Autor: Humberto Vela

Nací en Monterrey, N.L. México, en marzo de 1957. He trabajado desde 1982 en la industria de las tecnologías para la información, así que hoy inicio la aventura de escribir de nuevo.

“El manuscrito”, de John Grisham

“El manuscrito” es un thriller ameno, que como atractivo adicional, trata sobre libreros, escritores y lectores aficionados a las novelas policiacas o de misterio. En medio de un huracán categoría 4, Nelson Kerr, un autor de thrillers fallece, presuntamente asesinado en una Isla de Florida llamada Camino Island.

Pongámonos en tono olímpico: Descanso activo; si eres deportista de alto rendimiento, y te encuentras en plena temporada de competencia, difícilmente tu entrenador te programará un día de descanso.

Si el cansancio se refleja en las estadísticas de tus entrenamientos, probablemente se programará un descanso activo, consistente en realizar una actividad deportiva diferente, con poca carga o tensión para las articulaciones. Los corredores nadan o le dan a la bicicleta; los triatletas pueden elegir el golf o caminar; y ambos, pueden optar por ejercicios de flexibilidad, como el taichí, los pilates y el yoga. Lo importante es permanecer activo físicamente.

Leer a novelistas como John Grisham es mi equivalente al descanso activo lector. Después de prodigarme, concentrarme y saturarme con las tres novelas de Agota Kristof y de acongojarme con el libro de Chimamanda Ngozi Adichie, “Sobre el duelo”, me urgía cambiar a un autor, digamos, menos exigente. Las novelas de Grisham me mantienen entretenido mientras el cerebro continúa ejercitándose, generando conexiones entre las neuronas.

Cierta crítica presuntuosa intenta desprestigiarlas denominándolas “novelas de aeropuerto”. ¡Me vale! Existen autores de éxito y con oficio, como Grisham, que empleando un lenguaje neutro, sin pretensiones artísticas y dotándolas de estructuras narrativas sencillas, sin embrollos ni rebuscamientos, escriben novelas que suelen ser, quizá, que no siempre, superficiales, pero eso sí, muy entretenidas. Yo, que seré lector voraz y disperso, pero no pretensioso, las leo con gusto.

Después de 28 años y más de una treintena de novelas, continúo guardándole fidelidad a los libros de John Grisham (1955), abogado de formación, aficionado al beisbol, Bautista por religión, escritor de relatos judiciales que se venden como mascarillas en pandemia. Se dice , se menciona que Grisham ya superó la asombrosa cantidad de 300 millones de libros vendidos. ¡Joder!

“El manuscrito” no es un thriller judicial. No hay abogados ni jueces. El protagónico se lo lleva Bruce Cable, propietario de Bay Books, una librería ubicada en Camino Island, frente a la costa de Florida. Bruce, 47 años, legendario seductor de autoras solitarias en gira, con una solvente fortuna producto de la compra venta de libros antiguos, raros y curiosos, es ademas, un referente entre los libreros del país y adora a los escritores, a quienes les organiza exitosas presentaciones de sus libros en su librería.

Mercer Mann llega a la Isla en la recta final de una gira de promoción para su segunda novela. Vieja conocida de Bruce, asiste con su nuevo novio a la cena que le organiza el librero y a la que acuden un grupo de escritores, entre ellos, Nelson Kerr, quién fallecería la noche siguiente, en medio de los embates del huracán “Leo”

La policía local se encuentra desbordada por los efectos del huracán, y además no están convencidos de que la muerte sea producto de un asesinato. Bruce, vecino y amigo del fallecido, convencido en que se trata de un homicidio, se implica de más en la búsqueda del presunto asesino y termina involucrado en un fraude mayúsculo contra Medicare y otros organismos públicos de salud.

Entretenida, corta, de fácil lectura. Ideal para las circunstancias en que me encontraba, reconozco que me quedé con ganas de más literatura, de más bibliomanía y bibliofilia. ¡Te leo!

“Claus y Lucas”, de Agota Kristof

Dos hermanos, una conflagración, tres novelas, diversas lecturas, entre ellas, el de la imposibilidad de captarla. La lectura de la trilogía de Claus y Lucas me significó un desafío. No por su complejidad estructural o por una prosa enrevesada. No, no te asustes. Los narradores utilizan un lenguaje sobrio, elemental, sencillo y claro, permíteme la redundancia. Tenme paciencia. Trataré de explicarme.

No sé si debí o no, abalanzarme a leer la trilogía de corrido, una novela tras otra. No tenía referencias suficientes, o no me lo esperaba. O más o menos. O no tengo ni idea de lo que quiero expresarte. Independientemente de todo y antes de continuar, para evitar malos entendidos, te aclaro: desde que inicié con “El gran cuaderno”, no me separé del libro.

Las historias, que podrán o no parecerte inconexas, incoherentes, tienen una fuerza tan poderosa que por momentos evité intentar hilvanarlas. El arranque, cuando Lucas y Claus son llevados al campo por su madre a casa de la abuela, para resguardarlos de la brutalidad de la guerra que se vivía en la ciudad, me dejó, créemelo, en estado de shock y así me seguí.

