
Escuché elogios muy encendidos sobre La amortajada y, como me pasa a menudo, me fui por impulso: la busqué de inmediato. La encontré en Buscalibre, estaba en Chile, la compré. En ese momento no compré a María Luisa Bombal; compré el entusiasmo ajeno. La autora era apenas un dato pegado al título, una etiqueta que todavía no tenía rostro.
Cuando el libro llegó, pasó algo muy doméstico: por ser tan delgado, me dio miedo perderlo. No perderlo en un sentido dramático, sino en el otro, el de mi biblioteca: ese anonimato donde una portada se diluye y luego ya no vuelves a dar con ella. Por eso lo dejé a la mano, fuera del librero, como quien deja las llaves siempre en el mismo lugar para no empezar una búsqueda absurda. Además, me conté una historia cómoda: “es breve, la leo en cualquier momento”. Un relato tan corto no pide agenda, pensé. Pide un huequito. Y el huequito nunca llegó. O peor: llegaba y yo lo gastaba en otra cosa. La brevedad, que debía ser ventaja, se volvió permiso para postergar: como no exigía solemnidad, también parecía no exigir urgencia.
Hasta hoy. En el curso de Narrativa Latinoamericana del Siglo XX vi el nombre de Bombal colocado con una naturalidad que me sorprendió entre Rulfo, Carpentier y Garro, como si siempre hubiera pertenecido ahí. Realismo mágico, autores representativos, canon. Y de pronto entendí que yo llevaba meses tratando La amortajada como “un librito fácil”, cuando el programa me la estaba señalando como otra cosa: como una pieza importante dentro de una conversación mucho más amplia.
Así que hoy pensé: es el momento. No porque tenga tiempo, sino porque ya no tengo excusa. Y no: no la leí por obligación —nadie me la exigía—; la leí por la colocación. Ver a Bombal entre Rulfo, Garro y Carpentier me picó el orgullo lector, pero también la curiosidad: ¿qué está haciendo ahí? ¿Bombal como precursora del realismo mágico? La pregunta me sonó rara, casi injusta por lo que tiene de etiqueta, pero también inevitable: La amortajada apareció décadas antes de que el continente bautizara eso que después llamaría “mágico”.
Entré a La amortajada con la pregunta equivocada. Esa colocación —Bombal en el bloque del realismo mágico— me llevó a leer como quien va con detector de metales: buscando señales, lo onírico, lo fantástico, la frontera porosa entre vivos y muertos. Y mientras yo rastreaba la etiqueta, la novela estaba haciendo otra cosa. Bombal no necesita esa clasificación. Es una autora con proyecto estético propio. Tiene un sistema propio: el de una conciencia que, inmóvil, todavía escucha, recuerda y ordena el mundo.
Citas el núcleo inaugural y entiendes el pacto de inmediato: “Respetuosamente maravillados se inclinaban, sin saber que Ella los veía. Porque Ella veía y sentía.” Lo moderno no está en la premisa; está en lo que hace con ella. La novela impone una escucha rítmica desde el arranque: la lluvia cae “fina, obstinada, tranquila” y ella la escucha caer; escampa, y en el silencio aparece ese “bemol de lata enmohecida” que el viento arranca al molino. Cada golpe de aspa viene a tocar “una fibra especial” dentro de su pecho amortajado. Y cuando la lluvia regresa, no cae sobre techos ni sobre tierra: cae sobre su corazón y lo empapa, lo deshace de languidez y tristeza. Ahí ocurrió mi giro: yo iba cazando la prueba externa y Bombal me obligó a otra cosa, más incómoda y más seria. Me hizo resonar por dentro. No magia: otra forma de conciencia.
Y ese sistema se nota en la voz. Uno llega pensando en un monólogo de muerta —la rareza como truco— y se encuentra con otra cosa: Ana María habla, sí, pero no lo hace sola. Hay un narrador que la acompaña y la complementa. A ratos la deja respirar en primera persona; a ratos entra y organiza: nos dice lo que ella no alcanza a decir, lo que no quiere decir, lo que no se atrevería. El efecto no es “mágico”, sino íntimo y cruel: la conciencia se mueve por dentro mientras el cuerpo ya forma parte de la ceremonia.
En algún punto, casi sin buscarlo, me vino a la mente esa palabra que suele aparecer cuando se habla de técnicas: monólogo interior. Y, con ella, el eco de ciertas lecturas que uno trae guardadas: Woolf, Faulkner. No porque necesite colgar a Bombal de un apellido ajeno, sino porque así se siente el movimiento del libro: La amortajada no avanza, regresa. No cuenta, resuena. La historia no se despliega en línea recta, sino por oleadas: un recuerdo trae otro, una sensación abre una escena, un sonido empuja una cara. El tiempo se altera no para presumir modernidad, sino porque el duelo funciona así: a saltos, por insistencias, por repeticiones, por ritmos.
Y lo más cañón es que esa modernidad no se apoya en ideas, sino en el cuerpo. Bombal escribe la interioridad femenina no como confesión sentimental, sino como espacio de resonancia. La tristeza no se explica: suena. El deseo no se declara: se tensa. La memoria no ordena: edita. Por eso la lluvia vuelve obstinada; por eso el molino insiste; por eso cada vibración parece tocar una fibra distinta dentro del pecho amortajado. Yo entré por una etiqueta y terminé leyendo con el oído, como si la novela no quisiera convencerme de nada, solo obligarme a sentir la precisión con la que un cuerpo —incluso inmóvil— sigue siendo mundo.
Sería muy fácil leer La amortajada como el lamento de una mujer postergada por un orden masculino. Pero si algo borra la novela es la autocompasión. Lo que queda no es una mujer derrotada, sino una mujer que mira con lucidez. No desde la victoria, sino desde una forma extraña de claridad.
¡Te leo!