Tengo una historia pendiente con Roberto Bolaño desde hace más de veinte años. Comenzó cuando leí Los detectives salvajes, una novela que me convirtió en uno de sus lectores entusiastas. Bolaño todavía vivía, su prestigio crecía y Anagrama publicaba sus libros a un ritmo que se mantuvo después de su muerte, de modo que seguí descubriéndolo durante años. Pero había uno que se me resistía: Estrella distante.

Lo busqué en distintas ocasiones, sin éxito. Llegué a conseguir una adaptación gráfica que decidí no leer porque estaba empeñado en encontrar la novela original. Después vinieron otros autores y muchos años. Hace poco, el diplomado de literatura que cursé volvió a poner a Bolaño en mi camino. Esta vez sí la encontré, en edición de Debolsillo. Y aquí estamos.

No había llegado a la página ochenta cuando recordé por qué me gusta tanto leerlo. Bolaño puede contar una historia terrible, interrumpirla con la vida disparatada de un poeta, detenerse en las minucias de una cena, citar a escritores que quizá nunca existieron y regresar al horror sin que uno quiera cerrar el libro. Incluso se permite reconstruir un acontecimiento durante varias páginas para después advertirnos, con toda tranquilidad, que tal vez nada ocurrió como lo acaba de contar.

La literatura de Bolaño está poblada de poetas, escritores fracasados, críticos, lectores obsesivos y personajes que persiguen una idea de la literatura mientras sus vidas transcurren entre el exilio y la precariedad, con la violencia siempre cerca. Sus novelas admiten biografías inventadas e historias que parecen no llevar a ninguna parte. Bolaño dialoga con la literatura que juega con la erudición y la invención, con Borges a la cabeza, y al mismo tiempo se burla de las pretensiones de los escritores y del mundo que los rodea.

Bolaño parece desconfiar de las historias que pueden contarse de una sola manera. Muchos de sus narradores recuerdan e investigan, y cuando los testimonios no alcanzan, especulan. A menudo, una historia conduce a otra y los personajes desaparecen durante páginas para reaparecer cuando menos lo esperamos. Bajo esa libertad narrativa corre una tensión que recuerda a la novela policiaca, aunque los enigmas rara vez se reducen a descubrir al culpable. En sus libros importa tanto lo que ocurrió como las dificultades para averiguarlo y contarlo.

La historia gira en torno a Alberto Ruiz-Tagle, un tipo refinado pero esquivo que asiste a los talleres de poesía de Concepción durante el gobierno de Allende. Tras el golpe militar reaparece como Carlos Wieder, oficial y piloto de la Fuerza Aérea, y hace de la barbarie un espectáculo estético: escribe versos y sentencias sobre la muerte en el cielo con el humo de su avión y organiza una exposición con fotografías de mujeres asesinadas, presuntamente víctimas suyas.

Nos la cuenta Arturo, uno de los jóvenes que frecuentaban aquellos talleres junto con su amigo Bibiano O’Ryan. El narrador recuerda a sus compañeros, las discusiones sobre poesía y el ambiente de una generación cuya juventud quedó interrumpida por el golpe. Con los años, unos se exilian y otros desaparecen. Wieder también desaparece, aunque su nombre sigue circulando en rumores y testimonios que poco a poco lo relacionan con los crímenes de la dictadura.

Años después, en España, Arturo recibe la visita de Abel Romero, un antiguo policía chileno que anda tras la pista de Wieder. La búsqueda los conduce por revistas marginales y publicaciones de existencia incierta, firmadas con seudónimos. Romero necesita los conocimientos literarios de Arturo para identificar al hombre que persigue, aunque Arturo se resiste a reconocer como poeta a quien considera un criminal. La investigación termina por ponerlo frente a su antiguo compañero de taller.

Lo que más me interesa de Estrella distante es la voz de Arturo. Presenció una parte de los acontecimientos y reconstruye el resto con las cartas y las noticias que recoge con los años. Cuenta lo que sabe y también lo que supone, sin preocuparse demasiado por disimular la diferencia. Después de describir minuciosamente una exhibición aérea de Wieder, con las reacciones de los espectadores y hasta los cambios del tiempo, nos advierte: «Todo lo anterior tal vez ocurrió así. Tal vez no». Y continúa ofreciendo otras posibilidades. Me divierte esa libertad con que el narrador cuenta una historia y enseguida pone en duda su propia versión.

Bolaño tampoco parece tener prisa por llegar al desenlace, aunque su prosa me produce la sensación contraria. Se detiene en la vida de Juan Stein y Diego Soto, dos poetas que dirigían talleres literarios en Concepción, y cuando termina de contar el asesinato de Soto nos introduce, casi sin transición, en la historia de Lorenzo. Después de varias páginas, decide que es momento de regresar al asunto principal: «Pero volvamos al origen, volvamos a Carlos Wieder y al año de gracia de 1974». Esa facilidad para abandonar una historia y recuperar otra sin perder mi atención es una de las cosas que más disfruto de Bolaño.

También está su manera de mezclar escritores reales con otros que parecen inventados, entre seudónimos y bibliografías difíciles de comprobar. La búsqueda de Wieder acaba convertida en una pesquisa literaria. En la página 91, Bibiano concluye, tras investigar, que algunos escritores que había considerado heterónimos del criminal eran personas reales, o heterónimos de otros autores. La incertidumbre que rodea los acontecimientos alcanza incluso a los libros y a sus autores. Y los lectores terminamos en esa misma búsqueda, tratando de distinguir lo verdadero de lo inventado.

Hay algo inquietante en Estrella distante: que Wieder pretenda convertir sus crímenes en una propuesta artística. En la exposición de fotografías de sus víctimas, el horror parece obedecer a una composición deliberada, a una historia, a un plan. Y cuando Abel Romero le dice a Arturo que necesita a un poeta para encontrar a otro poeta, Arturo le responde que para él Wieder es un criminal. ¿Hasta dónde puede llegar la pretensión artística cuando se desprende de cualquier consideración moral? Bolaño deja la pregunta abierta.

Termino Estrella distante con el mismo entusiasmo que me produjo Los detectives salvajes hace más de veinte años. Después de nueve libros y 2 mil y tantas páginas, todavía me divierte la manera de contar de Bolaño. Al fin encontré y leí aquella novela que se me había resistido durante tanto tiempo. Pero me queda una deuda pendiente con el chileno: 2666. Y vaya tamaño de deuda.

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