“Los abismos”, de Pilar Quintana

Novela seria y conmovedora; punto de vista de una niña perspicaz sobre un tema que en nuestra infancia provocó angustia, zozobra y congoja: el miedo ante la muerte de nuestros padres. Galardonada con el Premio Alfaguara de Novela 2021, “Los abismos” fue una puerta que se nos abrió a la literatura de Pilar Quintana.

Hace muchos, pero muchos años, perdí la inocencia y dejé de considerar a los premios, sobre todo los que otorgan las Editoriales, como guía literaria, sin que por ello considere que me debo de privar de comprar, y mucho menos leer una novela, solo por el hecho de haber sido galardonada.

El tema está bastante sobado y manoseado, por lo que ya solo menciono que una cosa es que no te chupes el dedo con los premios, y otra cosa es que descalifiques un autor o una obra de entrada, solo porque ha sido galardonado. Los premios son un mecanismo de promoción de una industria que requiere de lectores y consumidores, y debe de entenderse de esa forma.

Yo no conocía a Pilar Quintana. Compré “Los abismos” Premio Alfaguara de Novela 2021 solamente porque desde 1998 he comprado todas las novelas galardonadas por Alfaguara. Y la leí tan pronto, simplemente porque una compañera de mi mundo académico, colombiana como la autora, me la recomendó.

El boca a boca funciona, sin duda, como también funcionan las recomendaciones en las redes sociales, en nuestras comunidades. Quizá si no hubiera de por medio esa intervención, se queda en espera, como lo están aún “Salvar el fuego”, de mi paisano Guillermo Arriaga o “Mañana tendremos otros nombres”, de Patricio Pron, por citar solo los dos premiados que anteceden a Pilar.

Pilar Quintanilla (1972) nació en Cali y ha escrito 5 novelas y un libro de cuentos: “Cosquillas en la lengua” (2003), “Coleccionistas de polvos raros” (2007), “Conspiración iguana” (2009) y “La perra” (2017). El libro de cuentos, “Caperucita se come al lobo”, provocó una controversia hace tiempo, pues tratándose sobre el tema del deseo femenino, parece que se les coló a los responsables de las bibliotecas escolares en Chile generando molestia entre los padres de familia. “La perra”, traducida a quince idiomas, ha sido reconocida con el Premio de Narrativa Colombiana y un PEN Translates Award.

“Los abismos” cuenta la historia de Claudia, quien desde su mirada curiosa y sensible, mirada perspicaz para una niña de 8 años, que observa sin ingenuidad, pero sin comprender cabalmente cuál fue el detonante, el comienzo de una serie de conflictos entre sus padres, surgidos de una indiscreción de su madre, devaneo que deviene en sutiles pero trascendentales cambios en la dinámica familiar.

Ubicada en Cali, durante unas vacaciones de verano; narrada en primera persona por Claudia, (gracias al oficio de la autora, no te hace ruido el nivel del lenguaje que utiliza Claudia, considerando que es una niña), relata la memoria familiar de su madre (tocaya, se llama igual que la hija) y la de su padre, propietario junto con su hermana Amelia de un súper mercado, herencia de sus padres.

Claudia madre, lectora asidua de revistas de corazón, comenta con su hija, sin cesar, y sin reflexionar sobre los efectos en la pequeña Claudia, historias como la de Natalie Wood, Diana de Inglaterra, la Princesa Grace de Mónaco, todas ellas involucradas en accidentes mortales. Gloria Inés, prima que era como su hermana, fallece ese verano al precipitarse desde el balcón de su departamento, a 18 pisos de altura, historias que provocan pesadillas en la niña.

El padre, serio, trabajador y responsable, tolera la indiscreción de su mujer, resiste el estado depresivo en que la postró el fin del affaire, e intenta darle la vuelta a la página; le gusta pasear con su hija los fines de semana, se muestra atento y empático a sus necesidades, pero discreto y poco comunicativo, no colabora en construir una atmósfera más alegre y equilibrada para su hija.

Novela intimista, de excelente factura, escrita con una prosa delicada, y personajes bien construidos; historia que sin extremismos, se atreve a desacralizar a la madre perfecta y que evade otorgarle al padre el papel de culpable; que trata sobre sobre los anhelos, los deseos, las aspiraciones de las mujeres y su relación con la maternidad; sobre la tristeza y la depresión; pero sobre todo, de los miedos, los temores infantiles, el más grande de ellos: el perder a nuestros padres. ¡Te leo!

“Ex Libris Confesiones de una lectora”, de Ann Fadiman

Es difícil resistirse a un libro sobre libros. No importa el género: ya sean novelas; biografías y autobiografías de escritores, editores, agentes literarios; crónicas, ensayos, libros de fotografías, etc., lo que trate de los libros y su entorno, nos seducen irremediablemente porque va implícita en su lectura la promesa de descubrir más títulos, más autores, más sueños.

Y es que los lectores somos imaginativos y curiosos, muy curiosos. Siempre en la búsqueda de nuevos universos, de cosas desconocidas (ya existe un universo inagotable encerrado en la palabra cosas, escribe Arnoldo Kraus), también nos agrada conocer, nos divierte averiguar, las manías lectoras de otras personas.

