“La campana de cristal”, de Sylvia Plata

No sé, me imagino: entre las decisiones editoriales más complicadas y arriesgadas debe de encontrarse la reedición de las obras de autores como Sylvia Plath, nacida en la década de los treinta del siglo pasado, fallecida muy joven, a los 30 años, que alcanzó reconocimiento por su exigua, pero excelsa obra poética, y que solo alcanzó a publicar una novela.

Aprovechando que el tema feminista se encuentra en boga, Penguin Random House decidió publicar una selecta parte de la obra de Plath. Sylvia Plath se convirtió en icono, leyenda y mito del feminismo en los sesentas porque se le consideraba como una mujer que cuestionó los usos y costumbres impuestos a las mujeres de su época.

Me resulta difícil de considerar que un lector de mi generación, no se haya encontrado en alguna ocasión con el nombre de Sylvia Plath. Imposible no ligarla con la generación de los poetas malditos, esa corriente que agrupó a artistas que vivieron una vida tormentosa e incomprendida, Plath se suicidó a los treinta años, muy joven, un mes antes de que “La campaña de cristal” saliera de la imprenta para enviarse a las librerías.

Hija de profesores universitarios, publicó su primer poema a los ocho años de edad. Niña inteligente, estudiante brillante, aunque insegura, ya en la universidad intentó terminar con su vida. Su padre tuvo enorme influencia en su vida, mientras que con su madre mantuvo una relación compleja, colmada de pleitos y desacuerdos.

Tras un corto noviazgo con un joven poeta -Ted Hughes- que conoció en Cambridge, mantuvo un matrimonio breve y borrascoso, que dejó a dos pequeñas víctimas inocentes como fruto; su grave enfermedad (depresión maniática) la llevó el 11 de febrero de 1963 a introducir su cabeza en el horno de su cocina y abrirle al gas, dejando la mesa puesta con el desayuno para sus pequeños.

“La campana de cristal” la refleja en cierta manera. Novela de corte autobiográfico, narra la historia de Esther Greenwood, una joven y talentosa universitaria, aspirante a escritora, que llega a Nueva York con una beca para una pasantía de un mes en una prestigiosa revista “para mujeres”. Esther, a pesar sus talentos, muestra cierta inestabilidad emocional y presenta indicios de depresión.

“La campana de cristal” tiene una historia editorial interesante. Financiada gracias a una beca, fue rechazada por la editorial estadounidense asociada con la Fundación que becó a Sylvia. Publicada en Inglaterra (Sylvia se graduó, de casó y vivió allá) bajo un seudónimo, su lanzamiento pasó inadvertido, y se especula que la acogida, carente de entusiasmo, incrementó la afectación de su estado mental.

La novela se publicó en los Estados Unidos hasta 1971, ocho años después de su muerte, cuando la obra poética de Sylvia ya gozaba de amplio reconocimiento en los circuitos literarios estadounidenses, y su nombre y figura había adquirido reputación de mito y leyenda en los círculos feministas.

“La campaña de cristal” atrajo la atención por ser de quien era y se convirtió en un best seller, pero los críticos literarios estadounidenses la recibieron con una irritante condescendencia y simpatía, pues comparándola con su poesía, la consideraban como una obra de menor envergadura.

Me alargué mucho con la historia de Sylvia y dejé poco espacio para platicarte de “La campana de cristal”, que es una novela escrita con un tono muy personal; potente e introspectivo relato de iniciación, va descubriendo las intensas, serias, profundas y muy personales experiencias emocionales y psicológicas que va viviendo Esther día tras día: una larga perspectiva de sombras, que irremediablemente te sacude y te conmueve.

Novela lúcida, escrita con una prosa preciosa que se lee fácil; narrada en primera persona por Esther; con una primera mitad, a ratos ligera, entretenida e ingeniosa; en la segunda, terminando su estadía en Nueva York, mientras Esther va sumergiéndose en un profundo estado depresivo, la lectura nos atrapa en una serie de sensaciones, emociones y sentimientos que te conduce a una reflexión seria y profunda sobre una enfermedad tan extendida como encubierta.

Historia oscura y deprimente que se mantiene vigente a pesar de los años al tratar temas de actualidad, como la misoginia, el feminismo, los desordenes mentales y la salud pública, “La campana de cristal” representa una magnífica oportunidad para acercar a las nuevas generaciones a una gran escritora, que se ha convertido en una autora de culto a la que hay que conocer. ¡Te leo!

“Canción Dulce”, de Leila Slimani

Inicio impactante, dramático, intenso, angustioso: “el bebé ha muerto. El médico aseguró que no había sufrido… La niña, en cambio, seguía viva cuando llegaron los servicios de emergencia. Se debatió como una fiera. Había huellas de forcejeo, fragmentos de piel en sus uñitas blandas”.

Novela sobre el sueño de la maternidad ideal, la imposible: aquella donde los descendientes no son un obstáculo al éxito, a la libertad; la que se puede vivir sin sacrificar parte de la vida en beneficio de otros, cuando los otros, son tus propios hijos; maternidad donde los cumpleaños de los retoños son motivo de alegría y placer, y nunca, causa de angustia y sentimientos de opresión y agobio.

Historia de una niñera con poderes de hada, que llega a un hogar de padres frustrados y angustiados, porfiando, enfrascados y debatiéndose entre las obligaciones familiares y las ambiciones personales, quien con sus poderes mágicos transforma una casa asfixiante, exigua, en una especie de palacio apacible y luminoso. Ser invisible e indispensable, sosteniendo sola el frágil equilibrio de un hogar desatendido.

