Introducción

Leí El túnel entre el 19 y el 20 de agosto de 2019. Supongo, porque no recuerdo nada más, que esa lectura fue provocada menos por una recomendación concreta que por la neurótica necesidad de “palomear” a un autor canónico latinoamericano. Lo llamativo vino ahora, al sacar El túnel del estante para releerlo. En la página de cortesía encontré mis anotaciones de 2019, que prefiero conservar tal como las escribí: “Que personaje tan repelente, enfermo, repulsivo, repugnante, nauseabundo, y por tanto inverosímil me resultó Juan Pablo Castel. Y qué mujer tan incomprensible, deprimida y perdida, María, para aceptar una relación de cualquier tipo con ese pintor aferrado no solo por los celos, sino por un cerebro y un corazón que no le funcionaban más que para provocar el mal. No alcanzo a comprender la fama de El túnel, ni sus aportaciones a la literatura. Trataré de reposar un poco tras la lectura para ver con cuáles sensaciones me quedo.” Esa nota fue la primera razón de mi elección: al releerla advertí que había pasado siete años reaccionando al personaje sin ver al narrador, y que esa distinción era exactamente el problema que la actividad pedía analizar. La segunda razón fue más silenciosa: tengo cuatro ediciones distintas de El túnel y ninguna otra obra de Ernesto Sabato en mi biblioteca, lo que dice algo sobre una lectura que no se tradujo en curiosidad por el autor. Esa sorpresa aumentó al recordar que El túnel suele leerse como la primera pieza de la trilogía novelística de Sabato, seguida por Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador. En mi biblioteca, sin embargo, Sabato había quedado reducido a una sola obra. Al releerlo, quise averiguar si mi incomodidad de 2019 provenía solo de Castel como personaje. Tal vez aquella nota revelaba algo más: uno de mis puntos ciegos como lector. Reaccioné ante Castel sin advertir todavía la complejidad del narrador que lo construía.

En este texto analizaré cómo Juan Pablo Castel, narrador protagonista, retrospectivo y confesional, no solo relata el crimen cometido contra María Iribarne, sino que impone una forma de percibirlo. Desde la primera línea sabemos que él la mató; por eso la novela no se sostiene en descubrir al culpable, sino en escuchar cómo ese culpable reconstruye, interpreta y deforma los hechos. La focalización interna convierte la lectura en una experiencia incómoda: no vemos el mundo narrativo de manera directa, sino a través de una conciencia que razona mucho, pero no necesariamente comprende.

Síntesis de la novela

El túnel es una novela narrada por Juan Pablo Castel, un pintor argentino que desde la primera línea declara haber asesinado a María Iribarne. A partir de ahí, Castel reconstruye el origen de su relación con ella: el momento en que María observa, durante una exposición, una pequeña escena dentro de uno de sus cuadros, detalle que él interpreta como una señal de comprensión absoluta. Esa mirada basta para que Castel convierta a María en la única persona capaz de acceder a su mundo interior.

La relación, sin embargo, avanza marcada por la sospecha, los celos y la necesidad de posesión. Castel no se limita a convivir con María: la interroga, interpreta sus silencios, duda de sus respuestas y convierte cada gesto en posible indicio de engaño. La novela culmina con el asesinato ya anunciado desde el inicio, pero su centro no está en descubrir el crimen, sino en seguir el proceso mental mediante el cual Castel lo recuerda, lo ordena y trata de justificarlo ante el lector.

Tipo de narrador y focalización narrativa

El rasgo decisivo de El túnel es que la historia no nos llega a través de una voz externa o neutral, sino por medio del propio asesino. Juan Pablo Castel es un narrador homodiegético: participa en la historia que narra. Dentro de esa categoría, ocupa además el lugar más extremo, el del narrador autodiegético, porque es también su protagonista. La distinción importa: todo narrador autodiegético es homodiegético, pero no a la inversa. Esta elección narrativa resulta fundamental: el lector no recibe una versión amplia y equilibrada de los hechos, sino la reconstrucción retrospectiva de un personaje que ya conoce el desenlace y que escribe desde la necesidad de ser entendido.

La narración en primera persona no debe entenderse aquí solo como una elección gramatical. En El túnel, el “yo” de Castel no produce necesariamente cercanía afectiva con el lector; en mi caso, incluso produjo rechazo. Su efecto principal es otro: restringe el campo de visión. Todo lo que sabemos de María Iribarne, de Allende, de Hunter y del mundo que rodea al narrador pasa por su conciencia. Esa primera persona parece ofrecernos una confesión íntima, pero al mismo tiempo impide contrastar los hechos desde otra perspectiva. La cercanía, entonces, se vuelve problemática: estar dentro del relato de Castel no significa acceder a la verdad, sino quedar sujetos a una versión obsesiva, parcial y justificatoria de los acontecimientos.

Función del narrador y efecto estético

La función de Castel como narrador no se limita a relatar los acontecimientos. Su voz organiza toda la novela como una tentativa de explicación. Desde el comienzo declara su crimen, pero esa confesión no elimina la sospecha sobre su versión; al contrario, la intensifica. Castel admite haber matado a María Iribarne, pero necesita reconstruir las razones que, según él, condujeron a ese desenlace. Por eso su narración funciona como confesión y como defensa: dice la culpa, pero también intenta controlar su sentido.

