
El año pasado leí sobre “Los escorpiones” en El País, así que lo compré. Cuando lo tuve en mis manos pensé que era improbable que algún día lo leyera. Un tocho de 800 páginas, escrito por una autora joven a la que no conocía salvo por una o dos reseñas y algunas menciones en redes sociales, no parecía tener peso suficiente para saltarse cientos de libros que aún no he leído y que, sin duda, quisiera tener tiempo de leer. Pero en abril pasó algo curioso. Las expectativas alrededor de la próxima novela de Sara Barquinero, “La chica más lista que conozco”, me parecieron tan desproporcionadas que volví a buscar “Los escorpiones” y me puse a leerlo.
Se me complicó escribir sobre el impacto que me provocó esta lectura. No ocurre muy seguido que la primera novela de una autora desconocida te deje con la convicción de estar ante una escritora que no escribe como promesa, sino como presencia. Me ha ocurrido pocas veces en este siglo. Tengo muy presentes a Jonathan Franzen, Elena Ferrante y Karl Ove Knausgård: tres autores que descubrí ya de adulto y que me produjeron esa misma impresión de estar ante autores cuyas obras están llamadas a ocupar, con el tiempo, un lugar entre los clásicos del siglo XXI.
“Los escorpiones” pertenece a esa categoría incómoda de libros que no se dejan reducir a su argumento. La conspiración funciona como trama, pero también como mecanismo de supervivencia: el trabajo mental de quienes ya no soportan que el caos sea simplemente caos. Ahí está una de las trampas más eficaces de la novela: uno empieza leyendo desde afuera, con cierta distancia ante el delirio de los personajes, y poco a poco descubre que también está buscando patrones, aceptando vínculos improbables, buscando, queriendo que todo encaje.
El punto de partida es reconocible. Sara y Thomas son dos jóvenes marcados por el agotamiento —la depresión, la adicción, el rastro digital de una relación que no terminó de cuajar— cuando el suicidio de un contacto virtual los arrastra hacia una red de sospechas. Alguien, en algún lugar, estaría manipulando conciencias a través de libros, videojuegos y música. La secta tiene nombre: Los escorpiones. Y desde ese instante la novela ya no trata de si la conspiración es real, sino de qué hace una mente rota cuando por fin encuentra una explicación que lo abarca todo.
Lo que Barquinero construye a continuación avanza por cortes, desvíos y regresos: la Italia de los años veinte, el sur de Estados Unidos en los ochenta, Madrid, Bilbao, Nueva York, un pueblo de la España profunda. La dispersión no es puro ornamento. Cada cambio de lugar y de época amplía la misma inquietud: cuando la realidad se vuelve inhabitable, cualquier conexión puede parecer una salida. Las líneas narrativas se cruzan con la lógica de los hilos en un tablero de corcho —cada conexión parece revelar algo, cada revelación abre otra pregunta— y en ese movimiento perpetuo el lector termina experimentando, desde adentro, la misma inquietud que atrapa a los personajes.
Sara y Thomas funcionan menos como caracteres psicológicos convencionales que como síntomas. Su investigación sobre Los escorpiones es simultáneamente una búsqueda de sentido y un sustituto de comunidad: paranoica, destructiva, pero comunidad al fin. En eso reside la inteligencia más fría del libro. Barquinero no parece condenar a sus personajes ni ofrecerles redención; más bien los sigue en su búsqueda de sentido, como si asumiera que la necesidad de creer en algo —en lo que sea— es una respuesta humana al vacío, no una simple falla moral. Que esa creencia conduzca al abismo es, en su visión, casi inevitable.
Lo más perturbador es que la conspiración nunca resulta del todo inverosímil. Barquinero la mantiene en esa zona liminal donde el delirio y el diagnóstico se vuelven indistinguibles, y ahí la novela deja de ser intriga y se vuelve experiencia. Por momentos parece un thriller, pero su tensión está en otro sitio: en la manera en que Barquinero convierte la soledad contemporánea en una experiencia de lectura.
¿Qué es Los escorpiones? La crítica ha señalado que es un libro que dialoga con algunas de las grandes novelas del siglo XX y XXI: con “Ulises” de Joyce, con “2666” de Bolaño, con la densidad narrativa de Foster Wallace. Pero creo que también es otra cosa: un libro que no habla del agotamiento; lo administra, lo reparte, lo vuelve duración. Internet no aparece como tema, sino como una manera de percibir: saltar, conectar, sospechar, perderse.
Barquinero entiende que, en el siglo XXI, la literatura ya no puede limitarse a contar historias. También tiene que preguntarse cómo reconstruir la atención de un lector acostumbrado a verlo todo en una pequeña pantalla. La cultura —la música, los videojuegos, los libros— no aparece aquí como un refugio sencillo, sino como una zona de combate. Los personajes se aferran a un disco de Radiohead o a una referencia de Twin Peaks como si ahí pudiera quedar todavía una forma de sentido. Y quizá queda.
Al llegar al epílogo, después de recorrer esas ochocientas páginas, uno entiende que la novela no busca un cierre redondo, sino una resonancia final. Lo que queda no es tanto una solución como una inquietud: la sensación de que el libro terminó sin dejar de trabajar dentro de uno. “Los escorpiones” aspira con claridad a ocupar un lugar en la literatura más exigente, porque convierte en forma narrativa las obsesiones, el cansancio y la incertidumbre de su tiempo.
Y ahí está, para mí, la verdadera sorpresa: haber leído una novela enorme escrita por alguien que domina, con una seguridad poco común, los recursos de la gran narrativa. Barquinero sostiene ochocientas páginas, mueve voces, épocas, registros, intrigas, documentos, músicas, videojuegos y obsesiones sin que el libro pierda tensión ni intensidad. Hay autores que tardan media vida en aprender a manejar una novela así; y aun entre ellos, son pocos los que lo consiguen. Ella lo hace con una naturalidad que desconcierta. Por eso terminé el libro con una admiración que no tenía prevista: la de quien siente que acaba de encontrarse con una novelista mayor.