Después de la intensa lectura de Los escorpiones, sumada a las lecturas académicas, hoy lunes me sentía cansado, con ganas de leer algo corto y diferente. Estoy a la mitad de las memorias del editor, escritor y traductor Enrique Murillo, pero no andaba de humor para seguir leyéndolas, así que me acerqué a la mesa donde se encuentran algunas de mis más recientes adquisiciones y tomé dos libros breves y distintos: Comerás flores, de la joven escritora española Lucía Solla Sobral, y Primer amor, una clásica novela breve del autor ruso Iván Turguénev. Me decidí por la segunda y no me arrepentí.

Otra confesión: es mi primera lectura de Turguénev. A la literatura rusa del XIX me asomé, como muchos, en mi juventud temprana y la abandoné, hasta ahora, que se ha vuelto a poner de moda —sobre todo Dostoievski— gracias a los BookTokers. Ellos me llevaron a leer recientemente El jugador y me dejaron con el deseo de leer pronto Los hermanos Karamazov, que no leí en aquellos ya lejanos años. Y aquí estoy, después de una lectura de dos horas, satisfecho con mi elección e intentando escribir sobre lo que dejó, para ver si te animas a leerla.

En la literatura rusa del siglo XIX, Turguénev ocupa un lugar peculiar: queda entre la energía ideológica de Dostoievski y la monumentalidad moral de Tolstói, aunque después de leerlo, me parece que su fuerza parece venir de otro lado: de una prosa menos programática, más abierta a la ambigüedad y a la observación psicológica. Quizá por eso fue el primero de los grandes narradores rusos en ser leído y celebrado ampliamente en Occidente. Lo entendí apenas empecé: no exigía conversión ni sacudida; bastaba dejarse llevar.

Primer amor sigue a un narrador adulto —Vladímir Petróvich—, que recuerda un episodio decisivo de su adolescencia: la irrupción de una joven fascinante —Zinaída— en una casa de campo rusa, y el desconcierto emocional que provoca en él y en quienes lo rodean. A partir de esa experiencia, Turguénev construye una historia breve sobre el despertar del deseo, la admiración, los celos y la forma en que un primer enamoramiento puede dejar una marca duradera en la memoria.

Turguénev distribuye con precisión los cuatro personajes que sostienen la novela: Vladímir, Zinaída, el padre y la madre, con una presencia discreta que aporta una nota de vulnerabilidad y resignación al núcleo familiar. Vladímir es un adolescente sensible que vive su primer deslumbramiento como una experiencia total; Zinaída, magnética y ambigua, domina la escena con una mezcla de gracia, capricho y opacidad; el padre introduce la dimensión de la autoridad, admiración, rivalidad y la zona más dolorosa del recuerdo; y la madre, desde su silencio y su impotencia afectiva, completa el clima de tensión doméstica que ensombrece el despertar amoroso del protagonista.

Primer amor está escrita con una delicadeza poco común: Turguénev prefiere la insinuación al énfasis, la memoria al arrebato, la observación psicológica al juicio. La novela avanza con un tono melancólico y contenido, donde cada gesto, cada silencio y cada vacilación emocional pesa más que cualquier gran escena.

La voz del narrador adulto tiene algo muy particular: mira el pasado con distancia, pero sin frialdad. Hay ironía leve, ternura y una tristeza que nunca se vuelve melodrama. Uno de sus aciertos está precisamente ahí: en la brecha entre lo que el adolescente no alcanza a comprender y lo que el narrador adulto ya sabe, o al menos intuye, desde el recuerdo. En vez de explicar a los personajes, Turguénev los deja revelarse por sus movimientos, sus contradicciones y el efecto que producen en el protagonista. Esa contención le da a la novela una claridad sorprendentemente moderna.

Uno entra a Primer amor esperando quizá una historia breve sobre el descubrimiento sentimental de un adolescente, y sale con algo más incómodo: la sensación de haber leído una pequeña anatomía de la pérdida de inocencia. Porque el deseo, en Turguénev, no llega limpio ni simple. Llega mezclado con jerarquías, humillación, poder adulto, desconcierto y memoria. Por eso la novela, sin levantar la voz, permanece.

¡Te leo!

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