El impulso para esta tercera lectura de “Las batallas en el desierto” vino, de nuevo, desde la escuela. En el foro de la semana había que elegir y defender una corriente literaria latinoamericana previa al Boom, y yo opté por la novela urbana. Al revisar los materiales del curso, me sorprendió no encontrar mencionada la breve novela de José Emilio Pacheco, porque la tenía ubicada dentro de ese canon.

Así que aproveché su brevedad y volví a leerla. No para confirmar una ocurrencia, sino para poner a prueba una intuición: si “Las batallas en el desierto” podía sostenerse como una pieza central de la novela urbana. La respuesta apareció pronto. En esta novela, la ciudad no acompaña la historia de Carlitos; la produce.

La verdad es que “Las batallas en el desierto” es muchas cosas en muy pocas páginas. No es solo una novela urbana, si por urbano entendemos calles, parques, colonias y edificios. Es la historia de un amor imposible, el retrato de una época, una crónica cultural, una elegía por una ciudad perdida, una novela de iniciación sexual y moral, una crítica política y social, y también una forma de memoria personal. Todo eso cabe en una novela breve sin que Pacheco tenga que subrayarlo. Esa es su maestría: hacer que lo íntimo y lo histórico respiren en la misma página.

Carlitos cree que está contando la historia de Mariana, pero el lector entiende que alrededor de ese deseo infantil se está moviendo un país entero. El alemanismo, los primeros universitarios gobernando el país, la misteriosa colonia Roma de entonces, la Plaza Ajusco, el departamento de Mariana, los programas de radio, los productos norteamericanos, los prejuicios de clase, la moral religiosa, la corrupción política y la vergüenza familiar no están puestos como decoración de época. Cada detalle ayuda a reconstruir una ciudad y, al mismo tiempo, a mostrar su desaparición.

Pacheco tiene una virtud que a mí me impresiona: no necesita escribir una novela extensa para levantar un mundo. Le bastan unas cuantas escenas, una voz que recuerda y una mirada infantil que no entiende del todo lo que ve, pero lo registra con una intensidad tremenda. Carlitos tiene diez años y mira el mundo con una sensibilidad todavía intacta. Admira a Mariana con una mezcla de fascinación, deseo incipiente y pureza que los adultos se apresuran a ensuciar. Pero esa mirada no se queda en ella. A través de Carlitos aparece la ciudad: sus jerarquías, sus miedos, sus hipocresías, sus promesas de modernidad y sus formas de expulsión.

Tal vez por eso esta lectura me llevó, de manera inesperada, a recordar a otro niño: Enrico Bottini, el narrador de “Corazón”, de Edmundo de Amicis, la primera novela que recuerdo haber leído como tal. Pero Carlitos y Enrico no miran el mundo desde el mismo lugar. Enrico pertenece a una novela que todavía cree en la escuela, la patria, la familia, la virtud y la comunidad. Carlitos, en cambio, pertenece a un mundo donde esas palabras ya están agrietadas. Enrico mira para aprender a formar parte de un orden moral; Carlitos mira y descubre que ese orden se está cayendo, aunque nadie quiera decírselo.

Ahí está, para mí, una de las grandes fuerzas de “Las batallas en el desierto”. Pacheco construye una ciudad vista por un niño, pero comprendida demasiado tarde por un adulto. Esa distancia entre el niño que vive y el adulto que recuerda le da al libro su tono más doloroso. La novela no cuenta la infancia desde la infancia, sino desde una conciencia que vuelve sobre ella y entiende que no solo perdió a Mariana. También perdió una ciudad, una época y cierta idea del país.

Me encantó esta tercera lectura. Breve y buena. Nostalgia pura la mía. Tal vez porque Pacheco no escribe solo sobre Carlitos y Mariana, sino sobre una ciudad que se pierde mientras alguien intenta recordarla. Y cuando una ciudad se pierde en la literatura, uno termina poniendo también sus propias pérdidas.

“Las batallas en el desierto” confirma, al menos para mí, que la novela urbana latinoamericana no solo registra espacios: registra la manera en que esos espacios nos forman, nos hieren y luego desaparecen. Por eso Carlitos no encuentra ningún portal mágico ni ninguna comunidad que lo sostenga. Encuentra el fin de una ciudad, el fin de una clase social y el fin de algo que ni siquiera supo que había empezado. Y Pacheco, maestro absoluto de la condensación, supo contarlo sin una palabra de más.

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