“La hija de la española”, de Karina Sainz B.

Con un inicio poderoso, “La hija de la española” te atrapa. Intensidad, seriedad, tristeza, orfandad: “Enterramos a mi madre con sus cosas: el vestido azul, los zapatos negros sin cuñas y las gafas multifocales. No podíamos despedirnos de otra manera”.

El año pasado leía reseñas, reportajes y comentarios de todo tipo sobre “La hija de la española”, de la venezolana Karina Sainz Borgo; el contrato de su ópera prima, que se había cerrado en la Feria del libro de Frankfurt, aún sin publicarse en español, ya tenía comprometidas veintitantas traducciones.

Yo la busqué sin encontrarla, hasta que me olvidé de ella. La semana pasada, hurgando en la librería, me la encontré, y aproveché para platicar con Rafael, mi librero, sobre mi búsqueda infructuosa, porque en mi tierra, aunque tardan en llegar las novedades, raramente se agotan.

Rafa me comentó que en Monterrey, una ciudad antaño industrial, de presente filibustera, ubicada al norte de México, la novela se puso de moda en varios círculos de lectura, integrados en la mayoría por señoras de la clase media y alta, y por eso desapareció por cierto tiempo de los estantes. Tengo una ligera sospecha del por qué de ese inusual interés.

Historia que se ubica en la Venezuela (entre Caracas y Ocumare, puerto costeño venezolano) de Chavez-Maduro, esa Venezuela posterior a 1999, y cuenta la historia de Adelaida Falcón, de 38 años, que acaba de perder a su madre, víctima de una larga enfermedad – así nos enfrenta a las condiciones del sistema de salud pública y privada – y que con su orfandad, pronto tiene que enfrentar otras pérdidas, estas materiales, pero no por ello, menos significativas.

Hija única de madre soltera, comprende que el “mundo tal y como lo conocía, había comenzado a desmoronarse”. Karina, con una prosa firme, dura, seca, potente, a ratos con un tono de panfleto, nos presenta un país destrozado, hundido en la abyección, la vileza y la desesperanza, donde “Todos nos convertimos en sospechosos y vigilantes, travestimos la solidaridad en depredación”.

El departamento de Adelaida es invadido y requisado por un grupo de mujeres comandadas por “la Mariscala”, “una presencia camuflada en el desorden y el caos, protegida y alimentada por la Revolución”. Buscando refugio, después de haber sido agredida por la invasora, llega al departamento de su vecina, Aurora Peralta, la hija de la Española, donde se enfrenta a otra conmoción, que sin embargo, le puede transformar su suerte.

Adelaida, siempre temerosa y dubitativa, blandengue, incluso, arañando la pusilanimidad, tiene que enfrentarse sola a la serie de infortunios, donde la coloca su creadora, siempre en el papel de víctima pesimista y sin esperanza, pero que le permite aludir a la delincuencia, a la violencia, a la corrupción que azota a su entorno: “Los días se parecían más a la intendencia de una guerra que a la vida..”.

Todo lo vemos a través de sus ojos, todo lo que escuchamos, es por su voz. Adelaida Falcón, personaje central, cuyo protagonismo es casi absoluto, y por tanto, la única visión que tenemos sobre lo que sucede, es la suya.

Quizá Karina Sainz pretendió solo hacer literatura, escribir una novela; pero por momentos, me pareció que la autora no logró dejar atrás su militancia política y sus evidentes deseos de denuncia.

O quizá, muy probablemente, no milite en ningún movimiento, pero el dolor, la represión, la catástrofe política, económica y social que advierte le ha ocurrido a su patria, sumado a los duros efectos del exilio, fueron sentimientos imposibles de evadir durante la escritura. No soy nadie para minimizarlos. Los trasmitió, con tanta pasión, ira, vehemencia y desproporción, que sentía leer una novela distópica.

Historia estructurada a base de idas al pasado, y regresos al sombrío presente. Novela de desarraigo, de pérdidas, de todo lo que se puede desvanecer: la identidad, la familia, el hogar, la paz.

Lectura que cuando menos a mí, me obligó a matizarla, buscando el equilibrio, que sentía perder, quizá por desconocer de la realidad, o por el pesimismo, o la exageración de Adelaida, único punto de referencia durante la lectura.

Concluyendo, si tienen otras lecturas retrasadas, mi recomendación sería: pónganse al corriente. “La hija de la española” para mí, resultó una decepción, quizá, por las altas expectativas que me crearon sobre una novelista que recién inicia.
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