Creo que esa es una de las razones de esta comunidad. Los lectores, como tú, como yo, entendemos el sentimiento de pertenecer a un grupo como este, donde nos reunimos un conjunto de personas con intereses e inquietudes comunes en torno a la lectura y los libros.

Nuestros ritos, rutinas y actividades lectoras pueden parecerles extrañas a quienes visualizan la pertenencia grupal con las salidas a cenar o a tomar la copa, o con las reuniones para ver un partido de futbol; actividades sociales como los clubes de lectura son parecidas, y cumplen con los mismos propósitos de una reunión para jugar cartas, por ejemplo, y sin embargo, algunos lo consideran singulares.

Dicho lo anterior, resultó natural que al descubrir “Ex Libris” en una mesa atestada de mi librería preferida, cargara con él, a pesar del precio (es importado de España). En descargo de “Ex Libris”, te comento que es un hermoso libro: la portada es muy atractiva, y la edición de Editorial Alfabeto está muy bien cuidada; vaya, es de los pocos libros nuevos que son cosidos, no pegados. Ah, e incluye el separador.

Anne Fadiman es profesora, editora, periodista y ensayista. Ha publicado reportajes en diversas revistas ( Harper´s, The New Yorker y The New York Times) y proviene de una familia estrechamente ligada con la literatura y los libros. Maestra galardonada con el Richard H. Brodhead Price for Teaching Excellence de la Universidad de Yale, es miembro de la Academia de las Artes y las Ciencias de los Estados Unidos.

Publicado en 1998, “Ex Libris Confesiones de una lectora” es un libro sobre libros, que lo lees de un gozoso tirón. Dividido en 18 capítulos, con una prosa simple y sencilla, Anne nos relata sus extravagancias, sus caprichos, sus excentricidades en algunos de los temas que cotidianamente rondan por nuestros pensamientos lectores y otros, que ni siquiera los hubiéramos imaginado.

Deliciosa la narración sobre la manera en que tras cinco años de matrimonio, durante los cuales permanecieron juntas pero separadas, en la misma casa, pero en diferentes libreros, ella y su marido decidieron fortalecer su relación marital a través de unir sus respectivas bibliotecas. Decisiones sobre los cómo ordenarlos -género, autor, idioma, etc.-; seleccionar los libreros; en caso de títulos repetidos, con cuál se quedarán, etc., fueron algunos de los retos que afrontaron poniendo en riesgo la estabilidad matrimonial.

Manías como la de andar husmeando y a la caza nuevas palabras; los libros del estante suelto, que son aquellos que no tienen nada que ver con el resto de la biblioteca; sobre la relación física que mantiene con sus libros, pues no considera el rayarlos, subrayarlos, doblarlos, como signos de mal trato, sino como señal de intimidad.

La lectura “in situ” le llama ella, a la afición por leer una novela en la ubicación donde transcurre (yo utilizo Google para hacer los recorridos narrados en una novela, aunque de manera virtual); la pedante manía de andarle corrigiendo la ortografía a cualquiera, y su pasión por la cacería de erratas en libros, revistas, periódicos y hasta en los menús de los restaurantes a los que acude.

La lectura en voz alta, los libros de segunda mano, la biblioteca de sus padres; también toca un tema que por mi edad, ya me inquieta, que es la que ocurrirá con mi biblioteca cuando muera. Yo pienso legarla a mis hijas, que aman los libros como yo, aunque estoy consciente de los deberes, de la carga que les heredo junto con ella.

En resumen: “Ex Libris Confesiones de una lectora” es un libro bien escrito, mejor editado, divertido, ingenioso, y muy informativo que se disfrutó deliciosamente durante un domingo -en mi caso- en primavera. ¡Te leo!

“No es un río”, de Selva Almada

Leía por aquí, por allá y por acullá sobre Selva Almada y tomaba nota mental por si me encontraba algún día con uno de sus libros. No sé cuál sea tu proceso para decidirte a adquirir un libro, porque muchos pueden ser los cursos que te conducen a ellos, pero definitivamente, en algunas ocasiones, el azar juega un papel estelar.

Dependiendo de la urgencia por leerlo, ya sea por el peso de una recomendación, o de la curiosidad, o la necesidad, salgo a buscarlo, por tierra -librerías- o aire -OnLine-; si no es urgente y tengo la certeza que tarde o temprano llegará (novedades de mis autores preferidos, éxitos en ventas, etc.), espero a que llegue a la librería; o quizá ocurra que por casualidad, me lo encuentre, y al verlo, recuerde alguna nota, comentario, o recomendación que almacené en el cerebro y me lo llevo; o la más común: que simplemente me hizo ojitos.

Es posible que encuentre en la librería un libro o un autor que lo tenía registrado, pero que al momento de verlo no logro extraer del disco duro cerebral la información guardada y me pase de frente, viendo sin ver. La memoria es caprichosa, y con la edad, bastante arbitraria.

No dudo que algo así me haya pasado con Selva, porque se me hace cañón que “No es un río” haya sido el primer libro de la argentina con que me haya encontrado en toda la vida. Bueno, no exageremos, digamos que desde el 2012, cuando publicó su primera novela “El viento que arrasa”. Haya sido como haya sido, el caso es que ahora sí fluyó el Karma: lo ví, recordé, me lo traje a casa, lo leí y me gustó mucho.

