“La Librería de los Escritores”, de Mikhail Ossorguin

Nunca me di el tiempo para reflexionar sobre el destino de las librerías en tiempos de guerra y revoluciones. No hablo de historias como Fahrenheit 451, la novela distópica de Ray Bradbury, sino por ejemplo, las librerías rusas durante y después de su revolución, o las mexicanas, que han de haber pasado malas épocas.

Por esos azares del lector, me encontré con “La Librería de los Escritores”, un pequeño tomo escrito por Mikhail Ossorguin y editado en español por José J. de Olañeta, Editor, en una traducción de Abel Vidal, donde el autor, integrante del grupo fundador de la Librería de los Escritores, de gran fama, pero efímera vida (1918-1922) en la Rusia post revolucionaria, nos cuenta anécdotas entrañables del centro cultural moscovita.

Mikhail Ossorguin (1879-1942) se dedicó al periodismo y expulsado por el gobierno soviético, se instaló en Paris, donde se dedicó a la literatura y a su gran pasión: la bibliofilia. Su libro más conocido es “Una calle en Moscú”.

Tiempos de caos, donde los gobiernos revolucionarios gobernaban mediante decretos y en muchas ocasiones, por puro capricho, provocaron la desaparición indiscriminada de valiosas bibliotecas privadas, en aras de la construcción de clubes y bibliotecas obreras, donde los criterios de selección y compra de fondos estaban en manos de empleados soviéticos, sin conocimiento ni experiencia.

Es en ese río revuelto donde el grupo fundador de la Librería se organizó y se dio a la tarea de rescatar y recolocar verdaderos tesoros bibliográficos, ofreciendo sus conocimientos, consejos, indicaciones y parte de su fondo, para formar pequeñas bibliotecas o fondos temáticos para instituciones especializadas y nuevas universidades que se abrían en las provincias rusas.

El autor consideraba que “al permanecer entre los libros, llevábamos una tarea discreta pero capital: éramos los guardianes y los propagadores de los libros, y ayudábamos a la gente que liquidaba sus bibliotecas a no morirse de hambre”.

Bien organizados de acuerdo a sus conocimientos y experiencias, el grupo fundador convirtió la librería “en un club en el que científicos, hombres de letras y artistas se reunían para verse, conversar y aliviar su alma del prosaísmo de nuestra cotidianidad de entonces”.

No tenían un interés comercial, la mayoría respaldaban con entusiasmo a su gobierno revolucionario, y no pocas bibliotecas públicas se organizaron con su decidido apoyo, pero estaban conscientes de que tenían que colaborar para que las joyas literarias, cayeran en manos inexpertas.

Me fascinó la lectura. Sé que es complicado conseguir los tomos de la colección Centellas de la casa editorial José J. De Olañeta, Editor. Por ello cuando logro encontrar uno, lo disfruto enormemente.
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