar socialmente, para borrar de la faz de la tierra al adversario, al equivocado, al errado, al desviado de la ruta correcta, al que patina, al que desbarra, sin necesidad de empuñar ni disparar un arma; esas palabras, sin duda, matan.

Les recomiendo ampliamente “Linchamientos digitales”, un libro que igual que te fascina, te aterra. Basta con recordar a Armando Vega Gil, que quebrado por el linchamiento al que era sujeto, escribió: “Sé que en redes no tengo manera de abogar por mí, cualquier cosa que diga será usada en mi contra… mi vida está detenida… no hay salida”, seguidamente, se colgó de un árbol frente a su casa.
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