Selva Almada (1973) es una autora argentina que inició como poeta (“Mal de muñecas”, 2003) y empezó a sonar como novelista cuando publicó “El viento que arrasa”. En el 2014 publicó un libro de No Ficción “Chicas muertas” donde visibilizó tres femicidios, libro que la proyectó como feminista. “No es un río” es su tercera novela (a lo mejor si es la primera ocasión que un libro suyo llega a mi rancho). Mientras lo leía me enteré que la novela ingresó a la lista de las finalistas del IV Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. ¡Suerte!

Novela corta, que se lee en una sentada, “No es un río” cuenta la historia de tres amigos, El Negro, Enero y Eusebio, en un relato que fluye mientras los dos primeros, junto con el Tilo, hijo adolescente de Eusebio, pasan unos días pescando en “la isla”, viaje armado hacía rato, con el pretexto de estrenar el nuevo barco del Negro.

Durante las jornadas pesqueras, mientras comen, beben y conversan, cincuentones Enero y el Negro, comparten recuerdos, en una larga conversación, procurada, quizá, con la intención de que el Tilo penetre en las hondas raices que forjaron la amistad que sostuvieron con su padre, Eusebio, y que explican los fuertes y entrañables lazos que ahora los unen con el niño.

Ambientada en algún lugar al interior de la Argentina que no logré ubicar (¿Entre Ríos, el río Paraná?), donde se percibe la pobreza de sus habitantes, un incidente -Enero regresó al río, muerta, porque “Jedía fiero” una gran Raya, “una bicha hermosa” que habían pescado el día anterior”- provocó la molestia de Aguirre, un habitante de la isla, quien a pasado más tiempo en el río “que con nadie”.

Pronto corre la noticia entre los pobladores, que azuzados por Aguirre deciden darles una lección, “Hay que enseñarles” dice Aguirre. Y la novela se vuelve densa, tensa, oscura, mientras uno, como lector mexicano, va sumergiéndose en un universo conocido, poblado por ahogados, curanderos, hombres violentos, mujeres sin esperanzas; universo muy parecido al de nuestro campo, muy Rulfo.

Magistral novela corta, narrada en tercera persona, con un lenguaje lleno de expresiones (andar de guazuncho, sucucho, chúcara, chucean, tanzas, el paspado) que sentía ajenas a mis experiencias con la literatura argentina, pero atractivo y sonoro; utilizando una prosa muy condensada, intensa, casi sin pausas, armada con diálogos cortos, dosificados, llenos de silencios, muy secos, como desolados y rústicos son los personajes, “No es un río” no me defraudó, y su lectura me invitó, ahora sí, a buscar las otras dos novelas de Selva Almada. ¡Te leo!

“Catedrales”, de Claudia Piñeiro

Arriesgada por la temática; atractiva y sorprendente por la estructura que utilizó Piñeiro para ensamblar magistralmente una narrativa coral; adictiva por el talento, por la maestría de la autora, porque a pesar que pronto conocemos, presuponemos, adivinamos los qué, porqué y el quién sobre la muerte de Ana, no logramos salir del trance, no conseguimos romper el hechizo hipnótico al que nos somete la lectura de “Catedrales”.

Había leído varías de las novelas de Claudia Piñeiro, que ni fu ni fa, hasta que me topé con “Un comunista en calzoncillos”, que me encantó. Pero poco tiempo después, caí rendido a sus pies con la lectura de “Una suerte pequeña”, una novela que me dejó con lágrimas en los ojos, moqueando, completamente cautivado, profundamente conmovido, severamente confrontado conmigo mismo con la historia de Mary, alias Marilé, alias María.

Claudia Piñeiro (1960) es una autora argentina que ha alcanzado reconocimiento como novelista, guionista y dramaturga. También ha publicado cuentos y ha sido galardonada por sus novelas: Premio Clarín de Novela 2005 por “Las viudas de los jueves”, Premio LiBeraturpreis 2010 por “Elena sabe”, Premio Sor Juana Inés De la Cruz 2010por “Las grietas de Jara”; por su dramaturgia, con el Premio ACE 2007 a la mejor obra de autor nacional por “Un mismo árbol verde”; y por su obra en el género de novela negra con el Premio Pepe Carvalho de novela negra 2018, en su XIV edición, por ser un “referente ético y literario para las Letras de su país y fuera de él”.

Y parto del Pepe Carvalho para platicarte que “Catedrales” es una singular novela del género policiaco, que trata sobre la muerte de Ana, una joven adolescente de 17 años, cuyo cadáver fue encontrado mutilado y carbonizado 30 años atrás en un terreno baldío en Androgué, un municipio del área conurbada a Buenos Aires; homicidio sin resolver, crimen que cimbró y desmembró a la familia de la víctima, y cuya resolución vamos intuyendo en cada una de intervenciones narrativas de los familiares de Ana, de su amiga Marcela, y de Elmer, el criminalista contratado para ayudar a encontrar el culpable.

Y te comentaba que la magia de esta novela negra es que muy pronto despejé mis dudas sobre los porqué y el quién, pero continué leyendo, conmovido, explorando, analizando, y sí, juzgando las actitudes y actuaciones de los involucrados en el horrible hecho; porque más que encontrar al culpable y resolver el crimen, la novela de Claudia te obliga a reflexionar sobre temas más relevantes que el quién.

