“De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami

Libro de memorias, ensayo literario sobre el maratón, crónicas de sus carreras y entrenamientos, reflexiones sobre las similitudes entre su profesión de escritor y su pasión por el deporte de alto rendimiento, “De qué hablo cuando hablo de correr” es un libro recomendable para corredores, pero también para los que nos gustan las historias sobre los procesos, las maneras de trabajar de nuestros escritores favoritos.

Yo llegué a la literatura de Murakami por insistentes recomendaciones de mi hermana Marcela. La primera novela que leí fue “Al sur de la frontera, al oeste del sol” y ocurrió no hace mucho, apenas en el 2008; considero que esa novela, junto con “Kafka en la orilla” bien valen un Nobel, aunque reconozco que si algo he aprendido durante todos estos años es que Murakami es un autor un tanto cuanto controvertido. Pero bueno, mi primer acercamiento a su obra me impactó tanto que de ahí me seguí hasta los dos tomos de “La muerte del comendador.

Haruki Murakami (1949-), el escritor, me inspira. Sus novelas me abrieron puertas que tenía cerradas sin saberlo, o que sencillamente me eran desconocidas, aperturas que me guiaron hacia lo más profundo de mi yo íntimo. No sé en qué consiste su magia, de cuáles trucos o herramientas se vale, o si se trata sencillamente porque su nacionalidad o su cultura milenaria es tan diferente a la mia, pero no tengo duda de que por momentos, logro una conexión con sus historias como con pocos escritores.

Cuando leí “Al sur de la frontera, al oeste del sol” acababa de dejar los 40’s y me sumergía, un poco perdido y desorientado en mis cincuentas. La historia del protagonista cuarentón que se mira a sí mismo y no le gusta nada de lo que ve, me caló de manera profunda. Y de eso trata en ocasiones la buena literatura: de confrontarte contigo mismo mientras lees, de obligarte a ver, reconocer y enfrentar tus más íntimos miedos, de profundizar en tus entrañas buscando materializarlos para intentar vencerlos. Por eso y muchas razones más leo a Murakami.

La primera ocasión que leí “De qué hablo cuando hablo de correr” me dirigía por carretera a Lubbock Texas para intentar completar mi primer medio Ironman. El libro, además de material de lectura, era una herramienta de motivación, de inspiración, que llevaba como si fuera un mantra. Era finales de junio del 2010, el Mundial de Fútbol en Sudáfrica estaba entrando a la fase de eliminación directa, y el domingo de la competencia, 27 de junio, México se enfrentaba en octavos a Argentina y era eliminado 1-3, mientras yo, completaba feliz como una lombriz, mi primer 70.3. Ese logro, sumado a la compañía de mis compañeros de aventura, mitigaron bastante el dolor provocado por la derrota del Tri.

Releí el libro de Murakami porque a principios de año me decidí a intentar de nuevo terminar un Ironman, teniendo muy claro que no será nada fácil. Desde el último que terminé, el primero de diciembre de 2013, han pasado un poco más de 8 años; además, ya cumplí 64, y los últimos 7, cuando menos, los pasé sin hacer nada, pero nada de ejercicio; sucesos ocurridos los últimos meses y la pandemia que tanto nos abrumó el año pasado me impulsaron a finales de enero a abandonar el marasmo deportivo y salir, primero a caminar, para poco después, ya teniendo claro en la mente mi meta, empezar el largo proceso cuyo objetivo final es culminar mi quinto Ironman, en Cozumel en el 2022.

Escrito con esa belleza formal que crea con su prosa sencilla y directa, “De qué hablo cuando hablo de correr” es un libro que recomiendo a los que les gusta correr mucho y leer poco; a los que les encanta leer mucho y correr nada y a los que les gusta leer y escribir lo suficiente y les sea indiferente todo lo demás. A los “haters” de Murakami, quizá les ofrezca una oportunidad más para justificar sus odios pasionales, mientras que yo lo tendré muy cerca durante los meses por venir, porque si las novelas de Murakami me inspiran como hombre, “De qué hablo cuando hablo de correr” me infunde ánimos, energía, buena vibra y ganas de partir de nuevo en la búsqueda de mis límites. ¡Te leo!

“Una sala llena de corazones rotos”, de Anne Tyler

Novela pausada, la historia que nos cuenta Anne Tyler sobre Micah Mortimer, un informático -así se nos decía en los 80´s- me resultó un bálsamo, un calmante, una lectura relajante, muy adecuada, sobre todo después de la lectura de la novela de Rosario Castellanos, “Rito de iniciación”, que me significó otro tipo de ánimo como lector.

No tenía ni una sola referencia ni de la novela ni de Anne Tyler. La compré animado por conocer una nueva autora, por la editorial y por el almibarado título. Tampoco tenía en mente leerla tan pronto; hay novelas en espera en mis libreros, pero como la tenía a la mano por haber llegado unos días atrás a casa, y después de leer la entrada de la contraportada, me decidí, apostando a su brevedad y que el tema me era afín.

Anne Tyler (1941-), norteamericana, residente en Baltimore desde 1967, donde ha ambientado la mayor parte de sus novelas, es una escritora conocida y reconocida cuando menos en los Estados Unidos. Prolífica novelista, ha publicado más de 20 novelas, ha sido galardonada con el Premio PEN/Faulkner, el National Book Critics Circle y el Premio Pulitzer. Ha publicado literatura infantil, relato corto y varias de sus obran han sido adaptadas al cine y a la televisión.

