“La apariencia de las cosas”, de Elizabeth Brundage

Resulta emocionante encontrarse con una sorpresa placentera, como ocurrió con la lectura de “La apariencias de las cosas”; pienso que recibí un regalo insospechado, no sé que tan merecido. Después del desconcierto que me provocó leer la exótica catalogación que le atribuye The Wall Street Journal: “thriller literario”, al terminarla pensé: ¡Joder! Pues no andaban tan errados.

Destaco el punto solamente porque la frase, lo novedoso del adjetivo, me resultó, de entrada, un simple artificio mercantil y al final de la lectura, concluí que el WSJ se había quedado corto, pues no alcanza a definir en toda su dimensión a la novela de Elizabeth Brundage.

Yo compré la novela por otras razones: por el sello editorial (Nefelibata es un adjetivo –usado también como sustantivo– que alude a un individuo soñador o fantasioso) y por conocer a Elizabeth Brundage. Elizabeth es graduada en el Hampshire College, acudió también a la escuela de cine de la Universidad de Nueva York y trabajó como guionista en el American Film Institute de Los Ángeles. La autora se formó en el taller de escritores de la Universidad de Iowa. Entre sus obras se pueden encontrar títulos como “The Doctor’s Wife”, “Somebody Else’s Daughter”, “A Stranger Like You” y “All Things Cease to Appear”, la única en traducirse en español como “La apariencia de las cosas”.

La novela inicia una noche de febrero de 1979 con el arribo de George Clare y la pequeña Franny a la casa de Joe y June Pratt, sus vecinos, para solicitar ayuda, pues algo le había ocurrido a Catherine, su esposa. De alguna manera te enteras que la encontró muerta, sin mayores detalles. Por pequeños gestos, difusas conversaciones y expresiones sueltas que observas durante la lectura inicial, te das cuenta que casi todos en el entorno, sospechan de George.

Pronto, la autora decide dar un pequeño salto hacia al pasado, solo unos cuantos meses atrás, suficientes para que despliegue todo su talento narrativo, toda su maestría en la creación de un grupo de extraordinarios personajes y sus pequeñas, comunes, entrañables historias entretejidas por diversos intereses en común, que terminan convergiendo en la vida de los Clare.

Y ahí encontré la sorpresa: esperaba encontrarme con una historia policíaca. Y pues sí, arranca con un asesinato, el de Catharine Clare, y también encontramos a un policía, Travis Lawton, y rondaba por ahí un psicópata asesino, pero habrán pasado más de trescientas páginas sin enterarme de alguna acción o avance sobre la investigación. No, definitivamente no fue la solución del homicidio lo que me conectó y enganchó con la novela.

Fueron las historias de los habitantes de Chosen, el pequeño pueblo del Estado de Nueva York, a donde llegaron a vivir los Clare; George, Catharine y su hija Franny. Fue el asistir a Saginaw, la pequeña universidad que contrató a George, como maestro de historia del arte; ocurrió al adentrarnos en la historia y leyendas alrededor de la granja donde viven los Clare.

Mi respuesta emocional se fue dando mientras me adentraba en las historias de los vecinos: los tres hermanos Hale, jóvenes huérfanos, antiguos moradores de la granja de los Clare; las de los Sokolov, los Lawton y los DeBeer; y conforme vamos conociendo el entorno de los Clare, desciframos los usos y las costumbres de quienes comparten el espacio con nuestros protagonistas.

Y es en ese ejercicio cerebral que realizamos para conocer, para entender, para interpretar, intuir, percibir las necesidades emocionales de los vecinos de Chosen, cuando reconocemos que estamos sumergidos en la lectura de una excelente obra literaria, empujados a ensanchar nuestros conocimientos sobre sus vidas, a percibir el mundo desde esa diversidad de puntos de vista que nos ofrecen sus acciones y sus pensamientos. Y les tomas afecto, caray. A Cole, a Eddy, a Justine, a Rainer, y ni se diga a la trágica Catherine; a casi todos terminas queriendo.

Extraordinaria novela. Es casi hasta la página 400 cuando regresamos a la investigación policiaca. Y en esas últimas cien páginas, Elizabeth demuestra que se le da bastante bien el género. Pero no, no es un Thriller, para nada. Es una novela que se lee poco a poco, que te pone a recapacitar, meditar, reflexionar en temas más profundos y relevantes que el de encontrar la manera de atrapar al asesino de Catherine.

Sin duda “La apariencia de las cosas” es una novela que te recomendaría sin reparo alguno. Es una de las mejores que he leído en este 2021. ¡Te leo!

“Lo peor de todo”, de Ray Loriga

Me hubiera -y no existe el hubiera- haber leído “Lo peor de todo” cuando se publicó. No me arrepiento de su lectura, pero tratándose de un autor como Ray Loriga, un referente de su generación, de esa pléyade de jóvenes escritores españoles que irrumpieron con fuerza en los albores de la transición a la democracia española y que sacudieron con la misma energía la industria editorial iberoamericana, pienso que la habría disfrutado más a mis 20/30 años.

