“El verano sin hombres”, de Siri Hustvedt

Relato ligero, ameno y divertido, con una protagonista, cuya reacción al abandono me parece incoherente con su pasado, adquiriendo un tono de comedia, lleno de sarcasmo, ironía y confusión, aunque no me atrevería a encasillar “El verano sin hombres” como una comedia, si bien, por momentos, con esa galería de personajes femeninos, representando arquetipos, con características estereotipadas, lo parezca.

Es curioso. Conocí a Siri Hustvedt hace poco, con la lectura de “Todo cuanto amé”, una novela que me encantó, como también me gustó “El verano sin hombres”, con la salvedad de que me parecen de tan diferentes, opuestas. De “Todo cuanto amé”, escribí que me pareció una novela “densa como profunda, les mentiría que es una novela para entretenerse”.

Siri Hustvedt (1955), estadounidense, novelista, ensayista y poeta. Se licenció en Historia en el St. Olaf College, doctorándose en 1986 en Literatura Inglesa por la Universidad de Columbia. En 2019, recibió el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Autora de 7 novelas, 6 libros de ensayo y uno de poesía, donde encuentras múltiples referencias y guiños sobre arte, memoria, filosofía, neurociencia y el feminismo.

La anécdota es sencilla: Boris abandona a Mia por una mujer veinte años más joven, después de 30 años de matrimonio. Mia enloquece, y la ingresan en el pabellón sur del hospital; es diagnosticada con un trastorno psicótico transitorio, también conocido como psicosis reactiva transitoria.

Al recibir el alta médica, y como parte de su proceso curativo, regresa al lugar donde creció, alquila una casita cerca del edificio exclusivo para personas mayores y muy mayores donde vive Laura, su madre, y se dispone a pasar el verano, dirigiendo un taller de poesía a un pequeño grupo de adolescentes, y uniéndose al grupo las Cisnes, integrado por su madre y otras cuatro simpáticas residentes del complejo geriátrico.

Su labor con la pandilla de niñas poetas, que incluye su oportuna y pedagógica intervención para detener el bullying a la que es sometida Alice, una de sus 7 estudiantes, por sus compañeras; las charlas con su madre y su grupo de amigas; la relación que inició con su joven vecina y sus dos pequeños hijos; su regreso a la escritura -Mia es poeta-; la correspondencia electrónica que mantiene con Don Nadie, un acosador culto, sinvergüenza y manipulador, que parece conocerla muy bien; las visitas de su hermana Bea y la postrera de su hija Daisy, todo señala a lo que apunta para convertirse en un verano terapéutico, a pesar “… que su marido la había abandonado y que, encima, se había vuelto tarumba, por más que fuera una locura transitoria”.

Mia Fredricksen, de sesenta años, lleva casada con el exitoso neurocirujano Boris 30 años. Y así, como en “Todo cuanto amé”, trata sobre temas como el arte contemporáneo, los trastornos de alimentación, la histeria o las psicopatías femeninas, en “El verano sin hombres”, aprovecha la profesión científica de su marido para reflexionar -bien documentada- y contarnos de forma entretenida sobre los trastornos nerviosos, las diferencias sexuales, biológicas, y hasta las desiguales preferencias literarias entre los hombres y las mujeres.

Poeta al fin, Mia también nos abre las puertas a su visión sobre el arte, la literatura, la música: “A excepción del prejuicio, en las artes no existen sentimientos que deban ser privados de expresión, ni historia que no pueda ser contada”. Asiste al club de lectura de su madre, donde se discuten los méritos de “Persuasión”, la novela de Jane Austen. Cita a filósofos, poetas, novelistas -incluye un guiño a su marido, donde “suena la música del azar”-, siempre de forma pertinente y atractiva, haciendo uso de su amplio bagaje cultural.

Novela corta, escrita con prosa luminosa, ágil y precisa, cargada con sutil ironía y mucho humor inteligente; narrada en primera persona por Mia, que dialoga y nos involucra directamente en su relato, interpelándonos, cuestionándonos, compartiendo con nosotros sus dudas y certezas; y aunque Mia considera que “seguir un orden cronológico suele ser un recurso literario sobrevalorado”, su estructura es clara y sencilla.

“El verano sin hombres” es, sin duda, una novela inteligente, aguda, irónica y brillante; cómica, divertida, generosamente culta y sí, feminista, que mezcla con oficio géneros y formatos -dibujo- que te recomiendo ampliamente su lectura. ¡Te leo !

“El sentido de un final”, de Julian Barnes

“El sentido de un final” es auténtica literatura. Texto que trata, reflexiona, cuenta sobre la vida, su sentido, sus disyuntivas, sus haberes y deberes; sobre el amor y el deseo; la huidiza y convenciera memoria; los sueños de juventud y las realidades en la senectud; el peso de la palabra escrita, los remordimientos, la pérdida. “El sentido de un final” es, de muchas maneras, una novela para repensarnos.

Las rutas que nos conducen a la lectura de un libro son múltiples: de boca en boca, reseñas, fidelidad al autor, a la editorial o al género; curiosidad por algún tema, en fin, faltaría espacio para mencionarlas. La novela de Julian Barnes me saltó hace unas semanas, al terminar de leer la novela de Junichiro Tanizaki, “Diario de un viejo loco”, cuando se me ocurrió googlear “novelas sobre la vejez”, y en la lista de babelio.com, “El sentido de un final”, apareció en el octavo lugar del listado.

