Llego a los sesenta y nueve años con toda una vida de libros cargados con mis ojos a una misteriosa plataforma cerebral a la que raramente logro acceder para extraer alguna de las lecturas almacenadas. Y, sin embargo, no por ello, sino a pesar de ello, reconozco que, ante la vastedad de lo que aún no he leído, me siento poco menos que un ignorante. Si no fuera por mi afán de paliar esa ignorancia, nunca me habría encontrado con lo real maravilloso.

Relativamente contemporáneo del Boom, lector apasionado desde muy joven de Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, y ya adulto de autores como Julio Cortázar, Carlos Fuentes, José Donoso y Elena Garro, creí durante mucho tiempo que Cien años de soledad agotaba buena parte de las posibilidades con que la literatura latinoamericana había explicado su singularidad ante el mundo.

Sabía, desde luego, quién era Alejo Carpentier. Incluso tengo algunos de sus libros en mis estantes. Lo que nunca había hecho era leerlo. Mucho menos detenerme a pensar que detrás de esa obra existía una formulación distinta, casi una toma de posición estética e histórica: lo real maravilloso. Por eso agradezco la oportunidad que me da este curso: no solo porque me permite acercarme por fin a El reino de este mundo sino porque me obliga a reconocer que, aun después de toda una vida de lector, todavía existen territorios fundamentales de la literatura latinoamericana que apenas comienzo a descubrir.

Durante años pensé que el realismo mágico era la gran contraseña de la literatura latinoamericana. Bastaba mencionar pueblos donde llovían flores, mujeres que ascendían al cielo o muertos que seguían conversando para sentir que uno había entendido algo esencial de nuestra narrativa. Pero al encontrarme con Carpentier descubrí que lo real maravilloso no opera igual. El realismo mágico introduce lo extraño dentro de una realidad reconocible hasta volverlo cotidiano; Carpentier, en cambio, parte de la sospecha de que América ya era desmesurada antes de ser escrita. No necesita agregarle magia. Le basta mirar de frente la historia, las revoluciones, las creencias religiosas y ciertas formas del poder para encontrar ahí algo que desborda las categorías con que normalmente intentamos explicarlo todo. Tal vez por eso, mientras el realismo mágico produce asombro, lo real maravilloso deja una inquietud distinta: la sensación de que la realidad americana ha sido siempre más excesiva y más contradictoria de lo que alcanzamos a admitir.

El reino de este mundo cuenta la historia de Haití desde los años finales de la esclavitud colonial francesa hasta el desencanto de la libertad prometida por la Revolución. La novela sigue la mirada de Ti Noel, un esclavo que presencia la rebelión encabezada por Mackandal y Bouckman, la caída del dominio blanco y el surgimiento y caída de un nuevo poder negro bajo Henri Christophe. Pero Carpentier no narra esos hechos como una sucesión histórica. Lo que muestra es más incómodo: los esclavos conquistan la libertad, pero esa libertad termina reproduciendo nuevas formas de opresión. El poder cambia de mano y la historia avanza solo para regresar a otra versión de la misma violencia. Ahí está el centro de la novela: la esperanza revolucionaria y la fe colectiva chocan contra una condición humana que convierte el poder en dominación.

Carpentier no cuenta esa historia con una prosa transparente ni documental. La trabaja con un estilo denso, sensorial, de frases cargadas de cuerpos, tambores, animales, sangre, sudor y fuego. Su escritura avanza como crónica histórica, aunque de pronto adquiere una respiración mítica, oral, donde lo narrado parece surgir más de la memoria colectiva que del archivo. Carpentier no explica el prodigio, lo incorpora al ritmo mismo de la narración. La metamorfosis de Mackandal, el vudú y la violencia del poder no aparecen como episodios aislados, sino como parte de una misma textura verbal. Lo real maravilloso no está solo en lo que ocurre, sino en la forma de contarlo: una prosa barroca, física, capaz de convertir la historia en leyenda sin desprenderla de su realidad material.

La novela se construye como una sucesión de episodios que atraviesan distintos momentos históricos, más interesada en el movimiento de la historia que en el desarrollo psicológico de los personajes. Ti Noel funciona como una conciencia que atraviesa épocas y regímenes: esclavitud, revolución, imperio, decadencia. Mackandal, Bouckman y Henri Christophe no están construidos desde la psicología; son fuerzas simbólicas, políticas y religiosas. Incluso cuando alcanzan una dimensión épica, la novela los devuelve al desgaste del tiempo y a la corrupción del poder. Esa estructura fragmentaria y circular refuerza la sensación central: los regímenes cambian, los nombres se transforman, pero la dominación reaparece bajo nuevas formas.

Uno de los grandes aportes de El reino de este mundo está en la forma en que obliga a mirar la historia de América Latina desde otro lugar. La novela no convierte Haití en un escenario exótico ni exagera sus acontecimientos para producir asombro. Basta seguir el recorrido de Ti Noel, la figura de Mackandal o el ascenso y caída de Henri Christophe para sentir que la realidad histórica del Caribe rebasa continuamente las categorías con que solemos ordenarla. Lo real maravilloso resulta ser, entonces, no una fantasía añadida a la realidad, sino una manera distinta de percibir una historia marcada por la violencia, las creencias colectivas y las transformaciones del poder.

Cuando empecé a leer El reino de este mundo, me hice una pregunta casi instintiva: ¿qué tenía que ver un autor cubano con la historia de Haití? La respuesta apareció durante la lectura, y fue más reveladora que cualquier dato biográfico: Carpentier no escribió sobre Haití a pesar de ser cubano, sino porque era caribeño. Entendió que esa historia —la de unos esclavos que conquistan su libertad y descubren que también la libertad puede convertirse en cadena— no era solo haitiana, sino americana, en el sentido más incómodo del término. Ahí encuentro uno de los aportes de la novela: mostrar que el Caribe no ocupa un margen pintoresco dentro de la historia latinoamericana, sino un lugar donde esa historia se vuelve más visible, más violenta y más difícil de explicar con categorías cómodas.

Esa misma lectura del Caribe permite mirar también los límites del Boom latinoamericano como fenómeno editorial: seleccionó, amplificó y canonizó ciertos nombres mientras dejaba fuera a otros que escribían con igual profundidad. Jacques Stephen Alexis, haitiano y contemporáneo de Carpentier, exploró el mismo territorio mítico e histórico del Caribe negro con ambición literaria comparable; murió ejecutado por Duvalier en 1961 y el canon hispanohablante nunca lo incorporó, en parte porque escribía en francés, en parte porque Haití seguía siendo una periferia incluso dentro de la imaginación latinoamericana. Lydia Cabrera, cubana, documentó la cosmovisión afrocaribeña con una sensibilidad narrativa que el propio Carpentier admiraba y que la crítica del Boom atendió mucho menos. El problema no fue la falta de calidad literaria, sino la desigualdad de circulación: ciertas obras, lenguas y zonas culturales quedaron menos visibles dentro de la imagen internacional que el Boom terminó construyendo de América Latina.

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