Lo menciono como una leve advertencia. “Lo peor de todo” fue la ópera prima de Ray. La lectura de sus novelas iniciales se debe encarar teniendo en mente el contexto, el entorno, el ambiente de la época en la que se escribieron. Y para que no haya malos entendidos, desde ahora te insisto en que me gustó, pero…

La verdad no quiero pensar que mis sentimientos y sensaciones como lector estén influenciados por haberme convertido con el paso de los años en uno de esos “viejos babosos” a los que alude Élder, el narrador de “Lo peor de todo”, que se vuelven repugnantes con la edad y que empeoran año tras año. Ojalá y que no.

A Ray Loriga lo leí por primera ocasión en diciembre de 1995. “Caídos del cielo” fue esa primera lectura, y de acuerdo a lo que anoté, me agradó. Aún andaba por mis treinta y aunque mi vida fue diferente -a mis 25’s era un joven serio, formal y orientado a lo que en aquellos años estaba seguro que era el “éxito”- a la de los protagonistas de la novela de Ray, me identificaba con ellos en otros aspectos.

Ray Loriga, seudónimo de Jorge Loriga Torrenova (1967-), escritor madrileño, colaborador de diversas publicaciones, guionista y director de cine ha publicado once novelas, 4 libros de relatos y un cuento infantil. Integrante de la denominada “Generación X”, logró su primer éxito de público y critica con “Lo peor de todo”, que fue publicada por todo Europa.

No recuerdo las razones por las que no volví a leer a Ray Loriga. En el 2017 su novela “Rendición” fue galardonada con el Alfaguara de Novela e inmediatamente lo recordé. Por eso no dude en comprarla y leerla. Y de nuevo, me gustó. “Extraña pero entretenida” resumí en mis notas. Quizá iniciaba mi época de viejo baboso.

“Lo peor de todo” es su primera novela, publicada en 1992 con toda la frescura de sus 25 años, reeditada por Alfaguara en el 2008 y reimpresa en México por el mismo sello en el 2014, edición que en la mañana me la encontré a precio de ganga y que hoy mismo leí. Para que me espero a envejecer más.

Novela de iniciación sobre la transición de la niñez a la juventud del protagonista y narrador Élder Bastidas, escrita en primera persona, a la manera de un diario medio caótico, con un ritmo por momentos frenético, transitando del pasado al presente, sin freno ni pausa, sin lograr asentarse, pero sin que te provoque inconveniente o problema alguno con la lectura.

Apenas empezamos a conocer a sus amigos, cuando pasa a hablarnos de T., su novia, “que es tan bonita como tener a Dios de cara” y sin pausa, salta a contarnos de su familia, formada por su padre, “que le encantan los puertos, le horrorizan las playas”, sus hermanos Fred “el cuerdo” y M. que “está loco” y su madre, que “es una gran mujer a pesar de su nefasta afición por el cine suramericano”.

Vertiginosamente, sin apenas darnos cuenta, nos enteramos de su expulsión de la escuela, de su paso por un internado, de su viaje a Londres con regreso a Madrid. Parece inevitable su confusión, el dolor, la frustración, la injusticia, la desilusión y desesperanza experimenta y que lo agobia.

Creemos entender la transitoriedad de sus empleos como parte de su crecimiento mientras termina de desarrollar su personalidad: “He trabajado en mil sitios, pero nunca he hecho nada bien. Eran solo trabajos de idiota, en realidad casi todos los son”.

Escrita con un estilo narrativo que no te da descanso, “Lo peor de todo” es una novela singular, que intenta reflejar sin aludir un período, para mi incierto, de la historia española. Amor, ingenuidad, humor, calidez, angustia, violencia contenida, confusión y oscuridad encuentras en la historia de Élder. Nostalgia, añoranza y satisfacción me dejó su lectura. ¡Te leo!

“Vivir no es tan divertido, y envejecer, un coñazo”, de Oscar Tusquets Blanca

Ilustrativa, amena, graciosa, tan encantadora y tan sugerente, que siento que “Vivir no es tan divertido, y envejecer un coñazo”, de Oscar Tusquets me quedó a deber, aunque no sea cierto. Mira que hace poco escribía que coincidía con Philip Roth en aquello de que “la vejez no es una batalla, es una masacre”.

El título, el tema, el autor, la portada con la ilustración del maestro Belmont desafiando a la muerte, mi coyuntura actual; todo ello junto me empujó a tomar inmediatamente el libro de Oscar de la mesa de novedades para traérmelo a casa.

Oscar Tusquets es “arquitecto por formación, diseñador por adaptación y pintor por vocación”, y confiesa que escribe “por deseo de ganar amigos”. De él solo había leído un libro de memorias sobre su infancia -“Tiempos que fueron”-, que escribió a cuatro manos con su hermana Esther Tusquets, quien dirigió muchos años la Editorial Lumen y de quien te he platicado sobre alguno de sus libros. Publicó 8 libros en solitario y 5 en colaboración “en prestigiosas editoriales y con alentadoras cifras de ventas”.

Cuenta Oscar que entre la finalización y despacho del libro a la imprenta, se le atravesó la pandemia. Y eso lo orilló a escribir una breve introducción donde echa, vacía, derrama todas sus filias y fobias sobre lo que ha visto, leído y escuchado, sobre lo que ha vivido y sufrido durante este triste período de nuestras vidas. Curioso: coincido y comparto casi todas sus reflexiones sobre el tema.