Un epígrafe de Bertolt Brecht que abre uno de los capítulos te puede ofrecer una clave para la lectura de “Catedrales”: “Detrás de los acontecimientos que nos comunican sospechamos otros hechos que no nos comunican. Son los verdaderos acontecimientos. Sólo si los supiéramos, comprenderíamos”.

“Catedrales” es una novela negra, valiente y cruda, que trata sobre la religión y el aborto; que narra una historia que nos acerca a una de las partes más oscuras, más negras de la religión Católica: la del fanatismo religioso; relato que te hace reflexionar sobre la familia, las lealtades, sus secretos, sus prejuicios, las diferencias entre sus miembros.

Contada a través de siete personajes, epílogo de Alfredo incluido; siete voces con su propio estilo narrativo, pero cuyo conjunto coral, evidencia la maestría con el lenguaje de Claudia Piñeiro.

“Catedrales” es la historia de una familia, los Serdá: tres hermanas, Carmen, Lía y Ana, divididas no sólo por la edad; Alfredo, el amoroso pero incompetente padre y Dolores, una madre difuminada, oscura, escurridiza en la narrativa, pero con peso y presencia en actitudes, pensamientos y comportamientos de su pequeño clan. Mateo, el nieto de Alfredo y Dolores, hijo de Carmen y Julián, otra víctima inocente del fanatismo religioso.

Novela con un alta carga emocional, que profundiza en la psicología de los personajes, cuya prosa fluye suavemente haciéndote olvidar la intriga para concentrarte en los temas torales: la familia, con sus diferencias, divisiones, justificaciones y secretos; la sociedad, con sus prejuicios, contradicciones y miserias; la religión, con sus hipócritas normas y las convenencieras concepciones sobre el arrepentimiento y el perdón.

Novela conmovedora y valiente; historia cruel llena de secretos y mentiras; relatos que tocan temas incómodos, y que pueden alterar las fibras sensibles de cierto tipo de lector. ¡Te leo!

“Ella entró por la ventana del baño”, de Élmer Mendoza

Son tantas cosas que quería contarte sobre la literatura de Élmer Mendoza y el regreso del Zurdo Mendieta, que creo que terminé escribiendo un mazacote sin sentido. Élmer es de los escritores mexicanos contemporáneos completamente comprometidos con la literatura, y que admiro no solo como escritor; lo respeto también como profesor, como promotor, como guía; como el hombre verdaderamente chingón que llegó a convertirse en sus 70 años de vida.

Su contribución para exhibir la cara horripilante de México, la de la violencia, la del terror, la de la corrupción política y social que muchos mexicanos preferirían verla escondida bajo una alfombra de indiferencia, ha sido invaluable.

Que señalen su literatura como una apología de la narcoviolencia, de “normalizar” con sus novelas el terror, solo desnuda las reacciones de una sociedad acostumbrada a “echar la culpa”, a esconderse de los espejos para no verse reflejada en ellos.

La ópera prima de Mendoza fue “Un asesino solitario”, una novela basada en el asesinato de Luis Donaldo Colosio, que cuando la leí, quince años después de su publicación, no me arrepentí de haberla dejado pasar; las teorías conspiradoras sobre ese asesinato nunca han sido de mi agrado, aunque reconozco (a toro pasado es más fácil identificarlo) que esa novela le permitió profundizar en la existencia de poderes paralelos al político, la relación del gobierno con el narcotráfico, la corrupción y la violencia del Estado, que son la base en casi toda su obra.

La primera novela que leí de Élmer Mendoza fue “El amante de Janis Joplin”, en el 2002, y recuerdo que su lectura me resultó una muy agradable sorpresa, pues fanático de la novela negra, en aquellos años pensaba que el único autor mexicano que trabajaba con asiduidad -y muy bien, en mi opinión- el género policiaco era Paco Nacho Taibo II, creador de Héctor Belascoarán Shayne, un personaje literario que me resulta entrañable, protagonista de 10 novelas.


Pero de lo que se trata este texto es de platicarte sobre “Ella entró por la ventana del baño”, la sexta entrega de la serie sobre Edgar “el zurdo” Mendieta, un detective de la policía ministerial del Estado de Sinaloa, que estudió Literatura Hispánica, y que como todo policía que se respete, cuenta con un lado muy oscuro.

El zurdo ingresó a la policía para hacer dinero fácil, pero terminó odiando a muerte a los narcotraficantes cuando asesinaron a su mejor amigo y estuvieron a punto de matarlo junto con él, por lo que sus motivos y razones para permanecer en la policía sufrieron, digamos, ciertas modificaciones, convirtiéndolo en el azote de los jefes del narco.

Un octogenario, ingresado en el Hospital con cáncer terminal, lo contrata para encontrar a una hermosa y enigmática mujer de la cual no conoció ni su nombre, con quien vivió un tórrido romance de cinco meses, 22 años atrás. Un narcotraficante, un ex militar caído en desgracia, cumple su condena, y sale de prisión en busca de venganza, que da inicio asesinando al ex comandante de la ministerial que lo llevó a la cárcel.

El zurdo es asignado al caso, y así inicia una doble carrera contra el tiempo: encontrar a la misteriosa mujer antes de que el viejo enamorado fallezca, y detener al ex militar antes de que asesine a más personas. Muy pronto Mendieta se da cuenta que el ex militar es un asesino feroz, desalmado y sanguinario y que la mujer, además de hermosa e inolvidable, es etérea y volátil.

“Ella entró por la ventana del baño” es una corta, intensa, potente y entretenida novela policial, llena de rock and roll, acción, balazos, sicarios, relaciones de amor y odio, todo mezclado en una narración con una vital y potente prosa, pletórica de registros, de voces, de virajes, de ritmo muy al estilo inconfundible de Mendoza.

No tengo duda que ese inigualable estilo narrativo de Élmer Mendoza puede confundir a los iniciados en su obra -por igual a mexicanos o extranjeros-, pero ya agarrándole la onda, la mayoría terminamos disfrutando de su intensidad, de la riqueza de sus giros, de su peculiar sintaxis.

El uso tan distintivo que hace de sus códigos lingüísticos, con los que construye un lenguaje popular, es muy suyo, una audaz mezcla de español, inglés y jerga culichi, con un habla que en muchos momentos alcanza tonos poéticos y metafóricos.

“Ella entró por la ventana del baño” es una historia que te divierte a la vez que te permite reflexionar y explorar las intensas e intrincadas redes de intereses que se entretejen entre los diferentes órganos del gobierno mexicano con los líderes de los cárteles del narcotráfico, un universo entre fascinante y repelente. ¡Te leo!

“El infinito en un junco”, de Irene Vallejo

Ya se ha escrito y dicho mucho acerca del soberbio ensayo que sobre la historia de los libros, presentó Irene Vallejo a mediados del año 2019; me comía la ansiedad por leerlo, pero por esas extraordinarias complicaciones que surgen cuando un libro se convierte en un cañonazo de ventas, hasta ahora logré comprarlo y leerlo.

Recuerdo que cuando lo vi en la Gandhi de mi rancho, me espantó su precio -claro, es de Siruela, pero aún y así, me intimidó- y como ya andaba cargado de libros, lo dejé pasar. Unos meses después, Fernando García Ramirez, gran escritor, editor y excepcional lector me escribió para recomendármelo. Inmediatamente lo busque en Gandhi y lo tenían agotado, así que fui a mi segunda opción OnLine, El Péndulo, y lo compré.

Contento, le escribí a Fernando para agradecerle la recomendación e informarle que lo había comprado, y que lo programaba para ser mi última lectura, y cerrar por lo grande -cuando menos literariamente- el fatídico 2020. Quería festejar así, el fin de ese año tan espantoso. A los tres días, recibí un correo electrónico de la librería anunciando que el sistema había “fallado”, y que no contaban con el libro en Inventario. ¡Carajo!

No lo encontré en ninguna librería OnLine, vaya ni en Amazon, y traerlo de España por buscalibre me costaba… así que decidí esperar. Cuatro meses después, por fin, llegó la ¡vigésimo octava edición! Igual de cara que el año pasado, pero ahora sí que me dejé de tacañerías, saqué la cartera y me lo traje más feliz que una lombriz a casa.

Sorprendente el éxito que ha alcanzado “El infinito de un junco”. Lanzado al mercado sin fanfarrias ni expectativas, dirigido a un pequeño y selecto grupo de especialistas, y a lectores apasionados, acuciosos y enamorados de todo lo que tenga que ver con el universo de los libros, se convirtió en un fenómeno de ventas ante el pasmo y la sorpresa del mundo editorial.

Un inesperado boca a boca, al que se sumaron elogiosas reseñas de personajes como Mario Vargas Llosa y Alberto Manguel, convirtió a un libro de ensayo, de más de 450 páginas, que trata sobre la Grecia clásica, la Roma imperial y la invención del libro en el mundo occidental, en un extraño y oscuro objeto del deseo lector.

Irene Vallejo ya había publicado, sin pena ni gloria, dos novelas y algunos relatos infantiles. Editorialista de El País, le confesó a Borja Hermoso, compañero en El País Semanal, que estaba a punto de dominar, de sofocar, de suprimir sus deseos de convertirse en escritora, para concentrarse en sus investigaciones (es Doctora en Filología Clásica).

Pero “El infinito de un junco” le deparó otro destino, y ahora su talento y su libro, ha sido reconocido por el público y por la crítica: Premio Nacional de Ensayo 2020, Premio el Ojo Crítico de Narrativa 2019, Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción 2020, Premio Búho al Mejor Libro de 2019, Premio Acción Cívica, Premio Nacional Promotora de los Estudios Latinos 2019, Premio José Antonio Labordeta 2020, Premio de la Asociación de Librerías de Madrid al Mejor Libro del Año en la categoría de No Ficción… más los que se acumulen.

Treinta siglos de historia: de los relatos orales de Homero hasta la invención de la imprenta; desde los libros de humo, pasando por los elaborados con piedra, arcilla; los papiros de juncos, los de piel, la certeza de árboles; la amena crónica de Irene atraviesa territorios de la Grecia antigua, con sus múltiples colonias pasando por Alejandría y su mítica biblioteca y llega al Imperio Romano, para culminar su travesía en los primeros talleres de impresión europeos.

Amena mezcla de historia y autobiografía , con anécdotas íntimas y personales, que reflejan su inmenso amor por la palabra, la lectura, los libros, las bibliotecas y librerías; homenaje a aquellos hombres y mujeres que hicieron posible la creación del universo luminoso de la literatura.