No conocía a Agata Kristof. El libro me impulsó a investigar lo más que pudiera sobre su vida. La lectura me conmocionó, sorprendió y conmovió. Resultó una sacudida inesperada. Kristof (1935-2011), nacida en Hungría pero exiliada la mayor parte de su vida en Suiza, escribió Teatro, cuentos, guiones para la radio antes de escribir y publicar su gran éxito, su primera novela, “El gran cuaderno”, en 1986. A ésta siguieron “La prueba” y “La tercera mentira; una trilogía de difícil lectura.

La historia de Claus y Lucas aparecía frecuentemente en mi muro del Facebook gracias a lectores como tú, que participan en el Grupo. Tomaba nota mental, sin profundizar en los comentarios publicados. Vaya, no tenía ni siquiera el conocimiento de que se trataba de una trilogía.

En las publicaciones en el Grupo, solo leía por encima “Claus y Lucas”; veía la portada de dos niños peleándose, pero hasta ahí. Era frecuente la aparición de reseñas. En diversas ocasiones busqué el libro sin encontrarlo, hasta que me olvidé de él. Y cuando menos me lo esperaba, mi librero se presentó con “Claus y Lucas” en la mano preguntándome si ya lo había leído. Se lo arrebaté. Era la cuarta edición de Libros del Asteroide, publicada en el 2020, y contenía las tres novelas.

La mejor sin duda es la primera, “El gran cuaderno”, donde en boca de los gemelos, conocemos el infierno que vivieron en casa de su cruel abuela. Una dura historia llena de violencia, de pobreza y hambre; expuestos al horror de la guerra, al desamparo, al abandono, a Claus y Lucas no les queda de otra más que entrenarse para resistir, para sufrir y encajar los dolores afectivos y la violencia física.

Endurecen su cuerpo, acorazan su espíritu; con una vieja biblia y un diccionario que cargan desde casa, recuerdo de su padre, aprenden ortografía, lectura, matemáticas y ejercitan su memoria. Negocian con los soldados, sin importarles su bando. Al fin y al cabo, todos son enemigos.

No se comprende a uno sin el otro. Son ellos, o como los narradores que nos cuentan la historia, en la primera del plural: son “nosotros”, ellos, los que con un lenguaje preciso, dan testimonio de “lo que es, lo que vemos, lo que vimos, lo que hacemos…”

“La prueba” y “La tercera mentira” me desbarajustó el ritmo. Agata se decide por cambiar de narradores. En “La prueba” es un narrador en tercera persona quien cuenta lo que pasa con Lucas en el mismo lugar y con la misma gente, mientras que en “La tercera mentira” vuelven a hablar Claus y Lucas -lo supongo- pero ya no desde el nosotros, sino con dos narradores en primera en singular.

“La prueba” y “La tercera mentira” cuentan, indiscutiblemente, la historia de Claus y Lucas, pero la decisión de la autora de modificar las voces narrativas nos sometió a dudas, nos generó preguntas; la más importante: ¿a quién le creemos?, o más bien, ¿le creemos?

Si llegaste hasta aquí, permíteme recomendarte la lectura de las tres novelas. No sé si de manera continua o no. Los once días que invertí en leerlas, investigar a la autora, escribirte este texto para encontrar… para invitarte a leer a Agata Kristof, han sido una buena inversión. ¡Te leo!

“De qué hablo cuando hablo de escribir”, de Haruki Murakami

Caray, dos textos sobre el mismo autor, que son a la vez relecturas, de manera continúa. Espero me disculpes. Si no te gusta Murakami, si te es indiferente los textos autobiográficos o las memorias, y tampoco te interesa conocer las ideas y reflexiones del novelista japonés sobre la manera, la forma, los sistemas y métodos para enfrentar el reto de escribir una novela, te agradezco la atención a estas líneas. Antes de que te retires, un like es apreciado.

Si decidiste continuar con la lectura, te lo agradezco por anticipado. Hace muchos años que no leía dos libros de un mismo autor tan seguido, y mucho menos ya habiéndolos leído, pero no pude resistir, después de leer “De qué hablo cuando hablo de correr”, regresar a “De qué hablo cuando hablo de escribir”, que la leí hace un poco más de 4 años.

Los dos libros nos permiten conocer a Haruki Murakami. Los dos tratan de sus hábitos, rituales, retos y manías, las de un escritor que corre, porque está convencido que la actividad física mejora su capacidad como novelista y contribuye a que su creatividad se reafirme. La diferencia es que este libro se centra en su vocación, su profesión, en su vida como escritor.

Estudiante mediocre, lector voraz, amante de la música pop y del jazz, cuando egresó de la Universidad decidió abrir un bar para poder escuchar música todo el santo día. Un tarde, presenciando un juego de beisbol, de forma súbita, decidió que escribiría una novela. La escribió, la envió a un concurso, se dio por satisfecho y continúo trabajando duramente en su bar.

Cuando ya se había olvidado la novela, recibió el anuncio de que se encontraba entre 5 finalistas al premio para el mejor escritor novel de la revista literaria Gunzo. Unas horas después, caminando con su mujer, se dijo, convencido de ello: “Voy a ganar ese premio, sin duda. Me convertiré en escritor y tendré cierto éxito”. Y lo logró, vaya si lo consiguió.

Sé que en grupos como este encontramos muchos jóvenes que anhelan hacer de la literatura su forma de vida. Les recomiendo la lectura de Murakami porque tiene la virtud de convencerte que puedes alcanzar tu sueño. No es un manual del tipo “El arte de escribir” o “Cómo escribir un bestseller”. No, no va por ahí.

“De qué hablo cuando hablo de escribir” es un ejercicio honesto donde Murakami revela las claves de su trabajo, donde nos cuenta, sin alardes ni falsa modestia, como el azar jugó a su favor hace treinta y cinco años, pero que con disciplina, organización, trabajo duro, serio y rutinario, sumado a cierto talento para escribir, logró construir una larga carrera que le permitió vivir con la libertad que siempre pretendió.

Leer mucho, escribir, corregir y re escribir más; si no estás trabajando en una novela, escribir otros géneros o traducir como él lo hace, pero escribir, diariamente escribir. De acuerdo al autor, la tenacidad, la regularidad, el esfuerzo y la energía que pongas en tu trabajo siempre te generaran buenos frutos, pues para Murakami, cualquiera puede escribir una novela; lo difícil es vivir de escribir, y eso se puede lograr más con talacha que inspiración.

A los lectores que nos gusta leer todo acerca de los libros, la literatura y sus autores encontraremos en la lectura “De que hablo cuando hablo de escribir”, la visión de Murakami sobre la industria editorial, los premios literarios, acerca de sus maestros, sobre la creación literaria y la originalidad.

Los que nos gusta además las novelas de Murakami, tan desconcertantes para su haters, pero tan originales y audaces para nosotros, “De qué hablo cuando hablo de escribir” nos permite conocerlo mejor. No sé si a ustedes les ocurre, pero a mi me agrada saber lo más que pueda de mis autores favoritos. Investigar, profundizar en su vida y en su obra, nos hace crecer como lectores, ¿no crees? ¡Te leo!

“País de nieve”, de Yasunari Kawabata

Me quedo completamente chalado, encandilado, fascinado con la seductora novela del Nobel Yasunari Kawabata. “País de Nieve” se concibió y se publicó originalmente (en 1934) como una novela en entregas y 87 años después continúa arrobando, embrujando, seduciendo y atrayendo a nuevas generaciones de lectores, tal y como corresponde a un clásico de la literatura universal.

En otra entrega te había comentado que yo leí por primera ocasión a Kawabata apenas este 2021. Por esas sin razones del mundo de los lectores, no lo había hecho. Fue gracias a grupos de lectores como este, que caí en cuenta de los miles de viejos y nuevos lectores que le rinden una merecida y absoluta adhesión a su obra.

Después de la lectura de “Lo bello y lo triste” no esperé a encontrarme por casualidad con otra de sus novelas. Las busqué y afortunadamente me hice de una pequeña parte de la bella colección que se publicó en el 2019 para festejar los 120 años de su nacimiento. Encantadoras portadas, ediciones cuidadas y prologadas, son un lujo en cualquier biblioteca.

Nacido en 1899 en Osaka y egresado en 1924 de la Universidad Imperial de Tokio, muy pronto ejerció el liderazgo de una nueva generación de escritores japoneses. Escritor de novela y cuento, además de asiduo ensayista y articulista en diversos periódicos y revistas, Yasunari Kawabata fue galardonado con el Nobel de Literatura en 1968.

“País de nieve” cuenta la historia del amor apasionado y disparejo que Shimamura, un heredero amante de la danza y el teatro, despierta en Komako, una bellísima, joven y voluble aprendiz de Geisha que se instruye para ejercer el milenario oficio en una posada termal ubicada en una zona montañosa en la costa occidental del Japón; la región “donde más nieva en el mundo” y donde los nativos quedan aislados del mundo desde diciembre hasta mayo cuando retorna la primavera.

Shimamura, un hombre en sus treinta, casado y sin mayor oficio que el goce y disfrute de la vida, es un personaje singular: un tanto cuanto desapegado, indiferente y desapasionado, que se considera experto en el arte del ballet, aunque jamas acuda a un escenario para deleitarse en vivo, pues considera que la belleza, entre más desconectada se encuentre de la vida, más pura se conserva.

Con esa actitud de frio observador acude hasta el hostal, y alarga sus estadías: parece que solo busca deleitarse sin comprometerse con la belleza de Komako, para después, desde una férrea distancia emocional, interrogarse sobre su indecisión, su impasibilidad, sus carencias que le impiden entregarse a Komako de la misma forma en que ella se le entrega.

En uno de los viajes en tren de Shimamura hacia la posada de montaña, observa el reflejo de un ojo femenino en el vidrio de la ventana del vagón en que se traslada. El ojo pertenece a Yoko, que jugará un papel inquietante e indescifrable en la historia, gracias a la ambigüedad de nuestro viajero, que mantiene con Komako y Yoko una relación de fascinación entre sexual y amorosa, llena de equívocos e indeterminaciones.

Novela construida a través de bellas imágenes, de pequeñas anécdotas, de fragmentos narrativos delicados y sutiles, articulada mediante una variedad de viñetas; creo observar, sin lograr descifrar con precisión en qué consiste, una especie de continuidad con la novela “Lo bello y lo triste”, mi primera lectura del Nobel japonés, que narra la historia de Toshio Oki, Ueno Otoko y Keiko Sakami.

Probablemente sea el estilo de Yasunari Kawabata, que nos reta como lectores a darle forma en nuestro cerebro, a que recompongamos cada fragmento y le demos la estructura que nos parezca más lógica, que le de mayor sentido… perdón, no quiero confundirte porque la lectura no es tan compleja, dejé volar la mente ante la belleza de la novela, que se lee, se goza, se disfruta sin darle tantas vueltas a las razones.

Por su exquisita prosa, por la complejidad y la ambigüedad de los tres personajes, por los bellos trazos con que nos enseña la vida de los campesinos en la montaña, por la propia sencillez de las historias que nos relata, “País de nieve” es una novela de imprescindible lectura.¡te leo!

Soberbia lectora

Me sorprendió la cantidad de comentarios que generó mi publicación sobre la reacción que provocamos los lectores a los incrédulos sobre el amplio y maravilloso universo donde los leedores nos sumergimos durante nuestras lecturas.

Acostumbrado a publicar solo sobre los sentimientos, sensaciones y emociones que me provocan mis lecturas, no imaginé que tantos compartiéramos el estado de desdeño y menosprecio al que pretenden someternos en ocasiones algunos no lectores.

“Yo no tengo tiempo para leer”, “¿A poco has leído todos esos libros?”, “Te va a hacer daño leer tanto” son algunas de las frases que cotidianamente escuchamos, la mayoría de las ocasiones, sin que vengan al caso.

Permíteme plantear una hipótesis: Sé que existen lectores convencidos de ser superiores a quienes no leen, y que además, dejan ver ese sentimiento de superioridad y menosprecio hacía la gente que no comparte su gusto por la lectura.

Todos hemos leído comentarios en los grupos de Facebook de este tipo de lectores, que se lanzan como jauría sobre aquellos ingenuos que se atreven a preguntar sobre un libro, o externar una opinión sobre algún libro o autor considerado indigno por esta clase de arrogantes lectores, a quienes las lecturas que presumen no les han enseñado virtudes como la tolerancia y la empatía.

Muy probablemente me gane algunos enemigos de a gratis, pero creo que la lectura es una actividad sobrevalorada. El que leas no te hace más culto, más inteligente, mejor informado ni mejor persona. Cada cerebro procesa de manera diferente la lectura, por lo que los resultados que se obtienen de los textos varían en cada persona.

Sin embargo, no dudo que algunos de nosotros asumamos que poseemos una mejor comprensión del mundo y caigamos en la arrogancia de considerar a los que no leen como personas incompletas.

La lectura es un hábito que puede convertirse en vicio. La ventaja es que es un vicio sin castigo, bien visto por la sociedad, que ha sobrevalorado desde hace siglos el poder de la lectura, los libros y las bibliotecas privadas. Es un hábito y un gusto que requiere de ciertos incentivos para desarrollarse, que demanda tiempo, libros, espacios adecuados y no todo mundo cuenta con ellos.

Cuando era joven detecté que asumía cierta actitud de menosprecio cuando intervenía en conversaciones acaloradas sobre política o temas igual de controvertidos. Lector voraz de libros, pero también de revistas y periódicos, pensaba que tenía más y mejor información para opinar que los demás. Con la edad, me llegó una pequeña dosis de humildad, por lo que lucho por controlar esa dañina actitud.

La publicación abrió el campo para discutir sobre la administración del tiempo libre. Comenté que en época del Tour de Francia, de la Eurocopa y de la Copa América de Fútbol, mis prioridades se modificaban. Y curiosamente, aunque la mayoría de los comentarios giraron alrededor de que no solo de lecturas vive el buen lector, hubo algunos que consideraban incompatible que un lector privilegiara un partido de futbol sobre la lectura.

Incluso un engreído y arrogante cuate se atrevió a afirmar que mi biblioteca era producto de una herencia, e incluso dudar de que fuera mía, porque consideraba imposible que alguien que poseyera una biblioteca así, perdiera su tiempo viendo un partido de futbol en lugar de leer. Si supiera que además de verlo por TV, hago deporte diariamente, que soy triatleta, que he finalizado 4 Ironman y me preparo para otro, no me imagino hasta dónde llegarían sus críticas, reproches y acusaciones.

Ojalá los lectores dejemos de lado esas actitudes de soberbia, altivez e impertinencia, porque creo que son las que provocan la repulsión, el franco repudio por parte de los no lectores. Hay gente con otras vocaciones, que les gusta la danza, el teatro, el cine, el golf, el tenis y hasta el futbol, así que ojalá seamos capaces de aprender de nuestras lecturas a ser humildes. ¡Te leo!

“De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami

Libro de memorias, ensayo literario sobre el maratón, crónicas de sus carreras y entrenamientos, reflexiones sobre las similitudes entre su profesión de escritor y su pasión por el deporte de alto rendimiento, “De qué hablo cuando hablo de correr” es un libro recomendable para corredores, pero también para los que nos gustan las historias sobre los procesos, las maneras de trabajar de nuestros escritores favoritos.

Yo llegué a la literatura de Murakami por insistentes recomendaciones de mi hermana Marcela. La primera novela que leí fue “Al sur de la frontera, al oeste del sol” y ocurrió no hace mucho, apenas en el 2008; considero que esa novela, junto con “Kafka en la orilla” bien valen un Nobel, aunque reconozco que si algo he aprendido durante todos estos años es que Murakami es un autor un tanto cuanto controvertido. Pero bueno, mi primer acercamiento a su obra me impactó tanto que de ahí me seguí hasta los dos tomos de “La muerte del comendador.

Haruki Murakami (1949-), el escritor, me inspira. Sus novelas me abrieron puertas que tenía cerradas sin saberlo, o que sencillamente me eran desconocidas, aperturas que me guiaron hacia lo más profundo de mi yo íntimo. No sé en qué consiste su magia, de cuáles trucos o herramientas se vale, o si se trata sencillamente porque su nacionalidad o su cultura milenaria es tan diferente a la mia, pero no tengo duda de que por momentos, logro una conexión con sus historias como con pocos escritores.

Cuando leí “Al sur de la frontera, al oeste del sol” acababa de dejar los 40’s y me sumergía, un poco perdido y desorientado en mis cincuentas. La historia del protagonista cuarentón que se mira a sí mismo y no le gusta nada de lo que ve, me caló de manera profunda. Y de eso trata en ocasiones la buena literatura: de confrontarte contigo mismo mientras lees, de obligarte a ver, reconocer y enfrentar tus más íntimos miedos, de profundizar en tus entrañas buscando materializarlos para intentar vencerlos. Por eso y muchas razones más leo a Murakami.

La primera ocasión que leí “De qué hablo cuando hablo de correr” me dirigía por carretera a Lubbock Texas para intentar completar mi primer medio Ironman. El libro, además de material de lectura, era una herramienta de motivación, de inspiración, que llevaba como si fuera un mantra. Era finales de junio del 2010, el Mundial de Fútbol en Sudáfrica estaba entrando a la fase de eliminación directa, y el domingo de la competencia, 27 de junio, México se enfrentaba en octavos a Argentina y era eliminado 1-3, mientras yo, completaba feliz como una lombriz, mi primer 70.3. Ese logro, sumado a la compañía de mis compañeros de aventura, mitigaron bastante el dolor provocado por la derrota del Tri.

Releí el libro de Murakami porque a principios de año me decidí a intentar de nuevo terminar un Ironman, teniendo muy claro que no será nada fácil. Desde el último que terminé, el primero de diciembre de 2013, han pasado un poco más de 8 años; además, ya cumplí 64, y los últimos 7, cuando menos, los pasé sin hacer nada, pero nada de ejercicio; sucesos ocurridos los últimos meses y la pandemia que tanto nos abrumó el año pasado me impulsaron a finales de enero a abandonar el marasmo deportivo y salir, primero a caminar, para poco después, ya teniendo claro en la mente mi meta, empezar el largo proceso cuyo objetivo final es culminar mi quinto Ironman, en Cozumel en el 2022.

Escrito con esa belleza formal que crea con su prosa sencilla y directa, “De qué hablo cuando hablo de correr” es un libro que recomiendo a los que les gusta correr mucho y leer poco; a los que les encanta leer mucho y correr nada y a los que les gusta leer y escribir lo suficiente y les sea indiferente todo lo demás. A los “haters” de Murakami, quizá les ofrezca una oportunidad más para justificar sus odios pasionales, mientras que yo lo tendré muy cerca durante los meses por venir, porque si las novelas de Murakami me inspiran como hombre, “De qué hablo cuando hablo de correr” me infunde ánimos, energía, buena vibra y ganas de partir de nuevo en la búsqueda de mis límites. ¡Te leo!

“Una sala llena de corazones rotos”, de Anne Tyler

Novela pausada, la historia que nos cuenta Anne Tyler sobre Micah Mortimer, un informático -así se nos decía en los 80´s- me resultó un bálsamo, un calmante, una lectura relajante, muy adecuada, sobre todo después de la lectura de la novela de Rosario Castellanos, “Rito de iniciación”, que me significó otro tipo de ánimo como lector.

No tenía ni una sola referencia ni de la novela ni de Anne Tyler. La compré animado por conocer una nueva autora, por la editorial y por el almibarado título. Tampoco tenía en mente leerla tan pronto; hay novelas en espera en mis libreros, pero como la tenía a la mano por haber llegado unos días atrás a casa, y después de leer la entrada de la contraportada, me decidí, apostando a su brevedad y que el tema me era afín.

Anne Tyler (1941-), norteamericana, residente en Baltimore desde 1967, donde ha ambientado la mayor parte de sus novelas, es una escritora conocida y reconocida cuando menos en los Estados Unidos. Prolífica novelista, ha publicado más de 20 novelas, ha sido galardonada con el Premio PEN/Faulkner, el National Book Critics Circle y el Premio Pulitzer. Ha publicado literatura infantil, relato corto y varias de sus obran han sido adaptadas al cine y a la televisión.

Micah es un soltero en sus cuarenta, que vive solo en el sótano de un edificio de departamentos que además, administra; y lo hace con el mismo celo, eficacia, eficiencia y suficiencia con la que gestiona su departamento. Graduado en informática, ha formado una pequeña cartera de clientes a los que les resuelve diversos problemas que tienen con sus ordenadores, celulares y todos los dispositivos tecnológicos que cargamos en nuestras actividades cotidianas. Su microempresa es conocida por el sugerente nombre de “Tecnoermitaño”.

Personaje metódico, sistemático y cuidadoso, ha hecho del orden y la limpieza su divisa. Y ordenado, programado y cuadrado es en todos los aspectos de su vida. Huérfano de padre y madre, es querido y apreciado por sus dos hermanas, sus cuñados y sus sobrinos, que constantemente hacen burla de sus manías y peculiaridades, entre la que resalta su incompetencia, su torpeza, su total ineptitud social. Hazte de cuenta un Sheldon Cooper, sin su IQ, pero con su mismo déficit de empatía: es incapaz de entender y responder a los mensajes emocionales de los demás.

Entendible así su soltería, ha pasado por varias relaciones sentimentales, que terminan sin que nuestro protagonista logre explicarse a bien las razones. Al inicio de la historia, vemos que ha establecido con Cassia, una entregada maestra, de “treinta y muchos”, una unión que le funciona relativamente bien, hasta que concurren dos sucesos -Cassia es amenazada con el desalojo de su casa, y a Micah se le aparece en su hogar Brink, un joven que piensa que pudiera ser su hijo- que parecen provocar un leve desequilibrio en su vida.

Mientras observas la habilidad de Micah para resolver las decenas de problemas que diariamente le presentan sus clientes e inquilinos y te desesperas, asombras y consternas con su carencia de inteligencia emocional -No dudes de que el tipo te va a caer bien desde el principio-, esperas un milagro que no ocurre y Micah no se desvía de sus rutinas, porque Micah no lo requiere y terminas acompañándolo y disfrutando de su compañía, comprendiendo que Micah es más que sus manías, que es un hombre educado, atento, amable, servicial y solidario.

“Una sala llena de corazones rotos” es una novela corta que me gustaría que no hubiera acabado tan pronto. Historia encantadora, tierna, que te atrae con ese magnetismo máximo con que se aproximan dos imanes con polos diferentes; relato extraordinario sobre vidas ordinarias, donde te reconoces, te encuentras y compartes sentimientos, sensaciones, emociones en la cotidianidad de vidas como las de Micah, sus familiares, sus clientes y vecinos.

Novela fascinante que te hipnotiza, escrita con una estructura sin complejidades, una prosa sutil y delicada y un tipazo como protagonista, lo que te conduce a disfrutar de su lectura desde un estado de calma, de placidez, sin sobresaltos y sin extremos, como sencillas, familiares, naturales y cotidianas son las anécdotas que nos relata. Voy a buscar más Anne Tyler, si ya la conoces ¡Te leo! Y sí, no, también.

“Lo que fue presente”, de Héctor Abad Faciolince

Después de “El olvido que seremos”, a Héctor Abad Faciolince le perdono todo, incluso las novelas y libros de relatos que siguieron, publicaciones que no alcanzaron los niveles del maravilloso libro-homenaje a su padre, obra que le otorgó un extenso y merecido reconocimiento, texto que traspasó las fronteras idiomáticas.

Razones tendrá para decidirse a publicar sus diarios en vida, escritos, según él, con otras intenciones: sí, para leerse, pero no para publicarse. Advertidos que, “contienen poco o nada de su vida pública, porque ni la tenía; se nutren casi siempre de mi vida privada, y no omiten partes de mi vida secreta”, sus diarios te permiten conocer su miedo de fracasar como escritor, sus infidelidades, sus inseguridades como padre y marido, su fobia social, sus batallas por ganarse la vida en trabajos tan ajenos a sus aspiraciones.

Héctor Abad Faciolince (1958-), colombiano, graduado de Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín, Italia, ha escrito novela, poesía, ensayo, traducciones, críticas literarias y “El olvido que seremos”. Y no lo escribo como sarcasmo o ironía. Es por admiración y agradecimiento. Cuántos escritores quisieran haber publicado un libro, uno solo, que tocara las fibras emocionales de sus lectores como lo consiguió Abad Faciolince.

Escribir diarios es una actividad popular. Desde muy pequeños, casi casi desde que aprendemos a escribir, muchos de nosotros empezamos a transcribir una bitácora de nuestro día a día. Como sucede con el coleccionismo, tan popular en la infancia, son pocos los que persisten en la dura disciplina que se requiere para continuarlos; parecerá cliché, pero los más persistentes en la tarea, terminan relacionados con el mundo literario.

Frente al tocho “Lo que fue presente”, con más de 600 páginas, vale preguntarse: ¿Por qué leemos diarios? ¿Qué buscamos en la lectura de un texto no creativo, un registro fragmentario sobre la vida de un autor más o menos conocido? ¿Por qué leer los de un escritor como Abad Faciolince, que al escribirlos, aspira, según el mismo confiesa, a “durar después de la muerte mediante las huellas de mis letras”?

En mi caso, que leo por puritito gusto, porque siento predilección por las biografías, autobiografías y diarios de escritores. Sin talento, imaginación ni vocación como autor, prefiero ejercer de lector para vivir, a través de la lectura, pero sin tanto sufrimiento, la vida de los escritores, la mayoría de las ocasiones, dura, tan ingrata, que terminas agradeciendo tu déficit vocacional.

Leí con agrado el tocho de Abad Faciolince. En Mazatlán, de visita a mi madre, que no veía desde enero del año pasado, el escenario se prestaba para lecturas largas; el puerto sinaloense es ideal para la lectura reposada, plácida y relajada de la vida de un escritor que aprecias por un libro entrañable, emotivo, enternecedor, francamente conmovedor e inolvidable.

Los diarios concluyen antes de la publicación de “El olvido que seremos”; la última entrada se registra el 8 de septiembre del 2006, cuando Abad recibe una llamada desde Berlin de Gabriel Iriarte, informándole que el manuscrito final de “El olvido que seremos” “Le gustó muchísimo. Que es un libro bello, conmovedor, que lo sacudió como lector y como colombiano”.

Diarios alimentados por la vergüenza, escritos en momentos de tristeza, de inseguridad, de desasosiego; confesiones que desnudan a un hombre que será todo, menos un santo. Textos que transpiran honestidad, que recopilan una serie de fracasos, de penosas derrotas, que convirtieron a Abad en el hombre que hoy es. Escritos plagados de culpa, deseos sexuales, vacilaciones, perplejidades, miedo y amor.

Bien escritos, los diarios de Héctor resultaron una agradable lectura. Testimonio sobre una vocación que no permite dudas ni desviaciones, escritos “en vivo”, diríamos hoy, a diferencia de las memorias y las autobiografías, que son más recuerdos y evocaciones de tu pasado, que sensaciones, emociones y sentimientos de lo que se vive al momento; Abad ha mencionado que sus diarios eran los sustitutos de confesores y psicoanalistas, y tiene razón: por momentos parecen bacinicas donde se deshace de sus deshechos.

No tengo certeza sobre la viabilidad de que Héctor se convierta en un escritor clásico, leído por las generaciones por venir. Es un escritor solvente, que relata correctamente historias, principalmente, de corte intimista y que escribió una obra entrañable, llena de amor filial, una maravillosa novela de No Ficción en homenaje a su padre asesinado, con lo que obtuvo reconocimiento, certeza, seguridad, y mi fidelidad como lector. ¡Te leo!

“Rito de iniciación”, de Rosario Castellanos

Complicada, extraña, rara, una novela para los entendidos sobre la obra de Rosario Castellanos; leer, y sobre todo terminar de leerla, me resultó una experiencia muy enrevesada, intrincada, una especie de lucha libre a ras de la lona, de mucho forcejeo, donde cada recurso literario que aplicó Castellanos, me obligaba, en una especie de contra llave, a trabajar arduamente para descifrarla, para salirme de la trampa de la anti novela a donde me quería llevar.

Fue en “Casa del caracol”, una pequeña y hermosa librería ubicada a 30 pasos de Plaza Machado, en el centro histórico de Mazatlán, donde me encontré con la novela de Rosario Castellanos en una edición de DEBOLS!LLO. No soy experto en la obra de Castellanos, es más, solo he leído por encima algunos de sus poemas en una recopilación de su obra poética editada por el Fondo. “Rito de iniciación” es mi primera novela que le leo.

La leí animado por otra coincidencia. En la misma librería me encontré una edición de “Nada”, hermosa obra de iniciación con la cual Carmen Laforet ganó el Premio Nadal 1944 y que disfruté hace tiempo. No te encuentras en cualquier librería mexicana a Castellanos y Laforet juntas, y mucho menos, dos novelas que coincidente tratan el tema de una joven provinciana que en los 40´s del XX, llegan a la gran ciudad a estudiar letras.

No pretendo comparar las novelas, solo señalar las coincidencias que me llevaron a iniciar la lectura de “Rito de iniciación”, porque la verdad, si no hubieran ocurrido, no me hubiera animado. La fama de Rosario Castellanos como escritora “poco fácil, … no difícil, no densa o críptica: poco fácil”, como la describe Libia Brenda Castro en su Guía de lectura de la obra, ya me era conocida, y después de la lectura de los diarios de Héctor Abad Faciolince, se me antojaba leer a Edna O´Brien o Anne Tyler, cuyas novelas cargué a Mazatlán.

Escrita a mediados de los 60´s del XX, y publicada en los 90´s, la novela tiene una historia editorial muy interesante, que la descubrí al terminarla; al final, el libro tiene un apéndice de Eduardo Mejía titulado “El libro de Rosario Castellanos que no se perdió”, que me hubiera encantado haberlo leído al inicio, junto con la Guía de lectura de Lidia, pues creo que me habrían proporcionado más herramientas para enfrentar su lectura sin tantas asperezas.

“Rito de iniciación” cuenta la historia de Cecilia, hija única de una familia provinciana de “abolengo”, venida a menos, que es enviada por sus padres a la Ciudad de México para “recuperarse” del abandono de Enrique, su novio, una ruptura que sirve como detonante para justificar el viaje de Cecilia, pues no mostraba signos de mayores ambiciones o de rebeldía contra un destino manifiesto: casarse, tener hijos y dedicarse a su familia.

Ya en la capital, e influenciada por su padre, decide estudiar Historia en la UNAM, pero en pleno proceso de inscripción, otro postulante, Sergio, pretensioso e híper mamón aspirante a escritor, la convence de estudiar literatura; así, en un abrir y cerrar de ojos, de un momento a otro, Cecilia cambia de idea y se convierte en estudiante de Letras, en la Facultad de Filosofía y Letras.

“Rito de iniciación” terminó sometiéndome. Sí, complicada lectura, por la estructura, por los recursos narrativos – una narradora en tercera persona que va y viene, compartiendo la narración con otra, en primera, para expresar los íntimos pensamientos de Cecilia-; los diálogos largos y cansados; y un estilo, que por momentos me parecía rebuscado y grandilocuente.

Y sin embargo, lo que me sedujo, lo que me ató a la lectura, fue su vigencia; los temas que trata la novela, que ocurren en los 40´s, escritos en los 60´s y publicados a finales de los 90´s del siglo pasado, continúan tan imperantes, tan actuales, tan vigentes en la segunda década del XXI, que quedas entre asombrado y conmovido.

Rosario Castellanos no quiso publicar “Rito de iniciación”. De hecho, anunció su destrucción. Una copia apareció dos décadas después del terrible accidente que terminó con su vida y sus herederos decidieron publicarla. A pesar de todo, me siento feliz de haberla leído. Si te la encuentras, te recomiendo leas los textos de Mejía y Castro que se encuentran al final de la novela. ¡Te leo!

“Y líbranos del mal”, de Santiago Roncagliolo

Sin alcanzar a decepcionarme por completo, siento que la más reciente novela de Santiago Roncagliolo me quedó a deber. Un tema potente, polémico y complejo: los abusos sexuales al interior de la Iglesia Católica del Perú, y la desintegración de una familia, conservadora, racista, clasista, católica radical, derivada del vínculo del padre con el escándalo de abusos sexuales de menores, pienso yo, daba para más. Y por favor, tenme paciencia, trataré de explicarme.

He leído a Santiago desde el 2006, cuando fue galardonado con el Alfaguara de Novela por su obra “Abril Rojo”. “Pudor”, “La pena máxima”, “Tan cerca de la vida”, “Óscar y las mujeres”, “La noche de los alfileres” son algunas de las novelas que leí con agrado. También recuerdo un libro de ensayo o crónica periodística sobre Abimael Guzmán y Sendero Luminoso titulado “La cuarta espada”.

Esperaba pues de buen ánimo “Y líbranos del mal”, después de casi cinco años sin leerlo. Santiago Roncagliolo (1975-), nació en Lima, Perú y En su carrera ha explotado todos los géneros para contar historias. Su obra ha sido traducida en más de veinte idiomas. Como periodista ha escrito una trilogía de historias reales sobre el siglo XX hispanoamericano: la ya citada “La cuarta espada”, “Memorias de una dama” y “El amante uruguayo”. Como creador u guionista, ha desarrollado películas y series. Sus libros infantiles han recibido los galardones White Raven y Barco de Vapor.

Una familia estadounidense, radicados en Brooklyn, inmigrantes peruanos, con una cabeza, Sebastian, ejerciendo un férreo patriarcado sobre su mujer y su hijo, Jimmy, de 17 años, nuestro narrador y protagonista, que a pesar de desconocer la patria de su padre, es enviado a Lima a cuidar a su abuela, Mamá Tita, quien es todo un personaje: abierta y orgullosamente racista, clasista y rabiosamente católica.

Sebastian es un meritorio descendiente de Mamá Tita. Comparte sus prejuicios de clase y su rígido catolicismo. Trabaja como administrador de la iglesia catedral católica en Brooklyn, a la cual se entrega incondicionalmente. Su único contacto con Perú, a donde jamás regresó, era a través de la visita anual de su Mamá Tita durante las navidades. Es serio, taciturno, pero esposo y padre responsable, distante, poco comunicativo, determinante, pero afectuoso.

En Lima, Jimmy advierte, percibe y se entera de inquietantes murmuraciones sobre el pasado de su padre. Su deseo de conocerlo a fondo, de saber la verdad, de comprender la resistencia de Sebastián a involucrarse con su patria y con los peruanos, lo impulsa a indagar, averiguar, fisgonear por aquí y por allá, y como el que busca, encuentra, termina tropezándose con una oscura historia sobre abusos sexuales a adolescentes en Sodalicio, una comunidad laica fundada por Gabriel Furiase, un hombre carismático y manipulador, en la cual su padre ocupó un papel de liderazgo.

¿Por qué mencioné que Santiago me quedó a deber en “Y líbranos del mal”? Por que no se decidió a ahondar en las víctimas, ni en las familias, y tampoco en la institución Católica. Pasaban las páginas, se acercaba el final de la novela, y desconocía a los perjudicados, no alcanzaba a vislumbrar un recuento integral de sus daños. Temas como los secretos de familia, la relación entre un padre y su hijo único, el significado de ser inmigrante también se tocaban solo de refilón.

Puro seducir con pistas, nuevos personajes, pequeñas sorpresas, intrigándonos y en ocasiones, sobresaltándonos un poco pero…Y es que terminé quedándome con la impresión que el autor optó con centrarse con una historia marginal: una especie de triangulo entre tres personajes -Sebastian, Daniel y Furiase- enredados en una relación de celos y venganzas.

La novela es leíble, bien escrita, narrada en primera persona por Jimmy, un personaje bien desarrollado en su papel de adolescente curioso, terco, insolente, enfrentado con su padre. Con un ritmo de menos a más, sin alcanzar las cotas de un thriller, “Y líbranos del mal” es una novela ligera, complaciente, mojigata, por lo que no entiendo la resistencia de Carlos Slim a su distribución en sus Sanborns. ¡Te leo!
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