Mi entrada a la literatura de Gabriel García Márquez fue temprana. Aunque hoy parezca difícil de creer, lo leí por primera vez a los once años, en 1968, con el ejemplar de Cien años de soledad que recién había leído mi padre. Años después, a los diecinueve, leí El otoño del patriarca en una primera edición de marzo de 1975 publicada por Plaza & Janés que hoy, medio siglo después, deja escapar algunas hojas al abrirla. Entre sus páginas encontré además un recorte de prensa de la época, guardado ahí durante décadas, como si el libro hubiera conservado no solo la novela, sino también algo del clima en que la leí por primera vez. Yo vivía entonces en el Distrito Federal, adonde había llegado en 1974, a raíz del ascenso laboral de mi padre. Volver ahora a esa novela, en ese ejemplar y con ese recorte adentro, no significa solo releer un texto central de la narrativa de la dictadura; significa volver a una escena muy antigua de mi vida como lector, a un momento de desarraigo que el libro había conservado mejor que yo.

Enfrento, sin embargo, una dificultad nueva en esta relectura. A los diecinueve años yo no tenía encima ni las claves de lectura que hoy me ofrece el curso ni, sobre todo, el peso de tantas novelas como las que he leído en los cincuenta años transcurridos desde entonces. Hoy regreso a El otoño del patriarca con ambas cosas a cuestas: las lecturas que orientan esta unidad y la memoria de una vida entera de lector. La duda, por eso, no es menor. ¿Estoy leyendo mejor la novela porque tengo más experiencia y más literatura detrás, o estoy reconociendo en ella, casi por anticipado, lo que ya sé que debería encontrar? No hay manera de volver a la confianza desmedida con que hice aquella primera lectura. Lo que sí puedo intentar es que ni el curso ni mi propia formación como lector se impongan sobre la novela hasta volverla un mero ejemplo de algo ya pensado.

Quizá por eso mi relectura no puede conformarse ni con ajustarse a las guías del curso ni con entregarse a la pura memoria de aquella primera lectura. De hecho, lo único que recuerdo de entonces es su complejidad: la dificultad, la fatiga que me provocaba. Ahora caigo en la cuenta de que, a diferencia de otros textos de García Márquez, El otoño del patriarca lo tenía casi por completo olvidado, probablemente porque no lo entendí. A pocas páginas de la relectura, creo sinceramente que no tenía el bagaje suficiente ni siquiera para entender la voz de la novela. Siempre me consideré un lector voraz, y la relectura me confirmó algo que todavía me cuesta creer: no concibo cómo leí El otoño del patriarca a los diecinueve años. Pero la leí, de eso no tengo duda. Tal vez solo esa voracidad, ese impulso de leer sin demasiadas reservas ni jerarquías, explica que entonces pudiera atravesar completa una novela que hoy me parece muy por encima del lector que yo era.

Lo que me interesa ahora es observar de qué manera El otoño del patriarca convierte el desgaste del poder en materia narrativa. No solo qué dice sobre la dictadura, sino cómo la descompone en la voz, en el tiempo, en el espacio y en la figura misma del patriarca. García Márquez se va por otro lado: no concentra la voz en el centro del poder, sino que la dispersa en una multiplicidad de monólogos, fragmentos, rumores y murmuraciones. Esa dispersión termina por volver inestable la autoridad del patriarca y por desgastar, desde la propia narración, la ilusión de su poder. Es, sobre todo, desde el punto de vista estético donde la novela se distingue con mayor claridad: largos párrafos casi sin punto y aparte, una sintaxis en espiral, un “monólogo múltiple” que mezcla voces del pueblo, de la corte, de la memoria y de la fantasía, y una notable escasez de personajes individualizados. El resultado es una prosa densa, musical y claustrofóbica que, si el lector no se entrega a su respiración, puede producir desconcierto, cansancio y hasta rechazo. Pero ahí mismo reside una parte central de su fuerza estética.

La primera operación decisiva de la novela ocurre, precisamente, en la voz. Desde las primeras páginas, cuando el palacio presidencial aparece invadido por animales, podredumbre, estiércol y abandono, el relato no se estabiliza en una voz narrativa reconocible. Nadie parece hablar desde un sitio de autoridad plena. Lo que aparece es una corriente verbal hecha de versiones, rumores, frases impersonales, restos de memoria y murmuraciones colectivas. El patriarca ocupa el centro de ese mundo, pero no domina del todo el relato de sí mismo. Su figura se ve cercada por lo que se dice de él, por lo que se imagina, por lo que se sospecha, por lo que el pueblo recuerda o inventa. Ese desplazamiento no es una ocurrencia formal. Dice algo decisivo sobre el poder. El dictador puede concentrar el mando, pero la novela le niega el privilegio de ordenar por completo la palabra. Ahí empieza ya su desgaste.