Lleno de citas, referencias y curiosidades sobre autores literarios y cinematográficos: Borges, Vargas Llosa, Pérez-Reverte, Faulkner y Auster; Tarantino, Scorsese y muchos más, que hacen de “Él infinito de un junco”, más que un ensayo, un recorrido por la historia del libro, un libro de viajes, un maravilloso texto que traspasa géneros.

Estilo, ritmo, prosa sensible y exquisita; escritura deliciosa y lectura amena y atractiva; apasionado homenaje al libro, “El infinito de un junco” es un libro emocionante, inesperado, deslumbrante; una lectura muy, pero muy recomendable. ¡Te leo!

“Si hace crack es boom”, de Ignacio Padilla

Interesante, ameno, a pesar de que no fue lo que me esperaba. Pensé que “Si hace crack es boom” sería una crónica, la historia de la creación del Manifiesto del Crack y lo que provocó, el impactó, el sanquintín que generó entre los integrantes de la industria editorial mexicana, lleno de anécdotas, chismes, aclaraciones y revalidaciones, pero me resultó un libro serio, de ensayos publicados en otros medios, y de textos escritos específicamente para este libro, plagado de autocrítica, reflexiones, y no exentos de nostalgia, sobre esa época.

“Si hace crack es boom” se publicó hace 15 años, en el 2006, como una especie de celebración del décimo aniversario del surgimiento de la que se denominó como la generación del crack, constituida cuando un grupo de amigos ofrecieron como su carta de presentación cinco novelas: “Las rémoras”, de Eloy Urroz, “La conspiración idiota”, de Ricardo Chávez Castañeda, “El temperamento melancólico”, de Jorge Volpi, “Memoria de los días”, de Pedro Ángel Palou. y “Si volviesen sus majestades”, de Ignacio Padilla,

“Última escala en ninguna parte”, de Ignacio Padilla

Erase una vez que era un grupo de amigos, mexicanos, muy cuates, que se distinguían desde la prepa porque leían -especímenes extraños-, y además, escribían -raritos, ¿qué no?-, y que sin el menor pudor, ya jóvenes autores hechos y derechos, se atrevieron a publicar una declaración titulada “El manifiesto del crack” que contenía una serie de propuestas, un conjunto de ideas en defensa de lo que ellos consideraban la “novela total”, agredida, de acuerdo a su visión, por tantos textos facilones, frívolos, superficiales y complacientes que saturaban las mesas de novedades de las librerías mexicanas.

Junto con el documento, el grupo de amigos ofrecieron como su carta de presentación cinco novelas: “Las rémoras”, de Eloy Urroz, “La conspiración idiota”, de Ricardo Chávez Castañeda, “El temperamento melancólico”, de Jorge Volpi, “Memoria de los días”, de Pedro Ángel Palou. y “Si volviesen sus majestades”, de Ignacio Padilla, constituyendo así, hace 25 años, la que se conoció como la generación del Crack.

Sale sobrando comentar que la iniciativa generó reacciones de todo tipo. A mí, como lector, me llegaban, como una especie de ecos lejanos, las argumentaciones a favor y en contra de las propuestas de esos jóvenes… irreverentes, atrevidos e irrespetuosos escritores.

Lector voraz, pero sin formación en teorías literarias, lo que me divertía de la polémica era lo anecdótico: quién odia a aquel; qué revista patrocina al grupo; a quien publica a la revista aquella; cual de todos recibía más apoyo del gobierno zedillista, etc.

En plan serio, recuerdo que la iniciativa me causó simpatía y solidaridad, y creo que, al tratar de entenderla, reflexionando, analizando los argumentos expuestos en las discusiones generadas en torno a sus propuestas, sin ser académico, mejoré como lector.

Cuando un grupo de escritores, con talento, oficio y vocación, de edades parecidas, se reúnen en torno a la literatura, y la estudian, analizan y discuten, y además, la escriben, tarde o temprano cosechan frutos; y creo que las obras del crack lograron una producción si no rebosante, si sobresaliente.

Reconozco que de los cinco, con el único que forjé una relación de sólida fidelidad a sus publicaciones, y que perdura hasta la fecha, es con Volpi. Nunca leí a Ricardo Chavez, y poco, muy poco -sobre todo comparados con mis lecturas de Volpi- a Palou, Urroz y Padilla. Lamentable déficit lector.

Este año se cumplen 25 de la publicación del manifiesto y 5 del terrible accidente automovilístico que provocó el prematuro y doloroso fallecimiento de Ignacio Padilla (1968-2016). Escritor prolífico, su obra cosechó una ingente cantidad de Premios Literarios. Trabajó en la diplomacia mexicana, promovió desde sus estadios la lectura, escribió ensayo y novela, y además, cuentos y novelas para los niños.

“Última escala en ninguna parte” la clasificaron como lectura juvenil; pero no se vayan con la finta. Relato corto o cuento largo, publicado de manera póstuma en 2017, cuenta la historia de Abilio, un viajero frecuente, de esa clase de trotamundos que orgullosamente, presumen a todo quién se deje, sobre las millas acumuladas en las tarjetas que las aerolíneas acostumbran utilizar para premiar a sus clientes. Todos conocemos a un viajero así.

