Eduardo Mendoza nunca me ha decepcionado. Tenía, sin embargo, la sensación de haberlo leído suficiente — hasta que hace unos días, en una vieja entrevista en YouTube, lo escuché decir algo que me dejó con la duda. Confesaba que ya no leía las críticas a sus nuevas novelas: los críticos, sin excepción, siempre terminaban concluyendo que ninguna estaba a la altura de su mejor obra. La ironía de Mendoza era impecable: si su mejor novela ya estaba escrita, ¿para qué angustiarse? Escribía, pues, sin presiones. Lo que me quedó resonando fue la pregunta obvia — ¿cuál era esa novela? La respuesta: su primera, La verdad sobre el caso Savolta. Después de buscarla con más trabajo del esperado, aquí estoy, sin arrepentirme.

No tengo buena memoria. Acabo de iniciar la ingesta de creatina para ver si me la mejora, así que no puedo, ni quiero, ni tiene sentido que compare esta ópera prima con mis otras lecturas de la extensa obra de Mendoza. Lo que sí recuerdo es que siempre me resultaron divertidas. Su ironía permanente, usada con maestría para provocar complicidad y buen humor, hacía muy amenas mis lecturas. La verdad sobre el caso Savolta no carece de esas virtudes, pero la pregunta que me quedó tras cerrarla es otra: ¿es realmente superior a las demás, o su lugar canónico se debe al momento histórico en que apareció?

Porque al investigar el certero comentario de Mendoza sobre los críticos, encontré que la recepción de la novela en 1975 fue extraordinaria. Franco acababa de morir, y la crítica celebró Savolta como el inicio de una nueva etapa narrativa: el relato recuperaba centralidad, legibilidad y energía tras años de predominio experimental. El jurado del Premio Cervantes 2016 lo confirmó en su fallo: Mendoza había inaugurado una nueva etapa en la narrativa española al devolverle al lector el goce por el relato. Sin duda, algo hay en esta novela que va más allá del contexto en que se publicó.

Han pasado 51 años. Caray. El año pasado se festejó el quincuagésimo aniversario de su publicación, y escribiendo este texto me viene al recuerdo que fue en uno de esos programas colgados en YouTube donde Mendoza comentó la anécdota sobre sus críticos y su mejor novela. Fueron varios los medios y espacios literarios que lo convocaron: entrevistas, presentaciones, mesas redondas conmemorando el aniversario. Eso confirmó que La verdad sobre el caso Savolta sigue siendo un hito en la carrera de Mendoza.

Savolta ha envejecido bien porque su eficacia no depende del momento histórico en que apareció, sino de su construcción ficcional, su ironía y su complejidad formal. Más allá de etiquetas, más allá de lo entretenida que resulta su lectura, tiene todas las condiciones para convertirse en un clásico de la narrativa en español.

La verdad sobre el caso Savolta trata sobre la imposibilidad de la verdad. En la Barcelona del pistolerismo (1917-1919), entre huelgas, atentados anarquistas y represión patronal, el industrial Savolta es asesinado. Javier Miranda, pícaro moderno y narrador pasivo, sobrevive en los márgenes de los poderosos. La novela entrelaza memorias, documentos judiciales y artículos periodísticos: un collage donde cada voz ofrece su versión. El enigmático Lepprince, asciende sin escrúpulos; Nemesio Cabra Gómez, el loco manipulador, conoce la verdad pero nadie le escucha. Mendoza construye un laberinto donde la verdad se multiplica, se corrompe y se vuelve indescifrable.

La pregunta es cómo lo logra. La novela es un rompecabezas narrativo: cuatro voces se entrelazan (memorias en primera persona, tercera persona, documentos judiciales y artículos). Mendoza usa un collage de géneros —policíaca, histórica, picaresca, folletín— e ironía para desmontar la «verdad». Los saltos cronológicos y la fragmentación te obligan a reconstruir causas y efectos. No es una novela de crimen: es un texto donde el lector avanza y retrocede, convencido de entender, hasta que la verdad se deshace en sus manos.

Al terminarla entendí mejor la ironía de Mendoza. Quizá los críticos tengan razón al señalar siempre a La verdad sobre el caso Savolta como su mejor novela. O quizá no. Después de todo, comparar una primera novela con una obra construida durante más de medio siglo parece un ejercicio imposible. Lo que sí puedo afirmar es que, cincuenta años después, Savolta conserva intacta su capacidad para atrapar al lector, hacerlo desconfiar de cada versión de los hechos y obligarlo a reconstruir una verdad que se deshace cada vez que crees haberla encontrado. Pocas novelas sobreviven así al paso del tiempo. Las que lo logran suelen recibir un nombre reservado para muy pocas: clásicos.

¡Te leo!

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