Hace unos años, seis, siete, no sé, no recuerdo bien, en una revistería y tienda de regalos devenida en librería que ha logrado posicionarse con éxito envidiable en un municipio considerado el más rico de América Latina, residencia de los ricos entre los más ricos, pero siempre muy reacio a las librerías, encontré en oferta el libro de un autor desconocido para mí. Aunque el tema racial estadounidense no es de mis preferidos, el precio, el premio Pulitzer con que se promocionaba y la editorial me resultaron tan atractivos que me lo traje a casa.

Al paso del tiempo, el autor y el libro, que se había perdido entre los estantes de la biblioteca, empezaron a resonar en mis entornos cercanos. Barack Obama recomendaba la siguiente novela, galardonada de nuevo con el Pulitzer. El ferrocarril subterráneo reza el título de la primera; Los chicos de la Nickel, el de la segunda. Cuando adquirí esta última me obligué a buscar su antecesora hasta que la encontré, pero no me preguntes los porqués: probablemente, de nuevo, por la cuestión racial, lo único que hice fue reunirlas y ponerlas en un estante más a la vista, esperando, supongo, sus turnos de lectura.

Por estos días, el New York Times anunciaba con gran revuelo la publicación de la tercera novela de una serie de la que no sabía nada, pero cuyo autor de inmediato me resonó: Colson Whitehead. Leí la reseña y el tema me atrajo lo suficiente para investigar la existencia en español de las primeras dos novelas de la trilogía, y aquí me tienes a punto de comentarte mis impresiones sobre El ritmo de Harlem, la primera.

¿Por qué me salté El ferrocarril subterráneo y Los chicos de la Nickel? Confieso que el género ayudó a vencer mis resistencias sobre la cuestión racial. Pensé que mi afición por la novela negra paliaría eso mismo (supongo que estoy hasta la madre de Trump). Y en cierta forma acerté, aunque no como suponía: Whitehead no diluye la cuestión racial; consigue que entre en ella por otra puerta.

El ritmo de Harlem es una novela criminal que bebe de la tradición noir y de las historias de atracos, escrita con enorme eficacia, donde Harlem resulta un escenario ideal para mostrar la violencia institucional, la corrupción y el racismo como diagnóstico social.

Ray Carney, un comerciante de muebles de Harlem, intenta llevar una vida respetable. Esa aspiración se complica cuando su primo Freddie lo arrastra a un golpe mayor: el robo del hotel Theresa, emblema del barrio y pieza central de una red de delincuencia, corrupción policial y rivalidades locales. El trasfondo es el Harlem de los años sesenta, con sus redes de poder informal, su violencia cotidiana y la presión de la lucha por los derechos civiles. La muerte de un adolescente negro a manos de la policía y los disturbios de 1964 se integran en la novela como punto de inflexión histórico y moral. No es un adorno documental: Whitehead usa ese contexto para mostrar un barrio donde el crimen, la discriminación y la política urbana se retroalimentan.

El logro de Colson Whitehead en El ritmo de Harlem no reside en romper los géneros, sino en la naturalidad con que los mezcla. Hay novela negra, atracos, historia familiar y ficción histórica, pero nunca tuve la sensación de estar cambiando de novela. A través de un narrador en tercera persona muy cercano a Ray Carney, conocemos Harlem desde las contradicciones de un hombre empeñado en considerarse respetable mientras cada vez se mueve con mayor soltura por un mundo que difícilmente podría llamarse así.

Y ahí está, para mí, uno de los mayores atractivos de la novela. Carney no es simplemente un hombre bueno arrastrado al delito por Freddie o por las circunstancias. Quiere una vida respetable, desde luego, pero también quiere dinero, reconocimiento y ascenso social. Poco a poco, la frontera entre el comerciante honrado y el hombre capaz de hacer negocios con delincuentes empieza a volverse incómodamente difusa. Lo interesante es que Carney sigue viéndose a sí mismo desde un lado de esa frontera cuando nosotros empezamos a sospechar que lleva tiempo caminando por ambos.

La novela está dividida en tres bloques temporales y Whitehead no intenta contarnos minuciosamente qué ocurre entre uno y otro. Salta, selecciona, deja pasar el tiempo. Así vemos cómo Carney cambia y cómo Harlem cambia con él. A su alrededor aparece una magnífica colección de personajes que encarnan distintas maneras de enfrentarse a la ambición, la familia, el dinero, la violencia y ese deseo tan estadounidense —y no solo estadounidense— de subir algunos peldaños en la escala social.

Harlem, por supuesto, es mucho más que el lugar donde ocurre todo esto. Tiene sus propias reglas. Hay comerciantes, joyeros, policías, mafiosos, clubes, familias que han ascendido y otras que quieren hacerlo. Y en ese mundo el dinero no basta: importa de dónde vienes, dónde vives, con quién te relacionas y quién está dispuesto a reconocerte como uno de los suyos. Whitehead utiliza el placer de la novela negra —el atraco, el peligro, los delincuentes, las traiciones— para llevarnos hacia asuntos que podrían parecer mucho menos atractivos en una novela: la vivienda, las diferencias de clase, el racismo, la subsistencia familiar y el poder institucional. Y lo hace sin dejar de contar una buena historia.

Quizá por eso terminé la novela pensando en aquellos dos libros de Whitehead que llevan años esperándome en un estante. Entré a El ritmo de Harlem porque creí que el noir, con su fatalidad, la corrupción del entorno y sus protagonistas atrapados por el pasado y la clase, me permitiría sortear mi resistencia ante el tema racial. Y descubrí algo bastante distinto: el género no paliaba el tema, paliaba mi resistencia. Whitehead consiguió que me interesara por él sin renunciar al placer de la ficción, sin convertir la novela en un alegato. El racismo, la violencia institucional y las diferencias de clase no interrumpen la historia que Whitehead quiere contar: forman parte de ella.

Ahora tengo otro problema. El ferrocarril subterráneo y Los chicos de la Nickel siguen esperándome en el librero, pero Ray Carney también me espera en Manifiesto criminal, la segunda entrega de la trilogía. No sé todavía por cuál voy a seguir. Lo que sí sé es que Colson Whitehead ya dejó de ser para mí aquel autor desconocido cuyo Pulitzer compré en oferta hace seis o siete años.