“Vivir no es tan divertido, y envejecer un coñazo” es otro libro -panfleto le llama el propio autor- de memorias, escritas por un superviviente que ha vivido un montón de experiencias en sus ochenta años de vida, escrito con un desparpajo que hace de su lectura una experiencia amena, ciertamente grata y atractiva, a pesar de que el tema me afecta por razones obvias.

Breve, demasiado breve para su larga e interesante vida y para mi gusto, “Vivir no es tan divertido, y envejecer un coñazo”, de Oscar Tusquets Blanca es un rápido repaso -un grueso brochazo sobre un lienzo- por su infancia, su paso por la central de la Llotja de Barcelona para estudiar Dibujo, por su estadía en la Escuela de Arquitectura donde se graduó con un grupo de treinta compañeros y solo una compañera.

Oscar nos cuenta cómo conoció a Salvador Dalí, y pasa raudo y veloz a enumerar a una variopinta lista de personajes del mundo artístico y cultural barcelonés de finales de los 50’s, principios de los 60’s del siglo pasado, que convergían y convivían en un “ambiente escandaloso, absolutamente irrespetuoso con lo que hoy denominaríamos corrección política”.

También nos ofrece un rápido repaso sobre sus estadías escolares veraniegas en instituciones italianas, donde afianzó su amor por las Bellas Artes y por el país; también de refilón nos relata sobre su paso por las Milicias Universitarias, donde obtuvo el grado de Alférez de complemento.

Escribe acerca de sus creaciones iniciales ya como arquitecto, sobre la Gauche Divine barcelonesa, mundo al que perteneció y compartió con su socio de dos décadas, Lluís Clotet, “recuerdos dispersos de una vida que ha dado para mucho”, como bien escribe, integrante de una generación privilegiada, criado en un medio económico holgado, por unos padres “tremendamente tolerantes, aunque fuera por pereza”; una vida llena de oportunidades que tuvo la visión, la disciplina y el talento para explotarlas.

En la segunda parte del libro, Oscar hace un recuento de los daños causados por el paso de la edad: el abandono de la salud, la belleza, el deseo sexual, los amigos, la memoria, las alternativas, el deseo de emprender largos viajes, los colaboradores, las creaciones más amadas, el sueño, estar de moda, la capacidad de crear, las nuevas tecnologías, emprender proyectos de larga duración, la utilidad de aprender.

El libro se pone serio cuando el autor reflexiona, y nos pone a pensar sobre un tema tabú en la cultura occidental: la muerte, la resistencia a hablar ella: “nombrarla se considera de mal agüero, se oculta a los niños, parece algo sucio y vergonzoso, olvidando que es el momento culminante de nuestra vida, aquel para el que deberíamos haber estado preparándonos día a día”.

Estamos tan poco inclinados y tan mal preparados para morir, que en caso de enfermedad terminal, con tal de obtener unas cuantas horas más, estamos dispuestos a arruinar económica y psicológicamente a nuestros familiares y a pasar por todas las humillaciones y padecimientos que los médicos nos impongan.

El libro termina con un inteligente consejo, que te recomiendo leas y atiendas, que nunca es tarde para reflexionar sobre el porvenir y aprender lo que más podamos de los sabios que nos preceden.¡Te leo!

“La anomalía”, de Hervè Le Tellier

No he leído a Ray Bradbury, tampoco a Philip K. Dick, menos aún a Aldous Huxley o Isaac Asimov, aunque en mi biblioteca puedes encontrar alguna de sus novelas más célebres. Igual esperan, aunque sea a que les pase el plumero por encima, libros de autores como Margaret Atwood y Arthur C. Clark.

Sin embargo he leído a Michael Crichton y hasta acudí con mis hijas a los Estudios Universal a conocer Parque Jurásico. También he leído a Jorge Luis Borges y a su gran amigo, Adolfo Bioy Casares. Y probablemente alguna de las novelas de Stephen King encajen en el género, y al “King” le tolero todo.

No soy afecto a la ciencia ficción. No es lo mío. No logré terminar ni la primera película de la saga de “Star Wars”, aunque reconozco que desconozco si encaja en el género; tampoco he visto nada de “Star Trek”; no terminé “Matrix”, aunque me encantó y continúo disfrutando de la saga de “Back to the Future”.

No había leído ni había escuchado mención alguna de Hervè Le Tellier. El escritor francés ( 1957-) ha publicado 27 libros y preside el Oulipo, acrónimo francés del Taller de literatura potencial. Este grupo experimental fue fundado a principios de los sesenta por el escritor Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais y ha contado entre sus miembros ilustres a Georges Perec e Italo Calvino.

“La anomalía” la compré porque ganó el Goncourt 2020, que habitualmente es garantía de buenas novelas. Cuando la catalogué, consideré que podría pertenecer al género de Ciencia Ficción, así que mis expectativas para leerla tendieron a cero.

Pero un texto de nuestro amigo Jose Sahagun Sahagun me intrigó lo suficiente como para obligarme a descomponer en factores los polinomios del numerador y denominador como primer paso para esquivar ese límite que tendía a cero, y ese paso, más las primeras páginas de novela, modificaron las expectativas.

Sin embargo, después del buen arranque, sentí como que no pasaba gran cosa y percibí que la función de densidad de terminar la novela, viraba de nuevo hacia el cero. La recomendación de Jose y el Goncourt me empujaban a perseverar, así que procedí a sustituir los polinomios en el límite por su descomposición en factores y eliminé aquellos que se repetían en el numerador y en el denominador. Un buen autor, un buen libro, modifica las posibilidades, pensaba.

