“Agnes Grey”, de Anne Brontë

Sé que la ópera prima de la menor de las Hermanas Brontë nunca alcanzó los niveles de reconocimiento que las de sus hermanas mayores. “Agnes Grey” se publicó bajo el seudónimo de Acton Bell en 1847, y fue recibida con frialdad, a diferencia de la novela de su hermana Charlotte, “Jane Eyre”, que alcanzó cierto nivel de popularidad, mientras que “Cumbres borrascosas”, de Emily, provocó fuertes controversias.

Anne fue la menor de los seis hijos de Patrick Brontë, clérigo de origen irlandés, y de María Branwell. Sus hermanos mayores fueron María (1814) y Elizabeth (1815), nacidas en Dewsbury, Charlotte (1816), Branwell (1817) y Emily Jane (1818), todos ellos nacidos en Thornton.

En 1820, su padre fue nombrado rector del hoy famoso Haworth, pueblo de los páramos de Yorkshire, donde la familia se trasladó a vivir y los hermanos comenzaron a crear su fantástico mundo, escribiendo las historias de los reinos imaginarios de Angria, de Charlotte y Branwell, y Gondal, propiedad de Emily y Anne.

Anne Brontë (1820-1849) falleció víctima de la tuberculosis, al igual que su hermano Branwell y su hermana Emily, que fallecieron un año antes, Alcanzó a escribir otra novela “La inquilina de Wildfell Hall”, que por el tema -alcoholismo y violencia de género- generó cierto rechazo.

¿Qué les puedo comentar sobre “Agnes Grey”? La leí entre sentimientos encontrados: al principio, quería dejarla, pero no podía. Cada página consideraba: “¡Hasta aquí llegué!, pero mas me tardaba en pensarlo, que en recapacitarlo, leyendo el siguiente párrafo. Y es que me daban ganas de zarandear, zurrar, reprender, a los hijos de sus insensatos, inconscientes, groseros e irresponsables padres… puestos bajo el cuidado de Agnes.

La novela se lee, y se lee fácil además. Es buena, y tan bien contada, que te enojas, exasperas, indignas, enfureces, y tienes que calmarte, porque en estas épocas, como en la que ocurre la novela, no es políticamente correcto corregir a los niños groseros, maleducados, patanes, impertinentes, descarados e insoportablemente insolentes.

Narrada en primera persona por Agnes, hija de un vicario y una bella mujer, que al casarse por amor renunció a su herencia familiar, cuenta sus vicisitudes como institutriz, profesión que abrazó por vocación, y por razones económicas, pues su padre, víctima de una inversión especulativa, terminó sin ahorros y sujeto al escaso salario de los hombres de Iglesia.

Interesante reflexión sobre la educación. La actitud de muchos padres no ha cambiado: piensan que los maestros son los responsables de educar a sus hijos, delegan en ellos toda la responsabilidad; pero ¡cuidado! basta que al mentor se le ocurra exigir, corregir, reprender a su pequeño monstruo, para que los progenitores, presas de ataques histéricos, utilicen todo su poder para desacreditarlo y exigir a la institución su despido.

Y es que vaya niños malcriados, vaya niñas chifladas, mimadas y poco racionales las que le tocaron en suerte a Agnes. Pero igual: que padres tan desobligados e irresponsables, culpables de las conductas crueles, indisciplinadas, latosas, irrespetuosas, burlonas, temperamentales, antipáticas de sus querubines, verdaderas hijas de sus $%#!¿ padres. No quiero ni nombrarlas para no recordarlas.

No todo fueron corajes. Cuando Agnes conoce al Sr. Weston, la novela entra en otra dimensión. El sutil proceso del enamoramiento de Agnes, esa lenta apertura de su corazón para permitir al amor asentarse en él, la manera en que nos involucra, al mostrarnos tus temores, sus tormentos, sus versos, sus pensamientos, sus alegrías y aflicciones, lo que nos conduce a otras sensaciones, a otros sentimientos, menos desagradables, y quizá, hasta cursis, aunque considerar a Agnes romántica, sería poco menos que una falacia desproporcionada.

Historia realista, didáctica e ilustrativa de una época; novela corta, narrada con una prosa sin ñoñerías, afectaciones ni sentimentalismos por Agnes, que nos enseñó que no todo era mansedumbre en ella: sus observaciones, llenas de humor, ironía y sarcasmo ocupaban sus pensamientos, y en ocasiones, también sus respuestas, ante los desmanes de padres e hijas.

Lectura que recomiendo ampliamente, y que me provocó el deseo de buscar la otra novela de Anne Brontë, “La inquilina de Wildfell Hall”, que espero encontrarla y leerla el próximo año. Los leo!
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