El efecto estético de esta elección narrativa es una sensación opresiva. El lector no observa a Castel desde fuera, sino que queda obligado a acompañar sus razonamientos, incluso cuando resultan desproporcionados o moralmente perturbadores. La novela produce incomodidad porque no presenta la locura como desorden absoluto, sino como una inteligencia que argumenta. Castel analiza, deduce, corrige, sospecha y convierte detalles mínimos en pruebas. Esa mezcla de razonamiento y deformación vuelve inquietante su voz: parece buscar la verdad, pero muchas veces solo confirma su propia obsesión.

La focalización interna fija refuerza ese efecto. María Iribarne no aparece como una conciencia plenamente accesible, sino como una figura mediada por el deseo y la sospecha de Castel. Él interpreta su mirada ante el cuadro, los silencios, los viajes, las respuestas y las evasivas. El lector recibe esas señales desde la conciencia del narrador, no desde una perspectiva independiente. Por eso María puede parecer ambigua, incomprensible o contradictoria, pero esa impresión forma parte del problema narrativo: no sabemos hasta qué punto conocemos a María o solo conocemos la versión que Castel construye de ella.

Análisis, interpretación y apreciación personal

En mi primera lectura de El túnel, Juan Pablo Castel me produjo un rechazo casi inmediato. Me pareció un personaje repulsivo, obsesivo y narcisista; incluso llegué a pensar que su conducta volvía inverosímil la novela. La relectura no eliminó esa incomodidad, pero sí la desplazó. Ahora no me parece que el problema sea solamente Castel como personaje, sino la forma en que su voz domina todo el relato. Sabato no pide que confiemos en Castel ni que lo justifiquemos; nos obliga a escucharlo desde dentro, a seguir el modo en que convierte una mirada en destino, un silencio en sospecha y una duda en condena.

Desde esa perspectiva, María Iribarne también cambia de lugar. En 2019 me resultó incomprensible que pudiera aceptar una relación con un hombre así. Al releer la novela desde la focalización narrativa, advierto que esa incomprensión puede ser parte del efecto buscado: María no aparece plenamente ante el lector, sino filtrada por la conciencia de Castel. Sabemos lo que él recuerda, interpreta y sospecha, pero no podemos acceder con la misma intensidad a lo que ella piensa o siente. Por eso, más que un personaje transparente, María funciona como una figura disputada por la mirada del narrador.

Mi apreciación de la novela no cambió hacia la simpatía, sino hacia la comprensión de su procedimiento. El túnel no me parece una obra poderosa porque Castel merezca comprensión, ni porque su crimen tenga alguna justificación. Su fuerza está en la construcción de una voz narrativa capaz de imponer al lector una conciencia que opera con precisión y, sin embargo, no comprende nada de lo que importa. Castel analiza, deduce y se corrige, pero esa inteligencia no lo salva; al contrario, vuelve más perturbador su encierro. La novela muestra que una mente puede ser muy racional en sus procedimientos y, al mismo tiempo, profundamente incapaz de comprender al otro.

Conclusión

La relectura no me llevó de inmediato a una admiración sin reservas ni a una simpatía tardía por Castel. También es cierto que una relectura académica no siempre favorece la reconciliación afectiva con una novela: obliga a leer con una atención dirigida, pendiente de conceptos, categorías y evidencias. En mi caso, no hizo que El túnel me “cayera mejor” en un sentido inmediato, pero sí me permitió leerlo con más justicia. Más bien me dejó una pregunta incómoda sobre mi propia lectura: si durante años mantuve cuatro ediciones de El túnel y ninguna otra obra de Sabato, quizá no fue solo por descuido, sino porque la voz de Castel había ocupado todo el espacio que yo le concedí al autor. Ahora, después de releer la novela desde el narrador y la focalización, no sé todavía si correré a buscar Sobre héroes y tumbas o Abaddón el exterminador, pero sí sé que ya no puedo reducir a Sabato al rechazo que me produjo Castel.

Esa reconsideración revela hasta qué punto el narrador y la focalización narrativa son decisivos en El túnel. La novela depende casi por completo de la voz de Juan Pablo Castel. Si la historia fuera contada por un narrador externo, por María o desde una perspectiva múltiple, el efecto sería otro. Al elegir a Castel como narrador protagonista, retrospectivo y confesional, Sabato convierte el crimen en una experiencia de lectura centrada en la conciencia del asesino. La focalización interna fija restringe el acceso del lector al mundo narrado y vuelve sospechoso todo lo que sabemos.

Por eso, el título de la novela adquiere también un sentido narrativo: el túnel no es solo la soledad de Castel, sino la forma misma de la narración. Leer El túnel es dejarse conducir por una voz que convierte su propio encierro en la única versión posible de los hechos. Esa elección confirma que el narrador no es un simple intermediario entre la historia y el lector. En esta novela, el narrador es el mecanismo central de la obra: no solo cuenta el encierro, lo produce.

Referencias

Castany Prado, B. (s. f.). Reseña de Figuras III de Gérard Genette. En Síntesis de Figuras III de Gérard Genette. Universitat de Barcelona.

Genette, G. (1989). Figuras III (C. Manzano, Trad.). Lumen.

Sabato, E. (2018). El túnel. Seix Barral. (Obra original publicada en 1948).

Serrano Orejuela, E. (2015). El narrador y sus saberes. Poligramas, 41, 47–73.

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