Relato lleno de humor, de entrañables personajes -Liborio, la momia; El sombrero loco; su encarnizado rival: El Gordo Pelosi-, de anécdotas que de tan absurdas te parecieran reales: de avión en avión, de aeropuerto de primera a puerto aéreo que parece central de autobuses mexicana, lo importante para Abilio, era la acumulación de las millas y los premios concedidos por las aerolíneas.

El relato, aunque breve, te ofrece múltiples lecturas. Los viajes como metáfora de nuestra incansable búsqueda de quimeras; la pérdida de la identidad por la absurda pretensión de encajar en un grupo; los tristes resultados que alcanzas cuando la ambición te empuja a alcanzar metas frívolas e insustanciales.

Lectura y texto como pretexto para conmemorar y honrar a un grupo de escritores mexicanos, a una iniciativa que produjo frutos, y en recuerdo de un escritor elegante, elocuente y generoso. ¡Te leo!

“Las reputaciones”, de Juan Gabriel Vásquez

La reputación, el prestigio, la fama, la opinión que los demás tienen sobre nosotros. Patrimonio de los que tienen poco o nada; un estorbo que se busca evadir, minimizando daños, para los que tienen todo. Las palabras, una imagen, un video, una caricatura tienen poder para lacerar, herir, dañar, mutilar, para asesinar social, económica o políticamente sin necesidad de empuñar ni disparar un arma.

Juan Gabriel Vásquez (1973) es un escritor colombiano que he leído poco, pero que disfruto mucho al hacerlo. Lo conocí con “El ruido de cosas al caer”, que fue galardonada con el Premio Alfaguara 2011, y justo cuando me preparaba para iniciar su más reciente novela “Volver la vista atrás”, me di cuenta que no había leído “Las reputaciones”.

Caray, no es que lea todos los libros que publican los autores que me gustan, pero después de “El ruido de las cosas al caer”, Juan Gabriel solo había publicado dos novelas: “La forma de las ruinas” y “Las reputaciones”, y pensaba -equivocadamente- que había leído las dos. La senilidad a todo su esplendor. Para no hacerte largo el cuento, me decidí mejor por leer “Las reputaciones” y dejar para después la más reciente.

Y es que terminando de leer Kawabata, se me antojó el giro rotundo, tajante, violento y completo de tema. Además, “Las reputaciones” es una novela corta, de apenas 140 páginas, que se me acomodaba para leerla entre viernes y sábado. Ah, y el tema me interesa, y mucho. Los linchamientos mediáticos los tengo atravesados.

Un artista plástico con talento, pero que alcanzó la fama como caricaturista político, conoce, vive, disfruta el poder que se le concede al publicar diariamente su viñeta acompañada de unos breves pero corrosivos, muy mordaces y destructivos comentarios, que hieren, y quedan para siempre en la memoria de quienes lo reciben, pero también en el recuerdo colectivo.

Javier Mallarino es, a sus sesenta y cinco, el caricaturista más influyente e importante de Colombia. En la plenitud de su vida profesional, consciente de su poder y de los riegos inherentes de ejercerlo, eligió una vida en el anonimato. Divorciado, entregado a su trabajo, vive solitario en una casa ubicada en la montaña que rodea Bogotá.

Gusta de ser un sujeto desconocido e irreconocible en las calles de Bogotá, pero no rechaza el reconocimiento y respeto de sus colegas, ni los homenajes y las reverencias que le brinda la clase política. Y los aireados reclamos, que los hay, los recibe con una “esforzada indiferencia”, escudado bajo su “arte y compromiso”, que pone por encima de sus sentimientos personales.

Una noche, en el bar del Teatro Colón, celebrando, minutos después de recibir un homenaje, con condecoración incluida, por parte del gobierno colombiano, se le acercó una joven, que se presentó como Samanta Leal, pidiéndole una entrevista para un blog desconocido. Comprometido por la manera en que la solicitó, se la concedió para el día siguiente.

La reunión no resultó una entrevista periodística, sino un ejercicio para la memoria, un esfuerzo para mirar hacia atrás y traer lo pasado hasta el presente: “Acuérdese, por favor”, le pidió Samanta, y Javier, poco a poco, de memoria en memoria, empezó a recordar…lo que sucedió una noche de fiesta en su casa en la montaña, veintiocho años atrás.

Y lo que recordó de esa noche de hace veintiocho años, evocando su reacción a la mañana siguiente, plasmada en una caricatura acompañada con una frase que no denunciaba ni declaraba nada, que sólo sugería algo aterrador, y cuyas consecuencias, que no le provocaron interés entonces, le generó, al recordar, un terremoto emocional que zarandeó las certezas adquiridas en el pasado.

Mirada crítica sobre los medios de comunicación y los “opinadores” políticos, tan convencidos algunos de ellos, que son luminosos faros que guían a la nación. Reflexión sobre la memoria, que es tan pobre, “que solo se mueve hacia atrás, la novela trata sobre la fragilidad con la que se sostiene la reputación, el honor, la imagen.

Tema actual, cuando las imágenes, las palabras, son empleadas como armamento para asesinar socialmente, para borrar de la faz de la tierra al adversario, al equivocado, al errado, al desviado de la ruta correcta, al que patina, al que desbarra, sin necesidad de empuñar ni disparar un arma.