Micah es un soltero en sus cuarenta, que vive solo en el sótano de un edificio de departamentos que además, administra; y lo hace con el mismo celo, eficacia, eficiencia y suficiencia con la que gestiona su departamento. Graduado en informática, ha formado una pequeña cartera de clientes a los que les resuelve diversos problemas que tienen con sus ordenadores, celulares y todos los dispositivos tecnológicos que cargamos en nuestras actividades cotidianas. Su microempresa es conocida por el sugerente nombre de “Tecnoermitaño”.

Personaje metódico, sistemático y cuidadoso, ha hecho del orden y la limpieza su divisa. Y ordenado, programado y cuadrado es en todos los aspectos de su vida. Huérfano de padre y madre, es querido y apreciado por sus dos hermanas, sus cuñados y sus sobrinos, que constantemente hacen burla de sus manías y peculiaridades, entre la que resalta su incompetencia, su torpeza, su total ineptitud social. Hazte de cuenta un Sheldon Cooper, sin su IQ, pero con su mismo déficit de empatía: es incapaz de entender y responder a los mensajes emocionales de los demás.

Entendible así su soltería, ha pasado por varias relaciones sentimentales, que terminan sin que nuestro protagonista logre explicarse a bien las razones. Al inicio de la historia, vemos que ha establecido con Cassia, una entregada maestra, de “treinta y muchos”, una unión que le funciona relativamente bien, hasta que concurren dos sucesos -Cassia es amenazada con el desalojo de su casa, y a Micah se le aparece en su hogar Brink, un joven que piensa que pudiera ser su hijo- que parecen provocar un leve desequilibrio en su vida.

Mientras observas la habilidad de Micah para resolver las decenas de problemas que diariamente le presentan sus clientes e inquilinos y te desesperas, asombras y consternas con su carencia de inteligencia emocional -No dudes de que el tipo te va a caer bien desde el principio-, esperas un milagro que no ocurre y Micah no se desvía de sus rutinas, porque Micah no lo requiere y terminas acompañándolo y disfrutando de su compañía, comprendiendo que Micah es más que sus manías, que es un hombre educado, atento, amable, servicial y solidario.

“Una sala llena de corazones rotos” es una novela corta que me gustaría que no hubiera acabado tan pronto. Historia encantadora, tierna, que te atrae con ese magnetismo máximo con que se aproximan dos imanes con polos diferentes; relato extraordinario sobre vidas ordinarias, donde te reconoces, te encuentras y compartes sentimientos, sensaciones, emociones en la cotidianidad de vidas como las de Micah, sus familiares, sus clientes y vecinos.

Novela fascinante que te hipnotiza, escrita con una estructura sin complejidades, una prosa sutil y delicada y un tipazo como protagonista, lo que te conduce a disfrutar de su lectura desde un estado de calma, de placidez, sin sobresaltos y sin extremos, como sencillas, familiares, naturales y cotidianas son las anécdotas que nos relata. Voy a buscar más Anne Tyler, si ya la conoces ¡Te leo! Y sí, no, también.

“Lo que fue presente”, de Héctor Abad Faciolince

Después de “El olvido que seremos”, a Héctor Abad Faciolince le perdono todo, incluso las novelas y libros de relatos que siguieron, publicaciones que no alcanzaron los niveles del maravilloso libro-homenaje a su padre, obra que le otorgó un extenso y merecido reconocimiento, texto que traspasó las fronteras idiomáticas.

Razones tendrá para decidirse a publicar sus diarios en vida, escritos, según él, con otras intenciones: sí, para leerse, pero no para publicarse. Advertidos que, “contienen poco o nada de su vida pública, porque ni la tenía; se nutren casi siempre de mi vida privada, y no omiten partes de mi vida secreta”, sus diarios te permiten conocer su miedo de fracasar como escritor, sus infidelidades, sus inseguridades como padre y marido, su fobia social, sus batallas por ganarse la vida en trabajos tan ajenos a sus aspiraciones.

Héctor Abad Faciolince (1958-), colombiano, graduado de Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín, Italia, ha escrito novela, poesía, ensayo, traducciones, críticas literarias y “El olvido que seremos”. Y no lo escribo como sarcasmo o ironía. Es por admiración y agradecimiento. Cuántos escritores quisieran haber publicado un libro, uno solo, que tocara las fibras emocionales de sus lectores como lo consiguió Abad Faciolince.

Escribir diarios es una actividad popular. Desde muy pequeños, casi casi desde que aprendemos a escribir, muchos de nosotros empezamos a transcribir una bitácora de nuestro día a día. Como sucede con el coleccionismo, tan popular en la infancia, son pocos los que persisten en la dura disciplina que se requiere para continuarlos; parecerá cliché, pero los más persistentes en la tarea, terminan relacionados con el mundo literario.

Frente al tocho “Lo que fue presente”, con más de 600 páginas, vale preguntarse: ¿Por qué leemos diarios? ¿Qué buscamos en la lectura de un texto no creativo, un registro fragmentario sobre la vida de un autor más o menos conocido? ¿Por qué leer los de un escritor como Abad Faciolince, que al escribirlos, aspira, según el mismo confiesa, a “durar después de la muerte mediante las huellas de mis letras”?

En mi caso, que leo por puritito gusto, porque siento predilección por las biografías, autobiografías y diarios de escritores. Sin talento, imaginación ni vocación como autor, prefiero ejercer de lector para vivir, a través de la lectura, pero sin tanto sufrimiento, la vida de los escritores, la mayoría de las ocasiones, dura, tan ingrata, que terminas agradeciendo tu déficit vocacional.

Leí con agrado el tocho de Abad Faciolince. En Mazatlán, de visita a mi madre, que no veía desde enero del año pasado, el escenario se prestaba para lecturas largas; el puerto sinaloense es ideal para la lectura reposada, plácida y relajada de la vida de un escritor que aprecias por un libro entrañable, emotivo, enternecedor, francamente conmovedor e inolvidable.

Los diarios concluyen antes de la publicación de “El olvido que seremos”; la última entrada se registra el 8 de septiembre del 2006, cuando Abad recibe una llamada desde Berlin de Gabriel Iriarte, informándole que el manuscrito final de “El olvido que seremos” “Le gustó muchísimo. Que es un libro bello, conmovedor, que lo sacudió como lector y como colombiano”.

Diarios alimentados por la vergüenza, escritos en momentos de tristeza, de inseguridad, de desasosiego; confesiones que desnudan a un hombre que será todo, menos un santo. Textos que transpiran honestidad, que recopilan una serie de fracasos, de penosas derrotas, que convirtieron a Abad en el hombre que hoy es. Escritos plagados de culpa, deseos sexuales, vacilaciones, perplejidades, miedo y amor.

Bien escritos, los diarios de Héctor resultaron una agradable lectura. Testimonio sobre una vocación que no permite dudas ni desviaciones, escritos “en vivo”, diríamos hoy, a diferencia de las memorias y las autobiografías, que son más recuerdos y evocaciones de tu pasado, que sensaciones, emociones y sentimientos de lo que se vive al momento; Abad ha mencionado que sus diarios eran los sustitutos de confesores y psicoanalistas, y tiene razón: por momentos parecen bacinicas donde se deshace de sus deshechos.

No tengo certeza sobre la viabilidad de que Héctor se convierta en un escritor clásico, leído por las generaciones por venir. Es un escritor solvente, que relata correctamente historias, principalmente, de corte intimista y que escribió una obra entrañable, llena de amor filial, una maravillosa novela de No Ficción en homenaje a su padre asesinado, con lo que obtuvo reconocimiento, certeza, seguridad, y mi fidelidad como lector. ¡Te leo!

“Rito de iniciación”, de Rosario Castellanos

Complicada, extraña, rara, una novela para los entendidos sobre la obra de Rosario Castellanos; leer, y sobre todo terminar de leerla, me resultó una experiencia muy enrevesada, intrincada, una especie de lucha libre a ras de la lona, de mucho forcejeo, donde cada recurso literario que aplicó Castellanos, me obligaba, en una especie de contra llave, a trabajar arduamente para descifrarla, para salirme de la trampa de la anti novela a donde me quería llevar.

Fue en “Casa del caracol”, una pequeña y hermosa librería ubicada a 30 pasos de Plaza Machado, en el centro histórico de Mazatlán, donde me encontré con la novela de Rosario Castellanos en una edición de DEBOLS!LLO. No soy experto en la obra de Castellanos, es más, solo he leído por encima algunos de sus poemas en una recopilación de su obra poética editada por el Fondo. “Rito de iniciación” es mi primera novela que le leo.

La leí animado por otra coincidencia. En la misma librería me encontré una edición de “Nada”, hermosa obra de iniciación con la cual Carmen Laforet ganó el Premio Nadal 1944 y que disfruté hace tiempo. No te encuentras en cualquier librería mexicana a Castellanos y Laforet juntas, y mucho menos, dos novelas que coincidente tratan el tema de una joven provinciana que en los 40´s del XX, llegan a la gran ciudad a estudiar letras.

No pretendo comparar las novelas, solo señalar las coincidencias que me llevaron a iniciar la lectura de “Rito de iniciación”, porque la verdad, si no hubieran ocurrido, no me hubiera animado. La fama de Rosario Castellanos como escritora “poco fácil, … no difícil, no densa o críptica: poco fácil”, como la describe Libia Brenda Castro en su Guía de lectura de la obra, ya me era conocida, y después de la lectura de los diarios de Héctor Abad Faciolince, se me antojaba leer a Edna O´Brien o Anne Tyler, cuyas novelas cargué a Mazatlán.

Escrita a mediados de los 60´s del XX, y publicada en los 90´s, la novela tiene una historia editorial muy interesante, que la descubrí al terminarla; al final, el libro tiene un apéndice de Eduardo Mejía titulado “El libro de Rosario Castellanos que no se perdió”, que me hubiera encantado haberlo leído al inicio, junto con la Guía de lectura de Lidia, pues creo que me habrían proporcionado más herramientas para enfrentar su lectura sin tantas asperezas.

“Rito de iniciación” cuenta la historia de Cecilia, hija única de una familia provinciana de “abolengo”, venida a menos, que es enviada por sus padres a la Ciudad de México para “recuperarse” del abandono de Enrique, su novio, una ruptura que sirve como detonante para justificar el viaje de Cecilia, pues no mostraba signos de mayores ambiciones o de rebeldía contra un destino manifiesto: casarse, tener hijos y dedicarse a su familia.

Ya en la capital, e influenciada por su padre, decide estudiar Historia en la UNAM, pero en pleno proceso de inscripción, otro postulante, Sergio, pretensioso e híper mamón aspirante a escritor, la convence de estudiar literatura; así, en un abrir y cerrar de ojos, de un momento a otro, Cecilia cambia de idea y se convierte en estudiante de Letras, en la Facultad de Filosofía y Letras.

“Rito de iniciación” terminó sometiéndome. Sí, complicada lectura, por la estructura, por los recursos narrativos – una narradora en tercera persona que va y viene, compartiendo la narración con otra, en primera, para expresar los íntimos pensamientos de Cecilia-; los diálogos largos y cansados; y un estilo, que por momentos me parecía rebuscado y grandilocuente.

Y sin embargo, lo que me sedujo, lo que me ató a la lectura, fue su vigencia; los temas que trata la novela, que ocurren en los 40´s, escritos en los 60´s y publicados a finales de los 90´s del siglo pasado, continúan tan imperantes, tan actuales, tan vigentes en la segunda década del XXI, que quedas entre asombrado y conmovido.

Rosario Castellanos no quiso publicar “Rito de iniciación”. De hecho, anunció su destrucción. Una copia apareció dos décadas después del terrible accidente que terminó con su vida y sus herederos decidieron publicarla. A pesar de todo, me siento feliz de haberla leído. Si te la encuentras, te recomiendo leas los textos de Mejía y Castro que se encuentran al final de la novela. ¡Te leo!

“Y líbranos del mal”, de Santiago Roncagliolo

Sin alcanzar a decepcionarme por completo, siento que la más reciente novela de Santiago Roncagliolo me quedó a deber. Un tema potente, polémico y complejo: los abusos sexuales al interior de la Iglesia Católica del Perú, y la desintegración de una familia, conservadora, racista, clasista, católica radical, derivada del vínculo del padre con el escándalo de abusos sexuales de menores, pienso yo, daba para más. Y por favor, tenme paciencia, trataré de explicarme.

He leído a Santiago desde el 2006, cuando fue galardonado con el Alfaguara de Novela por su obra “Abril Rojo”. “Pudor”, “La pena máxima”, “Tan cerca de la vida”, “Óscar y las mujeres”, “La noche de los alfileres” son algunas de las novelas que leí con agrado. También recuerdo un libro de ensayo o crónica periodística sobre Abimael Guzmán y Sendero Luminoso titulado “La cuarta espada”.

Esperaba pues de buen ánimo “Y líbranos del mal”, después de casi cinco años sin leerlo. Santiago Roncagliolo (1975-), nació en Lima, Perú y En su carrera ha explotado todos los géneros para contar historias. Su obra ha sido traducida en más de veinte idiomas. Como periodista ha escrito una trilogía de historias reales sobre el siglo XX hispanoamericano: la ya citada “La cuarta espada”, “Memorias de una dama” y “El amante uruguayo”. Como creador u guionista, ha desarrollado películas y series. Sus libros infantiles han recibido los galardones White Raven y Barco de Vapor.

Una familia estadounidense, radicados en Brooklyn, inmigrantes peruanos, con una cabeza, Sebastian, ejerciendo un férreo patriarcado sobre su mujer y su hijo, Jimmy, de 17 años, nuestro narrador y protagonista, que a pesar de desconocer la patria de su padre, es enviado a Lima a cuidar a su abuela, Mamá Tita, quien es todo un personaje: abierta y orgullosamente racista, clasista y rabiosamente católica.

Sebastian es un meritorio descendiente de Mamá Tita. Comparte sus prejuicios de clase y su rígido catolicismo. Trabaja como administrador de la iglesia catedral católica en Brooklyn, a la cual se entrega incondicionalmente. Su único contacto con Perú, a donde jamás regresó, era a través de la visita anual de su Mamá Tita durante las navidades. Es serio, taciturno, pero esposo y padre responsable, distante, poco comunicativo, determinante, pero afectuoso.

En Lima, Jimmy advierte, percibe y se entera de inquietantes murmuraciones sobre el pasado de su padre. Su deseo de conocerlo a fondo, de saber la verdad, de comprender la resistencia de Sebastián a involucrarse con su patria y con los peruanos, lo impulsa a indagar, averiguar, fisgonear por aquí y por allá, y como el que busca, encuentra, termina tropezándose con una oscura historia sobre abusos sexuales a adolescentes en Sodalicio, una comunidad laica fundada por Gabriel Furiase, un hombre carismático y manipulador, en la cual su padre ocupó un papel de liderazgo.

¿Por qué mencioné que Santiago me quedó a deber en “Y líbranos del mal”? Por que no se decidió a ahondar en las víctimas, ni en las familias, y tampoco en la institución Católica. Pasaban las páginas, se acercaba el final de la novela, y desconocía a los perjudicados, no alcanzaba a vislumbrar un recuento integral de sus daños. Temas como los secretos de familia, la relación entre un padre y su hijo único, el significado de ser inmigrante también se tocaban solo de refilón.

Puro seducir con pistas, nuevos personajes, pequeñas sorpresas, intrigándonos y en ocasiones, sobresaltándonos un poco pero…Y es que terminé quedándome con la impresión que el autor optó con centrarse con una historia marginal: una especie de triangulo entre tres personajes -Sebastian, Daniel y Furiase- enredados en una relación de celos y venganzas.

La novela es leíble, bien escrita, narrada en primera persona por Jimmy, un personaje bien desarrollado en su papel de adolescente curioso, terco, insolente, enfrentado con su padre. Con un ritmo de menos a más, sin alcanzar las cotas de un thriller, “Y líbranos del mal” es una novela ligera, complaciente, mojigata, por lo que no entiendo la resistencia de Carlos Slim a su distribución en sus Sanborns. ¡Te leo!

“El invencible verano de Liliana”, de Cristina Rivera Garza

Celebración y denuncia, exigencia y recordatorio, duelo y purificación. Escrita desde la aflicción, “El invencible verano de Liliana” es un texto que evoca la vida breve de Liliana Rivera, la hermana favorita de la autora, víctima de feminicidio en una época donde la muerte violenta de las mujeres por razones de género aún no estaba tipificada.

El feminicidio de Liliana no acabó solo con su vida. Como todos los delitos de su tipo, sus efectos repercutieron a sus padres, a sus familiares, a sus vecinos, a sus compañeros y a Cristina Rivera Garza, la hermana mayor, que acudió, treinta años después de su muerte, a sus cuadernos, apuntes, notas, cartas y agendas, intocables durante esos años; a los testimonios de sus amigos más cercanos; a conversaciones con sus padres y familiares, para construir un poderoso relato sobre la vida de una mujer “brillante y audaz”: su hermana preferida.

Debo confesar de que a pesar de que tengo varias novelas de Cristina, incluyendo su última, ”Autobiografía del algodón”, nunca la había leído. Compraba sus novelas con la expectativa de leerlas; además, la consideraba un poco… paisana regiomontana, pero… en fin, así me pasa y me pesa. Abrí “El invencible verano de Liliana” por el tema: soy padre de dos hijas; además, la mayor, abogada, ha dedicado su vida profesional al tema de los derechos de la mujer. Pero la terminé porque me era imposible dejarla; culpable: el talento narrativo de Cristina.

Cristina Rivera Garza (1964-) es mexicana, novelista, traductora y crítica literaria. Maestra universitaria, es fundadora del Doctorado en Escritura Creativa en español en la Universidad de Houston. Autora de novelas como “La cresta de Ilión”, “La muerte me da” y “Ningún reloj cuenta esto”; ha escrito relatos y ensayo. Galardonada con varios Premios como el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y el Roger Caillois, radica desde los 90´s en los Estados Unidos.

Dice Cristina Rivera en un ensayo titulado ¿Nos olvidan los muertos?”, publicado por Letras Libres en su reciente número de Junio del 2021 que “Los muertos nos conminan, por su mera presencia física, en tanto memoria vuelta materia, a la práctica ética de recordar, de tenerlos presentes, de volverlos presente”. Y precisamente es lo que logró Cristina con “El invencible verano de Liliana”: acercárnosla, traérnosla a este 2021, cuando lesionada por una tendinitis en el hombro, dejó la natación y en lugar de nadar, se puso a escribir este hermoso testimonio.

El relato de Cristina inicia en Azcapotzalco, un municipio industrial de la Ciudad de México cuando veintinueve años, tres meses, dos días después de la muerte de Liliana, decide acudir ante la justicia mexicana para solicitar una copia completa del expediente de investigación sobre el feminicidio de su hermana, quien fue asesinada el 16 de julio de 1990 en su pequeño departamento, ubicado en la Calle Mimosas 658, colonia Pasteros, Delegación Azcapotzalco.

Desconozco si existe un infierno peor que el burocrático judicial mexicano. Desde ahí arranca Cristina su paciente -se requiere mucha para lidiar con nuestra burocracia- reconstrucción de la vida de su hermana y lo hace con mucho amor y profundo dolor, aún en un proceso de duelo que no termina por sanar, que te conmueve, te emociona, te acerca, te involucra, te identifica.

Cristina utiliza el material escrito por su hermana: notas, apuntes, recortes, planos, cartas, casetes, agendas y cuadernos para procurar intuir, comprender, reconstruir, penetrar a su mundo íntimo, y en una labor detectivesca, localiza a sus amigos más cercanos de su etapa universitaria para recoger sus testimonios, y así, junto con conversaciones con sus padres y con algunos de los familiares que estuvieron más cerca de Liliana sus últimos años, ofrecernos un texto de una extraordinaria belleza que igual que te lastima, te deslumbra e ilumina.

“El invencible verano de Liliana” es una celebración que surge después de un duelo de muchos años; es una exigencia de justicia para que el proceso de sanación se complete; es la recuperación de la vida de una mujer, de apenas veinte años, apasionada de la literatura, el cine, la arquitectura y el rock que termina dándole voz a miles de mujeres, víctimas como ella, que ni se olvidan ni nos olvidan. ¡Te leo!

“Devastación”, de Tom Kristensen

Vaya pasmosa, asombrosa sorpresa que me llevé con la novela de Tom Kristensen, un autor que me era total, completa y absolutamente desconocido, cuya novela, “Devastación”, publicada originalmente en 1968 y editada en español por Errata natura 50 años después, me sumergió en un reto lector, del cual emergí saturado, colmado de sensaciones encontradas, después de atravesar por diversos estados, que pasaban de la conmoción al asombro, sacudido con tanta fuerza, que me obligaba a poner toda mi concentración en la lectura.

“Devastación” me la encontré arrinconada entre cientos de libros en la sección de Literatura Universal. Tomo único, lo compré más por curiosidad que por otras razones, y no de primer impulso. Cuando lo vi, lo saqué del estante, medio leí la sinopsis, lo dejé y seguí recorriendo la librería. Media hora después, ya en la fila para pagar, inquieto con lo que no llevaba en las manos, me salí, crucé la librería y regresé por ella. De vez en cuando mis intuiciones son muy afortunadas.

Autor danés nacido en Londres, Tom Kristensen (1893-1974) fue poeta, novelista, crítico literario y periodista. Es una de las principales figuras literarias danesas de la generación posterior a la Primera Guerra Mundial. Además de “Devastación”, su novela más reconocida, publicó tres libros de poesía y numerosos textos autobiográficos o de viajes.

Diez días me llevó su lectura. Normalmente una novela de 650 páginas me toma la mitad de ese tiempo. Pero “Devastación” no es una novela fácil. Es más, a ratos me incomodaba y la tenía que dejar. Pero créeme: ni por asomo era por fastidio, cansancio, aburrimiento. Pausaba la lectura, pero ansiaba regresar a ella.

La historia de la auto degradación de Ole Jastrau, un crítico literario en sus treinta, que trabajaba en uno de los diarios más importantes de Dinamarca me tenía atrapado, subyugado, pero a la vez, anhelando un poco de sosiego. Testimoniar su descenso a los infiernos, rehén del alcohol; atestiguar su caída gradual pero inexorable, su desamparo, su decadencia, no me resultaba fácil de digerir.

Nos encontramos en Copenhague, en los años 20 del siglo pasado. Ole, casado y con un hijo, vive una vida aburguesada y rutinaria de clase media reseñando libros para el periódico Dagbladet, hasta que una noche, un viejo conocido del ambiente nocturno y un joven desarrapado, hijo de un reconocido poeta, irrumpen en su casa en busca de refugio, pues la policía los busca por cuestiones políticas.

La extraña, rara, muy chocante influencia que el joven, poeta como su padre, ejerce sobre Ole, lo conduce a cuestionarse el sentido de su vida, considerándola vacía y sin incentivos; a objetar su monotonía, a sacar a flote su insatisfacción con su vida matrimonial, a mostrar su amargura, su desencanto; y palpas la maestría de Kristensen para crear esa ambientación, esa atmósfera, entre bohemia y decadente que arrastra a Ole, y a nosotros junto con él, hacia la destrucción de su vida.

Insisto: lectura incómoda, extraña. Por momentos me identificaba con el protagonista, para inmediatamente después considerar sus reacciones como inmaduras, por no decir francamente inverosímiles. ¿Sería debido a mi absoluta ignorancia sobre Dinamarca y la cultura danesa? ¿Brecha generacional, además de cultural? Ese vacío emocional de Ole, ese intenso y acusado deseo de hundirse, de destruir su vida matrimonial, familiar, profesional me provocaba sensaciones ininteligibles.

Relatada con una prosa medida, seca, producto, creo, de una excepcional traducción; con un narrador distante, muy frío, que prefería mostrar más que explicar o resumir, lo que ralentizaba el ritmo del relato, utilizando los diálogos y las acciones, evitando reflexionar sobre las razones, dejándonos a los lectores la tarea de ponderar, especular, meditar, deducir, comprender, adivinar las causas, motivos y sin razones del proceso autodestructivo de Ole Jastrau, “Devastación” es, aunque cueste su lectura, una gran novela.

Sé que habrá lectores que podrán considerarla cruda, lenta, cansada, excesiva en el número de páginas, inverosímil e incomprensible las acciones y reacciones de los personajes, y no soy nadie para contradecirlos ni desmentirlos. A mí, a pesar de lo que me costó su lectura, me fascinó. Descarnada, inquietante, molesta, retadora, “Devastación” me supuso un gran descubrimiento.

Retrato de una cultura y una época desconocida, su lectura me confrontó con muchos de mis demonios, pues funcionó a manera de espejo y lo que vi, pudo disgustarme. “Devastación” es, sin duda, una novela sobresaliente, notable, realmente relevante. ¡Te leo!

“Tomás Nevinson”, de Javier Marías

Existen novelas que por sus asombrosas y maravillosas propiedades me hacen sentir incapacitado para trasmitirte las sensaciones y sentimientos que su lectura me provocan. “Tomás Nevinson”, y en general, la Literatura de Javier Marías, su peculiar estilo literario, su prosa, la estructura de sus novelas, sus personajes narradores, me dejan exhausto, pero satisfecho, contento, y afortunado por haberme permitido el gozo de su lectura.

Javier Marías es autor de quince novelas, de semblanzas, de relatos cortos, de antologías y de ensayo. Editorialista de El País, fue Profesor de la Universidad de Oxford y de la Complutense de Madrid y es miembro de la Real Academia Española. Multi galardonado por su obra, los últimos años ha sido integrante asiduo en las quinielas y listas de los autores con merecimientos para recibir el Nobel de Literatura.

Las novelas de Marías se leen despacio. Por más que intente acelerar el ritmo de lectura, con las historias de Javier termino por reconocer que no vale la pena: difícilmente me estará esperando una novela mejor de la que tengo en las manos. “Tomás Nevinson” fluye lenta pero plácidamente. Además, es extensa: 680 páginas, así que si pretendes romper un récord de lectura rápida, te recomiendo buscar otros autores.

Reflexión sobre los límites entre lo qué se puede hacer y lo qué no; sobre la elección del mal menor argumentando evitar mayor daño; “Tomás Nevinson” nos confronta con el dilema moral al que se enfrenta nuestro atractivo personaje, inmerso en una situación extrema tal, que no logra elegir un curso de acción que sea conforme con su educación “a la antigua”, con sus valores, ya que nunca creyó ni imaginó que algún día le fueran ordenar matar a una mujer.

Tomás Nevinson es un agente del servicio secreto británico, el M16, supuestamente en retiro. Un 6 de enero lo contacta Bertran Trupa, su antiguo jefe para proponerle que se infiltre en una pequeña ciudad española para identificar entre tres mujeres, a una militante del IRA que colaboró con el ETA en algunos de los más sangrientos y letales atentados que ocurrieron en España.
La orden es sencilla: identificar a la mujer sin ninguna duda y reunir pruebas eficaces, irrefutables e inequívocas para llevarla frente a la justicia con la certeza de que recibirá condena por sus actos; si no es posible obtener dichas pruebas indefectibles, ejecutarla.

A Tomás lo conocimos en “Berta Isla”, novela titulada con el nombre de su ex mujer. Estudiante superdotado para los idiomas y para las imitaciones de acentos, fue reclutado por el M16 británico, y en esta novela lo encontramos años después, trabajando en Madrid para la Embajada Inglesa, separado de Berta y sus hijos, ya adolescentes, pero residiendo en la misma calle donde viven. Aburrido y deseoso de volver a la acción, acepta la propuesta de Trupa.

No te esperes una novela de espías pletórica de acción, a lo James Bond, aunque a Levinson le hayan concedido extra oficialmente licencia para matar. Marías es un maestro es eso de poner pausa a la acción, pero incrementando el misterio, lo que te mantiene en alerta permanente.

En “Tomás Levinson” lo que encuentras son largas digresiones, profundas reflexiones, preguntas bien jodidas sobre la decisión de asesinar a una mujer en nombre de la justicia, obviando con su muerte, que vuelva a cometer actos de terrorismo, evitar nuevos crímenes, horrendos crímenes.

Ambientada en los 90´s, narrada en primera persona, con el estilo peculiar de Marias, donde la voz narradora duda, opina, reflexiona buscando certidumbre, una luz que ilumine el laberinto en que se encuentra, que tranquilice ese estado de zozobra que sufre, imposibilitado para conocer la verdad a ciencia cierta, de determinar tras de quién, entre Inés, Celia o María, se esconde una implacable terrorista, que ha asesinado y puede volver a hacerlo.

Prosa sutil, suave y llena de matices; estructura sin complicaciones; personajes bien dibujados, mostrando su esencia, su conciencia, con un Tomás como ejemplo, símbolo de un hombre desterrado de su universo, sin futuro, envuelto en tareas incompatibles con sus recuerdos, “Tomás Nevinson”, con numerosas referencias a “Berta Isla”, la anterior novela de Marías, sin llegar a ser continuación, es una maravillosa novela que no puedo dejar de recomendártela. ¡Te leo!

“En busca de la felicidad”, de Douglas Kennedy

Cautivadora, conmovedora, amena lectura, que a pesar de su extensión (600 páginas), me resultó tan atractiva como adictiva. “En busca de la felicidad” cuenta la historia de los hermanos Sara y Eric Smythe, y la de Jack Malone y Dorothy, su mujer, ambientada en el Manhattan los 50´s, con la cruzada anti comunista del senador McCarthy como contexto histórico y político.

El libro atrajo mi atención. No conocía ni al autor ni a la editorial; la fotografía de la portada, con una mujer muy bella como protagonista, y el título tan, pero tan cursi, me impulsaron a tomarlo de la mesa, y contra mi costumbre, leer la contraportada: “… vertiginosa historia de amor”. Hice lo que nunca: ahí, en plena librería me puse a buscar información en la Wikipedia (me da pena que piensen que ando comparando precios con Amazon) y lo que leí, me decidió.

Douglas Kennedy (1955-) es un escritor estadounidense, neoyorkino para más señas, que ha escrito doce novelas traducidas a veintidós idiomas, de las cuales se han vendido 14 millones de copias. Lo aman en Francia y es conocido en España. La editorial Arpa se encuentra en Barcelona y publicó “En busca de la felicidad” en 2019. Habrá que seguirles la huella, a Kennedy y a Arpa; espero que continúen enviando sus publicaciones a México.

Dividida en cuatro partes y narrada en primera persona por Katie y Sara, “En busca de la felicidad” es una extraordinaria novela, escrita con una primorosa y bien cuidada prosa, llena de diálogos inteligentes y graciosos, que no obstante, retrata el horror, la oscura atmósfera de esos tiempos canallescos, la ruin persecución que sufrieron escritores, artistas, políticos e intelectuales de la izquierda liberal estadunidenses a mediados del siglo pasado.

Y sí, existe el romance, aunque la relación entre Sara y Jack Malone es compleja, tortuosa, enfermiza, destructiva, intensa y trágica, como muchas, sin duda, que ni me asusto ni mi chupo el dedo, porque acuerdos como los de Sara y Jack han existido siempre, pero aún y así, continuamente te cuestionas sobre los parámetros que definen la felicidad que buscan este singular par de amantes.

Erase una vez que era una fiesta en el Greenwich Village, durante la víspera del día de Acción de Gracias de 1945, recién finalizada la II Guerra cuando Sara Smythe conoce a Jack Malone, un periodista del Ejército estadounidense que pasa unos días de descanso en su país antes de regresar a Europa, ahora como voluntario para colaborar con las actividades posguerra.

Flechazo instantáneo, dos días con sus noches de pasión, y llega la despedida, con promesas de escribirse a diario y regresar dentro de nueve meses. El soldado Malone desaparece, dejando con el corazón roto a Sara, que llore y llore, enviando cartas por docenas, atosigando obsesivamente a su cartero en espera de respuestas, va construyendo una prometedora carrera como editora y columnista del diario Saturday Night/Sunday Morning.

Pasan los meses, unos años. Sara trabaja, sale, se relaciona, se mal casa, se divorcia; crece su fama como columnista, hasta que una mañana de domingo, paseando por Central Park se topa con, bueno, ya saben con quién, y ya no les cuento más de esta relación, porque hay más, como la entrañable relación filial entre Sara y su hermano Eric.

Permíteme comentarte que Eric es un personajazo: exitoso guionista en la recién nacida industria televisiva; de joven, como muchos, simpatizó con la izquierda liberal, y como todos, con la madurez, se olvidó de sus coqueteos con el comunismo, sucumbiendo a los placeres que ofrece el capitalismo salvaje. Eric Smythe es señalado por un cobarde, y sufre la persecución, las amenazas, los métodos miserables del macartismo que tantas vidas destruyeron. Eric, para sorpresa de algunos, demostró su verdadero carácter con las alternativas que eligió bajo la presión de los esbirros de McCarthy.

Y también aparecen Katie y su hermano Charlie, víctimas y beneficiarios de las circunstancias y de la bondad humana. “En busca de la felicidad” es una novela que te recomiendo leas si la encuentras. Son tantas sus virtudes, que solo me resta reiterarte mi sugerencia: lectura placentera e imprescindible. ¡Te leo!

“Yoga”, de Emmanuel Carrère

Armatoste explosivo de un género inclasificable, relato (s) inquietante (s) y adictivo (s), “Yoga”, el último libro del escritor francés Emmanuel Carrère me sorprendió, pero no me defraudó. Quizá me agarró en un estado de extrema sensibilidad, sinceramente te lo digo, me tocó ciertas fibras, pero ¡carajo! Me inquietó, me cautivó, me deslumbró y al final, me dejó con la conciencia que había disfrutado de un gran libro.

Con riesgo de parecerte incongruente, no sabía que esperar. Se dijo y se escribió demasiado sobre los embrollos, los diversos obstáculos que sorteó Emmanuel Carrère para publicar “Yoga”, un libro esperado porque desde la publicación de “El reino”, pasaron años sin que el francés entregara una nueva obra.

Emmanuel Carrère (1957-), francés, periodista, cineasta y escritor multi género, ganador del Premio FIL de Guadalajara en el 2017, es un autor que se ha especializado por escribir novelas donde mezcla la ficción con la realidad; novelas de no ficción como “El adversario”, “Una novela rusa” y “De vidas ajenas”, pueden servir de ejemplo de su literatura. Si le crees o no, que todo lo que escribe es real, pues ya es cosa de cada quien.

Pero te comentaba que no tenía idea de que iba “Yoga”, en qué había acabado el libro. Publicado en medio de una serie de conflictos jurídicos con su ex mujer, Hélène Devynck, se decía que Carrère fue obligado a rehacerlo ante el impedimento legal de mencionarla implícita y explícitamente.

Y supongo que algo así sucedió, porque “Yoga”, que según cuenta Carrère iba a ser un “librito risueño y sutil sobre el yoga”, terminó convertido en un extraño, pero fascinante, adictivo y seductor artefacto literario; un libro que cuenta varias historias, aparentemente inconexas, pero al final caes en cuenta que, como decía Steve Jobs, los puntos terminaron uniéndose.

Profundo, extenso y atractivo ensayo sobre la meditación, el taichí y el yoga; texto ambientado alrededor del atentado que conmovió profundamente a la sociedad francesa: la masacre en la revista satírica Charlie Hebdo en la que asesinaron a doce periodistas e hirieron a cinco de gravedad; relato íntimo y doloroso de la depresión que lo recluyó en un hospital psiquiátrico; y por último, su mirada, su percepción, contada a través de cuatro jóvenes refugiados en una pequeña isla griega sobre la crisis migratoria europea.

En la parte inicial, que da pretexto al libro, donde Carrère vibra y se explaya escribiendo sobre sus inquietudes espirituales, sus conocimientos y experiencias en la práctica de las diferentes versiones del yoga, el ying y el yang, sus posturas (asanas), las técnicas de respiración (pranayama), de meditación y mantras; me resultó atrayente por que me interesa e intriga el tema y por su hipnótica prosa; me conmovió además, intuir las promesas de bienestar que el autor percibe y anhela conseguir con su práctica, buscando espantar su tristeza, aliviar su depresión.

Turbadores y desgarradores me resultaron los apuntes sobre su internamiento hospitalario. Tristeza, desesperanza, pesimismo, angustia, soledad. La bestia negra, la depresión, descenso a los oscuros abismos de la mente; Carrère no se guarda nada en la historia de su locura, sus desequilibrios químicos, su manía depresiva, la terapia a base de electrochoques a la se sometió, y la tenue luz al final del túnel, el anhelado retorno al trabajo.

De la elipsis narrativa no me animo a contarte mucho. Usando como pretexto un viaje a Grecia, donde recala en una de las tantas islas, Emmanuel conoce y se involucra con una norteamericana activista en pro de los refugiados, grupos de adolescentes que esperan en Grecia su admisión en Europa.

Es en esa parte donde se nota las consecuencias de los líos jurídicos de Carrère con su ex-mujer, y supongo que para cumplir con el acuerdo legal, el autor la suprime, e introduce un personaje ficticio, ¨rompiendo” con el pacto con la verdad, pretendiendo que sea el lector quien llene los huecos del relato con el contexto que nos ofrece.

¿Metaficción? ¡Claro! Emmanuel hace todo lo posible para hacernos saber que está escribiendo “Yoga”; su texto nos manda a otros de sus libros; a su personaje Erika la afirma como ente de ficción; y la hipertextualidad de “Yoga” es indudable y evidente, pues muestra toda una red literaria de citas y referencias a otros textos.

¿Autobiografía? Escrito en primera persona, la verdad es que un lector como tú o como yo, la tenemos difícil para discernir que de lo que nos cuenta Emmanuel es verdad y cuál parte ficción. Aunque Carrère odie que se clasifique a parte de su obra como autoficcional, “Yoga” es a mi entender, más autoficción que autobiografía.

En fin, clasificaciones aparte, “Yoga” es una obra muy bien escrita, cautivante, emocionante, que se lee con emoción y concentración. Me gustó el regreso de Emmanuel Carrère a las librerías. Y si llegaste hasta aquí, te lo agradezco. Dejé muchas reflexiones y sensaciones sobre “Yoga” en el disco duro, pero tenía que cortar. ¡Te leo!
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