Paul, el marido, un padre construyendo un futuro muy personal en la industria musical; Myriam, la madre ambiciosa, anhelando realización profesional y admiración universal como abogada; Mila, la niña tan lista como manipuladora, y su hermano Adam, el bebé alegre de la casa, integran una familia como todas, como la de cualesquiera.

Louise, la mujer sensata y bondadosa; la nana, la hada, la cocinera, la asistente todo terreno; la que ordena la casa, adorna un jarrón con flores, prepara una bonita mesa y cocina todos los viernes para todos los amigos de Myriam y Paul.

Louise, la que se mueve discreta y poderosa entre bambalinas manejando los hilos sin los que la magia no existe; la fuente infalible de la felicidad de ese hogar; la niñera irreal, que parece surgida de un libro de cuentos.

Para discernir, descifrar, entender… para comprender los por qué, precisamos saber, conocer algo de Jacques, el amargado marido, el quejumbroso, el picapleitos colérico y envidioso que siente como una afrenta personal el éxito de los demás… Y a Stéphanie, la hija de Louise; el primero muerto, la segunda, perdida por el mundo en busca de la vida.

Recuerdo que llegué a “Canción dulce” gracias a uno de los programas televisivos de Rafael Pérez Gay, “La otra aventura”, donde trató sobre la actualidad de la literatura francesa. Leila Slimani (1981-) nació en Marruecos, de padre marroquí y madre francoargelina, y no sé cuál será el estatus que el gobierno francés les concede a ciudadanos como Leila, porque Wikipedia dice que es francomarroquí.

Leila Slimani se graduó en el Instituto de Estudios Políticos en París, y se especializó en periodismo. “Canción dulce” es su segunda novela y fue galardonada con el prestigioso Goncourt 2016. “Jardín del ogro”, que aborda el tema de la adicción sexual femenina es su primera novela, y también publicó un el controversial ensayo “Sexo y Mentiras!.

No es fácil disfrutar de una oportunidad para conocer a autores como Leila si no fuera por referencias como la de Pérez Gay. Publicada en español por una editorial no muy conocida por acá -Cabaret Voltaire-, y que por lo mismo no ocupan un sitio visible en los estantes de nuestras librerías, puede resultar algo complicado encontrarlas.

“Canción dulce” no resultó una lectura deliciosa como golosina azucarada. No, definitivamente no me supo como un bocado de Tiramisú italiano, ni a una mordida de una Gloria de Linares, o un mordisco a un Alfajor argentino. “Canción dulce” es una historia amarga, inquietante, lúgubre, potente, intensa, desgarradora, y lacerante, que te angustia y te duele.

Relato lleno de frustración, infelicidad, odio, y resentimiento, que se lee con angustia y en una sentada. Novela escrita con una prosa a la francesa: precisa, escueta, pero sin hacerle el feo a las metáforas ni a la poética. Narración a ritmo de thriller psicológico, tenso, que se nota en el profundo y minucioso trabajo para engendrar personajes verosímiles, comunes y corrientes, que llevan la vida normal hasta que…

Novela que refleja los prejuicios y las presiones sobre la maternidad; que revela los dilemas y las frustraciones provocadas por las demandas sociales y económicas de una sociedad que se dice moderna; que exhibe las consecuencias de querer pertenecer, de anhelar tener, de siempre aparentar.

“Canción dulce” es una historia sobre el amor, las imposiciones y el dinero; novela que nos angustia, como agobia la vida entera, que es la vida misma, al final, lo que pretende reflejar la literatura ¡Te leo!

“Confesiones de una editora poco mentirosa”, de Esther Tusquets

A los lectores nos encanta el mundo de los libros y fascinan aquellos que tratan sobre ellos: biografías y autobiografías de escritores, historias de bibliotecas y librerías; novelas sobre cementerios de libros extraviados, relatos sobre jóvenes ladronas de libros, historias de cazadores de libros por cuenta ajena, narraciones acerca de librerías mágicas, maravillosas y ambulantes.

Existen además aquellos que son los escritos por editores, y que a manera de memorias, autobiografías o autoficciones, ventilan las peripecias que les ocurren durante el proceso de llevar a las librerías sus decisiones editoriales. Son varios los editores que no solo “hacen libros”, sino que también los escriben, y siempre procuro leerlos.

Considero atractivo, atrayente y cautivador enterarme de lo que editores como Jorge Herralde, Michael Korda, Tom Mascher, Mario Muchnik, Carlos Parral y Esther Tusquets cuentan sobre su vida literaria. El aspecto más sobresaliente del oficio de un editor, además del proceso de la edición de los libros, gravita alrededor de sus relaciones con sus escritores, algunas muy curiosas, singulares, extravagantes y hasta caprichosas.

Por eso al toparme con el libro de Tusquets en la librería, tan bello y reluciente, previa confirmación en mi App que no lo tenía en mis libreros, lo compré jubiloso. Créeme, me da gusto encontrarme con estos libros y no espero mucho para ponerme a leerlos. Avanzada la lectura, algo me rechinó, y caí en cuenta que lo había leído. Revisé la biblioteca de libros digitales de mi iPad, y ahí estaba. Ya lo tenía, y hasta lo había leído, en Mazatlán, septiembre del 2015.

Los libros digitales sólo los compro cuando no puedo esperar a que lleguen a México para leerlos, o porque sé que nunca llegarán, o porque me interesa leerlo y se encuentra descatalogado, que fue el caso; además, a los libros digitales -malamente- no los registro en mi catálogo, aunque podría hacerlo, pero son tan pocos… En fin, no importa, nadie se muere con una re lectura, y además, estoy encantado de contar en mis libreros con esta reedición conmemorativa que publica Lumen.

Esther Tusquets (1936-2012) dirigió 40 años la editorial Lumen, a través de una época muy apasionante y emocionante, desde 1959 hasta 1999, cuando de mala manera tuvo que abandonar la editorial que había transformado de una pequeña editorial religiosa -fundada en 1936 para defender los valores de la España católica, conservadora y tradicional-, a una notable editorial de altos alcances literarios.

Esther Tusquets fue además de editora, novelista. En 1978 publicó su primera novela, “El mismo mar de todos los veranos”, que acabó conformando una trilogía junto con “El amor es un juego solitario” (ganadora del Premio Ciudad de Barcelona en el año 1979) y “Varada tras el último naufragio”, en el año 1980. Su última novela “¡Bingo!” se publicó en el 2007. También leí (en versión digital) dos textos autobiográficos: “Habíamos ganado la guerra” y otro más, “Tiempos que fueron”, que escribió en conjunto con su hermano Oscar Tusquets Blanca .

“Confesiones de una editora poco mentirosa” resulta así, el primero de cuatro tomos autobiográficos de Tusquets. Recuento de anécdotas que constituyeron una parte relevante de la cotidianidad que vivió durante su trayectoria como cabeza de Lumen; relatos sobre la relación personal y profesional que mantuvo con ciertos autores: Ana María Matute, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Neruda, Vargas Llosa, Eco, Quino, y varios más.

Escribe sobre su relación con colegas, como Jorge Herralde, de Anagrama, o con el poeta y político Carlos Barral, de Seix Barral. Capítulo aparte para dejar constancia sobre la profunda relación de respeto y amistad que construyó con la inolvidable agente literaria Carmen Balcells, cuya labor transformó profundamente las relaciones entre los editores y sus autores.

Fascinante la historia de dos libros que se convirtieron por azar y suerte en sus dos primeros best sellers: “El nombre de la rosa “ de Umberto Eco y “Mafalda”, de nuestro añorado Quino. La novela de Umberto Eco iba a sacarla Seix Barral, pero tenía el año copado y Carlos Barral le solicitó a su colega que lo sacara en Lumen. Con “Mafalda” pasó algo similar: se lo ofrecieron a Barral, que no estaba interesado en el cómic y sugirió que tal vez le interesara a Lumen.

No encontrarás en este libro cotilleos escandalosos, ajuste de cuentas o sucesos desagradables. Libro delicioso y fresco; vivencias entretenidas, llenas de alegría de una señora que con su talento, visión, oficio y vocación llevo a su editorial a desempeñar un papel relevante y prestigioso en la industria editorial hispanoamericana.

Retrato de una época, introducción al oficio de editor, confesión de amor por la literatura, los libros y sus autores; lectura placentera que no hay que dejar pasar sin gozarla. ¡Te leo!

“Páradais”, de Fernanda Melchor


No por contar lo que nos puede parecer sucesos frecuentes, “Páradais” deja de ser una novela perturbadora. Misoginia, violencia, narcotrafico. Un par de adolescentes inadaptados forjan una alianza tóxica, a pesar de que integran una pareja tan improbable como factible. ¿Hasta dónde son capaces de llegar?

Fernanda Melchor (1982), Veracruzana, se graduó como periodista en la Universidad Veracruzana y obtuvo el grado de maestra en Estética y Arte por la Universidad Autónoma de Puebla. Autora con “Páradais” de otras dos novelas -“Falsa liebre” y “Temporada de huracanes”- y del libro de crónicas “Aquí no es Miami”, fue galardonada con el Premio Internacional de Literatura otorgado por la Casa de las Culturas del Mundo de Berlín, el Premio Anna Seghers y fue finalista el año pasado del International Booker Prize.

Yo no logré terminar “Temporada de huracanes”. Lo intenté, pero la historia del asesinato de la Bruja no terminó de engancharme. Después de “Páradais” voy de nuevo por ella. El año 2018 me resultó complicado, y probablemente no me encontraba a tono para disfrutarlo. Sé que es una buena novela, sé que Fernanda es una talentosa escritora – he leído varias de las crónicas de “Aquí no es Miami”-, así que probablemente el problema estuvo en mi.

“Páradais” es el nombre de un fraccionamiento privado ubicado Progreso, Veracruz. Escenario de lujo y comodidades para quienes lo habitan, concurren ahí quienes tienen la responsabilidad de proporcionárselas: guardias, jardineros, mozos y encargados de mantenimiento. Leopoldo García Chaparro -Polo-, pobre y moreno, trabaja como jardinero, de 16 años recién cumplidos, tiene problemas serios con el alcohol, con la autoridad y con la responsabilidad.

Franco Andrade -el Gordo-, rico y rubio, también por los 16, vive ahí con sus abuelos rascándose los huevos, viendo pornografía, fantaseando con cogerse a la vecina, birlándoles pesos y centavos para la compra de alcohol y cigarros. Padres ausentes, sus yayos hacen lo que pueden para controlar al delincuente en potencia.

Polo y el Gordo, unidos por la afición al alcohol, que lo consumen en las noches y a escondidas, comparten sus disparatadas fantasías: el jardinero, renunciar al trabajo que odia para unirse al cártel delincuencial donde Milton, su primo casi hermano, delinque amenazado a muerte; el Gordo solo sueña, habla y fantasea con la nociva obsesión por su vecina, Marián Maroño, casada, y madre de tres; atractiva, ingenua, cariñosa, solidaria y dulce.

Son muchos y muy variados los factores cognitivos, psicológicos, familiares y ambientales que pueden llevar a un adolescente a cometer delitos graves. Abuso domestico, inestabilidad y violencia familiar; influencia de las pandillas, los cárteles, y el acceso a las armas. Polo y el Gordo compartían algunos: padres violentos, familiares alcohólicos, historial de suspensiones, expulsiones y absentismo escolar, pero en el Gordo, es su naturaleza maligna la fuerza que lo empuja.

“Páradais” nos cuenta, con una tensión dramática que va creciendo página a página, como este par de inadaptados van potenciando sus delirios, sus frustraciones y sus neurosis, mezclando alcohol con obsesión.

Relatada por un narrador omnisciente, que parece estar permanentemente dentro del cerebro de Polo; con una prosa seca, vertiginosa, que no ofrece respiro, de párrafos largos, sin puntos y aparte, equivalente -imagínate- al que habla y habla rápidamente, sin parar, sin variar la entonación; con ese lenguaje tan oral, tan rabioso que noté en “Temporada de huracanes”, usando la palabra precisa y significativa, con frases que te colma de sensaciones, olores y colores.

Novela corta, que trata sobre problemas que deseáramos dejar atrás, pero que no tienen caducidad sexenal; sobre relaciones familiares tensas, violentas y humillantes; de conflictos morales, económicos y sociales, que no ofrecen salidas laborales; de mujeres maltratadas y violentadas; historia cruel y perturbadora, narrada con un lenguaje colmado de una oralidad innovadora que te impacta. “Páradais” es una lectura para tomarse en cuenta ¡Te leo!

“El gatopardo”, de Giuseppe Tomasi Di Lampedusa

Extraordinaria, fascinante y llena de matices; aclamada y controvertida; novela con un lugar en la historia, novela histórica o texto de ciencia política; historia romántica y mascarada trágica; narrativa que navega por la mar siciliana, entre marejada de drama y bonanza de comedia, cargada de humor e ironía; publicada en 1958, el tiempo ha sido generoso con “El gatopardo”: la novela continúa llena de vida, vibrante, y vigente.

Durante la lectura me recriminaba intentando recordar por qué no había leído “El gatopardo”; digo, no es un clásico del XIX o un libro tan popular como para encontrártelo en cualquier puesto de revistas, pero… conocía de su existencia, sabía de su alta valoración, creía conocer que trataba de poder y política; me resulta incomprensible. En mi descargo: la primera ocasión que conscientemente me la encontré, me hice de ella.

Quizá, haya tenido que ver que “El gatopardo” es una de esas novelas que muchas personas citan, sin ser tantas las que la hayan leído. ¿Podría equivocadamente pensar, por esa razón, que era una novela “pretenciosa”, para personas ídem? A veces sucede, relacionas un producto con la personalidad de quienes lo usan o hablan de él. Tú, ¿por qué no la has leído? Cuéntame.

El caso es que lector voraz y disperso, no la había leído, a pesar que me desenvuelvo en el mundo de la política, y lo comento, porque las menciones se relacionan siempre con la política: “Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”, frase intrascendente dentro de la novela, con la cual Tancredi intenta tranquilizar a su Tío, Don Fabrizio Salina antes de partir a las montañas para unirse a la revolución garibaldina.

“El gatopardo” es la única novela que escribió Giuseppe Tomasi Di Lampedusa (1896-1957), y se publicó de manera póstuma, después de que se la habían rechazado en otras editoriales. En el prefacio de la edición de Anagrama se cuenta las peripecias que ocurrieron para que la novela llegara a las librerías. Me quedó claro que el autor estaba convencido del alto valor de su obra. Si no la han leído y les interesa, busquen la edición de Anagrama.

Iniciando en 1860, en Sicilia, en un momento de profundas transformaciones políticas y sociales, con el desembarco de Garibaldi en la Isla para acabar con la dinastía Borbón de trasfondo, “El gatopardo” evoca la sosegada volatilización de la aristocracia siciliana; el adiós afectuoso, y cariñoso a esos pequeños y cotidianos rituales en la mesa, la iglesia, la biblioteca, los salones de baile; la despedida a la privilegiada y tranquila vida de la nobleza italiana.

Don Fabrizio Salina, Principe de Salina y Gran Señor de Sicilia, matemático y astrónomo; hombre ilustrado y reflexivo; poseedor de un físico tan monumental como atractivo; heredero de títulos nobiliarios y propietario de grandes extensiones de tierra; patriarca de una familia que agrupa a siete hijos, un sobrino, un sacerdote jesuita, gobernantas, y preceptores; amo condescendiente y cariñoso con su fiel mascota Bendicò. Entrañable Patricio, gran protagonista de la novela. Por cierto, el título de nuestra novela se refiere al leopardo jaspeado o serval (en italiano, gattopardo) que aparece en el escudo de armas de la familia Salina.

Residentes en el inmenso y laberíntico Palacio de Donnafugata, el centro y motor de todas las actividades en ese 1860, era la atractiva pareja formada Tancredi Falconeri, el sobrino adorado y admirado de Don Fabrizio, y Angelica, hija única y heredera de Calogero Sèdara, Alcalde del pueblo, con boda segura pero no próxima, dirigiéndose, ignorándolo, hacia un futuro volátil, frágil y endeble.

“El gatopardo” retrata con cínica fidelidad, el rancio pero inamovible juego de la política, donde ricos y pobres, conservadores y liberales, están dispuestos, sin escrúpulos, con singular y universal alegría, a sacar una tajada, con sus excepciones, como Don Fabrizio, que se cocina aparte. Sintiéndose representante de la vieja aristocracia, y ligado por sentido de la decencia al régimen anterior, rechaza invitaciones y nombramientos para participar en los nuevos gobiernos.

Estructurado en 8 capítulos, de los cuales los primeros seis ocurren entre 1860 y 1863, el séptimo veinte años después, y el último en 1910, “El gatopardo” es una espléndida novela, contada a través de un narrador omnisciente, que cuenta, guía, corrige, y a menudo interrumpe, con sagaces e inteligentes disquisiciones sobre el comportamiento de los seres humanos, mientras nos descubre un universo lleno de vida, música, gastronomía, que trasciende y rebasa a la trillada frase gatopardiana.

Novela deliciosa que se lee con deleite, escrita con una musical prosa poética; historia poblada por gentes de cien mil raleas: nobles y plebeyos; zafios y educados; altruistas y arribistas; cínicos y descaradas. Relato sobre la transformación de un sistema que se resiste elásticamente al cambio. Historias de familia, de ambiciones y desengaños. Literatura que te deja múltiples sentimientos, sensaciones y reflexiones. De lectura imprescindible.¡Te leo!

“El baile”, de Irène Némirovsky

No hace muchos días comentaba las impresiones, sensaciones y sentimientos que me provocó la lectura de “Suite francesa”, una extraordinaria novela de Irène Némirovsky, una autora desconocida para mi, hasta que corregí esa desventurada omisión gracias a la novela, que fue publicada póstumamente en el 2004, con una fascinante historia editorial detrás de ella.

Motivado por los comentarios y sugerencias que me llegaron, y encandilado además, por la lectura de tan excepcional novela, me lancé a la librería con Rafa, el librero quien me recomendó “Suite francesa”, buscando más obra de Némirovsky, no para leerla de inmediato, sino para ir programando; con la pena de Rafa, y mi decepción, sólo contaban con dos: “El baile” y “Los fuegos de otoño”.

Hubo una época que cuando me gustaba un autor, intentaba leer todos sus libros que lograra conseguir. El miedo a gastar el escaso presupuesto en novelas de un desconocido, el riesgo de comprar un libro que no terminara por gustarme, me inquietaba. No alcanzaba para coleccionar, solo para leer. Ahora, ligeramente más solvente, procuro no repetir autor el mismo año. Existen tantos por conocer, que los de mis favoritos, intento dosificarlos a uno al año.

Después de la lectura de “Blanco nocturno” de Piglia, no me decidía entre “El gatopardo”, de Lampedusa o “David Copperfield”, de Dickens; mientras resolvía, me topé con “El baile”; a pesar de ser reciente la lectura de “Suite francesa”, resolví leerla, por corta, para que es más que la verdad, mientras continuaba con el tin marin si Lampedusa o Dickens para cerrar febrero.

“El baile”, de Irène Némirovsky, es una pequeña novela, escrita a sus 27 años, que cuenta una anécdota en la vida de los Kampf, nuevos ricos parisinos, enriquecimiento alcanzado gracias a movimientos bursátiles afortunados de Alfred Kampf. Alcanzada la riqueza financiera, ambicionaban el reconocimiento social, para lo que deciden organizar una fiesta por todo lo alto.

Iréne Nèmirovsky (1903-1942) alcanzó muy joven el reconocimiento como una de las mejores autoras de Francia. En 1929, con la publicación de su primera novela “David Golder”, inició una brillante carrera literaria, que terminó prematura y trágicamente cuando fue deportada a Auschwitz y asesinada junto con su marido.

“El baile”, pequeña novela -en Francia le llaman nouvelle– de apenas 94 páginas, sin ser una joya artística, sí es una prueba innegable del talento precoz de Irene, que en escasas páginas, logró, con un estilo franco y sencillo, elaborar una historia que, aunque te deja un sabor agrio, su sencillez, el perfil psicológico tan bien trazado de las protagonistas y el rápido desenlace, te deja complacido.

Antoinette Kampf, “una jovencita alta y plana de catorce años”, edad de profundos y desproporcionados cambios físicos y emocionales, enrollada en una pésima relación con Rosine, su madre, en un arranque impulsivo, muy propio de la edad, cargada de celos y deseos de venganza, comete una barbaridad, una imprudente tontería, cuyas consecuencias culminan en un desenlace disparatado e inesperado.

Alfred, el padre; Rosine, esposa y madre; y Antoniette integran lo que ahora llamamos familia disfuncional -como si existieran otras- donde cada uno, vela por sus egoístas intereses. Padre satisfecho en su ambición, esposa resentida por los años sin riqueza, hija en plena adolescencia, rebelde, frustrada y con deseos de venganza.

De lectura fácil y atractiva; contada en tercera persona, por un narrador omnisciente y discreto; escrita con una prosa ligera y sencilla; desarrollada con personajes bien construidos, con personalidades, caracteres y temperamentos trazados y definidos con una profundidad psicológica tal, que hace verosímiles y entendibles sus acciones y actitudes; con un final absurdo, pero lleno de dramatismo, “El baile” es una novela corta, pero muy recomendable.¡Te leo!

“Blanco nocturno”, de Ricardo Piglia

Existe un momento justo para que un lector y un libro coincidan, consagren y agoten el prodigioso ritual de la lectura. Suponía que había leído “Blanco nocturno”. Hurgando en la colección 50Anagrama, abrí el libro de Piglia, por pura ociosidad bibliomaniática, pensando en una rápida y corta pasada de ojos muy por encima, pero ya no lo solté.

Llegó un punto en la lectura, que ya no reconocí ni recordé nada de lo que estaba leyendo; en mi app, donde catalogo mis libros, resultó que no estaba registrado como leído; confundido, me dirigí al estante donde están los libros de Piglia (el por qué la edición conmemorativa no está con los libros de Piglia, es otro tema) y para mi sorpresa, hojeando la edición del 2010, descubrí que no la había terminado: la dejé de leer -señalo con un doblez la página donde voy deteniendo la lectura- justo en la página 144.

No recuerdo -aunque lo imagino- por qué paré una lectura tan avanzada: casi justo a la mitad (144/299); Decía Carlos Ruiz Zafón que los libros son espejos: solo ves en ellos lo que tienes en tu interior, así que supongo que después de 10 años, y habiendo leído los maravillosos diarios de Emilio Renzi, “El camino de Ida”, y algunos ensayos de Ricardo, maduré lo suficiente como lector para disfrutarla hasta ahora a cabalidad, porque “Blanco nocturno”, la verdad, no me resultó una novela policiaca al uso, de esas que solo tratan de un crimen, una investigación, un culpable.

A Ricardo Piglia (1941-2017), argentino, lo conocí en febrero de 1998 con la novela “Plata quemada”, ganadora del Premio Planeta Argentina 1997, que curiosamente, la compré y leí en Buenos Aires, acompañando a mi hija mayor a un torneo tenístico. Autor de novela, cuentos y ensayos, fue hasta la publicación de sus diarios cuando aprecié en toda su magnitud, la enormidad de su talento.

“Blanco nocturno” comienza con la llegada a Adrogué, un pequeño poblado de la provincia de Buenos Aires, de un puertorriqueño estadounidense, Tony Durán, conocido de las hermanas Ada y Sofía Belladona, gemelas idénticas, de gran belleza física, que “parecían una réplica, tan iguales que la simetría resultaba siniestra”, integrantes célebres de una de las familias más relevantes del pueblo.

Tony Durán, tipo enigmático, amable y seductor, que se presenta como potencial inversionista, es asesinado en su habitación del hotel. El crimen impacta en el pueblo por la nacionalidad de la víctima, circunstancia que inyecta a la investigación del comisario Croce, presiones e intromisiones políticas y diplomáticas, encabezadas por el Dr. Cueto, fiscal general, que atraen la atención de la prensa nacional, por lo que aparece para cubrirla un viejo conocido: Emilio Renzi, el álter ego del autor argentino, que se llamaba Ricardo Emilio Piglia Renzi.

El fiscal Cueto, enemigo acérrimo de Croce, quiere cerrar el caso, acusando, a manera de chivo expiatorio, a un tipo que servia como secretario/mayordomo de Durán; Croce se niega, continúa neceando hasta que termina tropezándose con el homicida, en una investigación basada en puras intuiciones, alejada de un proceso detallado de análisis policial, haciéndole honor a su fama de adivinador, más que de riguroso investigador.

Con el asesino identificado, pero desconocidos los motivos y el autor intelectual, la novela da un giro, donde lo policial, cede su lugar a una literatura más ambiciosa, con un Croce aislado en un manicomio, “como si estuviera en un hotel”, para resolver el caso, mientras se nos revela a través de la crónica de Renzi, la historia de la familia Belladona, dónde, conjeturamos, se encuentra la solución del enigma.

Ambientada en los 70’s, y teniendo como trasfondo un repaso por la historia Argentina, la de su literatura y su novela policiaca; los conflictos entre los gauchos de las pampas y los citadinos de la capital; la relación con los Estados Unidos; la economía y los flujos de dinero, la novela se adentra en una compleja y oscura trama familiar, repleta de conflictos y traiciones.

Utilizando como recurso literario la articulación de dos planos narrativos, el primero, el relato en sí: las intuiciones de Croce y las investigaciones de Renzi; en el segundo: las declaraciones de las Belladona durante las entrevistas que Renzi mantiene con ellas; y la narración de Luca Belladona, el hermano noble e iluso, inventor y alucinante residente de la fábrica familiar en medio de la nada; valiéndose además, de notas a pie de pagina, algunas, espléndidas, entre historia, crónica y ensayo; un Piglia revelando el alcance de su madurez literaria.

“Blanco nocturno” es una novela dual, que retrata una época, un país, un territorio, un pueblo, una familia; un drama lleno de ambiciones, traiciones, y celos; un relato donde la verdad se esconde tras múltiples fachadas, construidas y mantenidas con intereses que van de lo mezquino y egoísta, hasta lo espléndido y admirable.

“Blanco nocturno” es literatura cien por ciento pura; nada de lo que lees, es lo que parece; relato denso, complejo, reflexivo y amargo. Con una estructura que parece complicada, pero que complementa sin estorbar la lectura. Escrita con una prosa a ratos lírica, en otros seca y precisa.

Historia in crescendo, llena de corrupción, vicio, codicia y engaño, que inicia como novela policial, pero que Piglia, con talento y maestría, la transforma, sin perder la intriga, en un texto que rebasa al género para alcanzar otras alturas literarias. Lectura recomendable. ¡Te leo!

“Arte”, de Yasmina Reza

El teatro, ¿se lee, se experimenta o ambos? Las pocas ocasiones que asistí a presenciar una obra teatral, fue más por motivos turísticos – en Nueva York y en la Ciudad de México- que por gusto, pasión o afición. Creo que el gusto por el arte dramático se adquiere igual que el de la lectura, es decir, viendo obras, escuchando y leyendo a los expertos, para que, con constancia, alcancemos un nivel solvente de conocimientos, herramientas y habilidades para comprenderlo y disfrutarlo.

Yasmina Reza (1959), francesa, inició su vida profesional como actriz en cine y teatro; su debut como dramaturga fue en 1987 con “Conversaciones tras un entierro”, y “Arte”, escrita en 1994, ha sido su obra más reconocida y representada en varios idiomas, incluyendo versiones en español. Ha publicado casi una decena de novelas que no he leído.

“Arte”, de Yasmina Reza es el primer libro que trata de una obra teatral que leo. E independientemente de que me gustó, me quedé con una respetable cantidad de dudas sobre el género, que forma parte de la literatura desde siglo V o VI, por ahí, y por lo que he leído, desde su origen se consideró como género literario para ser representado, más que para ser leído, aunque insisto, “Arte” lo disfruté.

Ya sea drama o comedia, en prosa o en verso, el arte teatral ocurre en un escenario, donde se combina el texto, con la actuación, escenografía, vestuario, iluminación, música, todos lo elementos integrados con el fin de brindar un espectáculo que divierta, entretenga, y eduque al público que asiste a las representaciones.

Dicen los expertos que un texto teatral se debe leer con imaginación escénica. Preguntando a una maestra de teatro, dramaturga además, me comentó que una obra de teatro se escribe pensando en el escenario, más que en un lector imaginario. Así como hay buenos lectores de poesía, de novela histórica, de policial, para ser un buen lector de teatro se tiene que trabajar en adquirir cierta sensibilidad, sentido e imaginación escénica, asistiendo y observando con cuidado todos los elementos que se nos presentan en el escenario: actores, vestuario, iluminación, interpretación, dirección.

En fin, buscando adquirir mayores destrezas lectoras, aproveché que tenía el libro, parte de la colección con que Anagrama conmemoró su 50 Aniversario, para leer la obra de Yasmina Reza, considerando que, siendo una obra corta -102 páginas-, que ocurre en un departamento austero y neutro; y con pocos personajes -tres grandes amigos: Sergio, Iván y Marcos- sería más accesible para un lector primerizo.

“Arte” trata sobre una discusión que pone en riesgo la amistad que existe entre los personajes; la controversia surge a partir de que Sergio adquiere, por una respetable suma de dinero, un cuadro de arte contemporáneo, completamente en blanco, pero eso sí, firmado por un artista con obra colgada en un prestigioso Museo.

Mirada cínica e irónica al mercado de arte contemporáneo, donde el “valor” de las obras son fijadas por un “mercado” que solo los muy involucrados en él dominan y manipulan; tres maneras de ser, de ver y vivir la vida, confrontadas frente a un cuadro de un metro sesenta por uno veinte, que los hace preguntarse desde el fondo de su corazón, exactamente qué es lo que los llevó a forjar la amistad, a ser amigos.

Diálogos sencillos, situaciones naturales, reflexiones profundas, preguntas delicadas e importantes. “Arte”, de Yasmina Reza transitó en mi cerebro entre el drama y la comedia; y supongo que, a diferencia de la poesía o la novela, donde somos nosotros, los lectores, quienes con nuestra imaginación, conocimiento, habilidades y talentos decidimos el significado de leído, en el teatro, será cada director quien elija qué, y desde que enfoque nos mostrara la obra. Claro, lo anterior es pura especulación mía; tengo mucho por aprender. ¡Te leo!

“La ley de la ferocidad”, de Pablo Ramos

La muerte del padre. ¡Vaya tema literario! Pablo Ramos nos entrega un texto sobre la desgracia, el infortunio, el desamparo, el drama, el terremoto que sacude, conmociona y que jamás desaparece; más allá del período de duelo, siempre cargas con las secuelas de la pérdida de tu padre.

Conocí a Pablo Ramos gracias a un video de un programa televisivo donde lo entrevistó Eugenia Zicavo, una conductora de TV, periodista, socióloga e investigadora, que habla sobre libros en varios programas de la televisión pública argentina.

Pablo Ramos (1966) es argentino, poeta, músico, cuentista y novelista. “El origen de la tristeza” (2004), primer volumen de su saga de auto ficción, lo leí en el 2019, y trata sobre la adolescencia de Gabriel Reyes. El segundo es “La ley de la ferocidad”. El tercero titula “En cinco minutos, levántate María”; espero no pase mucho tiempo para leerlo.

En “El origen de la tristeza”, un adolescente Gabriel Reyes, evoca y nos cuenta sobre su infancia, ese final de los tiempos felices, en un barrio bonaerense de Avellaneda a finales de los 70´s. En “La ley de la ferocidad”, nos encontramos a Gabriel ya adulto, dispuesto a escribir lo que ocurrió una mañana, cinco años atrás, cuando recibió una llamada de su madre, anunciándole el fallecimiento de su progenitor.

A Gabriel, el hermano exitoso, el que logró salir del barrio, el empresario inmobiliario, el de dinero, le toca la responsabilidad de organizar el velorio de su padre; y lo hará, sin escatimar recursos, convirtiéndolo en un rito funeral de tres días y dos noches, intensas, brutales, desgarradoras, cuando desbordado por sus sentimientos, completamente descolocado por la muerte del padre, rompe con su período de abstinencia, recayendo, con un desenfrenado y furioso frenesí, en sus adicciones con el alcohol, las drogas, las prostitutas.

Mientras su madre, sus hermanos, sus ex mujeres, los amigos y familiares velan al padre, Gabriel entra y sale del velatorio, en una especie de “Road Trip” por la ciudad, reflexionado sobre el padre muerto, con el que compitió toda su vida, desmoronándose en una violenta recaída hacía sus adicciones, en un viaje durante 72 interminables horas, de las cuales, no pasó ni diez en el velatorio.

Gabriel va combinando sus desenfrenadas actividades, relatándonos recuerdos menos perturbadores, como un proyectado viaje a San Miguel Tucumán, al que invitó a su padre, para visitar juntos a su hermano Alejandro; o cuando siendo joven, su padre colocó, en un inusual gesto de cariño, su mano sobre el hombro del hijo, “dándole algo de espacio al amor”.

Por más que intentaba, no lograba justificar la rabia, la ferocidad, el coraje que Gabriel manifestaba por, o más bien, contra su padre. De “El origen de la tristeza” no me asaltaba ningún recuerdo sobre el padre que explicara tanta invectiva; y lo que nos cuenta en “La ley de la ferocidad”, mientras evoca su pasado, tampoco me lo aclaraba. Puro desajuste mental y emocional suponía, hasta que Gabriel, escribiendo, evocando, reflexionando, en un destello, vislumbra el origen del desencuentro, la invención de ese padre feroz.

Escrita desde las vísceras, “La ley de la ferocidad” es una novela que rezuma dolor, angustia, desconsuelo, impotencia; revela una tristeza tan honda, tan insondable, tan intensa, que si no fuera por ese humor tan negro, que se desparrama por doquier, terminarías contagiándote. Historia de un mal hijo, más que de un padre malo, la “Ley de la ferocidad” es el segundo tomo de tres que protagoniza Gabriel Reyes, el yo literario de Pablos Ramos.


Narrada en primera persona, con una prosa tan intensa como agobiante, “La ley de la ferocidad” es una lectura que te molesta y escandaliza, pero también te conmueve; te abruma y te atosiga, pero al final, te redime; es una obra que podrá o no gustarte, pero, si te decides a iniciarla, difícilmente podrás arrumbarla sin terminarla. ¡Te leo!

“El temblor de la falsificación”, de Patricia Highsmith

Sin darme cuenta, llegué a la página cien de la novela conociendo y acompañando a Howard Ingham, un escritor neoyorkino contratado para escribir el guión para una película que se filmaría en Túnez, cuando noté que ya casi llegaba a la mitad y aunque me parecía que no había pasado nada, Howard se había metido en tantos líos, que hasta él mismo reconocía que había cambiado mucho durante el último mes.

Hipnotizado por la historia del estadounidense en Túnez, que fluía y me absorbía; embelesado por la maestría narrativa de Highsmith, me detuve sorprendido al registrar que a pesar los robos -los conatos de y los ocurridos- que sufrió Ingham, del cadáver con que tropezó -literalmente- una noche cualquiera, del cuerpo que recogieron una madrugada afuera de su habitación, no habían aparecido detectives ni policías. ¡Joder! Pensé, ¿de que va la novela pues?

Patricia Highsmith (1921-1995) es reconocida por sus novelas policiales, pero también por las de suspenso. Y en “El temblor de la falsificación”, la escritora crea una atmósfera que te pone nervioso, tenso, y ansioso; vibrando, envuelto en un estado de incertidumbre que no ofrece sosiego.

Ubicada en Túnez, en la primavera-verano de 1967, teniendo como telón de fondo la “guerra relámpago” que emprendió Israel contra los países Arabes, “El temblor de la falsificación” es un texto tan singular que me resulta difícil encasillarlo en un género.

Ingham llega a en la ciudad playera de Hammamett en Túnez, financiado con un adelanto por el guión que le proporcionó John Castlewood, director de cine, y su contacto con el productor de la película, en el entendido que, en unos días, John alcanzaría al escritor.

El arribo se retrasa, sin que Ingham establezca contacto con el director, ni con Ina Pallant, su novia, quien fue la que se lo presentó. Los días pasan, y Howard se relaciona con otro estadounidense, Francis Adams, un fanático político y religioso, huésped del mismo hotel, y con Anders Jensen, un artista plástico noruego que llevaba tiempo residiendo en el país.

Abandonado por la producción, Ingham aprovecha su estancia para escribir una nueva novela, proyecto que va avanzando, entre comidas, cenas y paseos por el país con sus nuevos conocidos. Después de semanas, recibe una impactante noticia, que aclara la ausencia de John, pero no la indiferencia de Ina a sus cartas y telegramas.

Unos días después, Ingham se involucra en un grave y turbio incidente, cuyas consecuencias, y la manera de afrontarlo, dividen a Adams y a Jansen, que lo valoran desde puntos de vista y valores totalmente opuestos, tan antagónicos como son en todo.

La curiosidad, rayando en necedad de Adams, insistente en rechazar la versión de Ingham sobre el episodio, empuja al escritor a abandonar el hotel para alquilar un infame piso abajo del de Jensen, donde se concentra en su novela con buenos resultados.

Titulada provisionalmente como “El temblor de la falsificación”, la novela que escribe Howard, trata sobre un banquero que malversa los dineros de su empleador. Dennison, el protagonista, es un criminal y ladrón, cuyas acciones justifica bajo el amparo de sus muy particulares valores. Y mientras leemos, nos damos cuenta que este ejercicio meta ficcional de Highsmith, incrementa nuestro nivel de incertidumbre sobre la sentencia que merece Howard, por su comportamiento durante el incidente.

La inesperada llegada de Ina, y su acercamiento con Adams, aprieta más la tuerca, pues lo que parecía un intento de reconciliación amorosa, transita por una ruta plagada de sospechas y desconfianza, que agrega agobio, que te altera y te angustia. La morbosa obstinación que hace gala Adams, provoca serias dudas en Ina sobre la participación de Howard en el episodio ocurrido afuera de su habitación, y por razones que no me explico, la intromisión del fanático hipócrita, me encabrona tanto como a Howard.

“El temblor de la falsificación” trata acerca de la dualidad: de usos y costumbres culturales, de preferencias políticas e ideológicas; sobre la ambigüedad: ética, moral, hasta romántica; sobre los comportamientos anormales y amorales: actuar mal y considerarse inocente; sobre la personalidad y los valores; sobre la mentira y los impulsos criminales, sus motivos y consecuencias.

Perturbadora, inquietante, original, la novela de Highsmith, es poblada con personajes ambiguos, pero auténticos, a pesar de sus incoherencias, a sus incomprensibles comportamientos, a sus ambivalencias, a esos impulsos carentes de sentido; prosa precisa, exacta y sin florituras; una trama tan atractiva como minuciosamente construida, que no mengua ni en la tensión ni en la expectación. Gran lectura. ¡Te leo!
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