
Existen novelas que me mueven tanto los sentimientos que me dejan sensible y desconcentrado. Hay libros que no se terminan cuando cierras la última página; siguen ahí. Entonces cualquier libro nuevo entra como intruso. No es que falle el libro: es que todavía no hay sitio para él. Abro un nuevo libro y lo abandono a las pocas páginas. Abro otro, y ocurre lo mismo. Tengo claro que no es culpa del autor, sino de mi estado de ánimo. Empiezo a leer las revistas que tengo pendientes, me concentro en las lecturas académicas, entreno y, a los dos o tres días, me decido por la novela más reciente de uno de mis autores de cabecera.
A Élmer Mendoza lo tenía muy presente, también por razones académicas. Cuando se estudia la narrativa mexicana contemporánea, su obra aparece de manera casi obligada: porque llevó el habla marginal norteña al territorio literario y porque ocupa un lugar decisivo en las discusiones sobre narcoliteratura, narcoviolencia y literatura de la frontera. Para salir del bache lector que me provocaron mis últimas lecturas, tomé su novela más reciente con la certeza de que encontraría trama, ritmo y un manejo del suspense capaz de mantenerme enganchado sin exigirme una lectura densa en lo formal. No me equivoqué.
La sirena y el jubilado es un thriller político. El narco ronda por ahí, como ronda ya cualquier trama político-electoral mexicana que aspire a ser verosímil. El propio Mendoza lo dijo en una entrevista reciente: su novela “no es un giro, ni una renovación del género, ni una disección del sistema político. Es un thriller político más, con capítulos breves, ritmo rápido, tensión constante y un final abierto donde la justicia rara vez llega sola”.
La novela sigue a Carmen Larrañaga y su enfrentamiento con su partido, una estructura de poder que no admite fisuras: las provoca. Carmen busca primero su respaldo, pero termina registrándose como candidata independiente, desafiando al Partido Democrático del Pueblo Bueno y a sus nexos con el crimen organizado. Un tirador intenta frenarla con dos disparos en el estómago durante su primer mitin; sin embargo, ella sobrevive y sigue en la contienda.
Carmen consigue el apoyo de su vecino, Néstor del Valle, guardia de museo jubilado. Néstor acepta ayudarla como jefe de seguridad, aportando un pasado militar, un bagaje literario sólido y una fijación por los apellidos de origen vegetal. Juntos se mueven en un entorno de amenazas orquestadas por figuras como Vega Fernández. La campaña de Carmen depende del apoyo de un grupo de amigas y carga además con un trauma de juventud: cuando su padre la entregó a un narco que dominaba la sierra sinaloense.
Mendoza usa el molde del thriller con eficacia. Deja a un lado el predominio de su habla sinaloense y, en su lugar, trabaja con una mezcla de registros lingüísticos que incorpora expresiones de campaña, giros coloquiales y hablas populares. Así le da cuerpo a una violencia de género que se traslada al terreno electoral, y pone a Néstor a desmontar, casi sin proponérselo, la idea de que un jubilado sirve sobre todo para estorbar o hacerse a un lado. La novela avanza con ritmo y deja una impresión clara: en ese mundo, la corrupción es el único bien que se distribuye con generosidad, y la justicia institucional parece menos una posibilidad que una excepción.
La campaña electoral en La sirena y el jubilado deja muy pronto de ser una metáfora. Mendoza convierte la contienda en un terreno dominado por los mitines, las balaceras y las víctimas reales. En México solemos fingir que una campaña es una competencia de ideas salpicada por excesos menores; la novela recuerda que también puede ser una maquinaria de intimidación donde los partidos reparten puestos y los criminales reparten miedo.
En ciertos momentos, la novela parece aceptar una evidencia muy mexicana: cuando se trata de campañas electorales, la lucha libre sigue siendo el modelo más serio de representación pública. Hay máscaras, hay bandos, hay alianzas de último minuto y hay un jubilado al que algunos habrían querido dejar viendo la función desde lejos. Néstor del Valle, por suerte, no coopera con ese reparto. Entra, se mueve y aguanta como si Mendoza hubiera decidido recordarnos que la política nacional no siempre necesita nuevos héroes, sino viejos personajes que todavía saben cuándo repartir un golpe y cuándo esquivarlo. Al final, el paisaje no engaña: cambian los nombres, no siempre cambian los rudos.
La sirena y el jubilado quizá no sea una novela llamada a cambiar el rumbo de la literatura mexicana, pero tampoco necesita esa clase de pretensión para justificar su lectura. Le basta con entretener, sostener el pulso y llevar al lector de una página a otra. Y eso lo hace bien. En mi caso, además, tuvo un mérito más inmediato: me sacó del bloqueo lector. Después de varios intentos fallidos, no es poco que una novela le devuelva a uno las ganas de seguir leyendo.
¡Te leo!