Y ¿sabes qué? No pienses que “La anomalía” es mala. Al contrario. Por momentos toma ritmo de thriller y no quieres soltar el libro. Las novelas malas no las termino de leer y mucho menos me tomo tiempo para escribir sobre ellas. Y la novela de Le Tellier es buena y te entretiene. Pero…

La premisa es buenísima: un avión atraviesa una tormenta sobre el Atlántico, logra sortearla con algunos daños para aterrizar en Nueva York, todos vivitos y coleando. Tres meses después, un avión idéntico, con la misma tripulación y los mismos pasajeros, salva una tormenta de las mismas características y aparece por el espacio aéreo de los Estados Unidos.

Las autoridades aéreas, el ejercito estadounidense, la CIA, el FBI, en fin, todos los involucrados en el fenómeno, se jalan los cabellos sobre la imposibilidad de tal anomalía: ¿Un avión y más de doscientas personas aparecen desde el espacio, mientras que sus réplicas, que arribaron tres meses atrás se encuentran haciendo su vida ? Joder…

Entonces, ¿qué pasó, porqué las dudas? Nada, solo que me resultó excesivo que casi durante toda la primera mitad de la novela, el autor se la pasó presentándome a una amplia selección de la tripulación y el pasaje. Ocho personajes, ocho historias, demasiadas páginas dedicadas a conocerlos, así que debí armarme de paciencia.

La temática de la novela me gustó. Estudié ingeniería. Me casé con una matemática. Me gustan e intrigan los misterios matemáticos. La hipótesis de la simulación del matemático sueco Nick Boström me resultó interesante y además, “La anomalía” me puso a reflexionar sobre cuestiones relevantes: ¿Cómo reaccionaría al enfrentarme conmigo, bueno, con mi doble idéntico: lo integro a mi vida, lo presento como mi hermano gemelo desaparecido, lo mato, o qué?

“La anomalía” es una novela original, ingeniosa, atractiva, entretenida e interesante. No tengo claro que haya sido indispensable armar tantas combinaciones sobre cómo el ser humano enfrentaría la posibilidad poco probable de toparse con su doble; no con una réplica, no con un clon, sino con una versión idéntica de sí mismo. Mi reparo no le debe importar mucho al autor y menos a ti. Ganó el Goncourt. ¡Te leo!

“Gabo y Mercedes: la despedida”, de Rodrigo García

Mientras leía, crecía mi admiración y respeto por Rodrigo García; atreverse a publicar este emotivo texto sobre su duelo, duelo compartido con millones de lectores admiradores de sus padres, Gabriel García Marquez y Mercedes le debió resultar muy duro.

Crónica sobre los últimos días de nuestro querido Nobel, y escribo nuestro porque la verdad es que Gabriel García Marquez se ganó el incondicional cariño de sus lectores, que lo adoptamos como nuestro, sin importar nuestra nacionalidad. Mi vida como lector siempre se mantuvo vinculada con los libros de García Márquez. Leí por primera ocasión “Cien años de soledad” en 1968, así que ya se imaginarán.

El texto de Rodrigo es, sin duda, un maravilloso testimonio, una sentida y hermosa despedida de un hijo a su padre, aunque nos relate hechos y situaciones desoladoras, como la demencia senil que sufrió durante los últimos años, con todas sus dificultades inherentes: perdida de la memoria, los apuros para comunicarse, las complicaciones para razonar, y lo que me pareció más cruel para un escritor como el Gabo: la dificultad para encontrar las palabras y hacerse entender.

Rodrigo García Barcha (1959-) nació en Bogotá y se crio entre Ciudad de México y Barcelona. Estudió Historia Medieval, pero se encaminó hacia el cine y la televisión. Entre sus películas se encuentran Things You Can Tell Just by Looking at Her y Mother and Child. Ha dirigido capítulos de series como Los Soprano, Six Feet Under y Carnivàle. Y escribe.

En “Gabo y Mercedes: una despedida” Rodrigo narra de forma sobria y detallada sus recuerdos sobre los últimos días de su padre y las primeras horas después de expirar. Sentimientos, sensaciones, percepciones, y las actividades que él y el entorno más íntimo y cercano de la familia realizaron durante esas dolorosas horas: “A diferencia de la muerte hace un rato o de la cremación que tendrá lugar esa misma noche, los sentimientos con respecto a este momento carecen de misterio. Duelen hasta los huesos: se va de la casa y jamás regresará”.

Testigo y director de escena durante la cremación de su padre, escribe “La imagen del cuerpo de mi padre entrando al horno crematorio es alucinante y anestésica. Es a la vez grávida y sin sentido. Lo único que puedo sentir con algo de certeza en este momento es que él no está allí en absoluto. Sigue siendo la imagen más indescifrable de mi vida”.

Recuerda el funeral homenaje que le organizaron en Bellas Artes cuatro días después del fallecimiento de su padre, con la asistencia de los Presidentes de Colombia -se refiere de él como “un conocido de mi padre por muchos años y se hicieron amigos mucho antes que llegará a la presidencia”- y el de México, que ante la alusión a ellos como «los hijos y la viuda», nos cuenta que “me retuerzo en la silla, con la certeza de que mi madre no lo verá con buenos ojos”. Las últimas palabras de Mercedes sobre el inoportuno comentario fueron: “Yo no soy la viuda. Yo soy yo”.

Mercedes falleció en agosto de 2020. La pandemia le impidió a Rodrigo ver a su madre salvo a través de la pantalla. La última ocasión que la vio en su celular fue cinco minutos antes de su muerte. De ella, Rodrigo la define “Siempre sólida y firme e incluso dirigiendo el mundo que el éxito de mi padre les proporcionó. Fue una mujer de su época, sin estudios universitarios, madre, esposa y ama de casa…la admiraban sin reserva y le envidiaban su determinación, resiliencia y su conciencia de sí misma”.

Conmovido aún por la lectura de “Este relato, entreverado de recuerdos de una vida irrepetible, es la más hermosa despedida al hijo del telegrafista y su esposa” no me resta más que recomendarte este libro homenaje a uno de nuestros más inmensos escritores. ¡Te leo!

“El manuscrito”, de John Grisham

“El manuscrito” es un thriller ameno, que como atractivo adicional, trata sobre libreros, escritores y lectores aficionados a las novelas policiacas o de misterio. En medio de un huracán categoría 4, Nelson Kerr, un autor de thrillers fallece, presuntamente asesinado en una Isla de Florida llamada Camino Island.

Pongámonos en tono olímpico: Descanso activo; si eres deportista de alto rendimiento, y te encuentras en plena temporada de competencia, difícilmente tu entrenador te programará un día de descanso.

Si el cansancio se refleja en las estadísticas de tus entrenamientos, probablemente se programará un descanso activo, consistente en realizar una actividad deportiva diferente, con poca carga o tensión para las articulaciones. Los corredores nadan o le dan a la bicicleta; los triatletas pueden elegir el golf o caminar; y ambos, pueden optar por ejercicios de flexibilidad, como el taichí, los pilates y el yoga. Lo importante es permanecer activo físicamente.

Leer a novelistas como John Grisham es mi equivalente al descanso activo lector. Después de prodigarme, concentrarme y saturarme con las tres novelas de Agota Kristof y de acongojarme con el libro de Chimamanda Ngozi Adichie, “Sobre el duelo”, me urgía cambiar a un autor, digamos, menos exigente. Las novelas de Grisham me mantienen entretenido mientras el cerebro continúa ejercitándose, generando conexiones entre las neuronas.

Cierta crítica presuntuosa intenta desprestigiarlas denominándolas “novelas de aeropuerto”. ¡Me vale! Existen autores de éxito y con oficio, como Grisham, que empleando un lenguaje neutro, sin pretensiones artísticas y dotándolas de estructuras narrativas sencillas, sin embrollos ni rebuscamientos, escriben novelas que suelen ser, quizá, que no siempre, superficiales, pero eso sí, muy entretenidas. Yo, que seré lector voraz y disperso, pero no pretensioso, las leo con gusto.

Después de 28 años y más de una treintena de novelas, continúo guardándole fidelidad a los libros de John Grisham (1955), abogado de formación, aficionado al beisbol, Bautista por religión, escritor de relatos judiciales que se venden como mascarillas en pandemia. Se dice , se menciona que Grisham ya superó la asombrosa cantidad de 300 millones de libros vendidos. ¡Joder!

“El manuscrito” no es un thriller judicial. No hay abogados ni jueces. El protagónico se lo lleva Bruce Cable, propietario de Bay Books, una librería ubicada en Camino Island, frente a la costa de Florida. Bruce, 47 años, legendario seductor de autoras solitarias en gira, con una solvente fortuna producto de la compra venta de libros antiguos, raros y curiosos, es ademas, un referente entre los libreros del país y adora a los escritores, a quienes les organiza exitosas presentaciones de sus libros en su librería.

Mercer Mann llega a la Isla en la recta final de una gira de promoción para su segunda novela. Vieja conocida de Bruce, asiste con su nuevo novio a la cena que le organiza el librero y a la que acuden un grupo de escritores, entre ellos, Nelson Kerr, quién fallecería la noche siguiente, en medio de los embates del huracán “Leo”

La policía local se encuentra desbordada por los efectos del huracán, y además no están convencidos de que la muerte sea producto de un asesinato. Bruce, vecino y amigo del fallecido, convencido en que se trata de un homicidio, se implica de más en la búsqueda del presunto asesino y termina involucrado en un fraude mayúsculo contra Medicare y otros organismos públicos de salud.

Entretenida, corta, de fácil lectura. Ideal para las circunstancias en que me encontraba, reconozco que me quedé con ganas de más literatura, de más bibliomanía y bibliofilia. ¡Te leo!

“Claus y Lucas”, de Agota Kristof

Dos hermanos, una conflagración, tres novelas, diversas lecturas, entre ellas, el de la imposibilidad de captarla. La lectura de la trilogía de Claus y Lucas me significó un desafío. No por su complejidad estructural o por una prosa enrevesada. No, no te asustes. Los narradores utilizan un lenguaje sobrio, elemental, sencillo y claro, permíteme la redundancia. Tenme paciencia. Trataré de explicarme.

No sé si debí o no, abalanzarme a leer la trilogía de corrido, una novela tras otra. No tenía referencias suficientes, o no me lo esperaba. O más o menos. O no tengo ni idea de lo que quiero expresarte. Independientemente de todo y antes de continuar, para evitar malos entendidos, te aclaro: desde que inicié con “El gran cuaderno”, no me separé del libro.

Las historias, que podrán o no parecerte inconexas, incoherentes, tienen una fuerza tan poderosa que por momentos evité intentar hilvanarlas. El arranque, cuando Lucas y Claus son llevados al campo por su madre a casa de la abuela, para resguardarlos de la brutalidad de la guerra que se vivía en la ciudad, me dejó, créemelo, en estado de shock y así me seguí.

No conocía a Agata Kristof. El libro me impulsó a investigar lo más que pudiera sobre su vida. La lectura me conmocionó, sorprendió y conmovió. Resultó una sacudida inesperada. Kristof (1935-2011), nacida en Hungría pero exiliada la mayor parte de su vida en Suiza, escribió Teatro, cuentos, guiones para la radio antes de escribir y publicar su gran éxito, su primera novela, “El gran cuaderno”, en 1986. A ésta siguieron “La prueba” y “La tercera mentira; una trilogía de difícil lectura.

La historia de Claus y Lucas aparecía frecuentemente en mi muro del Facebook gracias a lectores como tú, que participan en el Grupo. Tomaba nota mental, sin profundizar en los comentarios publicados. Vaya, no tenía ni siquiera el conocimiento de que se trataba de una trilogía.

En las publicaciones en el Grupo, solo leía por encima “Claus y Lucas”; veía la portada de dos niños peleándose, pero hasta ahí. Era frecuente la aparición de reseñas. En diversas ocasiones busqué el libro sin encontrarlo, hasta que me olvidé de él. Y cuando menos me lo esperaba, mi librero se presentó con “Claus y Lucas” en la mano preguntándome si ya lo había leído. Se lo arrebaté. Era la cuarta edición de Libros del Asteroide, publicada en el 2020, y contenía las tres novelas.

La mejor sin duda es la primera, “El gran cuaderno”, donde en boca de los gemelos, conocemos el infierno que vivieron en casa de su cruel abuela. Una dura historia llena de violencia, de pobreza y hambre; expuestos al horror de la guerra, al desamparo, al abandono, a Claus y Lucas no les queda de otra más que entrenarse para resistir, para sufrir y encajar los dolores afectivos y la violencia física.

Endurecen su cuerpo, acorazan su espíritu; con una vieja biblia y un diccionario que cargan desde casa, recuerdo de su padre, aprenden ortografía, lectura, matemáticas y ejercitan su memoria. Negocian con los soldados, sin importarles su bando. Al fin y al cabo, todos son enemigos.

No se comprende a uno sin el otro. Son ellos, o como los narradores que nos cuentan la historia, en la primera del plural: son “nosotros”, ellos, los que con un lenguaje preciso, dan testimonio de “lo que es, lo que vemos, lo que vimos, lo que hacemos…”

“La prueba” y “La tercera mentira” me desbarajustó el ritmo. Agata se decide por cambiar de narradores. En “La prueba” es un narrador en tercera persona quien cuenta lo que pasa con Lucas en el mismo lugar y con la misma gente, mientras que en “La tercera mentira” vuelven a hablar Claus y Lucas -lo supongo- pero ya no desde el nosotros, sino con dos narradores en primera en singular.

“La prueba” y “La tercera mentira” cuentan, indiscutiblemente, la historia de Claus y Lucas, pero la decisión de la autora de modificar las voces narrativas nos sometió a dudas, nos generó preguntas; la más importante: ¿a quién le creemos?, o más bien, ¿le creemos?

Si llegaste hasta aquí, permíteme recomendarte la lectura de las tres novelas. No sé si de manera continua o no. Los once días que invertí en leerlas, investigar a la autora, escribirte este texto para encontrar… para invitarte a leer a Agata Kristof, han sido una buena inversión. ¡Te leo!

“De qué hablo cuando hablo de escribir”, de Haruki Murakami

Caray, dos textos sobre el mismo autor, que son a la vez relecturas, de manera continúa. Espero me disculpes. Si no te gusta Murakami, si te es indiferente los textos autobiográficos o las memorias, y tampoco te interesa conocer las ideas y reflexiones del novelista japonés sobre la manera, la forma, los sistemas y métodos para enfrentar el reto de escribir una novela, te agradezco la atención a estas líneas. Antes de que te retires, un like es apreciado.

Si decidiste continuar con la lectura, te lo agradezco por anticipado. Hace muchos años que no leía dos libros de un mismo autor tan seguido, y mucho menos ya habiéndolos leído, pero no pude resistir, después de leer “De qué hablo cuando hablo de correr”, regresar a “De qué hablo cuando hablo de escribir”, que la leí hace un poco más de 4 años.

Los dos libros nos permiten conocer a Haruki Murakami. Los dos tratan de sus hábitos, rituales, retos y manías, las de un escritor que corre, porque está convencido que la actividad física mejora su capacidad como novelista y contribuye a que su creatividad se reafirme. La diferencia es que este libro se centra en su vocación, su profesión, en su vida como escritor.

Estudiante mediocre, lector voraz, amante de la música pop y del jazz, cuando egresó de la Universidad decidió abrir un bar para poder escuchar música todo el santo día. Un tarde, presenciando un juego de beisbol, de forma súbita, decidió que escribiría una novela. La escribió, la envió a un concurso, se dio por satisfecho y continúo trabajando duramente en su bar.

Cuando ya se había olvidado la novela, recibió el anuncio de que se encontraba entre 5 finalistas al premio para el mejor escritor novel de la revista literaria Gunzo. Unas horas después, caminando con su mujer, se dijo, convencido de ello: “Voy a ganar ese premio, sin duda. Me convertiré en escritor y tendré cierto éxito”. Y lo logró, vaya si lo consiguió.

Sé que en grupos como este encontramos muchos jóvenes que anhelan hacer de la literatura su forma de vida. Les recomiendo la lectura de Murakami porque tiene la virtud de convencerte que puedes alcanzar tu sueño. No es un manual del tipo “El arte de escribir” o “Cómo escribir un bestseller”. No, no va por ahí.

“De qué hablo cuando hablo de escribir” es un ejercicio honesto donde Murakami revela las claves de su trabajo, donde nos cuenta, sin alardes ni falsa modestia, como el azar jugó a su favor hace treinta y cinco años, pero que con disciplina, organización, trabajo duro, serio y rutinario, sumado a cierto talento para escribir, logró construir una larga carrera que le permitió vivir con la libertad que siempre pretendió.

Leer mucho, escribir, corregir y re escribir más; si no estás trabajando en una novela, escribir otros géneros o traducir como él lo hace, pero escribir, diariamente escribir. De acuerdo al autor, la tenacidad, la regularidad, el esfuerzo y la energía que pongas en tu trabajo siempre te generaran buenos frutos, pues para Murakami, cualquiera puede escribir una novela; lo difícil es vivir de escribir, y eso se puede lograr más con talacha que inspiración.

A los lectores que nos gusta leer todo acerca de los libros, la literatura y sus autores encontraremos en la lectura “De que hablo cuando hablo de escribir”, la visión de Murakami sobre la industria editorial, los premios literarios, acerca de sus maestros, sobre la creación literaria y la originalidad.

Los que nos gusta además las novelas de Murakami, tan desconcertantes para su haters, pero tan originales y audaces para nosotros, “De qué hablo cuando hablo de escribir” nos permite conocerlo mejor. No sé si a ustedes les ocurre, pero a mi me agrada saber lo más que pueda de mis autores favoritos. Investigar, profundizar en su vida y en su obra, nos hace crecer como lectores, ¿no crees? ¡Te leo!

“País de nieve”, de Yasunari Kawabata

Me quedo completamente chalado, encandilado, fascinado con la seductora novela del Nobel Yasunari Kawabata. “País de Nieve” se concibió y se publicó originalmente (en 1934) como una novela en entregas y 87 años después continúa arrobando, embrujando, seduciendo y atrayendo a nuevas generaciones de lectores, tal y como corresponde a un clásico de la literatura universal.

En otra entrega te había comentado que yo leí por primera ocasión a Kawabata apenas este 2021. Por esas sin razones del mundo de los lectores, no lo había hecho. Fue gracias a grupos de lectores como este, que caí en cuenta de los miles de viejos y nuevos lectores que le rinden una merecida y absoluta adhesión a su obra.

Después de la lectura de “Lo bello y lo triste” no esperé a encontrarme por casualidad con otra de sus novelas. Las busqué y afortunadamente me hice de una pequeña parte de la bella colección que se publicó en el 2019 para festejar los 120 años de su nacimiento. Encantadoras portadas, ediciones cuidadas y prologadas, son un lujo en cualquier biblioteca.

Nacido en 1899 en Osaka y egresado en 1924 de la Universidad Imperial de Tokio, muy pronto ejerció el liderazgo de una nueva generación de escritores japoneses. Escritor de novela y cuento, además de asiduo ensayista y articulista en diversos periódicos y revistas, Yasunari Kawabata fue galardonado con el Nobel de Literatura en 1968.

“País de nieve” cuenta la historia del amor apasionado y disparejo que Shimamura, un heredero amante de la danza y el teatro, despierta en Komako, una bellísima, joven y voluble aprendiz de Geisha que se instruye para ejercer el milenario oficio en una posada termal ubicada en una zona montañosa en la costa occidental del Japón; la región “donde más nieva en el mundo” y donde los nativos quedan aislados del mundo desde diciembre hasta mayo cuando retorna la primavera.

Shimamura, un hombre en sus treinta, casado y sin mayor oficio que el goce y disfrute de la vida, es un personaje singular: un tanto cuanto desapegado, indiferente y desapasionado, que se considera experto en el arte del ballet, aunque jamas acuda a un escenario para deleitarse en vivo, pues considera que la belleza, entre más desconectada se encuentre de la vida, más pura se conserva.

Con esa actitud de frio observador acude hasta el hostal, y alarga sus estadías: parece que solo busca deleitarse sin comprometerse con la belleza de Komako, para después, desde una férrea distancia emocional, interrogarse sobre su indecisión, su impasibilidad, sus carencias que le impiden entregarse a Komako de la misma forma en que ella se le entrega.

En uno de los viajes en tren de Shimamura hacia la posada de montaña, observa el reflejo de un ojo femenino en el vidrio de la ventana del vagón en que se traslada. El ojo pertenece a Yoko, que jugará un papel inquietante e indescifrable en la historia, gracias a la ambigüedad de nuestro viajero, que mantiene con Komako y Yoko una relación de fascinación entre sexual y amorosa, llena de equívocos e indeterminaciones.

Novela construida a través de bellas imágenes, de pequeñas anécdotas, de fragmentos narrativos delicados y sutiles, articulada mediante una variedad de viñetas; creo observar, sin lograr descifrar con precisión en qué consiste, una especie de continuidad con la novela “Lo bello y lo triste”, mi primera lectura del Nobel japonés, que narra la historia de Toshio Oki, Ueno Otoko y Keiko Sakami.

Probablemente sea el estilo de Yasunari Kawabata, que nos reta como lectores a darle forma en nuestro cerebro, a que recompongamos cada fragmento y le demos la estructura que nos parezca más lógica, que le de mayor sentido… perdón, no quiero confundirte porque la lectura no es tan compleja, dejé volar la mente ante la belleza de la novela, que se lee, se goza, se disfruta sin darle tantas vueltas a las razones.

Por su exquisita prosa, por la complejidad y la ambigüedad de los tres personajes, por los bellos trazos con que nos enseña la vida de los campesinos en la montaña, por la propia sencillez de las historias que nos relata, “País de nieve” es una novela de imprescindible lectura.¡te leo!

Soberbia lectora

Me sorprendió la cantidad de comentarios que generó mi publicación sobre la reacción que provocamos los lectores a los incrédulos sobre el amplio y maravilloso universo donde los leedores nos sumergimos durante nuestras lecturas.

Acostumbrado a publicar solo sobre los sentimientos, sensaciones y emociones que me provocan mis lecturas, no imaginé que tantos compartiéramos el estado de desdeño y menosprecio al que pretenden someternos en ocasiones algunos no lectores.

“Yo no tengo tiempo para leer”, “¿A poco has leído todos esos libros?”, “Te va a hacer daño leer tanto” son algunas de las frases que cotidianamente escuchamos, la mayoría de las ocasiones, sin que vengan al caso.

Permíteme plantear una hipótesis: Sé que existen lectores convencidos de ser superiores a quienes no leen, y que además, dejan ver ese sentimiento de superioridad y menosprecio hacía la gente que no comparte su gusto por la lectura.

Todos hemos leído comentarios en los grupos de Facebook de este tipo de lectores, que se lanzan como jauría sobre aquellos ingenuos que se atreven a preguntar sobre un libro, o externar una opinión sobre algún libro o autor considerado indigno por esta clase de arrogantes lectores, a quienes las lecturas que presumen no les han enseñado virtudes como la tolerancia y la empatía.

Muy probablemente me gane algunos enemigos de a gratis, pero creo que la lectura es una actividad sobrevalorada. El que leas no te hace más culto, más inteligente, mejor informado ni mejor persona. Cada cerebro procesa de manera diferente la lectura, por lo que los resultados que se obtienen de los textos varían en cada persona.

Sin embargo, no dudo que algunos de nosotros asumamos que poseemos una mejor comprensión del mundo y caigamos en la arrogancia de considerar a los que no leen como personas incompletas.

La lectura es un hábito que puede convertirse en vicio. La ventaja es que es un vicio sin castigo, bien visto por la sociedad, que ha sobrevalorado desde hace siglos el poder de la lectura, los libros y las bibliotecas privadas. Es un hábito y un gusto que requiere de ciertos incentivos para desarrollarse, que demanda tiempo, libros, espacios adecuados y no todo mundo cuenta con ellos.

Cuando era joven detecté que asumía cierta actitud de menosprecio cuando intervenía en conversaciones acaloradas sobre política o temas igual de controvertidos. Lector voraz de libros, pero también de revistas y periódicos, pensaba que tenía más y mejor información para opinar que los demás. Con la edad, me llegó una pequeña dosis de humildad, por lo que lucho por controlar esa dañina actitud.

La publicación abrió el campo para discutir sobre la administración del tiempo libre. Comenté que en época del Tour de Francia, de la Eurocopa y de la Copa América de Fútbol, mis prioridades se modificaban. Y curiosamente, aunque la mayoría de los comentarios giraron alrededor de que no solo de lecturas vive el buen lector, hubo algunos que consideraban incompatible que un lector privilegiara un partido de futbol sobre la lectura.

Incluso un engreído y arrogante cuate se atrevió a afirmar que mi biblioteca era producto de una herencia, e incluso dudar de que fuera mía, porque consideraba imposible que alguien que poseyera una biblioteca así, perdiera su tiempo viendo un partido de futbol en lugar de leer. Si supiera que además de verlo por TV, hago deporte diariamente, que soy triatleta, que he finalizado 4 Ironman y me preparo para otro, no me imagino hasta dónde llegarían sus críticas, reproches y acusaciones.

Ojalá los lectores dejemos de lado esas actitudes de soberbia, altivez e impertinencia, porque creo que son las que provocan la repulsión, el franco repudio por parte de los no lectores. Hay gente con otras vocaciones, que les gusta la danza, el teatro, el cine, el golf, el tenis y hasta el futbol, así que ojalá seamos capaces de aprender de nuestras lecturas a ser humildes. ¡Te leo!
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