Con una historia —pero sobre todo con un título irresistible—, la nueva novela de Juan José Millás me descolocó. No sé si fue el título o la voz del narrador, pero algo me hizo clic. En esencia, Ese imbécil va a escribir una novela es Millás haciendo lo que mejor sabe: usar la autoficción para hablar de sí mismo y, al mismo tiempo, de todos nosotros.

La autoficción es ese territorio inestable entre memoria y ficción. El término es moderno —lo inventó Serge Doubrovsky allá por 1977—, pero la costumbre de mezclar la vida con la literatura es tan vieja como la escritura misma.

No vengo a darte una clase de teoría, sino a contarte lo que me pasó con este libro. Juanjo Millás, valenciano, columnista de El País, ganador del Nadal y del Primavera, es de esos autores a los que siempre regreso. Y no porque busque consuelo, sino porque cada vez que lo leo algo en mí se recoloca. Sus libros no envejecen: uno envejece con ellos.

Conocí su literatura en 2008, cuando leí El mundo, la novela que ganó el Premio Planeta un año antes. Me conmovió tanto que escribí, en la página de cortesía, el deseo de que mis hijas la leyeran algún día. No suele pasar que sigan mis recomendaciones, pero todavía guardo la esperanza.

En Ese imbécil va a escribir una novela, Millás vuelve a jugar con su doble y se adentra en una zona de desdoblamientos. El protagonista se llama, como él, Juan José Millás, y recibe el encargo de escribir lo que cree que será su último reportaje. Ese encargo, en apariencia inocente, termina abriendo un episodio borroso de su infancia: una fisura del pasado que lo enfrenta a su otro yo. Todo ocurre en esa niebla donde la memoria y la imaginación se confunden. Desde ahí, la historia avanza entre el escritor que recuerda, el niño recordado y el narrador que observa a ambos con una mezcla de ironía y ternura.

La novela se mueve entre recuerdos, invenciones y metáforas. Aquí, la mentira aparece como una forma de acercarse a lo que no puede decirse de otro modo. El tono oscila entre el humor, la ternura melancólica y una perplejidad filosófica que te deja pensando mucho después de cerrar el libro. La estructura es fragmentada, casi como un diario interrumpido por sueños. El narrador se sabe personaje, y el autor, impostor. Millás no usa la ficción para adornar la vida, sino para rehacerla desde otro ángulo. Y, con su ironía habitual, lanza una crítica al narcisismo de quienes escribimos sobre nosotros mismos: el “imbécil” del título es él, pero también cualquiera que haya intentado convertir su vida en palabras.

Leer Ese imbécil va a escribir una novela fue, para mí, algo más que encontrar una buena historia: fue toparme con una imagen deformada en la que reconocí mis propias vacilaciones frente a la página en blanco. Millás consigue algo raro: convertir la inseguridad en estilo, el titubeo en materia literaria.

Su libro me recordó que escribir no consiste en fingir certezas, sino en narrar la duda, en mirar de frente al engaño y llamarlo por su nombre. De ese impulso nació mi propio intento autoficcional, No me llames al engaño, una manera de dialogar con Millás y conmigo mismo desde esa misma incertidumbre: la de escribir para entender lo que no sabemos decir.

Te leo.