“Bienvenida a casa”, de Lucia Berlin

Sería injusto si solo me concretara a comentarles que, leer “Bienvenida a casa” de Lucia Berlin, me dejó ligeramente decepcionado. Y sería inaceptable, porque las expectativas que tenía sobre este volumen eran una desmesura, provocada por sus dos libros anteriores: “Manual para mujeres de limpieza” y “Una noche en el paraíso”, publicados por Alfaguara en el 2016 y 2018, donde nos ofrecieron la compilación de sus resplandecientes cuentos.

“Manual para mujeres de limpieza” fue un verdadero fenómeno literario. No existió periódico, revista, programa radiofónico o televisivo que tratara sobre libros, que no hiciera mención de la irrupción de Lucía Berlin en el panorama. Un poco más de cuarenta, breves, pero deslumbrantes relatos, habían provocado un Tsunami, un fenómeno extraordinario, que liberó una enorme masa de energía que sacudió con fuerza el mundo de las letras.

Yo, como miles de lectores, sucumbí ante la fuerza nerviosa de su prosa y la singularidad de su cuentos, construidos, desde y con su propia experiencia vital; una serie de relatos cargados de vida, de franqueza, de verdad; llenos de pasión, dolor, alegría, que nos incitaba a leerlos, pero sin juzgar lo narrado; a descifrar razones, antes de las consecuencias de las sinrazones de las acciones de las mujeres de Lucia. Son, sin duda, relatos llenos de vida!

La lectura de “Manual para mujeres de limpieza” me conmovió. Mejor dicho, fue Lucia Berlin, su vida, lo que me estremeció. Mujer de un físico llamativo, casó tres veces, tuvo cuatro hijos, luchó contra el alcoholismo y falleció. Buena lectora, escribió desde muy joven, pero publicó tarde, y era poco conocida -por no decir una gran desconocida- hasta que en el 2016 el mundo anglosajón de las letras la sacó de las oscuridad, y lo demás, es historia.

Lucia Berlin (1936-2004) publicó setenta y seis relatos durante su vida. Una gran parte se publicó en la misma casa editorial que descubrió al viejo genio borracho Charles Bukowski, Black Sparrow Press, lo que nos confirma el buen ojo que tenía John Martin, el impulsor de genial poeta y novelista de origen alemán y vicios universales. Editorial de nicho durante muchos años, escondió de manera involuntaria, el talento de Lucia.

La segunda antología de sus relatos, “Una noche en el paraíso” se publicó dos años después, y aunque ya no provocó el fuerte oleaje que la primera -al eliminarse la sorpresa, se atenúan ciertos efectos-, no defraudó a nadie. La fuerza arrolladora de la escritura de Berlin se experimentaba plenamente. La obra continuaba en la misma ruta vital y palpábamos la unidad en calidad e intensidad de sus relatos.

En el mundo anglosajón, se tomó la decisión de publicar “Una noche en el paraíso” al mismo tiempo que “Bienvenida a casa”. Alfaguara decidió no tomar el mismo rumbo, y esperó un año en publicarla.

Prologada por su hijo Jeff, “Bienvenida a casa” es una recopilación de diversos apuntes autobiográficos de Lucia, e incluye parte de su correspondencia y fotografías, que nos brindan la oportunidad de asomarnos, y a la vez, profundizar un poco más en la vida que nos contó en forma de autoficción en los dos primeros tomos, y contrastarla con la que nos cuenta en este tercero, en la que no nos encontramos ficción, y sí con la Lucia en carne y hueso que vislumbrábamos en sus deslumbrantes relatos.

No quiero que malinterpreten esta nota, “Bienvenida a casa” es parte fundamental de la obra de Lucía Berlin. Pero quiero recomendar ampliamente que si van a leer a Berlin, busquen antes que nada cualquiera -o los dos- de sus primeros libros. Forman un todo, aunque no es necesario e indispensable leerlos en orden. Decidan lo que resuelvan, no dejen de leerla.

“Orgullo y prejuicio”, de Jane Austen

¿Qué puedo decirles, que ustedes no conozcan, sobre la maravillosa obra de Jane Austen? Las novelas de la autora inglesa han estado presentes en la mente y en el corazón de millones de lectores desde que fueron publicadas, y gracias a la cinematografía, sus aficionados han tenido la oportunidad de conocer las historias de Austen a través de las decenas de versiones cinematográficas que se han producido sobre sus clásicos.

Gracias a Harold Bloom, el extraordinario crítico literario, entendí que a la literatura hay que entrarle sin prejuicios. En el primero de sus principios con que nos ilustra en su estupendo y pedagógico ensayo, “Cómo leer y por qué”, nos señala que debemos limpiarnos la mente de tópicos, de esos clichés que, como lectores, nos impiden el disfrute de grandes obras

Yo leí a Austen por primera vez apenas el año pasado. Pensaba que al haber visto algunas de sus obras en su versión cinematográfica, podía pasar por alto sus novelas, y lo hice sin remordimientos, desazón que sí me aflige cuando pienso en otras obras clásicas que no he leído, como por ejemplo, “En busca del tiempo perdido”. Estaba equivocado, pero estoy corrigiendo mi error.

Gracias a la lectura del ensayo de Bloom, recapacité y leí “Mansfield Park”, que me encantó, y, motivado por el desafío planteado por mis amigos de Retópada20, me zambullí en la deliciosa lectura de “Orgullo y prejuicio”, y fue tan grata, que me sentí recompensado por expurgar de mi mente esos desagradables clichés pseudointelectuales o de género.

Desarrollada en la Inglaterra del romanticismo, cuando se solían arreglar los matrimonios por conveniencia, y el apropiado casamiento de los hijas era la preocupación de los padres, “Orgullo y prejuicio” nos cuenta la historia de la familia Bennet, integrada por los padres y sus cinco hijas, modelos de la época: románticas por naturaleza, ávidas -en diferentes grados- en la búsqueda de relaciones sociales, fiestas y paseos, actividades desempeñadas con ardor, pasión y singular regocijo, en la búsqueda del marido ideal.

Entre un padre excéntrico e indolente y una madre simplemente estúpida; sus hermanas: Jane, la mayor, de una belleza excepcional, pero melancólica y soñadora; Mary, la más pequeña, desconectada del mundo e inmersa en la lectura; Lydia y Kitty, irresponsables, alocadas, atrevidas y coquetas, emerge, bella, llena de gracia, Elizabeth: la perspicaz -ingenio que la lleva a equivocarse más de la cuenta-, de firme voluntad -por no llamarle un poco necia-, y con una latosa tendencia al autoengaño; independiente en su forma de pensar, pretendiendo la misma independencia en su forma de vivir: Keira Knightley, -perdón, Lizzie Bennet- la verdadera heroína de la novela.

Su romance de novela con el misterioso, orgulloso y soberbio Darcy, que transcurre a través de todo el relato, que avanza y retrocede, lleno de secretos y malos entendidos, tan atractiva por real, parecida a muchas de las historias de amor que suceden hoy en día; que nos permite identificarnos con lo que nos cuenta la autora, y nos pone a reflexionar sobre la manera en que actuamos y nos relacionamos con nuestras parejas; en cuánto de orgullo y qué tantos prejuicios nos impiden disfrutarla como es debido, teniendo siempre presente, que, no existen historias de amor como las que nos cuentan las novelas.

“Orgullo y prejuicio” es mucho más que una novela sobre mujeres – escrita por una mujer, cuya protagonista es una mujer, y que es leída principalmente por mujeres-, que mis prejuicios hacían imaginar. La precisión de su estructura; el minucioso desarrollo de los personajes; los diálogos, cargados de ironía, ingenio, gracia y mordacidad; la atractiva trama argumental, llena de giros sentimentales; el lenguaje; todos son ingredientes de primera calidad, con los cuales Austen crea una novela inolvidable, un verdadero clásico de la literatura.

“¿Acaso no matan a los caballos?”, de Horace McCoy

La mayoría de los lectores tenemos más o manos claro las razones que priorizamos a la hora de comprar libros. Pero los que regresamos de la librería con varios, que vamos sumando a los adquiridos en compras anteriores, nos metemos en el problema de elegir cuál entre ellos, leemos. Comprarlos es una realidad, leerlos, puede ser circunstancial.

Yo compro por lecturas de reseñas, por autores favoritos, por el género o por la editorial. También utilizo frecuentemente listas que publican las revistas y los medios de comunicación que respeto. De entrada, me debe gustar el autor, el tema o el género, pero si el autor me es desconocido, no importa. La recomendación me brinda la oportunidad de conocerlo.

Fue en una de estas listas donde me enteré de la existencia de “¿Acaso no matan a los caballos?”. Batallé para conseguirlo. No lo encontré en México, y terminé comprándolo en España. Llegó, lo acumulé en una mesa con otros libros, y me olvidé de él.

El sábado, meneando libros por allí y por allá me lo encontré. Parecía huerfanito: de un sobrio color morado con letras rojas, se perdía entre tantas portadas multicolores. Se encontraba como sofocado, con tantos libros encima. Al verlo, recordé como llegó, y me dije: “baboso, tanto que te costó tenerlo, y se te olvidó aquí arrumbado”; así que previa sacudida de polvo, me puse a leerlo.

Apuesto a que pocos de los que se encuentran leyendo este texto han leído o escuchado algo de Horace McCoy (1897-1955). McCoy, que vivía de sus trabajos como guionista de Hollywood, nunca fue reconocido como novelista, así que me imagino que solo algún cinéfilo, o lector orientado por listas de “las mejores…..”, tendrán el interés de conocerlo.

“¿Acaso no matan a los caballos?” no es la gran novela norteamericana, pero es una muy buena novela. Minimalista, concisa, precisa y frugal (152 páginas), la novela nos transporta a una Norteamérica inmersa en la depresión, y nos ubica en Hollywood, en el año 1935, a donde llegaban miles de jóvenes huyendo de la miseria de sus pueblos, para caer en otra peor: la de la explotación, la vejación, en todas sus variantes.

McCoy narra la historia de Robert Syverten y Gloria Beatty, que conociéndose apenas, deciden participar en un maratón de baile, muy populares en aquella sórdida época, donde se la pasaran bailando y bailando, junto con decenas de parejas, en la búsqueda de la penosa supervivencia, la más elemental de las luchas que pueden afrontar mientras conquistan un lugar en la fábrica de los sueños.

Robert y Gloria no paran de moverse. Solo tienen que danzar sin parar durante horas, días, semanas; con descansos de 10 minutos para comer, acicalarse, descansar y continuar, tratando de ser los últimos en caer, extenuados, humillados, vejados por los organizadores, que en una versión anticipada de los ahora populares “Reality Shows”, los obligan, además, a prestarse a diversas farsas, con el objeto de que el público se acerque al espectáculo, se entretenga y participe con sus porras y patrocinios a realzar el evento.

La lista que me impulsó a buscarla, enmarcaba a “¿Acaso no matan a los caballos?”, dentro del género negro. Después de leerla, creo que hay algo más que un homicidio, un juez, un acusado, un cadáver. Las leyes no están preparadas para considerar a la compasión como atenuante de una muerte. Así como se mata a un caballo cuando se rompe una pata, se puede llegar a la eutanasia para hacerle un favor al mundo y evitarle el sufrimiento y abandono a a quien implora por morir, a quien reclama a los científicos sus afanes por prolongar la vida, en lugar de buscar la manera agradable de terminar con ella.

En “¿Acaso no matan a los caballos?”, nos enfrentamos a una visón de lo que es el terror social, a las consecuencias que sufre la sociedad cuando le cae encima una crisis económica. Bailar y bailar para tener qué comer mientras se baila. Danzar sin descanso, soñando con permanecer de pie más horas que los demás, para ganar perdiendo, y salir de ahí, bailando y bailando, girando alrededor de la pobre vida, buscando sin encontrar, la salida a esa degradante agonía.

Si la encuentran, léanla. “¿Acaso no matan a los caballos?” Merece ser leída.

“Alicia en el país de las maravillas”, de Lewis Carroll

No se rían. Razones para que un sexagenario lector se enfrasque en la lectura de una historia supuestamente escrita para niños, pueden ser muchas y variadas. Si fuera abuelo, podría decir que la leí para contársela/leérsela/comentarla con mis nietos, pero como no lo soy, baste comentarles que no la había leído, que me dieron ganas de hacerlo, y que además, me permitió palomear el punto 15 que me plantearon mis amigos de Retópata20.

La verdad, me encantó la historia. Absurda, ilógica, a veces medio cruel, “Alicia en el país de las maravillas” superó y con mucho mis expectativas. Me esperaba una historia llena de metáforas y moralejas enfocadas a señalarles a los infantes las veredas del bien, y me topé con un relato lleno de sucesos fantásticos, delirantes, estrafalarios, divertidos y entretenidos, narrados con un lenguaje que respeta y estimula la inteligencia de niños y adultos.

Lewis Carroll, graduado en Oxford, nació con el nombre de Charles Lutwidge Dodgson y publicó este clásico en 1865, inspirado en una viaje por el Támesis a la que asistió acompañado por tres hijas de su decano, entre ellas Alice Lidell, de 10 años de edad, musa que inspiró la historia. Por esa relación, y la extraña afición de fotografiar a niñas, Carroll se ganó la fama -nunca confirmada- de pedófilo, anécdota que raya en el chisme o “Fake New” que no viene ni al caso, pero en fin, hay que dar la nota de color.

“Alicia en el país de las maravillas” es un cuento infantil, y una novela fantástica para jóvenes y adultos. Lewis Carroll fue un matemático que utilizó sus conocimientos para poblar su historia de paradojas, de retadoras pruebas de lógica, de acertijos verbales, que impulsan a tus neuronas a salir de reposo y ponerse en Mode Active, para encontrarles solución, sin que esto quiera decir de que, la tengan o que los resuelvas.

El gato de Chelshire, la Liebre de Marzo, el Lirón, la Oruga mariguana, el Sombrero Loco, la Duquesa, la Reina de Corazones van, vienen y nos entretienen engarzando historia tras historia, con diálogos pletóricos de una sonoridad endemoniada, que nos sumergen a un universo sinsentido, tan irreal como disparatado, desbordado e inverosímil, atrapándote sin remedio, seduciéndote y tú rindiéndote, completamente asombrado, ante la genialidad de autor.

Una Alicia “empachecada” por ingerir brebajes de fórmula desconocida, y hongos con efectos alucinógenos, nos convoca a participar con ella en esta psicodélica historia, donde un niño se convierte en cerdo entre sus brazos; parte de un juego de naipes en jardineros pintando rosas, y otra, en aguerridos soldados, escoltando al Rey y a su Reina de Corazones; y aceptamos la invitación, felices de la vida, recordando nuestra propia infancia y aquellos felices días de verano, porque como dice Virginia Wolf, “Alicia en el país de las maravillas” entra en la dimensión de esos libros que, no es que sean infantiles, sino que al leerlos, nos convertimos en niños.

“El manto”, de Marcela Serrano

No recuerdo las razones, pero sí me acuerdo que en los 90´s, leí mucha novela de autoras latinoamericanas. Elena Poniatowska, Ángeles Mastretta, Sylvia Molina, Laura Esquivel, Laura Restrepo, Isabel Allende y Marcela Serrano, entre las que me vienen a la mente, fueron protagonistas de mis lecturas en esa década.

Quizá porque entraba de lleno a mi etapa de padre de dos mujeres; a lo mejor porque me sentía muy feminista; probablemente porque deseaba conocerlas mejor (tres en casa eran un fuerte incentivo); o acaso la razón fuera que las mesas de novedades de las librerías estaban dominadas por autoras, el asunto es que leí novelas de autoras latinoamericanas.

Nunca me pareció que estuviera leyendo literatura “femenina”, o novelas “para mujeres”. Me gustaban las tramas que narraban, la manera en que las contaban, su visión del mundo, su talento, oficio, imaginación, es decir, las mismas cualidades que me gustan de los autores masculinos.

Marcela Serrano me fascinó desde la primera novela que leí; creo que fue “Para que no me olvides” y le seguí con varias: “Nosotras que nos queremos tanto”, que desde el título te enamoraba; “El albergue de las mujeres tristes”, “Antigua vida mía”. De repente, dejé de leerla, pero no de adquirir sus libros. Sin embargo, mis registros muestran que la última ocasión que la leí fue el 8 de septiembre de 1998, en Nueva York (cargué hasta allá la novela).

Marcela Serrano (1951- ), chilena, con una carrera universitaria en Artes que nunca desempeñó con el pasión con la cual desarrolló su carrera como escritora, no ha sido reconocida en su país natal. Probablemente por misoginia, aunque yo creo que es más por su militancia política, que la llevó al exilio a raíz del “Pinochetazo” del 73. A pesar de sus críticos, es leída, querida, admirada y fue galardonada con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

“El manto” atrajo mi mirada más por la autora que por el tema. Rara vez leo las sinopsis de las contraportadas. Elijo mis libros por otras razones, normalmente porque ya leí algo sobre el libro, el autor, o me gusta el género, pero trato de no leer de qué se trata. Siento que me predispone.

“El manto”, caray, también tiene como tema central el duelo. Pude elegir no leerlo. ¿Otra vez con lo mismo Humberto, no te has hartado? Pero el inicio me impulsó: “Alguna vela llevo yo en este entierro”. Después de todo, me apellido Vela, así que acepté la invitación de Marcela. Ya la extrañaba, después de tantos años, quería saber algo de ella.

Marcela Serrano nos cuenta la historia, su historia con su hermana Margarita, la compañera de juegos y viajes: la complice en los amores y desamores; su hermana mayor, menor que las mayores; la tercera de las cinco hermanas; la seductora periodista, la artista divertida de la casa. Y la historia fluye, a pesar del dolor, de la rabia, de la tristeza, de la depresión. La acompañamos en la enfermedad de Margarita y en el duelo que provoca su muerte; y nos damos un respiro cuando nos cuenta anécdotas como la de Charlton Heston, que les respondió a la carta que le enviaron, con una fotografía a cada una y ¡dedicadas!; la de su primer viaje juntas a Europa, cuando Margarita se iba a casar y no se casó; la de su lectura de “Mujercitas”, el clásico de Louise May Alcott, hoy tan de moda, y el reparto de personajes entre las 5 hermanas, donde Marcela se identificó con Amy, y Margarita se quedó con el personaje de Beth, a su pesar, pues una noche, ya en la cama, la Margarita le dijo: “No quiero ser Beth…Beth se muere.”

Serrano había dejado el cigarro. Luego de nueves meses ganándole a la adicción, nos relata; “Al cigarrillo, siendo como es mi mejor amigo, lo veía venir de vuelta”. A mí me pasó lo mismo: siendo Marcela una vieja amiga, ya la veía venir de regreso.

“El bibliótafo”, de Leon H. Vincent

Me encantan los libros que tratan sobre libros, librerías, bibliotecas y bibliofilias. Miguel Cervantes, Umberto Eco, Carlos Ruíz Zafón, George Owen, Ray Bradbury son autores reconocidos que escribieron fantásticas historias sobre estos librescos temas. Títulos como “Severina” de Rey Rosa, “Irene”, de Pierre Lemaitre, o la “Neblina de ayer”, del genial Leonardo Padura quizá no sean tan famosas, pero también entran en la categoría de grandes libros sobre libros.

Un buen tema es el de las “filias” libreras. Que sí eres bibliómano, bibliópata, bibliocasta, bibliófilo o bibliófago; los lectores nos podemos identificar con una o con todas. En la Ciudadela de la CDMX, sede de la Biblioteca de Mexico, se encuentra un pequeño mural con 20 definiciones de bibliofilias, así que no se preocupen, hay pa´todos.

No recuerdo cómo llegué a “El bibliótafo, un coleccionista de libros”, de Leon H. Vicent y que publica Periférica dentro de una pequeña colección que incluye “los amores de un bibliómano”, de Eugene Field; “La librería ambulante”, de Christopher Morley; y “La librería encantada”, del mismo Morley, pero haya sido como sea, disfrute de su lectura.

Leon H. Vincent (1859-1941) fue un profesor universitario, ensayista, crítico literario, editor y conferenciante. Nunca lo había oido mencionar, pero existen tantos y tantos autores que llenan los panteones de los escritores olvidados, que no me sorprende nada.

El bibliótafo entierra libros; no literalmente, pero a veces con el mismo efecto que si los hubiera metido bajo tierra. Existen de varias clases. El tipo perro del hortelano es el peor. Apenas utiliza los libros él mismo e impide absolutamente que lo utilicen los demás. Por otro lado, alguien puede ser bibliófato simplemente por incapacidad para disponer de sus libros. Puede ser alguien que no tiene casa, un soltero o alguien que los tiene almacenados en una bodega mientras puede construir una biblioteca adecuada s su colección.

“El bibliótafo ” cuenta las andanzas de “El amante de libros más simpático que ha pisado las calles de una ciudad durante mucho tiempo….. un tipo enorme en lo físico, tan grande de corazón como de cuerpo, y, según el afectuoso recuerdo de quienes lo conocieron, tan grande de intelecto como de corazón…. Profundamente versado en detalles bibliográficos, y peligrosamente preciso en su charla sobre ellos”.


“El bibliótafo ” no es un libro que te vaya a quitar el sueño si no lo lees; pero para un coleccionista de libros, es un relato fascinante y entretenido, que como siempre sucede con los libros que tratan sobre este tipo de filas, nos confronta con nuestra jubilosa pasión, que como nos cuenta Charles Asselineau en su gozoso relato “El infierno del bibliófilo” , contiene todos los pecados habidos y por haber: avidez, lujuria, orgullo, avaricia, olvido del deber y desprecio del prójimo.

Yo, como coleccionista “light” de libros, me veo reflejado cuando leo sobre las andanzas que tenemos que recorrer para darle gusto a nuestro perverso vicio. Sé que quienes leen estas líneas no se horrorizarán ante estas confesiones; intuyo que, si aún no se han enviciado irremediablemente con los libros, van en buena ruta para conseguirlo.

“Diario de duelo”, de Ronald Barthes

Últimamente mi atención se ha concentrado de más en la lectura de libros que tratan sobre el duelo. Historias de dolor, desconsuelo, pena, aflicción. Sé que no ha sido coincidencia. Los libros los he buscado hasta encontrarlos. ¿Miedo, previsión, morbo? Solo en enero, que acaba de pasar, les comenté dos: “Nada se opone a la noche”, de Delphine de Vigan y “La peor parte”, de Fernando Savater. Pero han sido demasiados: “El año del pensamiento mágico”, y “Noches azules” de Joan Didion; “La pérdida de profundidad”, de Julian Barnes, “Alegría” y “Ordesa” de Manuel Vilas, entre decenas más.

Ayer leí “Diario de duelo”, de Roland Barthes. Normalmente escribo mis impresiones inmediatamente al terminar el libro. Ahora decidí reposar un poco mis sensaciones. “Diario de un duelo” es la bitácora de la travesía que transitó Barthes entre el 26 de octubre de 1977 -la muerte de su madre ocurrió el 25- y el 15 de septiembre de 1979. El reputado semiólogo francés, el lector decimonómico, falleció en marzo de 1980.

Roland Barthes nació en 1915. Cuando su madre, Henriette Binger falleció, tenía 62 años. Y los sesenta y dos, salvo cortos períodos, los había vivido junto a ella. Barthes, reputado crítico literario, maestro en universidades tan prestigiosas como Harvard y Oxford, escritor de decenas de libros de variados y atractivos temas, vació en “Diario de duelo” toda la desmesura de sus sentimientos.

“Idea -que causa estupor pero no desolación- que ella no ha sido “todo” para mí. Si no, yo no habría escrito obra. Desde que la cuidé, desde hace seis meses, efectivamente, ella era “todo” para mí, y olvidé completamente que había escrito. Yo era perdidamente para ella. Antes, ella se hacía transparente para que yo pudiese escribir.” (29-X-77)

“Habito mi aflicción (mi dolor) y eso me hace feliz. Me es insoportable todo lo que me impide habitar mi aflicción.” (31-VII-78)

“Poco a poco se precisa el efecto de lo falta: que ya no tengo ningún gusto por construir nada nuevo (excepto en la escritura); ninguna amistad, ningún amor, etcétera.” (17-I-79)

“Hay mañanas tan tristes….” (15-IX-79)

Líneas arriba comenté que tuve que dejar reposar un poco los sentimientos producidos por la lectura de “Diario de duelo”. No conozco suficiente a Barthes. Lo he leído muy poco. Me gustó mucho su autobiografía “Roland Barthes por Roland Barthes”, y hasta ahí, porque sus libros de crítica literaria, sobre la imagen, sobre los signos, solo los he ojeado y leído por encimita. “Diario de duelo” me dejó, primero, anonadado, y después sumido en la confusión. Las razones no tienen nada que ver sobre si me gustó o no el libro, de hecho, lo disfruté.

“Diario de duelo” se publicó póstumamente y por ello, nació entre polémica. Muchos amigos y seguidores del autor pensaban que no le hubiera agradado publicarlo, mientras que otros sostienen que a raíz de la muerte de su madre, Barthes había reforzado la convicción de explorar todas las posibilidades de la escritura autobiográfica.

Creo entender a los que se oponían a su publicación: “Diario de duelo” es una texto donde la madre aparece difuminada, mientras que el autor tiende a recrearse en si mismo; el texto no es un diario convencional que enseñe la cotidianidad del transcurso de los días; tampoco existen confesiones escandalosas, ni siquiera un atisbo de alguna intimidad incómoda; pero sin embargo, me quedó la sensación de que para Barthes, representó su salida del clóset.

“Diario de duelo” es un libro escrito por un esteta de las letras y por tanto se disfruta/sufre al leerlo. Lo recomiendo.

“Asesinato en el Oriente Express”, de Agatha Christie

Los que me conocen saben que soy fanático de la novela negra, pero me reconozco un defecto como tal: no pasé por la lectura de los autores clásicos del género. Inicié ya de adulto su lectura, me enamoré del noir con las novelas de Paco Nacho Taibo II y su detective Héctor Belascoarán Shayne, y de ahí me seguí leyendo todo lo que pudiera del género, pero, sin excepción, pura novela contemporánea, esa pletórica de realismo, que ocurre en un mundo negro, de temática oscura, con investigadores alcohólicos, irrespetuosos de la jerarquía, perdedores natos que nunca encuentran el final feliz.

Mi padre era un apasionado lector de la novela policial. Y sus preferidas -siempre lo tendré presente- eran las historias de Agatha Christie, situación que no aproveché a mi favor para conocerla, pues estaba en plena adolescencia, y mis intereses literarios andaban más por José Agustín, Gustavo Sainz, Jorge Ibargüengoitia, Vargas Llosa, García Márquez y anglosajones y/o europeos como Stephen King, Irving Wallace, Harold Robin, León Uris, James A. Michener, Frederick Forsyth, etc., novelistas muy famosos en los 70´s en mi país.

El caso es que a mis veinte años, mi padre falleció, y ya no entraron las novelas de Christie a mi casa, y las que había, desaparecieron en un descuido de mi parte, así que, pasaron los años hasta que en el 2012, durante la Feria del Libro de Monterrey, más buscando honrar y recordar a mi padre, que como proyecto serio de lectura futura, me hice de una pequeña y hermosa colección de 10 tomos, editada por la editorial catalana RBA.

Iniciando el 2020 decidí participar en un interesante reto de lectura convocado por Librópatas y su grupo de Facebook retópata. Así, recibí el impulso necesario para conocer a la admirada autora paterna. El punto 4/24 nos invita a leer una novela que transcurra mayoritariamente en un medio de transporte, así que esa fue la afortunada razón por la que me enfrasqué en la lectura de “Asesinato en el Oriente Express”, de la reconocida autora británica, por lo que estoy muy agradecido con mis amigos retópatas.

Agatha Christie (1890-1976) publicó su primera novela, “El misterioso caso de Styles” en 1920, y es desde su ópera prima cuando introdujo el personaje de Hercules Poirot, quien le protagonizó 33 de sus novelas, y que apareció por última ocasión en “Telón”, publicada en 1975. A lo largo de su carrera, publicó 66 novelas policiales, 6 románticas, 14 cuentos y también escribió para el teatro. Es considerada por Guinness como la novelista más vendida y su contribución al género es invaluable e innegable.

Un variopinto grupo de personajes viaja confortablemente en el Oriente Express cuando, en la mañana del segundo día del viaje, y en territorio de la antigua Yugoslavia, una copiosa tormenta de nieve detiene su viaje. Un empleado de coche cama encuentra el cadáver de Mister Ratchett, cosido a puñaladas. El reconocido detective belga Hercules Poirot, que por casualidad viaja en el Express, es contratado para investigar y encontrar al culpable antes de que intervenga la policía local.

Descubrir al asesino, se convierte en un juego para nuestro genial detective, un juego donde no existe la tecnología, ni la ciencia, ni los grandes grupos de investigación. En la búsqueda del homicida del “asesinato en el Oriente Express”, solamente la observación, la escucha atenta, y las células grises del cerebro de Monsieur Poirot, serán puestas al servicio de la causa.

Así, Agatha Christie, fundadora de un selecto club, integrado por un grupo de escritores de novela negra que definió los cánones del género, planteando la investigación como una partida de ajedrez, nos involucró en el brillante proceso deductivo de Poirot, recolectando y eliminando pistas y evidencias; escuchando, confrontando y analizando – mucha psicología- las declaraciones de los viajantes, hasta que, a través de puro intelecto, damos -¿damos, Quimo Sabi?- con la solución del enigma, culminando la investigación rápida y magistralmente, con un fuerte aroma a justicia poética.

“Asesinato en el Oriente Express” es un clásico del policial, y puede ser disfrutado por cualquiera al que disfrute del género. Yo lo disfruté mucho, en una noche llena de recuerdos.

“Dientes blancos”, de Zadie Smith

Diecinueve años tuvieron que pasar para sacar “Dientes blancos” de los libreros y poderme asombrar, y a la vez disfrutar, de esta extraordinaria opera prima de una joven – cuando la publicó tenía 22 años- británica que había irrumpido con enorme fuerza en el panorama literario europeo, sorprendiéndolo y acaparando galardones, portadas y primeros puestos en las listas de los más vendidos.

Y fue precisamente una lista -las mejores 50 novelas que se han publicado en lo que va del siglo XXI- la que me impulsó a buscar “Dientes blancos” y amigos, ha sido una verdadera gozada literaria de 4 días, que no quería que terminaran, porque “Dientes blancos” es, en serio, una de las mejores novelas que he leído en los últimos años.

Esta claro que no había leído nada de Zadie. El 2001 fue mi “Annus horribilis”, y apenas recuerdo haber leído algo, por lo que el debut de la autora británica me pasó de noche, a pesar del ruido que hizo con el lanzamiento en español de “Dientes Blancos”. Hoy sé que Smith se consolidó como escritora, que ha publicado otras cinco novelas, y algunos relatos cortos. Habrá que darle seguimiento.

“Dientes blancos” nos cuenta la historia de Archie Jones y Samad Iqbal y sus familias. Archie y Samad combatieron juntos en la segunda guerra mundial, dejaron de verse 30 años, y se reencontraron en una Inglaterra a finales de los 70´s, inmersa en conflictos laborales, raciales y religiosos.

Archie está casado con Clara, y son padres de Irie; Samad con Alsana, una bengalí como él, progenitores de los gemelos Magdid y Millat; ambas mujeres con un carácter de los mil demonios, con el que mantienen más o menos controlados a los mandilones de sus maridos, que son, como corresponde a un par de esposos dóciles, trabajadores cumplidos, el primero en una especie de imprenta, el segundo como mesero.

Zadie Smith logra edificar una novela deliciosa, donde nos narra con enorme frescura y humor, una historia extravagante, exuberante y bastante entretenida de estas dos familias, cubriendo de la segunda guerra mundial hasta el fin del siglo XX, plagada de conflictos familiares, religiosos e interraciales, frutos de las múltiples nacionalidades y religiones que se funden en la Inglaterra de esos años.

“Dientes blancos” es una ambiciosa novela -¡525 páginas!- pletórica de historias y personajes, de lugares y de eventos, que de repente te puede parecer caótica, pero la narración te mantiene atrapado, y admiras como con su capacidad narrativa, humor, e ironía, la autora va resolviendo esos momentos un tanto anárquicos, pero a la vez, seductores.

La autora muestra también, una maestría precoz para construir personajes carismáticos, atractivos, encantadores, seductores, llenos de claroscuros, que incrementan el interés en lo que nos está contando, como los Chaflen, una familia clasemediera que interactúan -como elefantes en una cristalería- con los Jones y los Iqbal, perturbando y alterando los frágiles lazos familiares. Y que decir de la abuela Hortense y su acompañante, Ryan Topps, un fanático religioso que trata de calcular, junto con otros similares, la fecha en que llegará el Apocalipsis.

Con un arranque delirante, con Archie intentando suicidarse de una manera más cómica que trágica y con un final inesperado, pero igual de extravagante, esta deslumbrante historia, llena de humor, ironía, ligereza, nos dejó la convicción de que “Dientes blancos” tiene los merecimientos para ser considerada una gran novela. Se las recomiendo mucho.

“El mar”, de John Banville

Los libros de John Banville me provocaban ansiedad. Su currículum, sus galardones, las reseñas que leía, hasta su nacionalidad irlandesa, cuna de grandes autores -Joyce, Wilde, Yeates, Beckeet, Swift, O´Brien-, me generaba, lector voraz, la convicción de que tenía que encontrar el impulso, la ocasión justa para conocerlo.

Con cobardía, me justificaba pensando que como leía todo, pero todo lo que publicaba como Benjamín Black -es el seudónimo tras el cual se esconde para escribir sobre asesinatos, detectives y forenses- en el género de novela negra era más que suficiente para conocer sus talentos y sus alcances como escritor. Vaya error.

El caso es que encontré el impulso y coyuntura: una lista sobre las mejores cincuenta novelas escritas en lo que llevamos de este siglo XXI incluía “El mar”, que además, estaba en mis libreros, desde hace tiempo, en espera del momento en que me dejara de payasadas y le diera vida a través de la lectura.

Lo primero que les tengo que decir es que, el “El mar”, es una maravilla: toda su prosa es poética, las imágenes que nos provocan son entre quiméricas y nostálgicas, las reflexiones que nos desencadenan, no tienen nada que ver con encontrar culpables, sino nos llevan a profundizar en nosotros, en nuestro pasado, en nuestro presente, para intentar encontrar allá, en el fondo de nosotros, las destrezas con que nos enfrentaremos al futuro.

John Banville ha ganado casi todo, y en el casi, está el Nobel. Premio Man Booker 2005, el Irish Book Award, el Premio Frank Kafka 2011, el Premio Austriaco de Literatura Europea 2013, el Premio Leteo, el Liber y en el 2014 le otorgaron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Como Benjamín Black, le otorgaron el Premio RBA de Novela Policíaca.

En “El mar”, Max Morden, un historiador de arte, sacudido y dolido por la muerte de Ann, su mujer, decide abandonar su casa para recluirse en “Los cedros”, una casa de asistencia atendida por la Srita. V, ubicada en una playa irlandesa donde acudía con sus padres en algunos veranos de su infancia. Durante su estancia, nos va contando lo que vivió un verano en especial, en el cual conoció a la familia Grace, se enamoró, ofreció y recibió su primer beso, se enfrentó a sus primeras decisiones sobre la forma de relacionarse con las mujeres, y se enfrentó con la tragedia; también, Max nos cuenta de su mujer, Anna, lo que vivió con ella, los valores que ayudaron a cimentar su relación, donde concibieron a Claire, su única hija, a que la percibimos preocupada por su reciente viudez, y las consecuencias que le ha ocasionado.

John Banville nos cuenta las historias de manera magistral. Todo en la narración es excelso: ritmo, estilo, prosa, textura. Pero llega un momento en que te das cuenta que las historias de Max con los Grace, o su vida marital con Anne no es lo relevante. El autor las utiliza para llevarnos más lejos. Desea que, mientras repasamos con Max sus recuerdos, pensemos, reflexionemos profunda y seriamente, sobre lo que en verdad nos importa de nuestra vida: el amor, las perdidas, nuestros recuerdos, nuestras relaciones, los sentimientos al envejecer, lo que nos motiva y a lo que aspiramos en esta etapa de nuestra vida.

No, “El mar” no es simple entretenimiento. Es un mundo de sentimientos, descripciones, imágenes, y olores que te llevan a evocaciones y a profundas reflexiones. Se disfruta intensamente su lectura, pero te ofrece algo más: te conmueve, te remueve de tu zona de confort, te obliga a pensar, en utilizar tus recuerdos para proyectar el significado de tu vida y la trascendencia -si es que la llegara a tener – la muerte. Se las recomiendo.

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