Inquietante e intensa, narrada con un estilo elegante y directo, escrita con una prosa fluida y natural; con un protagonista construido con un gran calado psicológico, de múltiples rostros y lleno de contradicciones, “Las reputaciones” es una novela tan real, tan vigente, inteligente y aguda, que hace muy recomendable su lectura. ¡Te leo!

“Lo bello y lo triste”, de Yasunari Kawabata

Nunca es tarde para conocer a un autor laureado con el Nobel de Literatura. Me siento afortunado, agradecido y conmovido por la oportunidad de disfrutar la lectura de esta intensa, apasionada, fascinante, erótica y sensual novela acerca del amor, la pasión, los celos, la venganza y la violencia; de este sublime relato sobre el paso del tiempo, la melancolía y la nostalgia; la belleza y la tristeza.

No resulta extraño que “Lo bello y lo triste” haya sido mi primera lectura de la obra de Kawabata; nunca alcanzará la vida para leer a todos los maestros de la literatura universal: ¡Qué más quisiéramos! Sin embargo, los lectores asumimos con pesar, que siempre tendremos una lista interminable de autores y libros que seguramente no alcanzaremos a leer.

Y si no es insólito conocer hasta estas alturas de mi vida a Kawabata, sí lo es -y eso es lo más peculiar-, que “Lo bello y lo triste” sea el primer libro de su autoría que llega a mi casa. ¿Aparecía poco o nunca en las librerías mexicanas? ¿No las veía? ¿No coincidimos? Tantas horas en las librerías buscando autores desconocidos, y ¿nunca me atrajeron sus propuestas literarias? Lector de Murakami, Oê y Mishima ¿no me intrigó conocer al primer Nobel nipón?

La verdad, no tengo respuesta. Lo que sí recuerdo es que fue gracias a distintas menciones elogiosas sobre diferentes novelas de Kawabata, referencias que leí en grupos del Facebook como este, que su nombre terminó, inconsciente pero firmemente fijado en mi mente. Indudablemente las redes sociales son una inagotable fuente de referencias literarias que benefician a los lectores.

Apenas este miércoles, recogiendo el último volumen de la colección de Novelas Eternas lo encontré, medio escondido en uno de los estantes más cercano al suelo de la librería. Único ejemplar, no dude en llevármelo, junto con “El profesor”, de Charlotte Brontë; llegando a la casa dejé lo que estaba leyendo y me sumergí en la historia de Toshio Oki, Ueno Otoko y Keiko Sakami.

Yasunari Kawabata (1899-1972), escritor japonés, miembro de la generación de Junichiro Tanizaki, y mentor de Yukio Mishima, recibió el Nobel en 1968. Periodista y novelista, también incursionó en los relatos cortos, y al igual que su pupilo Mishima, se suicidó, él, inhalando gas en su biblioteca. “Lo bello y lo triste” se publicó en 1965, y fue traducido al español en 1977.

En “Lo bello y lo triste”, Yasunari nos cuenta la historia de Otoko, una reconocida artista plástica que, en esa serena plenitud tan femenina que alcanzan las mujeres acercándose a los cuarenta, vive con Keiko, una bellísima joven en sus impetuosos veinte, artista como su mentora, terca, apasionada, sensual, y muy enamorada de Otoko; Keiko, afectada por los celos, desprovista de condicionantes morales, buscará vengarse del primer y gran amor de su amada.

Toshio Oki es un exitoso novelista que se interpuso entre la pareja de pintoras cuando, inmerso en una crisis existencial, y por un impulso un cuanto tanto extravagante, producto de su vacío interior, de la nostalgia y la añoranza, retorna a la vida de Otoko, tras mucho tiempo sin contacto, veinte años después de que la abandonara, luego de seducirla, dejándola embarazada, siendo ella una adolescente con apenas 16 años.

El primer gran éxito de Oki como escritor fue su novela “Una chica de dieciséis”, donde relata “… la trágica historia de amor de una muchacha muy joven y de un hombre joven aún, pero casado y con un hijo. Pero la belleza de aquella historia había sido acentuada hasta el punto de escapar a cualquier cuestionamiento moral”, obviamente, una idealización de su propia historia con Otoko.

“La novela no podría haber existido sin su historia de amor. Y esa historia era la razón de que la novela fuera tan leída. Si él no hubiera conocido a Otoko, nunca habría sabido lo que era un amor como aquél. El encontrar un amor como aquél a los treinta años podía considerarse una fortuna o una desdicha él no habría sabido decir qué era, pero no cabía duda de que había posibilitado su exitoso debut como autor”.

Historia de amor, pasión, celos y venganza; acerca de la carencia de escrúpulos, de los impulsos destructivos y de la violencia que generan. Relato sobre el transcurrir del tiempo, y las marcas que su inexorable paso deja en nuestras vidas.

Novela narrada con una prosa exquisita y delicada; con personajes complejos, sólidamente construidos y caracterizados con una profundidad psicológica que nos facilita de cierta manera la comprensión y la aceptación de sus acciones; sobresaliente novela corta, intensa, inmensa, narrada con tal habilidad que te quedas con la certeza que Yasunari Kawabata es un maestro cuya obra es imprescindible conocer. ¡Te leo!
A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: