“La mejor voluntad”, de Jane Smiley

Extraordinaria novela, corta, muy corta, que narra la asombrosa historia de los Miller: Bob, Liz y el pequeño Tom, que desafiando toda lógica capitalista, viven una utópica vida en su paraíso, con ingresos menores a los 400 dólares anuales, a base de intercambios con sus vecinos, sin electricidad, sin automóvil, sin agua corriente, en una casa del siglo XIX, reconstruida, junto con sus muebles y enseres, con sus propias manos, en un estilo de vida orientado a la auto sustentabilidad.

No hace mucho comenté las dos novelas que he leído de esta extraordinaria escritora: “La edad del desconsuelo” y “Un amor cualquiera”, esta, una novela intensa, atrevida, compleja y realista que me marcó hondamente y me llevó a reflexionar sobre la ruptura de los lazos que unen a los matrimonios, muy parecida a “La edad del desconsuelo”, corta, extraordinaria y compleja; relevante y realista, que te cuestiona sobre que tan feliz o infeliz eres, y que tanto consuelo requieres para seguir adelante.

Jane Smiley (1949-), autora estadounidense, ganadora del Premio Pulitzer en 1992, nacida en California; maestrante y doctorada por la Universidad de Iowa, ha publicado 13 novelas, y gracias a la labor de Sexto Piso, la estamos conociendo a cuenta páginas, pero sin perder la esperanza, esperando con paciencia que continúen con su extraordinaria labor de acercarnos a la obra de Smiley.

Escrita en 1989, la “La mejor voluntad” transcurre durante esa década y los temas que nos plantea continúan vigentes, porque temas como la educación de nuestros hijos o la relación que sostenemos con el medio ambiente, provocan aún ásperos debates.

La novela nos cuenta, en voz de Robert “Bob” Miller, el orgulloso y habilidoso marido de Liz y padre de Tom, la idílica vida familiar que han logrado construir a base de una Fe a prueba de balas por la auto sustentabilidad, donde sus talentos individuales se conjugan para crear un estilo de vida, que en apariencia, resulta cuasi perfecto, paradisiaco.

Bob cosecha y cria lo que consume la familia, diseña, construye y mantiene todo: la granja, los muebles, los cobertizos, la huerta, los jardines, y cuando necesita dinero en efectivo, trabaja para sus vecinos o intercambia animales, frutas, vegetales y lo que se pueda para conseguirlo. Liz, su mujer no se queda atrás: cocina en una estufa de leña, teje, cose, hila la lana de sus borregos, y cómo de que no, hasta cocina, adereza y enlata conservas. Y ambos comparten la crianza y la educación de Tom, de siete años, un niño obediente, educado y trabajador como sus padres, siendo el único de los tres, que abandona diariamente la granja para asistir a la escuela.

Y es precisamente en la escuela cuando empiezan a manifestarse algunas alarmantes señales en el comportamiento de Tom, que advierten, que apuntan, que perfilan, a que quizá, para nuestra tristeza, no existe ninguna posibilidad de lograr, de alcanzar, de conseguir ese estado ideal, bucólico, impecable que los Miller han construido con mucho trabajo y con mayores dosis de idealismo.

A mi me afligió observar cómo las certezas de los Miller, se desmoronaban ostensiblemente cuando confrontaban sus ideales y obsesiones por alcanzar una vida sencilla y austera, con las necesidades, las carencias, que ni siquiera alcanzan a identificar con claridad, de su hijo Tom, penurias que se reflejan inesperadamente por un comportamiento arrebatado, sorprendentemente agresivo que exhibe contra la única compañera de color de su grupo escolar.

Gran novela corta. Intensa, que te encara, te confronta, te reta a reflexionar tus conceptos, nociones, ideas sobre la educación de los hijos. Yo que ya pasé por ese trance, recordé las dificultades que implicó la preparación de nuestra descendencia. Y creo que aprendí que las normas y límites, horarios, tareas, y obligaciones no pueden imponerse a nuestros hijos por igual.

Valores como la colaboración en equipo, la del esfuerzo, la constancia, la frugalidad y la disciplina son necesarios, pero no suficientes. No basta “La mejor voluntad”, ni los besos, los abrazos y grandes dosis de comprensión. La novela de Jane Smiley nos confirma que difícilmente recibimos la mejor educación para convertirnos en padres. Somos frágiles y vulnerables, y a pesar de nuestra mejor voluntad, nuestros sueños, anhelos y aspiraciones puede desmoronarse con un imperceptible toque de la vida. ¡Te leo!
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