La segunda operación ocurre en el tiempo. El otoño del patriarca no cuenta una historia de ascenso, plenitud y caída en sentido lineal. Más bien gira sobre sí misma. Repite escenas, regresa a situaciones ya vistas, altera el orden de los acontecimientos y produce la impresión de que el poder no pasa: se estanca en una duración inmóvil. En ese mundo, el tiempo deja de comportarse como cronología y se vuelve repetición. Lluvias interminables, discursos, apariciones en los balcones, ceremonias vacías, adulaciones, mentiras: todo parece haber ocurrido ya y, al mismo tiempo, volver a ocurrir sin salida. Esa circularidad es una de las grandes invenciones de la novela. García Márquez no se limita a decirnos que la dictadura perpetúa su dominio; nos obliga a sentir esa perpetuación en la experiencia misma de la lectura. El tiempo del poder absoluto ya no es el de la historia abierta, sino el de una parálisis disfrazada de continuidad.

La tercera operación ocurre en el espacio y en el cuerpo. El poder no aparece aquí como aparato limpio de dominación, sino como ruina. El palacio no es el lugar de la soberanía ordenada, sino un edificio invadido por vacas, gallinazos, lodo, moho, humedad y restos de una grandeza vencida. El cuerpo del patriarca tampoco conserva la majestad del mando. Envejece, se deforma, se vuelve grotesco, ridículo por momentos, casi caricaturesco. Esa mezcla de solemnidad y deterioro es central. En otras novelas del dictador, el poder puede conservar cierto aire de eficacia incluso en su crueldad. Aquí, en cambio, manda ya descompuesto. Sigue mandando, sí, pero su autoridad ha dejado de ser una energía ascendente para convertirse en una farsa ritual, en una repetición agotada de gestos que ya no significan del todo lo que pretenden significar. El poder no desaparece; se vacía.

Ese vaciado es lo que vuelve tan importante a El otoño del patriarca dentro de la narrativa del dictador. La novela no se limita a ofrecer un retrato feroz de un tirano latinoamericano. Hace algo más radical: convierte el poder en una experiencia verbal de saturación, desgaste y encierro. En ese sentido, su aporte a las letras hispanoamericanas no depende solo del tema político, sino de la manera en que transforma los recursos narrativos en una forma de pensamiento. La polifonía, la circularidad, la fragmentación de la perspectiva, la densidad sintáctica y la mezcla de mito, historia, farsa y putrefacción no ilustran una tesis previa sobre la dictadura. Son la dictadura, o mejor dicho, son la forma en que la literatura logra hacer perceptible su lógica. La forma no decora el contenido. Lo encarna.

Eso explica también, creo, la dificultad que me produjo en la juventud y el hecho de que la hubiera olvidado casi por completo. El otoño del patriarca no busca seducir al lector del mismo modo en que lo hacía Cien años de soledad. No ofrece el placer de la genealogía, de la fábula familiar o del asombro narrativo más hospitalario. Exige otra disposición. Obliga a entrar en una lengua donde el poder ha roto también el orden del relato, del tiempo y de la percepción. Por eso su lectura puede ser fatigosa y, en muchos momentos, fastidiosa. Pero esa fatiga no es un defecto que la novela deba disculpar. Forma parte de su apuesta. Lo que en una primera lectura pudo parecer exceso o dificultad gratuita, hoy empiezo a entenderlo como una decisión inseparable de su proyecto.

No creo, por supuesto, que esta relectura me haya devuelto una novela por fin “entendida” de una vez y para siempre. Mucho menos una novela que me haya hecho disfrutar como gocé otras del Nobel colombiano. Más bien me permitió ver con mayor claridad dónde estaba la razón de mi resistencia, una resistencia que no era solo literaria, y por qué esta obra ocupa un lugar singular dentro del subgénero. No toda gran novela está hecha para gustarnos; algunas parecen escritas, precisamente, para resistirse al lector.

El otoño del patriarca no solo representa a un dictador; encarna el modo en que el poder absoluto contamina todo lo que toca: el lenguaje, el tiempo, el espacio, el cuerpo, la memoria y la imaginación colectiva. El patriarca no es solo un hombre. Es una condensación monstruosa de la autoridad latinoamericana, a la vez mítica, ridícula, brutal y decadente.

Al final, lo que esta novela aporta a la narrativa de la dictadura es una lección formal de gran alcance: que el despotismo no se piensa solo en el plano de los hechos, sino en el de la percepción y el lenguaje. García Márquez no eligió la vía más accesible para decirlo. Se fue por la más complicada. Y quizá por eso mismo la novela sigue pesando tanto. Su grandeza no está en el tema que aborda, sino en haber hecho de la dictadura una forma de escribir.

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