“Plagio. Una novela”, de Héctor Aguilar Camín

Pasmado y sorprendido quedé desde la primera página de la novela de Aguilar Camín. ¿Por qué demonios -reflexionaba- se le ocurrió escribir sobre la historia vergonzosa que estremeció hace 12 años a la república mexicana de las letras? Cómo diría nuestro clásico: ¿Pero qué necesidad, para que tanto problema? Sealtiel Alatriste buscando, sin encontrar su redención, publicó su novela, “Cicatrices de la memoria” el año pasado. ¿Era necesaria la de Aguilar Camín?

Yo no voy a defender a Sealtiel Alatriste. El único libro de su autoría que he leído es precisamente “Cicatrices de la memoria”. Y en mis libreros, solo existe, además de la citada, otra de sus obras, titulada “Los desiertos del alma” que solo la abrí para catalogarla. Nunca me interesó su literatura. Alatriste es, fundamentalmente, un editor con aspiraciones de ser tomado en serio como autor.

Héctor Aguilar Camín es uno de mis novelistas -ojo: novelista, no analista político, no historiador, no periodista- preferidos. Sus libros llenan más de uno de los estantes de mis libreros. “Morir en el golfo”, “La guerra de Galio”, “El error de la luna”, “Un soplo en el río”, “El resplandor de la madera”, “las mujeres de Adriano”, “La conspiración de la fortuna”, “La provincia perdida”, “Toda la vida” y especialmente, la entrañable e inolvidable “Adiós a los padres”, todas, sin excepción, las gocé a tope.

Por eso, permítanme manifestarles que me sentía defraudado por Aguilar Camín. Esperar tres años después de la estupenda “Toda la vida” para leer este – ¿”Plagio”?- relato me fastidiaba. Que quede claro: estaba molesto porque creía que le ganaba la flojera y nos escamoteaba – a nosotros, sus fieles lectores- historias más novedosas y atractivas que la que eligió para su nueva publicación.

¿Se le terminaron las historias a Don Héctor?¿Porqué esperar doce años para regresar sobre el tema de los plagios de Sealtiel? ¿Venganza porque él también fue acusado de plagio por su libro “La tragedia de Colosio”, publicada por Alfaguara cuando Alatriste era el director general de esa editorial? Puras sonseras como esas me venían a la mente.

La empecé a leer por curiosidad, por pinche morbo, porque es una novela cortísima -133 páginas – y sobre todo porqué sé que Aguilar Camín es un gran novelista, por lo que no tenía duda de que nos ofrecería una buena, una excelente novela, aunque el tema no me gustara. Así que la leí y aunque a ratos emergían los sentimientos de desencanto, no podía dejar la lectura. Aguilar Camín sabe escribir, ¡carajo!

En fin, “Plagio. Una novela”, cuenta en primera persona la historia de un escritor que, al día siguiente del anuncio que había sido galardonado con el premio literario más importante del país, es acusado de plagio, obligado a renunciar a su importante puesto en la Universidad, y como colofón, al codiciado premio literario.

Desecha su reputación, decide espiar a su mujer, confirmando que le ponía el cuerno con Voltaire, su archi rival literario, que además, era el minucioso organizador de la acusación del plagio y su linchamiento mediático. El tal Voltaire armó, sin duda, un complot bastante exitoso.

Escrita a manera de novela policial, unos pocos días después de lanzada la conspiración, el promotor de la acusación aparece muerto a cuchilladas, con todos los indicios apuntando hacia la culpabilidad de nuestro protagonista. Caray, lo confieso, la historia terminó seduciéndome, atrapado sin remedio, intrigado por el crimen y la investigación, eso, a pesar de la fiera resistencia que opuse. Don Héctor: ¡me pongo de pie!

Sí eres lo suficientemente joven para no haberte enterado del escándalo, te gustan las historias de escritores, los chismes del mundillo literario mexicano, las novelas policiales, y sobre todo la pericia, el talento y la prosa con que Aguilar Camín escribe sus novelas, no dudes en leer “Plagio”, te la recomiendo a rabiar.

“Del amor y otros demonios”, de Gabriel García Márquez

La memoria cuando quiere jugar contigo, lo hace de manera impertinente. Juraba que ya había leído “Del amor y otros demonios”, y resultó que no, y me da gusto que así haya sido, porque tuve la oportunidad, en un día triste, cargado de aflicción y dolor, de evadirlos por momentos gracias a esta novela del Nobel colombiano.

Hace unas semanas rescaté de un basurero un ejemplar de esta novela. Me lo llevé a la oficina y lo dejé sobre mi escritorio mientras decidía que hacer con él, pues sabía que tenía dos tomos, uno en casa, y el otro, precisamente en mi despacho.

Fue cosa de ojearla para comparar ediciones y confirmar que, aunque de Editorial Diana los dos, eran de diferente edición: pasta blanda, uno, dura la otra y de diferente año, por lo que podía quedarme con las dos. Ya entrando a mi app para darla de alta en el catálogo, caí en cuenta, con sorpresa, que ninguno de los tres libros lo tenia registrado como leído.

Agarré el de la oficina, y estaba inmaculado, impoluto, guardado aún en esa especie de cubierta de plástico retractilado que los libreros mexicanos utilizan para impedir que los lectores los ojeen a su antojo en las librerías. Lo abrí, y en la primera sentada, leí las primeras 100 páginas.

Regresando a casa, revisé el tomo almacenado ahí, para ver si tenia alguna anotación como prueba de la lectura, y resultó que estaba llena de observaciones, pero ¡de mi hija! El caso es que ya aclarado el misterio, regresé a la lectura, y en una segunda sentada de otras 100 páginas, la terminé.

¿Qué les puedo contar sobre la fantástica, infausta y alucinante historia de la niña de 12 años, bautizada Sierva María, parida y abandonada por Bernarda Cabrera, una madre desnaturalizada, buena para el comercio, astuta arribista, y desenfrenada, disoluta e impúdica en los asuntos de la cama, que encadenó al marqués de Casalduero con un matrimonio forzado por el embarazo no deseado de la niña?

¿Cómo describirles a Don Cayetano Delaura y Escudero, lector acucioso, bibliómano atinado, bibliotecario, sacerdote auxiliar del obispo, y nominado por este alto prelado para la extenuante e ingrata tarea de exorcizar a Sierva, acusada falsamente de ser `poseída por el demonio, solo por no morir de rabia, después de haber sido atacada por un perro enrabiado, y que termina perdidamente enamorado de la desdichada niña, cuyo defecto más grande era, además de ser una contumaz mentirosa, beber sangre de gallo y hablar mandinga, yoruba y congo, lenguas africanas, aprendidas, porque abandonada por su madre, desatendida por su padre, termina arropada y criada por Dominga de Adviento, la esclava y jefa de los esclavos yoruba de la casa, quien la amamantó y la bautizó?

Ubicada en Cartagena de las Indias, Colombia a finales del siglo XVIII, época de esclavitud e inquisición, “Del amor y otros demonios” es un bello y trágico relato sobre un amor imposible y prohibido entre una niña que deseaba conocer a que sabían los besos, y un sacerdote que, fiel a sus creencias religiosas, se conformó con un solo ósculo de la provocadora niña.

Historia de abandono, dolor y valor; relato que exhibe el fanatismo religioso y el poder de la Iglesia Católica, mal utilizado para someter y sojuzgar a los pueblos latinoamericanos durante el virreinato; historia fantástica sobre pasiones humanas y muy reales; el reconocido estilo del realismo mágico de García Márquez en todo su esplendor, deslumbrándolos en 200 densas y potentes páginas. Historia tan trágica como triste y romántica, “Del amor y otros demonios” es una lectura maravillosa e imprescindible.

“Amor”, de Toni Morrison

Fue el año pasado cuando compré “Amor”, de Toni Morrison, fundamentalmente porque apareció en la lista que publicó El País como una de las 50 mejores novelas publicadas en lo que llevamos de este siglo; inicié su lectura bajo el impulso del anuncio de la Fundación Nobel otorgando el Premio de Literatura a la poeta estadounidense Louise Glück, premio que la Academia Sueca concedió a Morrison en 1993. Son tan escasas las mujeres galardonadas con el Nobel, que procurar conocerlas es, para mí, un imperativo como lector.

Toni Morrison (1931-2019) publicó poco, comparada con otros galardonados; principalmente, novela. “Amor” se publicó en el 2003, y fue su octavo libro. Posteriormente, aparecieron tres más: “Una bendición”, “Volver” y “La noche de los niños”. Maestra universitaria, editora literaria en Random House, su primera novela “Ojos azules” apareció cuando ya había alcanzado los 40 años de edad.

“Amor” es una novela que cuenta la historia de Bill Cosey, y de Heed y Christine; o, ¿será al revés?: la vida de Heed y Christine, unidas irremediablemente hasta su vejez, por culpa de Bill Cosey, esposo de Heed, abuelo de Christine; amigas íntimas en la infancia, apego estropeado cuando Heed, aún sin alcanzar la adolescencia, se “decidió” a abandonar los juegos infantiles, para aliviar la viudez de Bill.

Bill Cosey fue un hombre bueno, de gran corazón, muy popular, dueño de un exitoso hotel, en la costa Este de los Estados Unidos, exclusivo para negros. Para cuando iniciando la novela, aparece la joven Junior Viviane, buscando el domicilio de Heed, para solicitarle el empleo que la viuda de Bill ofreció a través del periódico local, lleva -Bill- 40 años muerto.

Heed anda en la búsqueda de una asistente, bajo el pretexto de que va a escribir un libro sobre la familia Cosey. Las intenciones quizá sean de otra índole, relacionadas con Christine y sus repetidos intentos por impugnar el testamento de Bill, que legó a su mujer, dejando fuera a su nieta, en un enredado testamento que provocó esa unión llena de amor/odio entre Heed y Christine, que litigan entre si, pero compartiendo la casa que dejó Cosey al morir.

¿Quién era Bill, cómo conoció a Heed, por qué dejó fuera a su nieta, que papel jugó L. en la historia, quién era May, Vida, Rooney y Sandler? ¿Cómo dos mujeres, que eran tan unidas, se llegan a odiar tan intensamente, y hacen de ese sentimiento el motor que las mueve toda una vida?

Novela con una estructura de vaivén, armada en base a múltiples recuerdos, anécdotas y opiniones, contadas en tercera persona (con unas intromisiones muy convenientes y eficaces de L., que la cuenta en primera persona) por un narrador omnisciente, con participación de 7 personajes principales, que te azuza a sacar la pluma, para tomar notas y no perderle el hilo a la historia.

Sí, lectura un poco enmarañada, pero sin extremos. Está tan bien escrita, que terminas sumergido en la historia olvidándote de notas y subrayados. Hace tiempo me enteré que a Morrison le fascinaba que sus novelas desafiaran a sus lectores, y quizá, no recuerdo la razón, quizá fue eso lo que me alejó de sus novelas, pues solo había leído su opera prima “Ojos azules”, y eso, en 1994, hace ya un buen tiempo.

“Amor” me resultó una novela extraordinaria, poderosa, intensa, complicada y compleja, tan compleja como resultan ser las relaciones humanas, donde el amor y el odio se enredan en una mezcla que crea adicción, como la que padecieron Heed y Christine, potenciando sus sensaciones de rencor, rabia y amargura, que gracias al talento de Toni, palpas, percibes, sientes, padeces durante la lectura.

“La buena tierra”, de Pearl S. Buck

Una virtud del Premio Nobel de Literatura es que nos ofrece la oportunidad de conocer a escritores y autoras que, si no fuera por el galardón, probablemente jamás sabríamos de ellos. Con sus errores y sus omisiones, mas allá de si los conocemos o no -imposible conocer a todos y todas-, la enorme mayoría de los premiados han sido destacados autores.

El premio que se otorgó este año a Louise Glück me encantó por varios motivos; el principal: se premió a una poeta. Pocas mujeres han sido reconocidas con el Nobel, y más exiguas, las poetas galardonadas; género con poco eco entre los miembros de la Fundación.

Mientras llega su obra a nuestras librerías, estimulado por el premio, elegí la lectura de “La buena tierra”, premio Pulitzer 1932, y una de las novelas mas conocidas de Pearl S. Buck (1892-1973), Premio Nobel de Literatura 1938, primera escritora no europea en alcanzarlo.

Nunca la había leído, a pesar de que en México, “La buena tierra” alcanzó un éxito tan notable, que creo tuvo hasta su versión en historieta gráfica, gracias a Yolanda Vargas Dulché y su revista semanal “Lagrimas, risas y amor”.

Pearl S. Buck es hija de misioneros presbiterianos, y vivió en China 40 años en diferentes períodos de su vida. En 1934 se instaló de forma permanente en los Estados Unidos, donde participó activamente en los movimientos a favor de los derechos civiles y de la mujer. Su obra literaria es inmensa: entre 70 y 90 libros publicados: novela, poesía, ensayo, teatro, guión cinematográfico, literatura infantil; no le hizo el feo a ningún género.

“La buena tierra” se sitúa en China, antes del triunfo de los revolucionarios comunistas, y cuenta la historia de Wang Lu, labrador, orgulloso propietario de un pedazo de tierra que trabaja arduamente de sol a sol, y de su esposa O-Lan, joven perteneciente al Señor que regía la Casa Grande y rescatada de la esclavitud por Wang Lu para hacerla su esposa.

O-Lan, mujer de trabajo como su marido, de físico tosco, callada, leal, discreta, con una dignidad y valores que la embellecen, resulta la compañera ideal para Wang Lu, colaborando con él, tanto en las labores de campo, como en la procreación y educación de sus hijos.

Así, con los años, Wang Lu, cuyo sueño era hacer crecer el tamaño de sus tierras, trabajando duramente, produciendo, ahorrando y adquiriendo más terrenos, alcanzó el colmo de sus ambiciones: hijos y mujeres en casa, dinero, admiración, respeto y tierra, mucha tierra.

Historia sencilla, narrada con una prosa maravillosa, que fluye, a ratos, serena, intensa en otros, minuciosa y descriptiva siempre, acomodándose perfectamente al ritmo de la vida de sus protagonistas. “La buena tierra” nos ofrece un retrato de la vida en la China rural de aquellos años, de Señores y esclavos, de guerras y revoluciones, de insultantes riquezas y de extrema pobreza.

Personajes muy bien construidos, los buenos, los malos y los peores; llenos de sabiduría e ignorancia, malicia y vileza, sencillez e ingenuidad, franqueza y doblez; historias entrañables y conmovedoras, cargadas de desgracia y bienestar, de aspiraciones y dolores; de afectos, tradiciones y rencores.

Lectura placentera y te hacen pensar que dentro de unas decenas de años más, “La buena tierra”, de Pearl S. Buck, será un clásico inmortal. Se las recomiendo.

“Linchamientos digitales”, de Ana María Olabuenaga

“Quien con monstruos lucha, cuide a su vez de no convertirse en un monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, también estás mirando dentro de ti”.

Nietzsche

Quizá no es este el foro indicado para hablar sobre el texto de Ana María, por lo que les solicito de antemano su indulgencia por mi temeridad e imprudencia. Considerado como ensayo de corte académico, a mí me pareció una crónica muy bien documentada sobre los “Linchamientos digitales” que sufrieron personas como Tiziana Cantone, Armando Vega Gil, Nicolás Alvarado y Marcelino Perelló.

Como usuarios de las redes sociales el tema nos incumbe. Los que por aquí andamos desde hace tiempo, hemos sido víctimas, victimarios o testigos indiferentes de esas ejecuciones extra judiciales, en donde un grupo de usuarios, principalmente anónimos, se unen, de manera espontánea o premeditada, para “hacer justicia” desde su teclado, sobre un presunto culpable de infligir con alguna norma, estatuto, código o ley, casi siempre, no escrita.

Ana María Olabuenaga es una publicista, editorialista y emprendedora ampliamente conocida y reconocida en los medios de comunicación. “Linchamientos digitales” es un libro que desborda conocimiento, pero a la vez, valentía, porque la autora comprende, sin duda, que en este nuevo mundo de lo digital, hay cosas que ya no se pueden ni deben decir, sin correr el riesgo de convertirse en víctima de lo narrado.

Con una prosa precisa y clara, más periodística que académica, el libro se lee fácil, aunque lo que lees, no lo es. “Linchamientos digitales” duele y preocupa, pues como menciona Olabuenaga, en las redes sociales no existe un pacto de civilidad, y cualquier traspiés, te puede retorcer la vida entera.

Tiziana y Armando se quitaron la vida; Nicolás, trata de reconstruirla; Perelló la perdió a los cuatro meses de su linchamiento. Pero como estas cuatro víctimas de esa especie de tribunal digital, integrado por una turba de criaturas que, indignadas, se “asumen como virtuosas cuya obligación es mostrar el camino a los espurios, perdidos, traidores, enemigos e infieles”, sabemos existen muchas más: es muy diligente ese juzgado cibernético.

Desde la elección que ganó Trump, hemos leído sobre cómo circula y se retroalimenta el odio en las redes sociales. Los algoritmos que utilizan para decidir que nos dejan, o no, ver en nuestros muros o pizarrones digitales, no son aún tan inteligentes como para impedir la circulación de estos discursos llenos de odio, rencor, aversión, rabia, indignación, desprecio, fobia.

Nos cuenta Ana María que ya en 1896, el doctor Gustave Le Bone denominó a la masa que lincha como “la multitud criminal”, la irritable, la irracional, la crédula, la sugestionable, la impulsiva; los “residuos atávicos de los instintos primitivos de la masa”, que lincha sin culpa, y mucho menos, con miedo al castigo, pues se sienten impunes, protegidos por la masa.

Las palabras, material que utiliza la Nobel Louise Glück para escribir su maravillosa poesía, también se usan para lacerar, dañar, herir, mutilar. El lenguaje empleado como armamento para asesinar socialmente, para borrar de la faz de la tierra al adversario, al equivocado, al errado, al desviado de la ruta correcta, al que patina, al que desbarra, sin necesidad de empuñar ni disparar un arma; esas palabras, sin duda, matan.

Les recomiendo ampliamente “Linchamientos digitales”, un libro que igual que te fascina, te aterra. Basta con recordar a Armando Vega Gil, que quebrado por el linchamiento al que era sujeto, escribió: “Sé que en redes no tengo manera de abogar por mí, cualquier cosa que diga será usada en mi contra… mi vida está detenida… no hay salida”, seguidamente, se colgó de un árbol frente a su casa.

“La última causa pérdida”, de Dennis Lehane

Existen lecturas que son para entretenerse. Un buen relato sobre las peripecias en que se enreda un detective para descubrir un delito, te distrae de los avatares enrevesados que se nos presentan en el día a día, y ese abandono, aunque sea parcial, de nuestras preocupaciones cotidianas, siempre se agradecen.

Reconozco que cuando inicié “La última causa perdida” lo hice casi con la certeza que nunca había leído a Lehane. Pronto caí en cuenta de mi equivocación. Digo, solo había leído dos novelas del estadounidense, que comparado con el número que leo de mis autores favoritos del género, no son nada: “Ese mundo desaparecido” y “La entrega”, ambas leídas, hasta eso, no hace mucho, en el 2017.

Lehane es bostoniano, y las tres novelas que he leído se ubican en Massachusetts, lo que parece ser una marca distintiva de su literatura. Cinco de sus novelas se han llevado a las pantallas cinematográficas, entre ellas “Mystics River”, y además, es guionista de las exitosas series de TV “The Wire” y “Boardwalk Empire”.

“La última causa pérdida” es la sexta entrega de la serie protagonizada por la pareja (están casados ) de detectives Patrick Kenzie y Angie Gennaro. No me cae en gracia iniciar con la última, pero así es la vida lectora. Digo, no es que sea necesario haber leído las primeras cinco para disfrutarla, pero como la pareja me resultó muy atractiva , pues, como que quieres conocer más sobre su historia.

Y no es que sean unas chuchas cuereras como investigadores. Digo, Angie conoce algo, un poco sobre el manejo de las nuevas tecnologías, y Patrick, Patrick…. es el experto en recibir raciones de plomo y golpes; ah, también es probo, recto, honrado, cuadrado a morir: no se le ven matices, o blanco o negro; voy derecho y no me quito aunque me rompan el hocico, parece ser su filosofía de vida. Y la pareja junta, son un derroche de colaboración y compromiso, que mantienen conversaciones deliciosas: puros diálogos ingeniosos, irónicos y sarcásticos.

La novela va sobre la desaparición de Amanda McCready, de 16 años, inteligente, madura, seria, a quién que le espera un futuro brillante en la universidad a su elección, porque su desempeño académico le asegura puertas abiertas con beca garantizada. La pega es que, cuando Amanda era una niña de 4, fue secuestrada, para ser rescatada por Patrick Kenzie, en un caso que atrajo la atención mediática 12 años atrás, secuestro que se narra en otra novela.

La pareja Kenzie, sumergida en una crisis financiera producto de la recesión del 2008, decide -a fuerza, sin querer queriendo- colaborar -y pro bono, como si las finanzas en casa rebosaran de prosperidad- de nuevo en su búsqueda, comprometidos con y por Beatriz McCready, tía de Amanda, preocupada siempre por el bienestar de su sobrina, permanentemente en riesgo, porque Helena, su hermana y madre de la desaparecida, no es, ni de cerca, ni de lejos, lo que se pudiera considerar una madre ejemplar.

La, esa sí, modélica Amanda, la hermosa, pero “no a la manera de las modelos”, la de los dieces de calificación, las becas escolares, la que lucha por salir de la pocilga donde su madre la quiere mantener sumergida, resulta que es, a la vez, solo durante sus ratos libres, una falsificadora de identidades, pero con aspiraciones de ingresar a grandes ligas delincuenciales, que se decide a jugar a las vencidas con unos rusos mafiosos, malos, muy malos, lo que complica el trabajo de Kenzie & Gennaro.

Novela entretenida, que estoy cierto que, los que han seguido la serie, la disfrutarán aún más. Lo mejor, perdón que insista, son la pareja de investigadores. Ah, también me gustó mucho la edición en pasta dura de RBA, con su sobrecubierta a todo color y la portada en blanco y negro; también el precio, 7 dólares americanos. Si se la encuentran, no duden en llevársela a casa: buena, bonita, entretenida y relativamente barata; ¿qué más podría uno desear en estos inciertos tiempos?

“La hija única”, de Guadalupe Nettel

Guardo una entrañable relación con la literatura de Guadalupe Nettel. Me conquistó a principios del 2012, cuando leí “El cuerpo en que nací”, una deslumbradora novela escrita en primera persona sobre una niña que tenía un defecto en uno de sus ojos.

A Nettel la conocí tarde. Ya en el 2006 había sido finalista del Premio Herradle de Novela con “La huésped”, novela que disfruté hasta el 2014, año en que ganó el codiciado premio creado por Jorge Herradle con su soberbia novela “Después del Invierno”.

También ha publicado cuento: “Pétalos y otras historias incómodas”, y “Matrimonio de peces rojos”, este último galardonado con el Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, y sé, aunque no los he leído, que también es autora de dos libros de ensayo, uno sobre Julio Cortazar y el otro sobre Octavio Paz.

El tema de “La única hija” me conmovió desde las primeras páginas: el eterno dilema de muchas mujeres ; vivir o no la maternidad; ser o no, madres. “Durante años traté de convencer a mis amigas de que reproducirse constituía un error irreparable”, cuenta Laura al inicio de la novela.

“La hija única” trata sobre la historia de Laura y su mejor amiga, Alina. Nos enteramos, en boca de Laura -quien la cuenta en primera persona-, que en su adolescencia y juventud, compartían la certeza de que nunca, nunca de los jamases, aceptarían la maternidad.

Pasan los años, y mientras Laura mantiene la misma posición, a grado tal que se opera para asegurarse que, ni por descuido, accedería a la maternidad, Alina, entrando en sus treintas, modifica su postura, y busca quedar embarazada, hasta que lo logra: Inés, así se llamará la hija tan buscada, tan deseada, cuya llegada, se convierte en el centro de la novela.

Apenas faltando unas cuantas semanas para la llegada de la bebe, les anuncian que Inés no sobrevivirá fuera del cuerpo de Alina: su cerebro no alcanzó a desarrollarse y será incapaz de asegurar su autonomía. Inician así las siguientes siete semanas, las más largas de su vida, evocó Alina, tiempo después.

¿Cómo te preparas para ese tipo de parto? ¿Cómo enfrentar una muerte que no ha sucedido? ¿Cómo apañarse para vivir después? ¿cómo sería su vida si lograra sobrevivir? “La hija única” es una novela que te provoca demasiadas preguntas, muchas de respuestas inciertas o sin ellas.

En paralelo, la novela nos presenta el inicio de la relación de Laura con Doris, su vecina y su hijo, Nicolás, producto de un matrimonio lleno de violencia, cuyas consecuencias se reflejan en su comportamiento, excesivamente agresivo hacía su madre, quien se somete, incapaz de controlarlo.

¿Infancia es destino? Nicolás tiene apenas 8 años, dos desde que falleció su padre en un accidente, los mismos años que lleva Doris en un incomprensible (para mi) estado depresivo, que la imposibilita para mantener una convivencia sana con su hijo, quién encuentra en Laura, su vecina, a la que no le gustan los niños, una especie de sustituta.

Nettel nos confronta así, con mucha sutileza, con tres mujeres haciendo frente a la maternidad desde diferentes posiciones y puntos de vista: negación, aceptación, zozobra, esperanza, calvario, culpa. Y conforme transcurre la lectura, comprendemos que existen diferentes modelos de vivir la experiencia.

Novela corta pero intensa, dolorosa e inspiradora, inquietante pero conmovedora, apasionada y realista, aleccionadora y feminista, escrita con la exquisita prosa de Nettel, que te lleva a evocar algunos de los cuentos que publicó en su maravilloso libro “El matrimonio de los peces rojos”, y que confirma el compromiso de la escritora con su literatura, con su visón sobre la maternidad como opción y no por imposición. Muy recomendable lectura .

“Un caballero en Moscú”, de Amor Towles

Lectura sosegada y tranquilizante. Sin duda, de vez en cuando se agradece encontrarte con un libro como el de Amor Towles, que llegó gracias a la recomendación de un buen compañero de aventuras triatletas, Esteban De la Garza. No conocía nada de Towles, salvo la recomendaciones de De la Garza y de Bill Gates, aunque la de Gates no fue la que me impulsó a comprarlo.

Amor Towles, graduado de Yale en Letras, laboró en el mundo de las finanzas. Su primera novela se titula “Normas de cortesía” y logró una buena recepción . “Un caballero en Moscú” es su segunda novela, y alcanzó tal éxito, que abandonó su trabajo en los despachos financieros de Manhattan para dedicarse exclusivamente a la literatura.

La novela inicia en 1922, cuando triunfa la revolución Bolchevique. Ubicada en Moscú, narra la historia del Conde Aleksandr Ilich Rostov, quien es condenado a permanecer en arresto domiciliario en las instalaciones del lujoso, burgués y monumental Hotel Metropol, donde llevaba cuatro años viviendo como un epicúreo y apreciado huésped.

Reconocido como escritor en sus años mozos, se salvó de una condena más severa por escribir un poema, que considerado subversivo en los años previos a la sublevación, era altamente valorado por los líderes revolucionarios, por lo que a pesar de sus orígenes aristocráticos, le permutaron la condena de muerte por el confinamiento en tan monumental e insigne alojamiento.

Encantador, elegante, flemático; lector de altos vuelos: profundo conocedor de la obra de Tostoi y de Chéjov, sin dejar de leer a Montaigne; culto, refinado, prudente. En sus treinta, el Conde Rostov pasa sus siguientes 30 años, recluido en los amplios y agradables espacios del hotel, departiendo, conviviendo, incluso, trabajando, siempre relacionándose con una variada comunidad tan heterogénea, como las que concurren en lugares como el Metropol.

Más allá de los límites del Metropol, Rusia y el mundo sufren grandes transformaciones, sin que los acontecimientos alteren significativamente la rutina en la vida de nuestro entrañable personaje, que con una envidiable entereza y su filosofía de vida, producto de su educación, lecturas y manera de verla y vivirla, se ajusta a ellos, sin que logren trastocarla gravemente.

Contada por un detallista narrador omnisciente, de aguda mirada, que no deja pasar oportunidad para resaltar la serie de cualidades, reflexiones, recuerdos y valores que guían y soporta el caballeroso comportamiento de nuestro admirado Conde, que además, con sus acciones y actitudes, termina de definir a un personaje envidiable – a mi me gustaría ser como él-, curiosamente, a un prisionero afortunado, que no hizo de su suerte, motivo de lamento ni de insatisfacción.

Novela extensa, de 500 páginas que se van gozando lentamente, como corresponde hacerlo con esta clase de historias: sin prisas, sin agobios, reposando y disfrutando las anécdotas, aventuras, por que sí, aún enclaustrado, se viven. Historia de personajes cálidos y entrañables; pletórica de metáforas y reflexiones, irónica y nostálgica, tierna y romántica, narrada con detalle y precisión, pero a la que no le sobra ni una sola palabra.

Filosofía, historia, arte -literatura, música, plástica- , amistad, lealtad, paternidad son los temas que, reunidos, tratados y narrados magistralmente por Towles, se convierten en literatura de la buena. “Un caballero en Moscú” ha sido una agradable y deliciosa lectura, con un final que te dejará feliz, sosegado y reconfortado. Solo me queda recomendar su lectura. Esteban, gracias por la recomendación. Y ustedes, no dejen de leerla, no se arrepentirán.

“La vida mentirosa de los adultos”, de Elena Ferrante

La serotonina estalló: la producción de sensaciones de bienestar y felicidad daban fe de su intensa presencia en mi cuerpo. No me la esperaba tan pronto, pero ahí la tenía, en espera de lectores: la reciente novela de Elena Ferrante. Acostumbrado a aguantar meses entre su salida en España y la llegada a nuestras librerías, no estaba preparado emocionalmente para encontrármela este septiembre.

La hormona de la felicidad produce ansiedad, y más tardé en llegar a casa, que en iniciar su leída. Ya he comentado que en este siglo, son dos, inmensas sagas literarias, las que me han provocado más sensaciones, sentimientos y emociones: “Mi lucha”, de Karl Ove Knausgård y “Dos amigas”, de Elena Ferrante.

Ubicada en Nápoles, se presenta Giovanna, nacida en 1979, en el seno de una pareja de clase media próspera; el padre, culto profesor universitario; la madre, Nella, maestra de enseñanza básica; Giovanna es educada con amor, acceso a las mejores escuelas y bibliotecas; educación con mucho diálogo; moviéndose entre límites flexibles, basados en la confianza y el respeto.

Novela centrada en la vida de Giovanna entre los 12 a los 16 años, justo cuando las mujeres inician sus cambios físicos y psicológicos; los emocionales y los sociales; en la pubertad, cuando empiezan a producir las hormonas sexuales, etapa difícil para las muchachas. Y para los padres, ni se diga; pregúntenme a mí, papá de dos.

Bastó un extraño comentario, dicho en voz baja y en privado, por el padre de Giovanna -que no tenía por que escucharlo, pero lo atendió- a su mamá, para que la adolescencia de la niña les estallara en el epicentro de su apacible vida familiar, trastornándola a grado tal, que solamente de leerlo, se me estrujaba hasta la más pequeña de mis vísceras.

Al inicio, Giovanni me caía mal: ambigua, retorcida, atrevida, exagerada. Con poses de diva púber atormentada. Pero más adelante, se suavizó mi opinión. Lo que me parecían comportamientos y actitudes caprichosos, propios de una adolescente malcriada, resultaron ser reacciones, quizá demasiado emocionales, quizá propios de su genética, al descubrimiento de lo subyacente de su sosegada vida familiar.

Una vida que, ocultaba un cúmulo de personajes, relaciones y situaciones, sumamente complejas para ser manejada por una niña inmersa en esa etapa de la pubertad. La tía Vittoria y la familia paterna; la familia amiga: Mariano, Costanza, Angela e Ida. Entre el refinamiento y la vulgaridad; envidias y venganzas; celos y adulterios. Y mentiras, muchos engaños.

“La vida mentirosa de los adultos” tiene similitudes esperadas en la literatura de la Ferrante: Nápoles como escenario; la sociedad patriarcal, el papel marginal a la mujer; la división entre pobres y “ricos”, entre cultos educados y zafios ignorantes; la carrera universitaria como ruta hacia la redención; los temas de ideología política: la burguesía como clase dominante y la izquierda militante.

Pero esencialmente trata sobre esos momentos claves en la vida de una adolescente, que pueden modificar e influir severamente en su futuro, sobre todo cuando ocurren durante esa etapa de transformaciones que sufre la niña en su tránsito hacia la vida adulta.

Escrita con la prosa magnética a la que Ferrante nos tiene acostumbrados, “La vida mentirosa de los adultos”, es narrada por una Giovanni distante, triste, de voz adulta y desilusionada; y su relato me dejó con sensaciones imprecisas: con algo de culpa, medio incómodo, sin certezas indiscutibles, pero completamente deslumbrado por la narrativa Ferrantina.

Final incierto: no es que lo haya dejado abierto, sino que no lo encontré. Me quedo pensando si la Ferrante pretende otra saga, lo que me produce sentimientos encontrados: en la espera y con incertidumbre; con el deseo de más Elena, pero con menos dureza: más Lenù, menos Lila.

La recomiendo porque siempre hay que recomendar los libros que te hacen pensar, que te producen sensaciones, sentimientos y reflexiones, ya que de eso trata la literatura. Además, está muy bien escrita, lo que siempre es placentero al lector. Se lee en dos sentadas, y una tercera para contarles lo que viví con la lectura. ¡Ferrante en grande de nuevo!

“Fred Cabeza de Vaca”, de Vicente Luis Mora

Los lectores estarán de acuerdo conmigo que, descubrir un nuevo autor, cuya literatura nos seduzca, nos cautive, nos entusiasme, nos encandile y nos conquiste, resulta un verdadero placer, porque, entre muchas razones, representa una promesa, la esperanza de que habrá más lecturas fascinantes en el futuro.

Vicente Luis Mora (1970-) es español, abogado y poeta. También escribe novela y ensayo. Ejerce la crítica literaria en varias revistas y suplementos culturales, y mantiene un Blog literario -Diario de lecturas- desde el 2008, una iniciativa planteada en su momento como parte de un proyecto de ampliación de las fronteras literarias a nuevas instancias posibilitadas por las nuevas tecnologías.

“Fred Cabeza de Vaca” (2017) es su más reciente novela, que esperamos no la última, y cuenta.. cuenta entre muchas cosas, ese es su atractivo, sobre Natalia Santiago Fermi, una bien intencionada académica, que se propone escribir una biografía sobre “el artista español más universal desde Picasso: Fred Cabeza de Vaca”.

Pero, ¿Quién es Fred? No, no tiene nada que ver con el conquistador. La novela nos plantea desde el inicio que Fred es uno de los mayores artistas que ha dado el mundo en el siglo XXI. Natalia nos cuenta que “A pesar de los numerosos testimonios disponibles sobre FCV, y de los profusos escándalos que llenaron portadas y publicaciones…..fue un perfecto desconocido”. De ahí su proyecto: dar a conocer al verdadero Cabeza de Vaca, el que escondió su personalidad tras su obra (Santiago dixit).

Escrita como una especie de rompecabezas, donde las piezas son fragmentos de textos de diversos orígenes: apuntes para memorias, el diario del propio FCV, esquejes y comentarios de Natalia, artículos de críticos, conversaciones con una tal Francis Eckerman, mensajes y archivos electrónicos, textos encontrados en el basurero del artista, memorandos de su consejero legal, recortes y entrevistas de prensa, conversaciones grabadas, mensajes a manera de post-it encontrados en casa de una de sus amantes.

Múltiples son las fuentes que el creador -¿o la biógrafa?-, utiliza para ofrecernos un retrato “realista” de Fred Cabeza de Vaca, que va revelándose como un ser inteligente, pensador interesante, crítico de arte, curador museístico, cocinero de altos vuelos; un artista provocador, obsesionado con la basura y su reciclaje; seductor, mantenido, egoísta, manipulador, arribista, misógino (a sus amantes las numera: la 1, la 70, la 54): un personaje tan deslumbrante como repugnante, atiborrado de excesos y contradicciones.

Conforme avanza la novela, Natalia, que conoció y simpatizó -en una biografía no autorizada de FCV se le citaba como “su crítica de guardia”- con Fred, empieza a -¿dudar?- reflexionar sobre el Fred que se le manifiesta a medida de que arma el rompecabezas. Y como quién busca, encuentra, Natalia se tropieza con un trol virulento cuyas acciones la dejan descolocada.

“Fred Cabeza de Vaca” me pareció una agradable sorpresa. La elección de Mora, utilizando cientos de textos fragmentados, era una propuesta arriesgada, solventada magistralmente, porque créanmelo, muchos de esos pedazos son, por si mismos, una lectura atractiva; leídos en conjunto, resulta fabuloso, adictivo -a ratos parece un thriller, a ratos relato de ciencia ficción -, y entretenido.

“Fred Cabeza de Vaca” es una ambiciosa, innovadora y maravillosa novela. Además de su valor literario, resalto como un plus esa mirada tan irónica como cínica del autor sobre el mundillo del arte del siglo XXI, ese que aquí en México, la crítica Avelina Lésper vitupera sin piedad como arte VIP (video, instalación, perfomance) contemporáneo.

Vicente Luis Mora además de gran escritor, nos resultó un profundo, imaginativo y crítico conocedor del arte contemporáneo. La recomiendo ampliamente.
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