‘Nada se opone a la noche”, de Delphine de Vigan

“Mi madre estaba azul, de un azul pálido mezclado con ceniza, las manos extrañamente más oscuras que el rostro cuando la encontré en su casa esa mañana de enero. Las manos como manchadas de tinta en los nudillos de las falanges.

Mi madre llevaba varios días muerta.”

Así inicia su historia Delphine de Vigan, “Nada se opone a la noche” , que es la biografía familiar escrita por la autora francesa, que la obligó a enfrentarse a sus demonios, alborotados por la muerte prematura, pero inevitable, de Lucile, su madre.

Delphine de Vigan (1966) ha publicado 8 novelas. Su ópera prima, “Días sin hambre” trata sobre su anorexia. “Nada se opone a la noche” es la primera que leo, y estoy cierto que intentaré leer algunas más. Por lo pronto tengo en mis libreros la última: “Basada en hechos reales”, que la iniciaré cuando me reponga de la lectura de “Nada… “.

Y es que no encuentro palabras para transmitirles el abanico de emociones que me provocó la lectura de “Nada se opone a la noche”, un hermoso, intenso, desgarrador, pero perturbador homenaje que una hija le hace a su madre, Lucile Poirier: hija de George y Liane; hermana de Lisbeth, Barthélémy, Lucile, Antonin, Jean-Marc, Milo, Justine, Violette y Tom; madre de Delphine y Manon; esposa por corto tiempo de Gabriel, y amante de un número indeterminado de personajes.

La vida de la enigmática y extensa familia Poirier transcurre en diversos poblados franceses, y la historia se centra en el período en que vivió Lucile, de 1946 al 2008 , teniendo como telón de fondo diversas etapas de la historia del país galo, como el inicio de la Cuarta República Francesa, el mítico 68 francés y la llegada de François Mitterrand al poder.

El libro se desarrolla en dos planos: la propia historia de la vida de Lucile; y el curso, pleno de dudas, temores, enfrentamientos y dolores en que se sumergió la autora para escribir “Nada se opone a la noche”, proceso que incluyó la lectura de cartas y documentos, examen de material audiovisual, cientos de horas de entrevistas con la familia y amigos cercanos de Lucile, y la revisión de algunas decenas de cintas donde George, el carismático patriarca de la familia, ofreció, a petición de la autora, su testimonio de la historia familiar.

La crónica familiar de los Poirier se divide en tres partes: la primera, trata sobre los aspectos relevantes que la hacen tan atractiva a los ojos de todos: un padre dedicado a la comunicación, gran conversador, con un enorme liderazgo entre propios y extraños; la madre, dedicada a parir, educar y transferir responsabilidades a los hijos durante sus múltiples embarazos; un grupo unido, ruidoso, juguetón de hijos e hijas, donde en apariencia, reina el respeto, el cariño, la solidaridad y la alegría. Conforme nos adentramos en su historia, nos encontraremos con las contradicciones que nublan esa luminosa visión.

La segunda, se centra en Lucile: su infancia, donde destacaba por su belleza, a tal punto que era una modelo infantil reconocida por sus anuncios publicitarios; su corto matrimonio con Gabriel, su lucha contra los desordenes mentales, sus crisis económicas, la dolorosa y complicada relación con sus hijas, su relación con el alcohol y las pastillas, su descenso al infierno de su enfermedad mental y su increíble renacimiento.

La tercera nos muestra su lucha por sobreponerse a su enfermedad y a las adversidades, que la llevó incluso a graduarse como asistente social, y que concluye con su muerte, un viernes 25 de enero del 2008.

“Nada se opone a la noche” me enganchó desde el inicio. La historia de Lucile y su familia, aunque parece a las de muchas, no lo es. Hay secretos, suicidios, abusos. Pero lo más impactante es la devastación que su enfermedad mental le provocó a ella y a sus hijas. Yo la terminé a lagrima viva -cuando la finalicé cumplía 86 años mi madre-, emocionado, sobrecogido por la crónica tan bella como perturbadora . La recomiendo ampliamente.

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