“Noche sagrada”, de Michael Connelly

Leer las novelas de Connelly, sobre todo las de la saga de Harry Bosch, es parecido a la convivencia con un amigo, al que ves muy seguido, al que estimas, con quién te encanta pasar el rato en el bar, o salir a correr todas las mañanas; y que mientras te tomas un tequila, o trotas a su lado, atiendes a sus historias, la mayoría, repetidas, pero que con su talento narrativo, basta un ligero giro, para que la recibas como si nunca la hubieras escuchado.

He leído muchas novelas de Bosh; he visto todas las temporadas de la serie televisiva, y es tan grande mi apego a sus historias, que cuando me siento un poco cansado, o requiero un descanso activo para mi cerebro, exhausto de literatura un poco más, digamos compleja, perturbadora, o simplemente exigente, inmediatamente lo busco.

Lealtad, camaradería, aprecio, apego, lo que quieran gusten y manden, pero mientras Connelly continúe contándonos las aventuras de Harry, yo seguiré leyéndolas. Hemos envejecido y compartido la vida los últimos, ¿qué les gusta: 20 años? Algo cercano a eso, así que definitivamente, nos consideramos viejos camaradas.

En “Noche sagrada”, mi buen Harry, en el semi retiro (¿qué pensaría un nuevo lector que se iniciara en la saga con esta novela? ¿Cómo formarse una imagen correcta de Bosch? ¿habrá nuevos lectores de la saga Bosh?), se encuentra aferrado en resolver (pro bono) el asesinato de Daisy Clayton, una adolescente prostituta, ocurrido 9 años atrás.

Su obsesión lo lleva a ofrecerle una habitación (así de buena gente es Harry) a Elizabeth, la madre de Daisy, una drogadicta en otro de sus períodos de recuperación, a quien la aflige un lacerante y merecido sentimiento de culpabilidad por la muerte de su hija. Obvio, a Maddie, la hija de Harry, no le cae en gracia el arreglo hogareño, y poco a poco opta por arraigarse en su cuarto universitario, para evitarse la incomodad que le provoca la presencia de la room mate de su padre en su hogar.

Harry recibe la ayuda inesperada de la detective Renée Ballard, del turno nocturno de la División de Hollywood, caída en desgracia por haber presentado una queja por acoso sexual contra un superior. La falta de apoyo, el vacío al que la han condenado sus compañeros, unido a un fuerte sentido del deber y la justicia, la impulsó a unirse a Harry en la búsqueda del asesino de Daisy.

Como sucede siempre -en L.A. hay demasiados asesinatos como para que un detective dedique el cien por ciento de su tiempo en la solución de solo uno- , tanto Bosch como Ballard ocupan su horario laboral en la solución de otros casos, digámosle vigentes, y periféricos al que los obsesiona, que es el de Daisy Clayton. Este recurso de Connelly sirve para revelarnos la dinámica cotidiana de las diferentes comisarías que integran el famoso, enviciado y desmesurado DPLA.

El autor estructuró la novela intercalando secciones para contar las actividades habituales de Renée y Harry, retando al lector a descubrir si algunas de esas investigaciones se relacionan con el caso de Daisy. Hay uno especial, donde se involucra un policía corrupto y un informante de Bosh, que ofrece el arco de tensión necesario, que quizá no mantiene la búsqueda de un asesino que lleva 9 años suelto.

Porque no hay orden en una investigación de asesinato: una mujer es asesinada brutalmente con un cuchillo en la trastienda de su negocio y el caso se cierra en un día. Una chica es secuestrada en la calle y asesinada, y pasan nueve años sin una pista de su asesino. Pero hay policías buenos, como Bosch, como Renée, que no descansan hasta enviar a los homicidas tras las rejas.

Un buen par de detectives, varios robos y homicidios rápidamente resueltos, una peligrosa pandilla, que le pone precio a la cabeza de Harry Bosch, un clandestino y vengativo “escuadrón de la muerte” policial tratando de impedirlo, y un asesinato irresoluto. ¿Qué más queremos, para descansar leyendo, que una buena novela policíaca?
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