Confieso que me ganó la referencia de Babelio, por la supuesta temática -a pocas semanas de cumplir 65, el tema de la vejez lo tengo presente- y por ello adquirí y me di a la lectura de “El sentido de un final”.

Julian Barnes (Leicester, 1946), está considerado una de las mayores re­velaciones de la narrativa inglesa de las últimas déca­das. Autor de 17 novelas, 4 libros de relatos y 8 de No Ficción, ha sido multi premiado, y con “El sentido de un final” fue galardonado con el Premio Man Booker 2011.

A Barnes, solo le había leído, en el 2017, su novela “El ruido del tiempo”, una reconstrucción de la vida de un músico ruso en la época de Stalin, y en el 2020, un texto corto, “La perdida de profundidad”, contenida en el título “Niveles de vida”, un recuento de sus aflicciones de viudo.

En la lectura de “El sentido de un final”, lo primero que me caló, fue su estilo; mientras avanzaba con la lectura, pensaba: “caray, si fuera escritor, me gustaría escribir como él”, y creo que ese anhelo, intensamente percibido durante la lectura, explica el placer que me proporcionó la novela: prosa elegante, sutil, viva; estructura precisa, clara, simple y flexible.

Lo segundo, fue que no era una novela sobre la vejez: la historia que nos cuenta Antonio -Tony- Webster, un sexagenario jubilado, sobre sus recuerdos de juventud, que parte de una anécdota: una pequeña herencia -500 libras y un diario- que le legó la madre de una ex novia, de quien no tenía noticias desde que terminaron su relación, 40 años atrás, lo lleva a teorizar, y reflexionar sobre lo que le sucede a la memoria, como la manipulamos y la ajustamos a conveniencia.

Lo que inició como una determinación -necedad, diría yo- para conseguir los diarios -en manos de Verónica, su ex- que le habían legado, “se había transformado en algo mucho más amplio, algo que afectaba a mi vida entera, al tiempo y a la memoria. Y al deseo”. Eran los diarios de Adrián Finn, el cuarto de lo que era el “apretado trío” de amigos que cursaban los últimos meses del colegio.

En la primera parte de la novela, Tony Webster rememora cómo él y su pandilla conocieron a Adrian Finn en el instituto, y prometieron ser amigos para toda la vida, promesa incumplida, por las circunstancias que son comunes en las amistades que se forjan durante la niñez y la adolescencia. Adrián, el más serio e inteligente de los cuatro, muy joven, en sus primeros 20’s, toma su vida en sus manos, dejando a los tres amigos, azorados y confundidos, intentando analizar las aristas y resquicios de la decisión de Adrián.

En la segunda parte, Tony, reflexiona el camino tomaron cada uno de los tres sobrevivientes, mientras se plantea, ante la negativa de Verónica de entregarlos, la forma de hacerse de los diarios de su amigo. Es la insensata lucha que emprende por hacerse de los enigmáticos diarios de Adrián, la que lo lleva a tratar de explicarse la historia de su vida, asimilando a base de pensar, que los recuerdos más fiables son los que no has pensado, y que, de golpe, regresan.

La vida, ¿es la que vivimos, la que contamos o la que recordamos? “El sentido de un final” no resultó una novela sobre la vejez, sino sobre la inconsistencia de la memoria, su fragilidad para reflejar la realidad. Literatura de verdad, que te identifica con sus personajes, sus anhelos, sus indecisiones, sus contradicciones y perplejidades ante la fiabilidad de sus recuerdos, que te la recomiendo sin dudarlo. ¡Te leo!

“La inquilina de Wildfell Hall”, de Anne Brontë

Historia asombrosamente actual, moderna, realista, cruel y hasta dolorosa; novela rabiosamente feminista, con Helen, una maravillosa protagonista que encuentra el valor para alzarse contra la tortura que le supone su matrimonio con Arthur Huntingdon, un infeliz y abusivo patán, borracho y libertino, que considera al engaño y la humillación a la pareja, una cláusula inalterable y obligatoria del contrato matrimonial. Sí, “La inquilina de Wildfell” es un Clásico del Siglo XIX que trata con temas que se resisten a desaparecer en el XXI.

En diciembre del 2020 leí “Agnes Grey”, de Anne Brontë, historia realista, didáctica e ilustrativa de una época; novela corta, narrada con una prosa sin ñoñerías, afectaciones ni sentimentalismos; novela que me cautivó a tal punto que me prometí leer en la primera oportunidad “La inquilina de Wildfell”, la segunda y última novela de la más pequeña de las hermanas Brontë. La busqué sin éxito, hasta que, para mi fortuna, este enero llegó la edición que presenta en su entrega 53, la colección de Novelas Eternas.

Cuando publiqué el texto sobre las impresiones, sensaciones y sentimientos que me causó la ópera prima de Anne, recibí una inusual -por cuantiosa-, cantidad de comentarios recomendándome la lectura de “La inquilina de Wildfell”. Fue gracias a esas insistentes sugerencias, que, recibiendo la novela, me preparé a leerla a la brevedad. ¡Gracias, Bendito grupo! Aún sin leerla, conocía la historia -ocurre así con los clásicos-, pero la lectura me resultó interesante y hasta formativa, al observar la evolución de Helen, un personaje trascendente, ejemplar.

La novela trata del arribo a Wildfell Hall, una vieja mansión en un lamentable estado de abandono, de una joven mujer, de la que poco se sabía. Mrs. Graham llegó con su pequeño hijo y una criada; pronto, debido a su comportamiento huidizo, evasivo, receloso y poco sociable, atrajo la atención de la pequeña comunidad que la rodeaba, que empezó a murmurar y a preguntarse sobre la procedencia y el estado de la joven señora.

Es Gilbert Markham, un joven hacendado que vive, junto a su madre y sus hermanas, en una casa vecina a Wildfell Hall, quien nos empieza a contar a manera epistolar, dirigida a su cuñado, la primera parte de la historia de la señora Graham y su hijo Arthur.

El misterio, la belleza y el distanciamiento que Helen -le llevó varias visitas conocer el nombre- le impone, atrae su atención, interés que deriva en algo más profundo, que los sentimientos iniciales de amable vecindad que lo acercaron a su bella vecina.

Su evidente deferencia hacia la joven, provoca el aumento de los chismes de sus vecinos, murmuraciones que se centran en una supuesta relación impropia entre la joven y su casero, el señor Lawrence, propietario de Wildfell Hall, lo que desata los celos de Gilbert, y desencadena un violento enfrentamiento con el casero, y peor aún, el rechazo de Helen a sus pretensiones románticas.

A partir de aquí, es la propia Helen, a través de sus diarios, la que nos cuenta su vida con sus tíos, su noviazgo, matrimonio y primeros años de casada con Arthur Huntingdon, padre de su hijo, un hombre tan guapo como mimado, fanfarrón, flojo e irresponsable, y dado, junto con su pandilla, a todos los vicios imaginables, que la engaña y la humilla de manera constante.

Helen evidencia en sus diarios la situación matrimonial de muchas mujeres: malos tratos y abusos verbales; resignación ante las humillaciones y atropellos, acrecentados por las costumbres de la época, que consideraba a el papel de la mujer en el matrimonio, como una pieza, un componente más, de un contrato de negocios sumamente desventajoso para ellas.

Minucioso retrato de la sociedad victoriana de la época, “La inquilina de Wildfell Hall” muestra a una sociedad con doble moral, que tras una apariencia puritana, esconde vicios -alcoholismo, y drogadicción-, conflictos familiares -hoy los denominamos violencia familiar y/o de género-, represión sexual y un restrictivo código de conducta social.

Para mí, la parte más seductora y cautivadora de la novela resultó observar La evolución de Helen, una heroína que supo ser capaz de enfrentarse y sobrepasar sus limitaciones históricas, sociales y personales.

El talento literario y la valentía de Anne Brontë se revela en Helen, una mujer de fuerza suficiente como para procurar buscar su bienestar por sí misma. Anne, supuestamente la más sumisa de las Brontë, es la visionaria feminista que concede a su protagonista femenina, como un abierto desafío, un final provocador, escandaloso, e inédito para su época. Imprescindible lectura. ¡Te leo!

“Las primas”, de Aurora Venturini

Es rara la ocasión que recuerdo la razón de compra de mis libros. Más extraño, si el autor me es desconocido; de “Las primas”, solo conocía la editorial; pero recuerdo que la compré por las primeras 4 o 5 líneas de la sinopsis -ni siquiera la leí completa- de la contraportada, pensando leerla en un improbable día.

Poco tiempo después, me llamó la atención un libro de la misma editorial titulado “Las amigas”. Al tomarlo, me di cuenta que era de la misma autora y tomé nota mental, mientras contenía mi ansia por comprarlo, pensando que debería esperar a leer el primero antes de sumar dos a la lista de los no leídos. Y fueron varias las visitas en que debí contenerme de comprarla. Manifestación de mi bibliomanía.

Pasaron los meses, llegó Enero y terminando “Según venga el juego”, de Joan Didion, leí algunas páginas iniciales de otros libros, sin decidirme por ninguno; fue hasta que leí el prólogo de “Las primas”, que decidí. Era de Mariana Enriquez. Lo que escribió sobre la novela y sobre la autora, me impulsó a leerla: Aurora tenia 85 años cuando escribió la novela, y a pesar que había escrito más de 40 libros, fue gracias a “Las primas” que su obra salió a la luz.

Perdóname esta larga, dispersa y quizá, innecesaria explicación, porque basta con iniciar la lectura de “Las primas”, para quedarte inexorablemente atrapado por la historia que nos empieza a contar Yuna López, una niña de doce años, que asistía a una “escuela para disminuidos”, hija de una maestra muy “severa pero enseñaba bien en una escuela suburbana donde concurrían chicos de clase media para abajo y no muy dotados”; hermana de Betina, de once, que tenía “un mal anímico” y que padecía de “un concorvo vertebral, de espalda y sentada semejaba un bicho jorobado de piernecitas cortas y brazos increíbles”, que concurría, en silla de ruedas, a un instituto donde “trataban casos muy serios”.

Aurora Venturini (1921-2015) fue una novelista, cuentista, poeta, traductora, ensayista y docente argentina. Con “El solitario”, su primer libro de poemas, recibió, en 1948, el Premio de Iniciación a manos de Jorge Luis Borges, pero fue hasta el 2007, cuando escribió “Las primas”, novela galardonada con el Premio Nueva Novela, otorgado por el diario Página/12, que alcanzó el reconocimiento del público.

“Las primas” es la historia de la familia de Yuna: su madre, su hermana; sus tías, Nené, e Ingrazia, casada con Danielito, padres de sus primas: Carina, con seis dedos en cada pies, una adolescente de 14, abusada por un vecino, y Petra, de doce, una liliputiense que ejerce la prostitución, y con quien Yuna desarrolla un vínculo solidario, de esos que surgen entre las mujeres víctimas.

Yuna deja la escuela en sexto grado por un problema de dislalia, entre muchos más, e ingresa a la escuela de arte, donde conoce al profesor José Camaleón, que cree en su talento, la apoya, la apodera y la encamina hasta convertirse en una pintora de fama y éxito, encontrando en el arte, el medio para ir superando sus problemas de lenguaje y dejar plasmado en sus cartones, en sus lienzos, sus “sentires dudas y singulares formulaciones acerca de la vida, al devenir y la muerte…”.

Novela de aprendizaje, historia del desarrollo cognitivo de Yuna, que página tras página va mostrando ante nuestros ojos como, apoyada en su diccionario y sus lecturas, aprende a hablar y a narrar. Solo una gran escritora puede lograr que esa metamorfosis te parezca tan natural.

Historia sobre una familia disfuncional, cómo la de todos. Temas como la violación, el aborto, el sexo y el asesinato, forman lo que pareciera ser, una historia sórdida, pero que el talento de Aurora Venturini logra transformarla en una novela de gran belleza estética.

Novela original, asombrosa, sobresaliente, imprescindible; narrada en primera persona por Yuna, una protagonista con voz fresca e ingenua, y mente brillante; escrita pletórica de acidez, ternura y humor negro; contada a manera de diarrea sintáctica, con una sintaxis desbocada que te hace pensar que la escribe de un tirón, porque así es como se lee: de un sentón.

Vale la pena conocer a Yuna. Te recomiendo que te lances a leer “Las primas”. Yo ya le envíe un Whats App a Rafa, mi librero, para que me separe “Las amigas”, no vaya a ser la de malas. ¡Te leo!

“Según venga el juego”, de Joan Didion

Considerada por la revista Time una de las mejores cien novelas en lengua inglesa publicadas entre 1923 y 2005, “Según venga el juego”, de Joan Didion, expone la situación de la sociedad estadounidense de finales de los ’60; refleja la realidad subordinada de la mujer a las prioridades masculinas, y revela a una generación harta de la indecencia, el engaño y de las consecuencias de las dañinas políticas económicas implementadas por sus gobernantes.

Yo había leído en el 2019 dos de sus libros de No Ficción: “El año del pensamiento mágico” y “Noches azules”, dos conmovedores textos: el primero sobre la muerte de su marido, el escritor John Dunne, y la enfermedad de su hija, Quintana; el segundo, enfocado en su hija, fallecida dos años después de la muerte de Dunne.

Joan Didion falleció el pasado el pasado 23 de diciembre, a los 87 años, víctima de complicaciones asociadas a la enfermedad de Parkinson. Desde la década de los 70’s del siglo XX, sufrió de esclerosis múltiple. Netflix presentó hace poco tiempo -lo vi antes de su muerte-, un interesante documental sobre su vida, titulado “El centro cede”, dirigido por su sobrino, el actor Griffin Dunne, documental que colocó a Didion ante los ojos de una generación que no la conocía.

Joan Didion (1934-2021) fue una escritora estadounidense, reconocida principalmente por su labor periodística, sus ensayos y crónicas. Guionista y dramaturga, su obra alcanzó 14 libros de No Ficción, 6 guiones, una obra teatral y 6 novelas. Empezó publicando notas en la revista Vogue para un público femenino, colaboró después en The Saturday Evening Post y The New York Times y sus artículos, compilados en “Slouching Towards Bethlehem”, la convirtieron en la cara femenina del «nuevo periodismo», el de Truman Capote, Tom Wolfe y Gay Talese como máximos representantes.

Yo la ubicaba como periodista, más o menos contemporánea, y hasta que supe sobre su título más vendido, “El año del pensamiento mágico”, no había leído ninguno de sus libros. Fue a raíz de su fallecimiento, cuando me enteré que “Según venga el juego”, estaba considerada su mejor novela; al momento en que lo escuché, se me prendió el foco: me sonaba el título, pensé, de cuando catalogué mis libros.

Inmediatamente revisé mi App “BookBoddy”, y confirmé que contaba con una vetusta edición de la editorial argentina Emecé Editores, publicada en 1971, parte de la colección “Grandes Novelistas”, de donde provinieron muchas de mis lecturas en mi ya lejana adolescencia setentera. Conjeturo que el libro me ha acompañado durante estos últimos cuarenta años.

En fin, el caso es que gracias a la aplicación, la ubiqué de inmediato y me prometí leerla y lo cumplí. No me pavoneo, pero sí agradezco el haberle invertido tantas horas a la catalogación de la biblioteca.

“Según venga el juego” cuenta la historia de Maria Wyeth, una mujer que a sus tempranos treinta, intenta encontrarle sentido a su vida; una actriz, casada con un director más interesado en filmar, que en su relación de pareja, con quien procreó a su hija, Kate, internada por decisión del padre, en un centro médico especializado.

La novela transcurre entre Los Ángeles y Las Vegas y relata el tránsito de María, que nativa de un aburrido poblado del Estado de Nevada, se decide probar suerte en Nueva York; su paso como modelo, sus inicios actorales, su noviazgo y su matrimonio, destinado al fracaso con Carter Lang.

Joan escribe con una prosa seca, áspera, escueta; novela introspectiva, pero de abundante diálogo entre los personajes; utiliza varios narradores: la propia María, que nos introduce a su historia; Helene, parte del “Entourage” de Carter, que nos ofrece su versión sobre María; y el mismo Carter, que nos relata “unas escenas que tengo muy claras en mi mente”; un narrador en tercera persona, omnisciente, que parece conocer todo lo que pasa por la mente de María, y que al final, termina alternando voz con la protagonista.

La novela tiene un ritmo de arranque y pausa, de fragmentos cortos y en muchas ocasiones, inconclusos, lo que me pareció un artificio literario utilizado para mantenernos atrapados a la trama, adivinando, imaginando, llenando huecos.

Novela que trata temas polémicos como el machismo y el aborto; que delata el oscuro y promiscuo mundo hollywoodiense; “Según venga el juego”, me resultó una novela que tenía que leer: por la autora, porque es considerada una especie de novela de “culto”, porque la tenía en mis libreros; pero a pesar de su evidente calidad literaria y la atractiva e inteligente mordacidad con que fue escrita, no me atrevería a recomendarte que salgas corriendo a la librería para hacerte de ella.¡Te leo!

“Mil grullas”, de Yasunari Kawabata

Siempre resulta grata la lectura de las joyas literarias que nos ofrece el Nobel japonés Yasunari Kawabata. “Mil grullas” es una breve -141 páginas en mi edición-, apasionada, intensa novela, escrita con la galardonada “maestría narrativa, que expresa con gran sensibilidad la esencia de la mente japonesa» que se le reconoce al maestro, y que cuenta la historia de tres mujeres: Chikako Kurimoto, la señora Ota y su hija Fumiko, y la del joven Kikuji Mitani, unidos por el recuerdo del padre de Kikuji, recién fallecido, en una compleja relación.

Conocí la literatura del Nobel japonés recientemente. Leí y comenté con ustedes “Lo bello y lo triste” y “País de nieve”. Desde mi primera lectura, quedé prendado, totalmente subyugado por la magnética prosa poética de Kawabata, por la complejidad de sus personajes, él, maestro en comprender la psicología femenina; por la sencillez con que nos narra las historias, plenas de metáforas francamente sugerentes y maravillosas con las que terminamos rendidos, deslumbrados, extasiados.

Yasunari Kawabata nació en la ciudad de Osaka el 11 de junio de 1899. Egresado en 1924 de la Universidad Imperial de Tokio, muy pronto ejerció el liderazgo de una nueva generación de escritores japoneses. Integrante de la generación de Junichiro Tanizaki, y mentor de Yukio Mishima, recibió el Nobel en 1968. Periodista y novelista, también incursionó en los relatos cortos, y al igual que su pupilo Mishima, se suicidó, él, inhalando gas en su biblioteca. Escritor de novela y cuento, además de asiduo ensayista y articulista en diversos periódicos y revistas, es un autor imprescindible.

“Mil grullas” se ubica en el Japón de la posguerra, en la ciudad de Kamakura y gira en cierta manera, alrededor de la ceremonia del té, un ritual donde se sirve té verde a un pequeño número de invitados, en un clima de paz, buscando reflejar una vida armónica, sosegada y alejada de las presiones del exterior.

Chikako Kurimoto es una maestra en este ceremonial, y una tarde invita a Kikuji con el objetivo de presentarle, buscando emparejarlos, a Yukiko Inamura, Bella joven que atrae inmediatamente la atención de Kikuji. Chikako, un personaje que puedes terminar odiando, también, para sorpresa del joven, que conocía la historia de ambas mujeres con su padre, invita a la señora Ota y a su hija Fumiko.

La intriga que pone en marcha la oscura y compleja Chikako Kurimoto, te atrapa sin remedio. Astuta, inmoral y vengativa, Chikako pretende controlar la vida del hijo de su ex amante, a través de la hermosa señorita Inamura. Sin embargo, a pesar de la evidente inseguridad del joven y su aversión hacia sí mismo, su compleja naturaleza, termina provocando que las pretensiones de Kurimoto se estrellen frente al profundo rechazo que le produce su exceso de interés por controlar su vida.

El fracaso de Chikako no hace más que incrementar sus deseos de venganza. Y provoca además, que Kikuji se acerque a la señora Ota, su más encarnizada rival, la mujer quien la terminó sustituyendo en los últimos años de vida del señor Mitani, el padre de Kikuji, desencadenando y extendiendo su rencor, su odio, sobre la vida los protagonistas, llenando su existencia de pesar y amargura.

Extraordinaria novela corta, llena de sensibilidad e intensidad; pletórica de amores, desamores y pasiones; odio, rencor, intriga y mentira; erotismo, sensualidad; muerte, tristeza, y remordimiento. Intensos sentimientos que se despliegan ante tus ojos, y que compartes con los profundos y complejos personajes. Increíble la maestría con que Yasunari Kawabata nos subyuga, nos cautiva y nos emociona en tan breve relato.

Con un final que te dejara pensando, lleno de conjeturas, sensaciones y sentimientos por responderte, “Mil grullas”, del maestro Yasunari Kawabata es una obra de arte de imprescindible lectura. ¡Te leo!

“Desmorir”, de Anne Boyer

Ensayo galardonado por el premio Pulitzer en la categoría de No Ficción en el 2020, “Desmorir”, es, como su subtítulo lo señala: “Una reflexión sobre la enfermedad en un mundo capitalista”; también es libro de memorias; y un desgarrador relato sobre el proceso de la enfermedad, desde que a Anne le diagnosticaron un cáncer de mama, en 2014, a la edad de cuarenta y un años, hasta que superó la inminencia de la amenaza del padecimiento, y así eludir, que la publicación de este libro ocurriera de manera póstuma.

No, no es un libro de “superación personal”; tampoco pretende ser la historia de heroísmo sobre la épica lucha que libró la protagonista para salir airosa sobre la enfermedad; mucho menos encontraremos un tratado de Mindfulness para brindar bienestar emocional a las enfermas de cáncer; si es, lo creo, una lectura esencial para sus familiares, y una llamada de atención para los integrantes de un sistema de salud que, persiguen objetivos muy alejados de la atención y el cuidado que merecen y requieren los enfermos de esta despiadada enfermedad.

Impactante testimonio, lleno de furia, de la poeta Anne Boyer, atacada por un violento cáncer de mama, pero también por un sistema de salud dominado por una industria deshumanizada, hipócrita y abusiva; y sometida además, a una estructura económica, social y cultural donde, la ciencia y la charlatanería, parecen no consentir espacios para la compasión, para las manifestaciones de dolor, la solidaridad y la empatía para las víctimas de la devastadora enfermedad.

Parecerá un despropósito la elección de “Desmorir” como primera lectura de este año que inicia, pero habrá que reconocer que los sentimientos y emociones que generan las festividades, producto del cambio de año, son variadas y, muchas veces, contradictorias. Desde que salió la edición de Sexto Piso y la adquirí, sabía que la leería, pero iniciarla el primer día del año fue más que nada, producto de un impulso impremeditado y no me arrepiento, porque “Desmorir” resultó ser un texto maravillosamente complejo.

El ensayo se podría separar en tres grandes puntos: un profundo, claro y bien soportado análisis de los efectos y las consecuencias que sufren las mujeres derivadas del cáncer de mama, incluyendo las catastróficas secuelas de los propios tratamientos que les son aplicados, y sobre los recursos económicos necesarios para soportarlos; Boyer, poeta al fin y al cabo, reflexiona sobre su enfermedad y como ésta, afecta a su oficio de escritora; también razona, medita y nos narra, la incomprensión de quienes deben dar soporte, aliento, cuidado y apoyo emocional.

No es que se queje. Sí, narra sobre un sentimiento de soledad desolador, a pesar de que cuenta que sus amigos se mudaron a su casa en turnos durante su enfermedad para cuidarla. Mas bien reclama, protesta, contra la incomprensión al rechazo de los tratamientos como la quimioterapia, cuando todo indica que la paciente, igual morirá con la quimio que sin ella, pues es un tratamiento que intoxica a la enferma en el intento de sanarla.

Denuncia: “El hechizo cultural de la quimioterapia es tan intenso que ciertas personas sin cáncer a veces ven a los pacientes que deciden renunciar a ella como una excusa para abandonarlos. Negarte puede aislarte. La imposición social del cumplimiento terapéutico en una enfermedad de género como el cáncer de mama puede llegar a ser brutal. Lo que mata a la gente es el cáncer, y el tratamiento, y también la falta de tratamiento, y lo que alguien crea o sienta no tiene nada que ver con el asunto”.

“Morir de cáncer de mama no es prueba de la debilidad y el fracaso moral del fallecido. El fracaso moral del cáncer de mama no reside en las personas que mueren: reside en el mundo que las enferma, las arruina a cambio de una cura que también las enferma y, después, cuando la cura no surte efecto, las culpa de su propia muerte”.

Y sí, si llegaste hasta aquí, ademas de agradecértelo, no puedo más que recomendarte que leas este imprescindible libro acerca de una enfermedad tan terrible y devastadora como es el cáncer de mama. A todos nos puede tocar: sufrirla o que alguien amado lo padezca, y “Desmorir”, te puede resultar una herramienta invaluable para enfrentarla, al contar con el punto de vista de alguien que aprendió sobre lo que escribe. ¡Te leo!

“El ardor de la sangre”, de Irène Némirovsky

La historia de Irène Némirovsky y su estruendosa irrupción en el mercado editorial en este Siglo XXI con el rescate del manuscrito y la publicación en el 2004 de su maravillosa novela “Suite francesa”, desencadenó un frenesí entre millones de lectores en todo el mundo, que atestiguamos el talento que la había consagrado, en los años 30’s del siglo pasado, como una de las escritoras más brillantes en el competitivo mercado literario francés.

Iréne Nèmirovsky (1903-1942) alcanzó muy joven el reconocimiento como una de las mejores autoras de Francia. En 1929, con la publicación de su primera novela “David Golder”, inició una brillante carrera literaria, que terminó prematura y trágicamente cuando fue deportada a Auschwitz y asesinada junto con su marido. Sobrevivieron sus dos hijas, que sesenta años después, encontraron, en una maleta que perteneció a su madre, el manuscrito de “Suite francesa”.

La narrativa detrás de la publicación de “El ardor de la sangre”, resulta igual de atractiva: hasta hace relativamente poco tiempo, la familia de Irène solo poseía una parte del relato “El ardor de la sangre”. En 2005, se encontró la segunda parte en los archivos franceses del centro del INEM (Instituto de Memorias de la Edición Contemporánea). Escrito en Issy-L’évêque en 1941, pertenece al legado póstumo de la escritora y su publicación se recibió con el mismo alboroto que “Suite francesa” por el mercado editorial.

“El ardor en la sangre” es una pequeña novela -158 páginas en mi edición-, narrada en voz de Silvio, un sexagenario sin mujer ni descendencia, quien después de haber recorrido medio mundo dilapidando su fortuna, regresa a su terruño a observar, analizar, reflexionar y contarnos lo que le ocurre a sus familiares y vecinos, habitantes de una pequeña aldea en los bosques de la campiña francesa, donde parece no pasar nada.

Y mientras no ocurría nada, salvo bodas y reuniones de familia, nos deleitábamos con Silvio, que igual que nos describía la belleza de los paisajes de su entorno y sus cambios estacionales, nos cautivaba con sus reflexiones sobre legados, herencias, trabajo, pasiones juveniles… la comedia humana: “Las personas mienten, pero las flores, los libros, los retratos, las lámparas, la suave patina que el uso deposita en todos los objetos, son más sinceros que los rostros”.

Y en esas andábamos hasta que, un presunto accidente, terminó con la vida de Jean Dorin, el joven marido de Colette, hija de Hélène, prima de Silvio, y esa muerte, vino a rasgar levemente la supuesta monotonía de la vida de la aldea; pasó un tiempo; de nuevo, parecía no ocurrir nada que turbara la atmósfera aburrida del poblado, hasta que los chismes y murmuraciones de los aldeanos llegaron a los oídos de François Érard, el padre de Colette y marido de Hélène.

Y cuando lo que parecían ser chismes pueblerinos, se transformaron, en boca de un testigo, en presuntos hechos delictivos, la amenaza de François Érard de presentar una denuncia por la muerte de su yerno, hizo estallar en un millón de pedazos la dura corteza que resguardaba una sucesión de secretos, de oscuras historias familiares, que por conveniencia de todos, permanecían ocultas.

“El ardor de la sangre” es una sorpresa. Lo que parecía una novela intimista, que transmitía una cómoda serenidad, se transformó con un estallido, en una historia de romances pasionales, provocados por la sangre ardiente que corre por las venas de los jóvenes, que la misma Irène interpreta como “ a la travesía de la juventud por el océano de la vida, a las ansias de vivir…”.

Por ahí leí que “El ardor en la sangre” no es una de las mejores obras de la Némirovsky. No lo sé, no soy experto en su obra; pero si sé que esta nouvelle de la aclamada Irène, me encantó, fascinó, cautivó, sorprendió y además, me alegró de haberla elegido como mi última lectura de este 2021, porque ahora sí, querida amiga, estimado amigo: ya con esta, me despido. ¡Te leo!

“Las gratitudes”, de Delphine De Vigan

Otra de las elecciones de los críticos de El País para ingresar al listado de los 50 mejores libros publicados en el 2021, “Las gratitudes”, de Delphine De Vigan, me resultó una corta pero intensa novela, que en un acto de masoquismo puro, decidí leer este 30 de diciembre, a punto de cerrar el ciclo de lecturas del 2021, un año significativo en mi vida, por algunas razones que van más allá de la pandemia.

Conocí a Delphine De Vigan con “Nada se opone a la noche”, un testimonio biográfico escrito por la autora francesa, obligada a enfrentarse a sus demonios, alborotados por la muerte prematura, pero inevitable, de Lucile, su madre. Su lectura me impactó. Recuerdo terminarla a lagrima viva – cuando la finalicé, mi madre cumplía 86 años -, emocionado, sobrecogido por la crónica tan bella como perturbadora.

“Las gratitudes” cuenta la historia de Michka Seld, una anciana con apariencia de niña, que vive sola, lee, ve la televisión y recibe visitas. A pesar que empieza a mostrar indicios de senilidad, mantiene su autonomía, hasta que un día de otoño, sin aviso previo, Michka yo no pudo continuar viviendo sola.

Tengo problemas con el tema de mí vejez. La decisión de leer “Las gratitudes” me pareció, comentaba al inicio, un acto de masoquismo: el placer de la lectura que produce sentimientos y sensaciones dolorosas. Pero la recomendación de El País, y de nuevo, el leve grosor del libro, vencieron mi resistencia.

Creo estar seguro de no temerle a la muerte, pero me aterroriza arribar a una vejez atestada, atiborrada de enfermedades y dolor; me resisto a suponerme sumiso, subordinado, dependiente de otros. Decía Philip Roth que la vejez es una masacre, y coincido con su diagnóstico. No deseo llegar a viejo, masacrado por los achaques, por los dolores físicos, desorientado por la pérdida de mis facultades mentales. En fin…

Michka Seld es una anciana que viajó mucho, como reportera fotográfica; posteriormente, ingresó a un periódico como correctora. “No se me escapaba ni una: erratas, incorrecciones sintácticas, problemas de concordancia, repeticiones, …”, orgullosa, argumentaba, se justificaba, se defendía por haber roto el mandato de la maternidad, frente al onírico e indiscreto interrogatorio de la malvada directora del centro geriátrico al que pretende ingresar.

Instalada con el apoyo de Marie, Michka, la maestra de la corrección lingüística, se tropieza con las palabras, se le dificulta encontrar la adecuada, se detiene a mitad de la frase; aparece Jérôme, un logopeda que trabaja con las palabras y los silencios, con la vergüenza y los secretos, con la ausencia y los recuerdos, con el dolor, el de ayer y el de hoy, y con el miedo a morir, quien trajina dos días a la semana con Michka, en el intento de que recupere el habla, que producto de la afasia, empieza a estropeársele.

Marie Chapier, el Ángel de la guarda de Michka, unida a la señora Seld por unos lazos que, conforme avanza el relato, vamos conociendo cómo se fueron creando, solidificándose con el paso del tiempo; Jérome Milloux, el terapeuta del lenguaje, el que trabaja con el dolor y con el miedo a morir, que con su ocupación aprendió que “envejecer es aprender a perder”, es aprender a asumir que todas las semanas se sumará una nueva degradación, un nuevo deterioro; Marie y Jérome, unidos para dignificar los últimos días de la dulce viejecita.

“Las gratitudes” es una hermosa y delicada llamada de atención sobre la importancia de agradecer a quienes nos han dado la mano en algún momento de nuestra vida. “Las gratitudes” es una novela corta, pero generadora de intensas emociones.

No importa que la prosa, el estilo o el lenguaje con que está escrita no cumpla con las exigencias de los puristas, la novela de De Vigan es una sencilla pero maravillosa historia que te sacude, te conmueve y claro, te inquieta. ¡Te leo!

“Huaco retrato” de Gabriela Weiner

Con su aparición en un listado de los 50 mejores libros del 2021 que publicó recientemente El País como única y vaga -al momento que lo abrí para iniciar su lectura, no recordaba nada más- referencia, empecé la lectura de “Huaco retrato”, seducido por la levedad de su volumen y por la incierta idea de que trataba de una especie de diario de duelo, escrito como una manera de reparación por la muerte del padre de la autora.

El segundo capítulo del libro parecía confirmar mi dudosa creencia: Gabriela Weiner deambulaba por el aeropuerto Barajas buscando vuelo trasatlántico para acudir al llamado de su familia, que le anunciaba la inminente muerte de su padre, víctima de un cáncer. Cuando arribó a casa, ya no tenía padre, pero sí un puñado de cosas que le legó, entre ellas, su teléfono y “el famoso libro escrito por Charles Weiner”.

Páginas más adelante intuí que la historia que nos contaba Gabriela podría tomar otros rumbos diferentes a un testimonial doloroso y desconsolado sobre la vida y la muerte de su progenitor. Entre la hojeada al apéndice del libro y el momento en que Gabriela se decide encender el teléfono de su padre para indagar sobre la mujer con la que su padre “mantuvo una relación paralela y clandestina de más de treinta años y otra hija fuera del matrimonio”, a la crónica que yo esperaba, le brotaron otros derroteros.

Nunca había leído a Gabriela Weiner (1975-), peruana, limeña para más señas; periodista, dramaturga, poeta, creadora de performances literarios, militante activa en el feminismo, autora de libros sobre su embarazo o sus memorias sexuales, de crónicas e investigaciones periodísticas, relatos autobiográficos y poemarios; Gabriela es, por lo que ahora sé, una reconocida cronista, Premio Nacional de Periodismo de su país y todo un personaje por algunas peculiaridades de su vida privada, que reservada, reservada, no lo es tanto.

Todas las historias de familia son interesantes, solo se requiere de contar con el cronista adecuado. “Huaco retrato” resultó, sí, en parte crónica, especie de diario de duelo, que escribe Gabriela Weiner como parte del desconsuelo provocado por la muerte de su padre, pero parece también un pretexto para sumergirse en la búsqueda sobre sus orígenes, y la influencia que ejercen estos sobre su vida; es a la vez, también, un relato sobre una crisis en su relación poliamorosa, producto de una infidelidad.

Charles Weiner es un explorador austríaco, especie de Indiana Jones que escribió un libro sobre el Perú, país donde expolió, durante sus andanzas arqueológicas, una colección de más de 4 mil piezas de cerámica prehispánica que se exponen en un museo parisino, y que además, durante sus aventuras peruanas, dejó un hijo bastardo: Carlos, bisabuelo de Gabriela.

Un Huaco retrato es una pieza de cerámica que busca representar lo más fielmente posible el rostro de un indígena. Para Gabriela, un Huaco retrato es la foto carnet prehispánica. Escribe que de tan realista, al ver uno, es para muchos “como mirarnos en el espejo roto de los siglos”.

“Huaco retrato” me resultó una especie de artificio literario muy atractivo, con el que Gabriela elabora un equilibrado juego de espejos que parecen ocultar una parte de la imagen que posa frente a ellos; es un relato de autoficción o de no ficción que utiliza Weiner para escribir sobre temas serios como la historia de expoliación y depredación que sufrió el continente latinoamericano, a la vez que nos cuenta significativas e íntimas historias personales y familiares, llenas de celos e infidelidades, pero eso sí, escritas con humor, sarcasmo e irreverencia, que hace de su lectura, una experiencia agradable. ¡Te leo!
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