“Un amor”, de Sara Mesa

He leído a Sara Mesa (1976). Me gusta su literatura, pero esa no fue la razón para salir el sábado a primera hora rumbo a la librería a recoger su nueva novela, “Un amor”, que había separado el día anterior por Internet. El País acababa de publicar los resultados de la votación en que participaron cien críticos literarios, escritores y periodistas. “Un amor” había sido la obra más destacada del 2020, la numero uno, y yo sentía la innecesaria urgencia por hacerme de ella.

Sara Mesa, madrileña radicada en Sevilla; periodista y novelista; también ha publicado poesía y relatos cortos. Incursionó recientemente en el ensayo. Ya había sido finalista en el Premio Herradle del 2013 con una novela que no he leído “Cuatro por cuatro”, y Premio Ojo Crítico de Narrativa 2015 con “Cicatriz”.

La nota sobre la votación de El País, más lo corta de la novela (185 páginas) que lo advertí cuando la tuve en mis manos, me empujó a iniciarla nomás llegando de la librería. Dejé el libro que acaba de empezar la noche anterior (mira que es Flaubert), para entregarme a la lectura de “Un amor”, con curiosidad, pero con la certeza que no me equivocaría, convicción concedida por la lectura de sus últimas dos novelas, que las evocaba como buenas.

Las primeras páginas de “Un amor” nos ubican en un poblado de nombre La Escapa, un villorrio rural, desolado (¿la España vacía?), yermo, cuya planicie solo es rota por un insignificante montículo llamado El Glauco, a donde llega Natalia, la protagonista de la novela.

No sé si resultado de la desvelada que me cargaba, de la prosa de Mesa, o la propia introducción a la historia de Natalia, pero la lectura me transportó a un ambiente de consciencia onírica, que, disculpen el sacrilegio, me recordaba la atmósfera de Comala, el fantasmal pueblo de la novela de Juan Rulfo.

Natalia llegó a La Escapa buscando -¿huyendo?- un cambio laboral: de empleada como traductora comercial a traductora literaria de free lance. Pronto hace comunidad y alterna con la chica de la tienda; con Píter, el Hippie, artista del vidrio; con los Gitanos; con sus vecinos de El Chaletito, una pareja joven con dos hijos; con Joaquín, el marido de Roberta; y prueba a integrarse a la colectividad, visitando el Bar del Gordo.

Vamos percibiendo algunas de las obsesiones de Natalia: la inquietante y perturbadora relación con su casero; su vínculo afectado con Sieso, su perro, de naturaleza un tanto cuanto extraña en un can; la deteriorada casa que arrendó, origen, germen, raíz, motivo, causa y razón de su chocante, extraño, e inapropiado comportamiento, que producirá el drama: la confrontación soterrada, la hostilidad de y con sus vecinos.

Es con Andreas, el Alemán, quien le demostró sensibilidad y delicadeza al momento en que lo necesitaba, y quién le propuso de manera muy respetuosa un intercambio que resolvió parte de los problemas que agobiaban a Natalia, con quien forja una relación que, en ojos de los vecinos, resulta sospechosa, extraña, rara, peculiar por expresarlo de una forma delicada, mientras que para ellos, para Nat y Andreas, todo había cambiado de rango, todo era un desorden.

Nat inicia un duro y doloroso proceso de introspección: ¿cómo interpretar lo que sucedió? ¿Era necesario llegar tan lejos para arreglar unas goteras? ¿Busco solo la manera de justificarme? ¿Estoy atada a esta casa, a este caserío, a mis vecinos? Como diría nuestro Juan Gabriel: ¿Pero qué necesidad?

Fascinación y desconfianza, escozor y deseo, ansia y vértigo, ¿sexo, solo sexo? Y Natalia piensa, se cuestiona, se justifica, se frustra, y se siente humillada; y observa a Andreas, lo registra, lo analiza, lo mira dormido, y se inquieta, y se rinde ante la imposibilidad de descubrir lo que el alemán guarda detrás de sus párpados.

Inquietante, turbadora, desconcertante la exigencia de una correspondencia que busca ansiosamente Natalia, mientras se desliza, cae a un abismo emocional víctima de… a mi no me queda claro, o más bien, no quiero caer en un análisis psicológico chambón, torpe o chapucero sobre la desconexión que percibo en Natalia.

Fascinante e intensa la novela corta de Sara Mesa. Existen tantas hipótesis como diferencias en la relación entre una mujer y un hombre: expectativas, incomunicación, inadaptación, intransigencia, confusión, incertidumbre, indiferencia. “Un amor” no me pareció una novela romántica, sino una historia sobre el desasosiego que produce el amor ¡Pero soy hombre! Mejor, las leo!
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