“Frankenstein o el moderno Prometeo”, de Mary Shelley

Casi terminamos enero del 2020 con la lectura de una novela que se publicó por primera vez en 1818, y que, 202 años después, se sigue leyendo, colocándolo en algunas listas, como un clásico de la literatura: “Frankenstein o el moderno Prometeo”, de la escritora inglesa Mary W. Shelley (1797-1851), que la escribió “siendo una chiquilla de 19 años y que nunca jamás volvería a escribir con tanta rapidez, calidad, buen resultado o audacia..”, anotaba el maestro Stephen King en “Danza Macabra”, su genial libro de ensayos.

La versión que yo leí es la tercera, que Shelley publicó en 1831 en una edición de Austral, traducida por José C. Vales y que incluye una introducción de la propia autora, donde da respuesta a una pregunta que le hacían muy a menudo: “¿cómo es posible que yo, entonces una jovencita, pudiera concebir y desarrollar una idea tan espantosa?”.

Escribía Stephen King en su “Danza Macabra” que Frankenstein es la novela menos leída entre un trío de clásicas del género fantástico, que incluye a “El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hayde” y “Drácula”, y debo confesar que, aunque soy un adicto a la literatura del Sr. King, no había leído ninguna de las tres, hasta ahora que me decidí a leer a la bi centenaria.

Se supone que debo presentar un pequeño resumen de la obra, aunque sospecho que gracias a las decenas de versiones cinematográficas que se han producido, puede parecer una ociosidad; pero se vale considerar que habrá más de uno que como yo, que solo conocía sobre el monstruo de la Shelley de oídas o vistas, así que trataré de hacerlo de manera breve.

Nuestro moderno Prometeo, Victor Frankenstein, obsesionado en su papel de dador de vida, crea, con partes de cadáveres recolectados por doquier, un esperpento más feo que Charles Bukowski en una mañana de cruda, y justo cuando su maniática actividad rinde frutos, y enciende la chispa de la vida de su prodigio, huye despavorido, dejando en la orfandad al producto de sus desvelos. El resto de la historia trata sobre la venganza que ejerce su engendro, que pasa por el asesinato de su hermano, su mejor amigo y su mujer -en plena noche de bodas- y la muerte prematura de su padre, víctima de tantas fatalidades producidas por el fruto de sus entrañas. Harto de estar harto que ya se cansó, Don Victor Frankenstein, lo persigue por todos los confines del universo hasta que al final, ta ta ta ta.

Durante toda la lectura, pero sobre todo cuando llegué al final, solo tenía una pregunta en mi mente: ¿cómo es posible que un cuento tan mediocre, haya calado tanto y durante tanto tiempo en el universo literario? Porque ni siquiera está magistralmente escrito. La prosa de Mary Shelley no da para tanto: no te provoca miedo, ansiedad, asombro, ni desasosiego alguno. Al contrario: cuando lees los diálogos del aborto de Don Victor, te cagas, pero de risa, porque no está usted para saberlo, ni yo para contárselo, pero el endriago se expresa como legislador tirando rollo en la más alta tribuna del H. Congreso Federal.

Stephen King conjetura que su fama se debe al cine: “De modo que, cuando uno se pregunta quién o qué convirtió al articulado monstruo de Mary Shelley,.., en un arquetipo pop, las películas es una respuesta perfectamente adecuada.”. Leí por algún lado que Guillermo del Toro comentó que “Frankenstein” es una lectura que se debe dar en la adolescencia. Vale, yo a punto de cumplir 63 dejé pasar la oportunidad de haberla leído hace 5 décadas, y quizá por eso, la novela no me gustó nada de nada, por mas best seller que ésta sea. Mi estimada Sra. Shelley: la idea era espantosa, y su realización, me parece que, igual.

“El chino del dolor”, de Peter Handke

C73325E3-D2F6-49A0-8785-54032C445C23_1_201_a

Cuando se anunciaron los nombres de los ganadores del Premio Nobel de Literatura 2018 y 2019, Olga Tokarczuc y Peter Handke, volví a reconocer mis enormes lagunas como lector; a Olga ni siquiera la ubicaba en este mundo, y del austriaco Handke, tenía recuerdos muy vagos de haber leído algo sobre él, aunque estaba seguro que no había leído nada escrito por el vituperado autor.

Como aún no logro hacerme de algún libro de Olga -no los he visto en mis correrías literarias- y los de Peter ya se encuentran a la mano, en diciembre me inicié en su literatura con un título que me atrajo por sus resonancias futboleras; “El miedo del portero al penalti”, que simplemente, la verdad, de bote pronto, lo abominé, lo odié y me prometí no volver a tocar un libro del Nobel 2019.

Más pronto cae un hablador que un cojo. Metido en la lectura de libros sobre el duelo que provoca la pérdida de un ser querido, me enteré que Handke había escrito “Desgracia improbable”, donde profundiza en su memoria para ordenar los recuerdos sobre su madre, fallecida pocas semanas antes de iniciar la escritura, por una sobredosis de narcóticos.

“Desgracia improbable” es autoficción; una parte verdad, la otra, imaginación del autor, puesta en juego para construir la historia, y reconozco que la prosa, la mirada atenta, la minuciosidad para describir pequeños detalles, su modo de contar sus “recuerdos”, me subyugaron. El marcador se igualaba a uno. Se me abrían oportunidades para conocer mejor al Nobel.

La lectura de “El chino del dolor” fue compleja. Creo que nunca había rayado tanto una novela. El libro, publicado por Alfaguara, quedó todo señalado y lleno de anotaciones. Leía, subrayaba, reflexionaba, escribía; la frase que más me llegaba a la cabeza era: ¿qué fregados estoy leyendo? No me rendí, primero, por necio; segundo, porque era una novela corta de apenas 124 páginas; y tercero, porque la prosa de Handke es hermosa, poética, descriptiva. 

La novela se divide en tres partes y un epílogo. “El observador es distraído” está lleno de imágenes formadas por palabras, que forman frases, pero sin una historia aparente, hasta que el protagonista, Andreas Loser, que además es el narrador, nos platica como revolcó a un desconocido en la calle. La segunda parte, “El observador interviene”, nos narra como, camino a un juego de cartas, Andreas se topa con un nazi que anda pintarrajeando las paredes con la cruz gamada, y en un impulso -inesperado para el lector-, decide apedrearlo, con graves consecuencias, para después, dirigirse a la casa donde tiene lugar la jugada, en la cual lanza una pregunta, que produce una atractiva narración a varias voces. En “El observador busca testigo”, Loser, atribulado por la culpa, mantiene un encuentro sexual con una mujer, que le hace ver y sentir que su cuerpo y su mente irradian descontento. Después se encuentra con un amigo, que le ofrece el mismo diagnóstico, por lo que va a buscar a su hijo para contarle todo, buscando desahogo. El epílogo es, de nuevo, palabras, frases, imágenes. Prosa bella, concienzuda, meticulosa, reflexiva, que deja tu mente flotar, vagando por un mundo quimérico, narcótico.

Se resume más o menos fácil, pero la lectura de “El chino del dolor” no lo fue. Mi temprana y arriesgada conclusión es que Peter Handke no es lectura para todos, ni todos los momentos son adecuados para leerlo. Tengo que aprender. Disfruté su prosa, me dejé llevar por las palabras; admiré el detalle de sus descripciones; pero batallé para discernir donde estaba la historia que contaba, escondida detrás de palabras, de frases, que construían imágenes, pero que me escondían el relato. No sé si habrá más Peter Handke en mi futuro. Por ahí tengo más de sus libros. Veremos.

La red púrpura, de Carmen Mola

En el 2018 empezó a aparecer en blogs y reseñas literarias el nombre de Carmen Mola, el seudónimo de una escritora española residente en Madrid que la estaba rompiendo con la novela negra “La novia gitana”, que terminé leyéndola en abril del 2019. En mis notas escribí que “La verdad que es una novela entretenida, pero con un final, esas últimas 50-60 páginas, de esas que te dejan con la cabeza volando”.

“La novia gitana” se convirtió en un Best Seller, y el misterio sobre la autora potenció más el interés sobre la novela. Además, su protagonista, la inspectora Elena Blanco, por la tragedia en que se vio envuelta -el secuestro de su hijo, que apareció de forma escalofriante en la página final- ganó adeptos entre los que gustamos de historias policíacas, a pesar de que el personaje principal acumulaba demasiados clichés.

A finales del año pasado apareció la continuación de la saga, “La red púrpura”, y aunque la primera no me pareció lo máximo, si me dejó con la espinita enterrada sobre la historia de Lucas, el hijo desaparecido de la inspectora Blanco, por lo que con muchas reticencias por el precio -$499.00- la compré y en estos días iniciales del 2020 me provocó leerla para saciar la curiosidad y ver si la novela cumplía con las expectativas que había generado tantas reseñas , comentarios e inversiones en mercadotecnia por parte de Alfaguara.

Poco se puede decir sobre la autora. Si la intención era emular al fenómeno italiano Elena Ferrante, allá ellos. No creo que las quinielas por adivinar quién está escondida detrás del seudónimo alcancen los niveles a los que ha llegado la autora de la saga “Dos amigas”.

Elena Blanco encabeza un cuerpo de elite de la policía española, supuestamente especializado en perseguir delitos cibernéticos -pornografía de todas las parafílias, vídeos snuff (grabación de asesinatos en vivo, transmitidos por la red), etc.- integrado por un grupo de investigadores en los cuales aparecen todos los tópicos del género negro. La propia inspectora, alcohólica, cantadora en karaokes, destrozada por la desaparición de su hijo, divorciada por lo mismo, en un ejemplo clásico del noir.

La novela trata sobre la persecución de “La red púrpura”, un cartel que difunde en internet asesinatos, peleas a puño limpio, que terminan solo con la muerte de uno de los dos participantes, torturas, violaciones, etc., con la promesa de que todo lo que los espectadores ven -que pagan astronómicas cifras por conectarse al los “eventos” -, es real y en vivo.

Elena Blanco guarda un secreto que no se atreve a compartir con su equipo: tiene una fundada sospecha de que su hijo, secuestrado años atrás, siendo un niño de 5 años, se ha convertido en manos de sus captores, en un miembro activo del grupo criminal. Así, la novela se desenvuelve en dos planos: la historia de Lucas desde su secuestro hasta ese momento, y la propia investigación que espera culminar con el desmantelamiento de la red y la captura y encarcelamiento de los criminales.

Me hizo mucho ruido el secreto de la inspectora. Inverosímil que una jefa de un cuerpo policiaco de elite guarde un secreto de esa dimensión, a sabiendas que le afecta su objetividad y desempeño. Paso lo borracha, su pasión por el canto, su afición al sexo casual en las parte trasera del auto de su amante ocasional; es parte del carácter de muchos detectives que protagonizan noir. Pero no entendí la necedad de no participar a su equipo de su dilema.

En fin, “La red púrpura” te engancha -tiene un muy buen inicio- y te entretiene, a pesar de algunos hechos que te parecen inverosímiles, y a diferencia de “La novia gitana”, parece que va aflojando , aflojando, hasta que ¡ahijo de su! al final, el desenlace de la investigación nos vuelve a sorprender, por lo cruel e inesperado.

Me dolieron los 499 pesos, aunque el libro como tal, es hermoso, y pensándolo mejor, los vale.

‘Nada se opone a la noche”, de Delphine de Vigan

“Mi madre estaba azul, de un azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro cuando la encontré en su casa esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges.

Mi madre llevaba varios días muerta.”

Así inicia su historia Delphine de Vigan, “Nada se opone a la noche” , que es la biografía familiar escrita por la autora francesa, que la obligó a enfrentarse a sus demonios, alborotados por la muerte prematura, pero inevitable, de Lucile, su madre.

Delphine de Vigan (1966) ha publicado 8 novelas. Su ópera prima, “Días sin hambre” trata sobre su anorexia. “Nada se opone a la noche” es la primera que leo, y estoy cierto que intentaré leer algunas más. Por lo pronto tengo en mis libreros la última: “Basada en hechos reales”, que la iniciaré cuando me reponga de la lectura de “Nada… “.

Y es que no encuentro palabras para transmitirles el abanico de emociones que me provocó la lectura de “Nada se opone a la noche”, un hermoso, intenso, desgarrador, pero perturbador homenaje que una hija le hace a su madre, Lucile Poirier: hija de George y Liane; hermana de Lisbeth, Barthélémy, Lucile, Antonin, Jean-Marc, Milo, Justine, Violette y Tom; madre de Delphine y Manon; esposa por corto tiempo de Gabriel, y amante de un número indeterminado de personajes.

La vida de la enigmática y extensa familia Poirier transcurre en diversos poblados franceses, y la historia se centra en el período en que vivió Lucile, de 1946 al 2008 , teniendo como telón de fondo diversas etapas de la historia del país galo, como el inicio de la Cuarta República Francesa, el mítico 68 francés y la llegada de François Mitterrand al poder.

El libro se desarrolla en dos planos: la propia historia de la vida de Lucile; y el curso, pleno de dudas, temores, enfrentamientos y dolores en que se sumergió la autora para escribir “Nada se opone a la noche”, proceso que incluyó la lectura de cartas y documentos, examen de material audiovisual, cientos de horas de entrevistas con la familia y amigos cercanos de Lucile, y la revisión de algunas decenas de cintas donde George, el carismático patriarca de la familia, ofreció, a petición de la autora, su testimonio de la historia familiar.

La crónica familiar de los Poirier se divide en tres partes: la primera, trata sobre los aspectos relevantes que la hacen tan atractiva a los ojos de todos: un padre dedicado a la comunicación, gran conversador, con un enorme liderazgo entre propios y extraños; la madre, dedicada a parir, educar y transferir responsabilidades a los hijos durante sus múltiples embarazos; un grupo unido, ruidoso, juguetón de hijos e hijas, donde en apariencia, reina el respeto, el cariño, la solidaridad y la alegría. Conforme nos adentramos en su historia, nos encontraremos con las contradicciones que nublan esa luminosa visión.

La segunda, se centra en Lucile: su infancia, donde destacaba por su belleza, a tal punto que era una modelo infantil reconocida por sus anuncios publicitarios; su corto matrimonio con Gabriel, su lucha contra los desordenes mentales, sus crisis económicas, la dolorosa y complicada relación con sus hijas, su relación con el alcohol y las pastillas, su descenso al infierno de su enfermedad mental y su increíble renacimiento.

La tercera nos muestra su lucha por sobreponerse a su enfermedad y a las adversidades, que la llevó incluso a graduarse como asistente social, y que concluye con su muerte, un viernes 25 de enero del 2008.

“Nada se opone a la noche” me enganchó desde el inicio. La historia de Lucile y su familia, aunque parece a las de muchas, no lo es. Hay secretos, suicidios, abusos. Pero lo más impactante es la devastación que su enfermedad mental le provocó a ella y a sus hijas. Yo la terminé a lagrima viva -cuando la finalicé cumplía 86 años mi madre-, emocionado, sobrecogido por la crónica tan bella como perturbadora . La recomiendo ampliamente.

“Mendel el de los libros”, de Stefan Zweig

Creo que a los lectores nos gusta leer libros que tratan sobre los libros. Yo compro en automático cualquiera que contenga en su título palabras como biblioteca, lector, librería, novela, librero, lectura, bibliófilo, etcétera. He leído decenas de libros sobre el tema.

No recuerdo como me enteré del texto de Stefan Zweig que hoy nos ocupa, pero sí me acuerdo que inmediatamente me di a la tarea de buscarlo; estaba agotado, así utilicé la opción que algunas librerías online tiene para avisar a sus clientes cuando el libro de su interés esté de nuevo disponible. Tres o cuatro meses después de la búsqueda, lo pude adquirir, en una bella y cuidada edición -como nos tiene acostumbrado- de Acantilado, casa editorial catalana que ha publicado en español casi toda la obra del autor austrohúngaro.

Stefan Zweig (1881-1942) fue en vida un escritor popular. Su obra como biógrafo, ensayista, novelista , poeta y dramaturgo es extensa y relevante. Yo lo conocí por las excelentes biografías sobre María Antonieta y María Estuardo que le publicó Acantilado, y tengo como tarea pendiente sumergirme en algunas de sus novelas. Por lo pronto, el pequeño relato “Mendel el de los libros”, me encantó.

El texto -escrito en 1929- es narrado por un cliente de nuestro protagonista, Jakob Mendel, un librero ambulante con una memoria enciclopédica cuando se trataba de libros, y que atendía a su parroquia en una mesa rinconera en el café vienes “Gluck”, cuyo propietario -el señor Standhartner- lo admiraba y se sentía orgulloso de tenerlo en su local, pues Mendel atraía una refinada clientela, que terminaba consumiendo algo del menú de la cafetería.

Mendel atendió en su mesa durante más de 25 años, hasta que la primera guerra mundial lo alejó durante los años que permaneció encarcelado en un campo de concentración por un delicado malentendido provocado por la abulia, la displicencia extrema que le producía todo lo que no tenía que ver con sus amados libros. En su regreso al café, ya nada fue igual. El “Gluck” había cambiado de manos, y al nuevo propietario, poco le interesaban los talentos de excéntrico librero, y su clientela, que durante su confinamiento y por la guerra, había disminuido sensiblemente.

Historia conmovedora que te atrapa. Escrita con una prosa elegante, con gran sensibilidad y afecto, Zweig nos transmite en pocas páginas el amor obsesivo hacia los libros del para mi, ya inolvidable personaje Jakob Mendel, y que nos enseña que “los libros sólo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido.”

“Tristeza de los cítricos”, de Liliana Blum

Los libros de relatos, cuentos o ficción corta no se me dan muy fácil, porque tiendo a no terminarlos. pues en ocasiones, entre cuento y cuento, por mi voracidad y dispersión como lector, permito que se me atraviese una novela, luego otra, y luego otra más, y para cuando me doy cuenta, dejé olvidado el libro de cuentos, sin otra razón salvo que lo solté (¿me soltó?) un tiempo suficiente para clavarme en otros textos, principalmente novela.

Con “Tristeza de los cítricos” no me sucedió. Historia tras historia, de la primera al décima, las fui leyendo, atrapado sin salida, enfrascado sin respiro en cada uno de las tramas, concentrado, enfocado, disfrutando.

De Blum había comentado dos de sus novelas: “Pandora” y “El monstruo pentápodo” publicadas por TusQuets Editores. Protagonizadas por psicópatas sometidos por sus parafilias, son historias de abuso y violencia: en la primera, Pandora, presa de rechazo social y familiar, se doblega a los deseos de Gerardo; en la segunda, aparece Raymundo, un depredador en búsqueda de niñas, donde Blum mostró su enorme talento y nos enfrentó a una parte muy oscura de nuestra sociedad, que en casos como el de Marcial Mariel, fue exhibida, al conocerse cómo, a pesar de las denuncias, optó por cerrar los ojos y permitir el abuso de cientos de niños.

Blum tiene facilidad para construir monstruos, generadores de pesadillas, producidas por lo que provocan en sus víctimas, mas que por su físico: lo monstruoso no está en ellos, sino en lo que hacen, y la “Tristeza de los cítricos” es un escaparate que permite asomarnos y recorrer el nivel de crueldad que podemos alcanzar.

Un padre abusando de su hija (“Luz de mi vida, fuego de mis entrañas”), un Z violando y ejecutando a una integrante del cartel rival (“Picota”), un psicópata persiguiendo, secuestrando y torturando a una joven y atractiva empresaria (“Una novia para Kafka”), un violador sometiendo a una mujer camino a una cita clandestina (“Desnuda como un sándwich de carne”), y hasta un fracaso de poeta, pero experto en seducir para ser mantenido por sus víctimas (“Madriguera”) son algunas de las historias que nos narra Blum en “Tristeza de cítricos”.

La tragedia y el pesimismo campea por los relatos de Blum; también la certeza, la triste certidumbre de que cualquier mujer, en cualquier momento, puede enfrentarse a la violencia física, psicológica, familiar, sexual, laboral. La lóbrega realidad mexicana está firmemente insertada en las historias de Liliana: terror, fatalidad, violencia, tristeza, inseguridad, escritas con una prosa cuidada, diferentes voces narrativas, y un lenguaje crudo, medido, justo.

Durante la lectura de “Tristeza de los cítricos” me preguntaba sobre las razones de Liliana Blum para elegir sus temas; ¿estarán afectados por su ideología, sus experiencias, el entorno o sus lecturas? Y entendí que era irrelevante. Cada texto de “Tristeza de cítricos” esconde una lección, a pesar de que esa no sea la intención de la autora. La fuerza de los hechos que narra me bastaron y confirmaron que en Liliana Blum hay una gran escritora.

“El niño terrible y la escritora maldita”, de Jaime Bayly

Después de la lectura de “La peor parte”, de Fernando Savater, me dieron ganas de ponerme frívolo, relajado y superficial leyendo una novela intranscendente, del género de autoficción al cual es tan afecto “El chico terrible” de la tele, el peruano Jaime Bayly.

No me odien por leer a Bayly. Sé que los “fifis” literarios lo abominan, pero a mi, siempre me ha divertido leerlo, y de vez en vez, verlo en el YouTube. Fruto podrido de la clase alta del Perú, hijo de banquero y madre heredera, Bayly ha cimentado su carrera escandalizando a la conservadora y cursi sociedad limeña.

Bayly es un exitoso presentador de televisión. Ha triunfado en los canales peruanos, pero también en la televisión hispana que se transmite en los Estados Unidos. A pesar de que la tele le ha dado fama y fortuna, Jaime siempre ha querido ganarse el respeto como escritor, pues siente que no lo ha alcanzado, sensación discutible en mi muy humilde opinión.

Bayly tuvo padrino de lujo: su paisano, el Nobel Mario Vargas Llosa, quien fue quien lo presentó a la editorial española Seix Barral, que le publicó sus primeras tres novelas. Su opera prima fue “No se lo digas a nadie”, la primera de sus autoficciones (autobiografía novelada, o parte real, parte ficción), la cual narraba las aventuras de un joven peruano de clase alta que desafiaba a sus congéneres declarándose abiertamente gay.

Bayly se tomó tan en serio la carrera como escritor, que a los tres años de publicada su primera novela, fue galardonado con el prestigioso Premio Herralde de Novela 1997 con su cuarta novela, “La noche es virgen”, que de acuerdo a lo que anoté en su páginas el 13 de septiembre de 1998, me encantó.

“El niño terrible y la escritora maldita” se publicó en el 2016. Fue otro de los libros que me encontré en las mesas de ofertas en el último Festival del Libro que organizó el ayuntamiento de Mazatlán y tiene como portada una atrayente foto de Bayly junto a una niña muy guapa que supones -y supones bien- que es la escritora maldita.

El libro da cuenta de la improbable historia del romance de Lucía, la joven -se ve más chiquita en persona y en las fotos- aspirante a escritora con Jaime Baylys (ojo con la s al final), un periodista, presentador de televisión, escritor fracasado, a mediados de los 40´s, divorciado con dos hijas adolescentes, que comparte edificio con ellas y su ex mujer, Casandra, ex esposa y lo que usted guste y mande, pero que aún mantiene un estricto control sobre la vida sentimental y financiera de nuestro protagonista, que para más señas, tiene un novio argentino.

Los enredos en que se mete el maduro bisexual son extravagantes, delirantes, divertidos, escandalosos, estúpidos, complejos, pero a la vez, inevitables: “El niño terrible” está total, completa y profundamente enamorado de su “Lolita”, que de manera inexplicable, corresponde de la misma manera al amor apasionado de su viejo rabo verde.

El libro se lee fácil. Si lo que quiere es pasar un rato de relax, “El niño terrible y la escritora maldita” lo ayudará a lograrlo. No menosprecie a Bayly. A pesar de que considera que le mayoría lo reconoce como “el charlatán de la televisión”, de que piensa que ha fracasado como escritor y que no tiene más lectores “… porque no los merezco porque no he sido un buen lector.”, sigue publicando y vendiendo sus libros, aunque sea en las mesas de saldos de los festivales libreros playeros. Y además, yo lo sigo leyendo, aunque no le sirva de consuelo.

La peor parte, de Fernando Savater

Escribir para superar el duelo. Despojarse el dolor de encima, reuniendo palabras, acumulando frases, publicando libros. Fernando Savater, ensayista, novelista, columnista; autor de cientos de libros y reportajes periodísticos; el intelectual investido por cuando menos siete “Doctor Honorio causa”; el escritor galardonado con más de veinte premios por su obra, desolado, quebrantado, viviendo su pena, porque “… nadie muere de tristeza; al contrario, de tristeza se vive.”, comparte con nosotros su pesar con sus Memorias de amor: “La peor parte”.

Últimamente me ha dado por leer obras sobre el duelo. Libros escritos para decir adiós. Libros que excretan pena, desconsuelo, congoja, pesar por la pérdida del padre, de la madre, de un hijo, de la pareja. “Examen de mi padre”, de Jorge Volpi; “Tiempo de vida”, de Marcos Giralt Torrente; “La muerte de mi padre”, de Karl Ove Knausgård; “También esto pasará”, de Milena Busquets; “Diario de duelo”, de Roland Barthes; “El año del pensamiento mágico”, de Joan Didion, son ejemplos de ese “género” literario.

El 18 de marzo del 2015 falleció después de 9 meses de luchar contra un cáncer cerebral, Sara Torres Marrero, la “Pelo Cohete”, pareja por 35 años de Fernando Fernández-Savater Martín (San Sebastián, España, 1947), mejor conocido como Fernando Savater, el reconocido filósofo vasco que con su “Ética para Amador” se dio a conocer en nuestro país a principios de los noventa del siglo pasado.

Vencido por el dolor, Savater anunció que “ya no iba a escribir más libros”, pues ya no los leería la persona a quien se los escribía. Pasaron cuatro años de dolor y llanto -“Porque créanme que la lloro todos los días: desde que murió hace increíblemente más de cuatro años, no he pasado una hora sin recordarla, ni un solo día sin derramar lágrimas por ella”- hasta que cayó en cuenta que llorarla no era suficiente, y decidió, lleno de miedos e inseguridades, contar la historia de su vida con la “Pelo Cohete”.

La primera parte de estas “Memorias de amor”, “Caer en desgracia”, es una larga carta de amor, cruzada por el desgarrador dolor provocado su muerte: “perder las ganas de vivir no significa tener más ganas de morir que de costumbre.”; “Con la pérdida de mi amada perdí también el afán de futuro y sobre todo el regocijo de la vida…”;”para quien de verdad ha amado y perdido la persona amada, el amortiguamiento del dolor es la perspectiva más cruel, la más dolorosa de todas.”.

En la segunda parte, “Mi vida con ella”, Savater nos cuenta su historia juntos: cómo la conoció, en un clásico ligue entre maestro y alumna; sus viajes, sus gustos y pasiones -el cine, la lectura, el coleccionismo de afiches cinematográficos-; sus posiciones políticas frente al ETA y el nacionalismo Vasco, que las tenían muy definidas, Savater como intelectual, Sara como ex miembro del grupo terrorista y su persistente rebeldía social; sus filias y sus fobias.

El epílogo de esta desgarradora carta de amor, titulado “Nueve meses” nos cuenta la batalla desigual que libró Sara y como, a pesar de los esfuerzos médicos encabezados por el doctor mexicano Alfredo Quiñones, figura principal del área de neurocirugía del hospital Johns Hopkins de Baltimore, el cáncer, esa enfermedad de extrema crueldad, la destrozó sin piedad.

Escribir, leer, escaparse hacia adelante, como si con ello lograra evadir el dolor, el desconsuelo, la terrible soledad en la que lo deja un quebranto de esa magnitud, son las herramientas que utiliza Savater para intentar adaptarse a lo irremediable. Espero que lo logre. Esperemos que su dolor disminuya y que pueda seguir adelante con su vida.

“Lo que sé de los hombrecillos”, de Juan José Millás

Después de leer el clásico “Grandes esperanzas” de Dickens, me decidí, todavía en Mazatlán, a leer “Lo que sé de los hombrecillos”, novela corta de Juan José Millás, recién adquirida en el Festival del Libro que organizó el ayuntamiento mazatleco en Plaza Machado, editada en el ya lejano 2010 por Seix Barral, y rematada en los estands del Festival al fabuloso precio de $50.00!

Como leí recientemente su “La vida a ratos”, un relato fascinante y surrealista sobre un neurótico brillante, se me antojó entrarle a un libro que desde el titulo, se percibía como otro disparate absurdo, humorístico y surrealista, para seguir en estado de gracia, tirado frente al mar en la playa mazatleca Las Palmas, cerca de playa Brujitas.

Juanjo Millás, valenciano (Valencia, España), columnista de “El País”, ganador de prestigiosos premios como el Premio Nadal (1990), Premio Primavera (2002) y, Premio Planeta (2007) con “El mundo”, una novela del género de autoficción, que leí en el 2008, y que me fascinó tanto, que dejé anotado en sus páginas, el deseo de que algún día la lean mis hijas, que raramente han hecho caso a mis recomendaciones.

La historia va sobre un jubilado profesor emérito, que escribe sobre temas financieros y económicos para un periódico, y que da, no muy convencido de querer concederlas, unas pocas horas de clases para algunos candidatos al doctorado. Nuestro maestro está casado con una ambiciosa funcionaria universitaria, con la que mantiene una rutina relativamente cómoda, la cual no incluye el sexo frecuente.

El profesor convive desde pequeño con unos pequeños hombrecillos, tipo los mini del capitán Lemuel Gulliver, pero más pequeños, porque los Lilliputenses medían más o menos 15 centímetros, y los del profe, cabían en los bolsillos del pantalón. Uno de ellos era idéntico al profe, y estaba conectado con su cerebro, formando “una unidad extraña, difícil de explicar”.

Un buen día, y a pesar del tamaño, el hombrecito empieza, sin decir agua va, a tomar control de la voluntad de nuestro maestro jubilado, y poco a poco va modificándole su rutina, introduciéndolo a diversas actividades que no acostumbraba el buen profesor, entre ellas, ciertas experiencias de índole sexual que lo transportan a un universo de placeres desconocidos.

“Lo que sé de los hombrecillos” es una especie de cuento para adultos, fruto de la desbordada imaginación de su autor. Es corta y fácil de leer, escrita con esa prosa tan cuidada a la que nos tiene acostumbrados Millás, de capítulos breves, ligerita, recomendada para pasar un buen rato, tirado donde mejor se acomode, dejándose llevar por su lectura, sin más preocupaciones que cuestionarse a si mismo, sobre la naturaleza de la relación que lleva con su pareja, porque si es aburrida, es vulnerable a que se le aparezcan por ahí, si no hombrecitos, sí ciertas tentaciones que la saquen del hastío.

Grandes Esperanzas, de Charles Dickens

¿Por qué leer un libro publicado a mediados del Siglo XIX, existiendo miles de novedades en las mesas de las librerías? Italo Calvino, el genial escritor Italiano nos señalaba en su ensayo “Por qué leer los clásicos”, que “Leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor) que el haberlo leído en la juventud.”, y tenía razón: “Grandes esperanzas” es un clásico, y gocé al máximo su lectura.

Charles Dickens fue un novelista inglés leído y reconocido en vida. Su obra se caracterizó por haberse publicado por entregas, ese formato tan popular en aquellos tiempos, cuando la mayoría de los lectores no contaban con los recursos suficientes para adquirir un libro completo. “Grandes esperanzas” (me gusta más el titulo original: “Grandes expectativas”) fue publicado en ese formato a partir de diciembre de 1860, concluyendo en agosto de 1861. Yo lo disfruté en una edición de Alianza editorial reimpresa en 2018, con traducción de Miguel Ángel Pérez Pérez.

La única lectura de la obra de Dickens que recuerdo, es la novela “Oliver Twist”, que leí en abril de 1985 (fecho los libros cuando los termino), y me da pena que hayan tenido que pasar casi 35 años para reencontrarme con su obra. Pero citando de nuevo a Calviño: “Se llama clásico a los libros que constituyen una riqueza para quienes los han leído, pero es una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.” Y yo leí “Grandes esperanzas” en las Playas de Mazatlán, iniciando el año. Mejor sitio para gozar la lectura, imposible.

“Grandes esperanzas” trata de la vida de Philip Pirrip, que narrada en primera persona, se presenta ante nosotros: “Cuando era niño, mi lengua infantil se hacía un lío con ambas palabras, y las reducía a un breve y nada explícito Pip. Así pues, Pip decía que me llamaba, y Pip acabó llamándome todo el mundo.”

Pip es introvertido, buen muchacho, muy correcto, pero muy, muy atormentado en cuestiones del amor. Huérfano de padre y madre, Pip pasa su infancia en casa de su hermana, que más que hermana, parece una madrastra, de esas más malas que la influenza, casada con Joe Gargery “el herrero”, un pan de dulce, que por mandilón, sufre, junto con su cuñado, los arranques de ira y violencia de su consorte.

“Grandes esperanzas”, nos habla de su tránsito de la infancia a la madurez de nuestro protagonista, dominada por el amor incondicional que siente por la bella, fría y orgullosa Estella, adoración que se convierte en el impulso vital en sus aspiraciones de convertirse en un caballero para estar a la altura de su amada.

Condenado a trabajar como aprendiz en la fundición de su cuñado Joe, Pip recibe la noticia de que un secreto benefactor, le ha proporcionado los recursos necesarios para trasladarse a Londres y estudiar para convertirse en un caballero. Es así que Pip abandona la casa de su hermana, y se va a vivir la vida loca a la capital del Reino, donde conocerá a diversos individuos, y construirá fuertes lazos de amistad con su compañero de habitación, Hebert, que junto con su familia, lo acogen y ayudan a cumplir con sus objetivos.

En “Grandes esperanzas”, encontraremos entrañables personajes: Magwitch, que bien podría haber sido el padre de Pip; el ayudante de su abogado, Wemmick, creyente de la seguridad que produce el poseer todo el -y cualquier- “bien raíz” que se pueda, y que vive en un “castillo” junto con su padre; Biddy, enamorada sin remedio de Pip.

Leer “Grandes esperanzas” te traslada a la infancia. Recomiendo acometer su lectura como si fuéramos niños de nuevo, con la mirada limpia e ingenua de cuando deseábamos ser buenos niños, amigos leales, jugadores nobles. “Grandes esperanzas” está entre las obras que se seguirán leyendo y gozando.

A %d blogueros les gusta esto: