“La hermandad de la uva”, de John Fante

No había leído a John Fante. Las únicas referencias que recordaba sobre él se las debía a Charles Bukowski. El símbolo del “realismo sucio” lo tenía como uno de los escasos novelistas que valía la pena leer. Fante no era nadie en el mundo literario, hasta que el “viejo sucio”, ya en la cumbre de su fama, mencionó que era su ídolo y fuente de inspiración.

Era tan influyente Bukowski en aquellos años, que con su referencias, logró que la editorial que lo descubrió, Black Sparrow Press volviera a publicar los libros de su Sensei, que habían pasado sin pena y sin gloria, convirtiéndose, bajo el amparo de los halagos de Bukowski en un éxito de ventas. Al igual que Bukowski, John Fante gozó durante poco tiempo del éxito y la fama, falleció de diabetes en 1983.

John Fante (1909-1983), de origen italiano, escribió 7 novelas, cuatro de ellas de la saga conocida como “Arturo Bandini”. “La hermandad de la uva” se publicó en 1977, y Anagrama, la editorial española que publica a Bukowski la presentó en el 2004, y la incluyó en su colección conmemorativa 50Anagrama el año pasado.

Todo el ruido generado alrededor de la celebración de centésimo aniversario del nacimiento de Charles Bukowski (nació el 16 de agosto de 1920) y la casualidad, me llevó a la lectura de “La hermandad de la uva”. No tenía ni uno solo de los libros de Fante. La semana pasada me lo encontré entre los exiguos estantes de la librería Gandhi Monterrey. Lo han de haber sacado de las cajas por el pretexto del centenario del natalicio de Bukowski.

Me encantó la novela. Los primeros capítulos me dejaron alucinado y enganchado hasta el desvelo. No podía soltarla, deslumbrado por el arranque de la novela, cuando Henry Molise (cincuentón, escritor y padre de 2 veinteañeros), recibe una llamada desde San Elmo, Cal., de su hermano Mario, solicitándole su intervención para evitar que sus padres -setentones plus los dos- inicien otro proceso de divorcio, pues según Mario, su madre, al descubrir y reclamar otra infidelidad, fue golpeada por su marido, provocando un escándalo de tal magnitud, que terminó con el viejo Nick Molise tras las rejas.


Henry, discusiones previas con Harriet, su mujer, sobre la opción de llevar a su padre a vivir con ellos, decide regresar a San Elmo a mediar entre sus progenitores. Al llegar, el problema entre sus revoltosos padres estaba resuelto, pero la trampa que había armado su progenitor para que lo acompañara a la montaña para cumplir con un contrato de albañilería, lo atrapa sin remedio.

El planteamiento de la trama, el ritmo de la novela, la prosa, los diálogos, los personajes, la ambientación del pequeño pueblo californiano, los vecinos, la hermandad de la uva, todo, pero todo, funcionaba y parecía impecable, estupendo, maravilloso. Leía asombrado, deslumbrado, hasta que a eso de las dos, tres de la madrugada, a punto de terminarla, me venció el sueño. Es lo malo de iniciar las novelas a media noche.

Nick Molise, albañil, el mejor cantero de America, según él; cascarrabias, alborotador, tirano de la paciencia ajena, borracho casi siempre; cantante desafinado, cínico mujeriego, ludópata, y golpeador; casado con María, madre sobreprotectora, gran cocinera, adicta al drama, con olor a aceite de oliva y salsa de tomate en el pelo, son dos enormes personajes que hacen desentonar a su hijo Henry, el insulso escritor y narrador, que al lado de su viril padre, parece -sin pretender ofender- señorita de las de antes.

Novela sobre la familia; de despedidas; de regresos sin gloria; sobre las consecuencias de las arbitrariedades del padre y la tolerancia de sus dependientes. Pasión, ajuste de cuentas, contradicciones, vida, muerte; no sales indemne de su lectura, te gana la certeza de que leíste una novela realista, cruda, de un humor tenuemente oscuro, que te deja con una ligera sonrisa, que no te permites liberarla, por respeto al duelo. Vale la pena su lectura.

¿De qué hablo cuando hablo de catalogar la biblioteca


A todos los que participamos en el grupo nos gusta ver fotografías de libros. Sobre la mayoría de los lectores, los libros ejercen una fascinación, un encanto que va mas allá de la lectura. Nos gusta tocarlos, olerlos -a mí no, la verdad -, ojearlos, presumirlos. Por eso también publicamos fotos de nuestras bibliotecas: de diez libros o diez mil, nos emociona subirlas, y conocer las de los demás. ¡ Nos encanta: es la puritita verdad!

Una gran mayoría de nosotros sueña con tener algún día una biblioteca; ajustada a nuestra personalidad, necesidades y hasta a nuestros prejuicios. Los que ya contamos con una, comprendemos que nuestras bibliotecas explican quienes somos; intuimos que son nuestra autobiografía en muchas capas; advertimos que nuestra verdadera historia se encuentra en los estantes que guardan nuestros libros; entendemos, sin que nadie nos lo diga, que al tenerlos cerca, nunca estaremos solos.

La manera de ordenar una colección de libros depende, la mayoría de las veces, del azar; cuando decidimos ubicarlos en un estante del librero, sobre una mesa, o sencillamente apilados en un rincón de la recámara, adquieren su propia identidad, ya sea por la propia asociación con los otros libros, por alguna etiqueta autoritaria que les otorgamos, o simplemente por el lugar que ocupa,

El tema no es cómo los ordenamos en los estantes. No es mi punto: por idioma, por género, por tema, por autor, por tamaño, por color, por país, por editorial, para mi, no es tan relevante, porque por razones que solo los lectores comprendemos, siempre, tarde o temprano, terminamos encontrando el libro que buscamos. Lo que para los demás es caos, para nosotros es un desorden regulado.

Entonces, ¿de qué hablo cuando hablo de catalogar nuestros libros? De tener una lista de ellos, de conocer exactamente cuáles libros ya tenemos, y la primera razón para ello es la más obvia: no comprarlos repetidos.

A mí no me molesta repetir títulos siempre y cuando sean de ediciones diferentes. De hecho, tengo más de 40 “Cien años de soledad”, otros tantos de “Corazón, diario de un niño”; de “Pantaleón y las visitadoras”. Libros que representaron mucho en mi vida, los colecciono en diferentes ediciones.

Lo que me molesta es comprar dos libros exactamente iguales; cuando terminé de clasificarlos conté más de 300 libros, exactamente iguales, repetidos. Me daba de topes contra la pared. He logrado intercambiar casi todos. Así que, con esta única razón, no comprar repetidos, se podría justificar el esfuerzo de catalogarlos.

Yo los clasifiqué hace dos años. Me llevó cuatro meses de tiempo completo. Convalecía de una enfermedad, y el tiempo en casa, lo aproveché para trabajar en ello. Mi impulso inicial fue que, cuando menos, mis hijas supieran exactamente cuántos y cuáles libros estaban en los libreros; que contaran con información precisa que las ayudara a tomar cualquier decisión sobre ellos. Una especie de inventario testamentario.

Pero algo sucedió: no tienen idea de lo que disfruté el proceso. Reencuentros con libros muy queridos, descubrir entre sus páginas fotografías, facturas, mensajes, tarjetas, boletos de avión, dedicatorias, me trajeron recuerdos que me conmovían y emocionaban.

Cada mañana me levantaba deseoso de reiniciar la tarea, seguro de que me encontraría con sorpresas que me alegrarían el día y justificarían la friega. Me recuperé física, pero sobre todo, emocionalmente. Comprendí muchas cosas sobre mi vida y decidí intentar un nuevo rumbo, todavía no sé cual, pero otro.

Mientras llega el momento en que mis hijas decidan el destino de los libros, no tienen idea de lo que disfruto mi biblioteca desde que terminé de registrarlos. No comprar repetidos es la más obvia; pero hay otras: en cualquier instante, listar los libros tengo de un autor determinado; la fecha en que los leí, los que dejé sin terminar, dónde están, el día en que los compré. En fin, puedes ingresar a tu catálogo tantos datos como creas que te harán falta para disfrutar tu colección.

Yo utilicé una App y mi iPhone. La verdad es que probé unas cuantas, hasta que me decidí, no recuerdo porqué, por BookBuddy+ . Un consejo, no utilicen la versión gratis. La Pro cuesta muy pocos pesos, menos de 200 (10 dólares), lo que cuesta un libro, así que no sean tacañas e inviertan unos pocos dólares en la versión completa.

Sé que cuatro meses, de cuando menos 8 horas diarias, es mucho tiempo; quizá ustedes no cuenten con tantas horas, pero posiblemente no requieran tanto; mis libros se contaban por miles.

Por eso quiero recomendarles que inicien su proyecto sin importar que tengan pocos libros. Ya los tendrán por miles!

Insisto, no importa si tienen 25, 100 o más de mil libros. Inviertan en una App para catalogarlos, nunca se arrepentirán, créanmelo.

“La cucaracha”, de Ian McEwan

Las primeras frases me obligaron a dirigirme a la sinopsis de la contraportada; no, no me había equivocado: en un arranque de locura o maestría literaria, usted juzgará, McEwan había reescrito su interpretación de “La metamorfosis”, de Frank Kafka, donde una vivaracha cucaracha, amanece una mañana convertida en ¡el Primer Ministro inglés, Jim Sams!

Absurda, satírica, disparatada, humorística a rabiar, “La cucaracha” es una novela muy corta, donde McEwan denuncia, con gracia, agudeza y un humor muy British, al Brexit, proyecto inglés que provocó un torrente de opiniones y cuya aplicación fue votada SI por los ingleses en un referéndum que dividió al Reino Unido.

Me gusta mucho Ian McEwan. He leído alguna de sus novelas y libros de relatos: “La ley del menor”, “Perros negros”, “El inocente”, “Jardín de cemento”, “Amsterdam” “Cáscara de nuez” y “Niños en el tiempo” son algunos de ellos. A finales del año pasado publicó “Máquinas como yo”, que no he leído, y a principios del 2020 sorprendió al mercado editorial con la publicación de “La cucaracha”.

La anécdota parece sencilla: el primer ministro inglés y los miembros de su gabinete son unas cucarachas reencarnados en seres humanos. A los disidentes de su equipo, los destituye, pensando que por diversas razones, no lograron convertirse en insectos como la mayoría de sus colaboradores, que, curianas también, forman un grupo fuerte, motivado y cohesionado en torno a su líder.

Kafkiano, Kafkiana: 1-. De Fran Kafka escritor checo, (1883-1924) o relacionado con él o con su obra. 2-. Que tiene el carácter trágicamente absurdo de las situaciones descritas por este escritor en sus obras. “La cucaracha” hace uso de Kafka, para señalar el absurdo de un plan económico planteado por Jim Sams, basado en una teoría económica denominada “reversionismo”, consistente en invertir los flujos económicos: el trabajador paga por trabajar, el comprador recibe dinero por consumir.

La novela narra una serie de acontecimientos disparatados en la agenda del Primer Ministro: reunión de gabinete donde el PM plantea las fechas y medidas a implementar para el lanzamiento de su plan; sesión Parlamentaria informando/imponiéndolo; creación de crisis diplomática con Francia a manera de cortina de humo; uso que le da al Twitter para provocar caos y confusión; chacotera descripción del presidente estadounidense y la conversación telefónica que mantienen.

Con la prosa elegante a la que nos tiene acostumbrados, McEwan nos muestra su total desacuerdo con el Brexit y su gobierno. Ya aprobado, me quedo con la impresión que aunque a destiempo, quiso hacerlo público, hacer uso de su derecho al pataleo.

Y muestra su indignación con un ingenioso relato, pletórico de ironía, a manera de una fábula, donde una cucaracha, especie animal sobreviviente a cataclismos y pandemias, afirma que “no es fácil ser homo sapiens: sus deseos están muy a menudo en pugna con su inteligencia”, mientras hace “grilla” de alto nivel, con inteligencia curiana para alcanzar sus objetivos.

“La cucaracha”, reclamo contra populismos que avanzan inexorablemente por el mundo. Llamada de atención sobre las consecuencias de no enfrentar electoralmente a los grupos políticos de extrema derecha, de corte fascista.

Visceralmente crítica, ácida, mordaz, cáustica, “La cucaracha” se lee, se reflexiona y sorprende, sobre todo porque me mostró a un Ian McEwan activista y polemista, perfil que me era desconocido.

“Siempre demasiado y nunca suficiente”, de Mary L. Trump

Morbo, maldito y adictivo morbo: cuántas horas de lecturas desperdiciadas para darte gusto! Tenía claro por lo que había leído sobre el libro, y por todo lo que ya he leído sobre Donald Trump, que el tomo de su sobrina Mary poco contribuiría a alterar mi opinión sobre el tipejo que gobierna a los Estados Unidos. Y así pasó, pero el infame morbo pesó más que mis certidumbres.

El subtítulo “Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo” ya era suficientemente mamón como para invitarme a pasar a otra sección de la librería, pero mi debilidad ganó, el librito se sumó a los demás, y para mi vergüenza, apenas llegando a casa, me puse a leerlo. El diccionario dice que el morbo es -entre otras definiciones- una tendencia obsesiva hacia algo insano; en los Trump, casi todo lo es.

Mary L. Trump, hija de Freddie, primogénito de su abuelo Fred Trump, el patriarca, y sobrina de Donald, el hermano menor de Freddy, elabora, bajo el amparo de un Doctorado en estudios psicológicos avanzados, grado otorgado por un Instituto californiano – al observar sus fotos en Google, ves una escuela más “patito”, que el propio Pato Donald- un pretensioso, sesgado y vengativo análisis “Psicológico” de su abuelo y de su tío.

Mary ajusta cuentas con su gran pa, a quién señala por la muerte prematura de su padre, Freddy, un pobre niño rico, que igualmente intentó justificar sus carencias emocionales, sus debilidades físicas, sus incapacidades laborales, su falta de voluntad, su alcoholismo, culpando a su papá.

Primera y segunda parte, ocho capítulos, 140 páginas utiliza Mary para contarnos la historia de su padre, de su relación con su difícil y autoritario abuelo; de las enfermedades de su abuela, del matrimonio de sus padres, su divorcio, los frecuentes fracasos laborales y empresariales de su pobre papito, hasta que éste fallece afectado por un ataque al corazón a los 42 años de edad. Poco relata sobre su tío Donald, salvó que se convirtió en el consentido y brazo derecho de su padre, que le perdonaba todo.

Ya en el noveno capítulo parece concentrarse en la fraudulenta carrera empresarial de Donald Trump sin aportar gran cosa a lo que ya conocíamos desde los 90´s: Mi abuelo “sabia desde el principio a qué juegos jugaba Donald, porque le había enseñado cómo jugarlos. Trabajar con los árbitros, mentir, hacer y trampas… El juego más efectivo para ambos, padre e hijo, era el timo”. “En la mente de Donald, él ha logrado todo por sus propios méritos, aún haciendo trampas”.

Me sorprendería enterarme que alguna lectora o lector despistado llegó hasta aquí. Se los agradezco de corazón. Han de ser lectores voraces, que como yo, no discriminan ni las letras pequeñas de la caja de cereal del desayuno. Muchas gracias, ya mero termino este aburrido texto sobre el libro de la sobrina del hombre más peligroso del mundo.

El libro culmina con la narración de la batalla legal que emprendieron la autora y su hermano para impugnar el testamento de su abuelo Fred, que los dejó fuera de la parte que supuestamente le correspondía a su padre Freddy, muerto 18 años antes. Separados de la familia a causa del pleito, lanza sus dardos intentando dañar la carrera política de su tío. Ojalá lo logre.

Lo único que espero después de leer “Siempre demasiado y nunca suficiente”, es que logre convencer cuando menos a uno de los estadounidense que lo haya leído, de que es imprescindible votar en contra de la reelección de Trump. El libro por demás, creanme, es prescindible para ustedes. Tienen mucho mejores lecturas por delante.

“Roseanna”, de Maj Sjöwall & Per Wahlöö

Me gusta mucho la novela negra, y debo de reconocerles que, en ocasiones, creo que lo mío, lo mío, son las historias que se ubican en este siglo. Mi formación profesional -desde 1980, mi primera y más larga relación profesional ha sido con las tecnologías de la información- orienta mis preferencias hacia las historias donde los ordenadores, las redes sociales, Google, los móviles, están presentes y juegan un papel relevante en la historia .

No por ello dejo de disfrutar las novelas de los precursores del género: Collins, Conan, Poe, Chesterton, Christie. O de los creadores del Noir estadounidense de los 50´s: Chandler, Hammett, McCoy. O de mis contemporáneos: Paco Nacho Taibo II, Benjamin Black, Domingo Villar o Pierre Lemaitre.

Novela negra, policial, thriller, noir, hardboiled; de Conan Doyle a Carmen Mola; la novela negra no pierde fuerza ni vigencia. Antes de la pandemia, las librerías estaban pletóricas de historias de crímenes, policías, detectives y forenses. Al regreso, igual. Las novedades aparecen a cuentagotas en los estantes, pero aparecen; dos ejemplos: “Nena”, de Carmen Mola y “El enigma de la habitación 622”, de Joël Dicker.

Hay un subgénero que explotó comercialmente con la trilogía “Millennium” del Sueco Stieg Larsson (1954-2004): el Nordic Noir. Antes de Larsson, las novelas de Henning Mankell aparecían regularmente y con éxito en nuestras librerías, pero a raíz de la saga “Millennium”, las novelas de autores como Hjorth & Rosenfeldt, Jo Nesbø, Åsa Larsson, Camilla Läckberg, Arnadur Indridason aparecieron en nuestros libreros.

Aprovechando el tirón, RBA publicó, festejando el 50 aniversario de su aparición, a Maj Sjöwall (1935-) & Per Wahlöö (1926-1975), autores de un proyecto literario al que denominaron “La historia de un crimen”, protagonizado por el comisario Martin Beck, que desarrollaron durante diez años, hasta el fallecimiento prematuro de Per Wahlöö. La primera novela, de una serie de 10, es “Roseanna” se publicó originalmente en 1965.

“Roseanna” es una novela donde las prisas no tienen cabida: un 8 de julio del 64 aparece el cadáver de una mujer en las aguas del lago Vättern, en Motola, Suecia. Tres meses y 68 páginas después, logran su identificación: una joven norteamericana originaria de Nebraska, bibliotecaria, lectora voraz que andaba recorriendo los países nórdicos en barco.

Martin Beck se encarga del caso trabajando en equipo -nada de Llaneros solitarios-, ajustado a los lentos procesos policiales suecos, a las dificultades para transportarse -en una Suecia que apenas le abría las puertas al uso del automóvil-, al engorroso procedimiento de las comunicaciones telefónicas de larga distancia en los 60´s.

Sin huellas dactilares, a años luz del ADN, alejado de los actos heroicos sin sentido, metódico, discreto y paciente, Beck cuenta solo con pistas complicadísimas de investigar, por lo que a ratos nos parece que nos topamos en puros callejones sin salida.

Pero pian pianito, la tozudez de Martín empieza a dar frutos, y para las primeras nieves de invierno, por fin encuentran a un sospechoso, aunque sin nombre, nacionalidad, característica físicas, nada, salvo que utilizaba una gorra roja y una americana gris.

Preguntando por aquí y por allá, terminan identificándolo y ubicándolo, pero como no hay prisa, se ponen a vigilarlo, esperando, con paciencia, en el clásico juego ratonero, que cometa un error, que vuelva a intentarlo, manteniéndonos en estado de tensión, porque hay que reconocerle a los autores su sapiencia para desarrollar una narrativa que nos mantiene atados en la lectura.

Buena novela, que a pesar de los 55 años transcurridos desde su publicación, se mantiene vigente, te entretiene, te reta y desorienta; y la lentitud de la investigación no me estorbó, solo te hace consciente que en los tiempos prepandemia, me mantenía completamente acelerado, alucinado, apresurado, pero a lo pendejo.

“Casas vacías”, de Brenda Navarro

Digan si no: una pesadilla firmemente anclada en nuestra psique cuando nuestro hijo es pequeño es que se nos “pierda” en el parque, en el centro comercial, en el estadio; que en un instante de distracción, se nos desaparezca, que nos lo roben, que no lo volvamos a ver.

Dudo que exista un padre/madre que no haya sufrido esa delirante, sofocante experiencia. Basta un segundo que los perdamos de nuestra vigilante vista para que una explosión de angustia nos provoque vértigo, dolor en el pecho, hiperventilación y asfixia juntos; y esa sensación de irrealidad, como una alteración de la percepción de los objetos que nos rodean en ese instante, que te hace ver todo en una especie de cámara lenta distorsionada.

“Casas vacías” trata de eso, y además, de las consecuencias: una madre dirige su mirada hacia su teléfono móvil, y un instante después, Daniel, tres años, desaparece, se esfuma, se pierde, y la mamá, prisionera del sentimiento de culpabilidad, se encadena firmemente con sus remordimientos y autorreproches, cayendo un estado de ansiedad y depresión permanente que la destrozan y aniquilan, y a la familia, junto con ella.

También trata de la secuestradora, una mujer que, desquiciada por su obsesión no satisfecha de convertirse en madre, de que Rafael se niegue a “hacerle” una hija, la que una tarde sufre un “arrebato” y se lleva del parque “al niño más bonito que había visto en la vida”, al que rebautiza como Leonel. No se trata de sí puede o no producir un hijo, sino tenerlo cuando ella lo desea.

Dos monólogos delirantes. Víctima y victimaria cuentan: una se inculpa, la otra, se justifica. Ambas, enajenadas. Historias de familia y de la soterrada violencia que ocurren en su seno. Dolorosa soledad y compañía indeseada; culpa emocional y delito doloso; maternidad deseada e insatisfecha, e hijas ignoradas y despreciadas.

Novela de voces, dolores y emociones femeninas; las parejas, Fran y Rafael, parecen estorbar, fastidiar y complicar, ignorando cada uno en el papel que le tocó jugar, las acciones que deberían ejecutar, para paliar, disminuir, compartir tanto dolor; malas comparsas, pésima compañía, presuntos culpables, asumiendo ese papel secundario y anti-empático al que parecemos estamos condenados a asumir.

Hay otra víctima: Nagore, la sobrina de Fran, invitada forzada a este drama, después de sufrir la propia: su padre asesinó a su madre, la hermana de Fran, el padre de Daniel, que luchó para obtener su custodia, arrebatándoles a sus abuelos paternos y maternos, que la amaban, la oportunidad de criarla en su natal España, para llegar a México a vivir el rapto de su primo, y padecer la desintegración de su familia adoptiva.

Si no hubiera estado enterado al iniciar la lectura que “Casas vacías” es la primera novela que publica Brenda Navarro (1982), no me lo hubiera imaginado. Más allá de la dolorosa historia que cuenta, el lenguaje diferenciado que utiliza en las relatoras, el manejo del tiempo narrativo, te habla de una escritora con habilidades y capacidades que en teoría, no esperas encontrar en un escritor debutante.

Prosa precisa, que describe hechos, pero también pensamientos y emociones. Relato de ficción, pero tan verosímil porque sabemos que en México ocurre con una frecuencia que, parece que inmuniza a la sociedad del dolor y el horror que provoca en las víctimas. “Casas vacías”: cruda, devastadora, dramática, dura, pero también deslumbrante, profunda, inteligente e inolvidable, marca el extraordinario debut de Brenda Navarro. Lectura absorbente e imprescindible.

“Algún día te mostraré el desierto”, de Renato Cisneros

La lectura de estos Diarios de paternidad del autor peruano Renato Cisneros, me dejó con tantos sentimientos encontrados, que tomó más tiempo de lo normal iniciar este texto, pues el final tan inesperado como sorprendente, me dejó totalmente pasmado, estupefacto, patidifuso y desconcertado.

No había leído nada de Cisneros. Me enteré de este libro gracias a una publicación que hizo un miembro del grupo. Renato Cisneros Sánchez, 44 años, peruano, periodista y presentador de TV, hijo de militar y madre tradicional, inició su carrera como escritor escribiendo poesía, ha escrito 2 libros de relatos y 4 novelas.

El tema sobre la paternidad me atrae y mucho. He leído a Philip Roth, Frank Kafka, Paul Auster, Hanif Kureishi, Martin Amis; Claudia Piñeiro, Héctor Abad Faciolince; también en los mexicanos como Jorge Volpi, Federico Reyes Heroles y Guadalupe Nettel entre otros, pero la mayoría, si no todos, tratan de una revisión del hijo sobre la relación con su padre. En su libro, Cisneros también reflexiona sobre la relación que guardó con su papá, pero enfocándolo cómo lo afectaría en su comportamiento como futuro padre.

En “Algún día te mostraré el desierto”, Renato escribe sobre lo que pensó, vivió y emprendió durante el embarazo de su mujer Natalia. Primerizo a los 41 años, nos revela sus fatigas, insomnios, pesadillas, miedos y ansiedades, producidos por su próxima paternidad, con tanta ingenuidad, candor y ternura, que en ocasiones su texto parece que alcanzará la cursilería.

Estructurada en forma de diario, la novela inicia con el primer encuentro entre Renato y Natalia. Si no hubiera puesto tantos reparos en perder las ventajas de su soltería, su narración te hubiera convencido que sufrió un auténtico y fulminante flechazo discotequero.

Cuarentón y sin responsabilidades, con buena posición económica, periodista famosillo, hasta con su propio programa en la televisión, defendió su libertad individual con una fiereza ejemplar, propia de un verdadero gamofobio con complejo de Peter Pan, hasta que se encontró a Natalia saliendo con otro.

El caso es que ante un ultimátum de Natalia, decide ponerse serio, esconder sus miedos al compromiso, para vivir un noviazgo formal y hasta romántico, viajes por Europa incluidos. Al poco tiempo, deciden casarse y dejar el Perú para iniciar su vida marital en Madrid, ella dedicada a su profesión médica, él, como escritor de tiempo completo.

Idílica, sin penurias y con mucho amor, transcurren dos años, hasta que a Natalia se le mete entre ceja, oreja y espalda el deseo de ser madre, rompiendo un pacto no escrito de esperar unos años más. Renato, repleto de miedos e inseguridades, decide darle el gusto a Natalia, y se pone a trabajar en el asunto.

Ya alcanzado el objetivo, la aprensión de Renato empieza a crecer, y no se cansa de pensar, repensar y reflexionar sobre su capacidad para transformarse en un buen papá. Entre visitas a la ginecóloga, los cursos para primerizos, las lecturas de libros sobre el tema, el montaje del cuarto del bebe, llega el día en que Julieta arriba a este mundo para cubrirlo de dicha y llenarlo de amor.

Con una prosa sin artificios, la historia que nos cuenta Renato te mantiene entretenido, y tan contento como los padres y abuelos de Julieta. Es obvio que te hace recordar tus experiencias, tu proceso de padre primerizo. Y en mi caso, lo evoco como uno de los períodos más felices de mi vida.

Además, Renato te cae bien. Se ha encuerado emocionalmente ante nosotros. Ha mostrado todas sus incertidumbres sobre su carácter, su inmadurez, su debilidad emocional, su pavor al compromiso, tan marcados, que empiezas a cuestionarte seriamente sobre sus fortalezas y capacidades para convertirse en un buen padre. Les recomiendo la lectura de “Algún día te mostraré el desierto”. Si la leen, me platican que pensaron sobre Renato. No lo olviden…

“Monterrey, alforja de poetas”, coordinador Margarito Cuellar

El reto 17 era que el libro fuera de poesía y llevará en el título el nombre de “un lugar”. Me costó mucho arrancar: no leo mucha poesía y tengo pocos libros del género lírico. Un día comentándolo con mi mujer, se puso a Googlear y me propuso un poemario que llevaba el valle de Anáhuac en el título. Se me prendió el Foco y recordé que en alguno de mis libreros tenía varios volúmenes del libro “Monterrey, alforja de poetas 1”. Los busqué, lo encontré, lo leí, y palomeé el punto.

Nací en Monterrey; colaboré activamente con la organización de la Primera Feria de Monterrey, evento que brindó la oportunidad para que Sonya Garza Rapport, amiga muy estimada, y Directora de Cultura del Ayuntamiento de Monterrey en aquel 1989, editara y publicara esta antología seleccionada por el poeta Margarito Cuellar.

Monterrey no es una ciudad donde la cultura encuentre un campo fértil para desarrollarse. Una ciudad de casi 5 millones de habitantes que cuenta con menos de 15 librerías, incluyendo las de libros de 2a. mano, no puede presumir de acoger fervorosamente las iniciativas culturales. Pero han existido y existen escritores, pintores, escultores, artistas de todos los géneros, que se resisten a que la aridez de la tierra y el desinterés de la mayoría de los regiomontanos por sus manifestaciones, termine exterminándolos.

“Monterrey, alforja de poetas 1” es un ejemplo de esa resistencia. En una edición muy humilde, que privilegió el fondo sobre la forma, en este primer volumen presentó una breve biografía y una mini selección de la obra de doce poetas cuyo criterio de selección fue haber nacido a finales del siglo XIX.

Destaca en la sobresaliente lista, Alfonso Reyes, ensayista mas que poeta, pero sin duda, el escritor nacido en Monterrey más conocido y reconocido más allá de su ciudad natal. Celedonio Junco de la Vega, Francisco de Paula, Felipe Guerra, Nemesio García Naranjo, Porfirio Barba-Jacob -autor colombiano incluido por su participación en un periódico local-, David A. Cossío, Carlos Barrera, Miguel Martínez Rendón, Eusebio de la Cueva, Alfonso Junco y Rafael Lozano contemplan la docena de poetas con raigambre regiomontano.

Gracias a Retópata20 por la oportunidad de rescatar para su lectura “Monterrey, alforja de poetas 1”-

“El talento de Mr. Ripley”, de Patricia Highsmith

¡Vaya novela! Ahora comprendo el éxito de Patricia Highsmith. “El talento de Mr. Ripley” (1955) obtuvo el Gran Premio de Literatura Policíaca y fue nominada al Premio Edgar a la mejor novela, y además, adaptada al cine dos ocasiones. Novela escabrosa, turbadora y fascinante, termina seduciéndonos y atrapándonos sin remedio.

Primera novela que leo de la autora Texana. Fan de la novela negra, compraba sus libros con la seguridad que tarde o temprano las leería, pero la verdad, pasaron muchos años, hasta que hace unos días, me topé con un ensayo de Sergio Pitol sobre otra novela de Highsmith que me hizo click, y me provocó leer la edición conmemorativa 50 Anagrama de la primera novela de la serie de Tom Ripley.

Debo de comentar que “Los talentos de Mr. Ripley” no sigue casi ninguna de las reglas tradicionales del género negro. El protagonista, Thomas Ripley no es policía ni un detective sagaz, astuto, inteligente: es un ladrón, estafador, un asesino psicópata de lo peor, y si ven con cuidado la foto de arriba, podrán observar que Patricia Highsmith escribió 5 novelas utilizándolo como protagonista, así que no rompo con la regla de cortesía a la que estoy sujeto como comentarista de una historia de misterio si les cuento que, al final de la novela, los buenos no logran ajustar cuentas con Tom.

Entonces, si el enigma no es el cuándo y cómo van a atrapar al asesino, es válido preguntarnos: ¿cómo carajos le hizo la autora para apremiarnos a continuar leyendo ávidamente, vorazmente -terminé la novela en dos sentadas-, obsesivamente, las azarosas andanzas de Thomas?

La respuesta, para mi, estuvo en la caracterización de su anti héroe: Thomas Ripley, joven sin escrúpulos ni moral, que construyendo su muy personal escala de valores, logra esquivar sus reparos y contradicciones, en la búsqueda de la satisfacción de sus anhelos, pero a quien la autora nos condena, por mas absurdo que nos parezca, a desear que siga, que de alguna manera, se salve.

Con un inicio sosegado, donde parece que no sucede nada, utilizado por la autora para construir los personajes de la novela, conocemos a Tom, de 25 años, malviviendo en Nueva York, donde una tarde de suerte, lo contacta un millonario que, pensando que Tom es muy amigo de su hijo, Dickie Greenleaf, que vive en Italia, le pide que vaya y lo convenza de que regrese a casa.

Mr. Greenleaf le ofrece a Tom el viaje a Italia con los gastos generosamente cubiertos. Ripley acepta el encargo, se va y contacta con Dickie en un pequeño pueblo costero italiano cerca de Nápoles, donde logra hacerse su amigo, para terminar asumiendo su identidad después de asesinarlo.

Ni crean que ya les conté la novela. No, no mis estimadas amigas y amigos, aquí es cuando inician los juegos de pirotecnia de Tom para encubrir su delito, que lo llevan a encadenar otros más, dando muestra de su ingenio e inteligencia criminal, que con cierta dosis de suerte, le permiten dirigir las investigaciones policiales por rutas sin destino.

Novela de corte psicológico, narrada desde el punto de vista de Tom, el ambiguo, el solitario, el inmoral, el frustrado, el escurridizo y turbador protagonista. El mayor atractivo lo encontré en los recursos literarios que utilizó Highsmith para angustiarnos, para horrorizarnos, cuando caemos en la cuenta que, en el fondo, muy en el fondo de nuestra conciencia, anhelamos que el juego continúe, y ese deseo me resultó muy inquietante, para que es más que la verdad.

PD-: Odié haber visto la versión cinematográfica del libro que estoy leyendo. ¿Por qué la leí si me molesta tanto? Porque al iniciar una lectura, es rara la ocasión que recuerdo o relaciono la novela con una película. Normalmente, ni los títulos coinciden. No sabía -recordaba- que había visto la película. El caso es que a las pocas páginas, aunque no lograba quitarme de la mente la cara de Matt Damon, la maestría de Highsmith logró que me sumergiera profundamente en la novela, asombrado, confirmando la máxima de que el libro casi siempre es mejor que la película.

“Vernon Subutex 1”, de Virginie Despentes

Es imposible ser lector y padre de una abogada especializada en los derechos de la mujer, además de activista, y no saber quién es Virginie Despentes. Feminista, cineasta, escritora, a Despentes se le conoce, no solo por su talento a la hora de escribir o filmar; también por la inteligencia que pone a la hora de provocar, sacudir, o escandalizar a su publico.

Despentes (1969-) debutó como escritora con “Fóllame”, le siguió con “Perras sabias”, “Lo bueno de la verdad”, “Teoría King Kong” y “Bye Bye Blondie”, obra publicada entre 1993 y 2013. “Vernon Subutex 1” (2016) es parte de una trilogía que culminó con el volumen 3 publicado en el 2018.

Después de leer “Vernon Subutex 1” me queda claro que Despentes trasladó sus las posturas políticas a la novela. Crítica dura, visceral y aguda al neoliberalismo, que ha causado más estragos en el mundo que cualquier pandemia, Virginie nos presenta su radiografía sobre la sociedad francesa contemporánea, llena de precariedad, desigualdad, intolerancia y marginalidad.

La novela la compré porque algunos rankings la consideran entre las mejores que se han publicado en lo que llevamos del XXI. Y la verdad, es buena, quizá muy buena, pero la leí en mal momento. La historia de Vernon, ex propietario de una tienda de discos (musicales), cerrada por la crisis de la primera década del XXI, para toparse, entrando a los 50´s, desempleado, abandonado por la seguridad social francesa, a vivir de la solidaridad de sus amigos, no es una lectura estimulante en esta época.

La muerte de Alex Bleach, un súper rock star en Francia y amigo de Vernon, es el pretexto para que Subutex inicie una especie de road trip a través de Paris en búsqueda de techo, pues hasta la casa perdió. Vernon, buen tipo, experto en el rock de los 90´s, especie de gurú entre los clientes de su tienda -llamada Revolver, por cierto- cae en una crisis económica, pero también existencial.

Novela de múltiples personajes, avenidos a narradores, que nos muestran su muy particular visión de la sociedad francesa. Muestra representativa del mosaico étnico y cultural de la Francia de Nicolas Sarkosy, la de François Hollande, la obra de Virginie transita por diversas vías y toca demasiados temas sin que se convierta en una carga para la lectura.

El cambio tecnológico – discos de vinilo a cd´s digitales, fotografía analógica versus digital, iPhone y MacBook en manos de los sin hogar franceses-, la conversión ideológica de los obreros, el surgimiento de las influencers, el mundo de los porno stars, todo mezclado y narrado en una serie de monólogos que fluyen de manera ágil.

Novela entre ácida y áspera, a ratos colérica, pero potente e intensa, “Vernon Subutex 1” te oprime y te seduce al mismo tiempo. Sugestiva, contemporánea, bien edificada, “Vernon Subutex 1” es una muy buena novela, aunque no puedo asegurar que la considero entre las mejores cincuenta que he leído durante los últimos veinte años.
A %d blogueros les gusta esto: