“Poeta chileno”, de Alejandro Zambra

“Ser un poeta chileno es como ser un chef peruano o un futbolista brasileño o una modelo venezolana” nos cuenta Zambra a través de Pru en una parte de la novela, además de que “son curiosamente más famosos que los narradores y hay muchos narradores que escriben novelas sobre poetas. Son como héroes nacionales, figuras legendarias”, aunque “algunos son mejores llenando los formularios de las becas que escribiendo poemas”, le dijo un poeta, con bastante mala leche a Pru.

Después de la angustia, del desasosiego que me provocó la novela de Emmanuel Carrère “Una semana en la nieve”, con la lectura de “Poeta chileno” de Alejandro Zambra pasó todo lo contrario: generó calma y tranquilidad, acompañada de mucho gozo y entretenimiento, a pesar, o gracias a, atender temas serios como la paternidad, la familia y la vocación de poeta, ¡poeta y chileno!

Gracias a los videos de YouTube, esos donde los escritores nos presumen de sus bibliotecas, conocí la de Zambra y su mujer. Tomé nota mental porque me cayó muy bien, y cuando me encontré en la librería con “Poeta chileno”, no dude para comprarlo, pensando que descubriría a un nuevo escritor.

Pensaba que no había leído a Alejandro Zambra. Pero ya iniciada la lectura de “Poeta chileno”, algo me hizo clic, y comprobando en el BookBuddy, advertí que en el 2014 leí “Formas de volver a casa”, y que además, me había gustado, y mucho. Leer solamente una novela y seis años de distancia pueden provocar olvidos, aunque sean inmerecidos.

Alejandro Zambra (1975), chileno, poeta, cuentista, guionista, ensayista y novelista ha escrito 5 novelas, 2 libros de relatos, 3 de Ensayo y 2 guiones. Galardonado con 5 premios por sus libros, actualmente vive en México desde donde lanza una mirada entre nostálgica, irónica y crítica al ambiente literario chileno.

“Poeta chileno” se divide en 4 partes: en las primeras dos nos cuenta la historia de amores, encuentros y desencuentros entre Gonzalo y Carla, y entre Gonzalo y Vicente, el hijo de Carla, fruto de un rápido e imprudente remojón del cochayuyo entre León y Carla.

En la tercera, nos encontramos con Vicente, de 18 años y aspirante a poeta, enamorando a Pru, una joven y bella periodista estadounidense, que llega a Chile a escribir sobre el ambiente lírico chileno, sorprendiéndose de que, abajo de cada piedra, encontraba a un poeta. La cuarta parte es sobre dulces reencuentros, nostálgicas despedidas, muchas gozadas, como las de uno, que como lector, disfrutó todas y cada una de las páginas de “Poeta chileno” al máximo.

Dicen que dicen los chilenos, que no serán campeones mundiales de futbol, pero a cambio, han ganado dos premios Nobel: Gabriela Mistral y Pablo Neruda. Sin duda tierra de poetas, pues también son chilenos Nicanor Parra, Vicente García-Huidobro, Pablo de Rokha, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn y decenas, quizá, cientos más. No logré identificar a todos los citados en la novela, aunque supongo que a Zambra les cambio el nombre, como para evitarse problemas.

Independientemente de la valía de la novela, me encantó el habla de los chilenos: son fomes, chuchetas, pololean, tiran pinta, dan la lata, huevean, se ven la raja; gilculiados, caleta de frío, sacos de hueva, amarmelados, caídas de catre. Espero que no piensen que nosotros hablamos como el Chavo del Ocho.

Novela sobre la familia, las funcionales y las que no; de los amores y desamores; de la paternidad, repartida entre padre y padrastro; ironía, humor, pasión por la poesía, vocación, sentido de identidad y grupal; sobre los géneros y las generaciones; sobre la amistad y la rivalidad. 421 páginas me resultaron pocas, escasas, insuficientes para contener tanto amor por la literatura.
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