Tenía tiempo sin publicar textos sobre mis lecturas. Un poco por la carga académica, otro tanto por la indiferencia con que suelen recibirse, y un tantito más por la certeza de que con tan poco tiempo por delante, prefiero leer a escribir. Lo que me sacó de esa pausa fue una reseña en El País. Después, el algoritmo hizo lo suyo: comenzó a mostrarme referencias a El hijo del oligarca, de Patrick Radden Keefe, hasta despertar mi ansiedad por leerlo. No había leído nada del autor, aunque tengo dos libros suyos esperando turno. El problema era que el libro todavía no llegaba a México. Terminé comprándolo en Buscalibre y, durante los quince días que tardó en llegar, seguí encontrándome con recomendaciones. Cuando por fin llegó, me salté varias lecturas pendientes para comenzarlo cuanto antes.

Leí El hijo del oligarca como se lee una novela de intriga. En 2019, Zac Brettler, un joven de diecinueve años, murió en Londres al caer al Támesis; después, sus padres descubrieron que se había hecho pasar por hijo de un oligarca ruso. Al principio pensé que tenía en las manos una historia semejante a las de El adversario, de Emmanuel Carrère, o El impostor, de Javier Cercas: las tres tienen como protagonistas a individuos que construyeron una identidad falsa. Pero la investigación de Keefe alcanza dimensiones que no imaginaba. La muerte de Zac acaba por involucrar a su familia, su barrio, la ciudad de Londres, la policía, los servicios de inteligencia, organizaciones criminales rusas y británicas y hasta equipos de futbol de la Premier League. Lo que parecía la historia de un impostor se convierte en el retrato de una sociedad entera.

Esa sociedad es la del Londres del dinero, con sus apartamentos frente al Támesis y sus fortunas de origen dudoso que encuentran refugio en la ciudad. Keefe retrata un lugar donde la riqueza compra respetabilidad y contactos, y donde la frontera entre los negocios y el crimen se borra con facilidad. La impostura de Zac fue posible porque en ese mundo el lujo y el acento bastaban como prueba de pertenencia.

En México nos quejamos constantemente de la impunidad, y con razón. La lectura de El hijo del oligarca me recordó que también existe -la impunidad- en sociedades cuyas instituciones solemos considerar más sólidas. Pero no es así. En cualquier país, el dinero y el poder político pueden y suelen interferir con la impartición de justicia. El caso de Zac muestra cómo las omisiones de la policía y ciertas decisiones institucionales pueden dejar una tragedia sin esclarecer. Ante la inacción de las autoridades, sus padres tuvieron que reconstruir por su cuenta la vida secreta de su hijo y los días previos a su muerte. Y uno no deja de preguntarse cuántas familias, en distintas partes del mundo, cargan con esa misma tarea.

Los padres de Zac no estuvieron del todo solos en esa búsqueda. Keefe publicó un primer reportaje sobre el caso en The New Yorker, con el título «The Oligarch’s Son», en febrero de 2024, cuando la investigación policial ya les había dejado demasiadas preguntas sin respuesta. Fue el artículo más leído de la revista ese año y de él nació este libro. El trabajo de Keefe no resolvió el misterio ni condujo a responsabilidades penales, y aun así puso en entredicho, a la vista de todos, la actuación de la policía londinense y exhibió contradicciones y omisiones que las autoridades no habían esclarecido. Keefe hizo las preguntas que la policía dejó sin hacer.

No todo en la literatura es ficción. Gabriel García Márquez, Leila Guerriero, Elena Poniatowska, Svetlana Alexiévich, Gay Talese y Ryszard Kapuściński, entre otros, se formaron en el periodismo; Truman Capote y Norman Mailer llegaron a él desde la novela. Todos construyeron grandes narraciones a partir de ese oficio, con largas horas de investigación, observación, documentación y verificación de datos. Keefe pertenece a esa tradición, con algo del true crime: cuenta un caso real con recursos propios de la novela (construcción de escenas, caracterización de los protagonistas, manejo del suspenso), pero el relato descansa en entrevistas, archivos y documentos, como en sus libros anteriores, No digas nada y El imperio del dolor.

A diferencia de Carrère y Cercas, que intervienen como personajes en sus propias investigaciones, Keefe permanece casi siempre en segundo plano. Ordena testimonios, documentos, imágenes de cámaras de vigilancia y reconstrucciones de los hechos, y a medida que avanza aparecen pistas y contradicciones que modifican lo que creemos saber. Hacia la mitad del libro empecé a sospechar que nunca sabría qué ocurrió exactamente la noche en que Zac cayó al río. Pero no podía dejar de leer. Keefe había conseguido que mi interés por el misterio se extendiera hacia sus padres: quería acompañarlos en su búsqueda y saber cómo seguirían sus vidas después de la tragedia. El suspenso seguía funcionando, aunque ya no esperaba que el enigma se resolviera.

Leí El hijo del oligarca como se lee una novela de intriga, y al cerrarlo me quedó una incomodidad. En una novela, el enigma existe para el lector: se plantea para él y, tarde o temprano, se resuelve para él. El de este libro pertenece a los padres de Zac, que siguen sin saber qué le pasó a su hijo. Durante varios días leí con avidez sobre la peor pérdida de sus vidas. Yo pude cerrar el libro. Ellos no.

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