He pasado buena parte de mi vida en las aulas, tanto tiempo que me avergüenza reconocer qué pocos profesores recuerdo. Vicente Luis Mora es uno de ellos. Fue mi maestro durante el Máster en Escritura Creativa de la Universidad de Salamanca y no, nunca me puso un 10. Pero me exigía, me provocaba, y yo sentía que cada texto que le entregaba era mejor que el anterior.

Ahora tengo un problema: acabo de leer Nosotras, su novela más reciente, y quiero escribir sobre ella. Pero no puedo evitar imaginar que Mora leerá mi reseña y la juzgará con el rigor con que evaluaba nuestros trabajos. A estas alturas de mi vida, ya debería haber superado esas cosas.

Nosotras transcurre un 23 de abril en Barcelona. Es Sant Jordi, y Coral P. Mengual, escritora y filósofa, participa por primera vez en la fiesta como autora publicada. La jornada empieza entre firmas, periodistas y editores, y termina convertida en algo que yo no habría imaginado al abrir la novela.

Mora aprovecha el escenario para burlarse del mundillo literario, de sus vanidades y sus rivalidades, de sus pretensiones intelectuales. Hay mucho de sátira, y uno tiene la impresión de que el autor conoce demasiado bien a quienes retrata. Me pregunté varias veces si estaba leyendo una novela o presenciando un ajuste de cuentas. Pero la sospecha, como tantas otras que la novela siembra, resultó insuficiente. Reducir Nosotras a un desahogo contra la industria editorial sería injusto.

Desde las primeras páginas, el narrador anuncia que la omnisciencia le permite hacer trampas a sus lectores. ¡Bonita manera de advertirnos! Más adelante presume de poder ausentarse de una conversación y reproducirla con un supuesto estilo magnetófono. En otro momento, Coral explica que escribe su diario en tercera persona para tomar distancia de sí misma.

Y uno comienza a preguntarse quién demonios nos está contando la historia.

A mitad de la novela, exactamente en la página 107 de las 215 que ocupa el relato, una nota al pie advierte que apenas se ha contado la mitad de lo narrable. La coincidencia me hizo sonreír. También me hizo desconfiar.

Las notas al pie merecen mención aparte. Algunas amplían lo narrado, otras ironizan o comentan la propia escritura. Las que más disfruté fueron los correos de Berto Gutiérrez, donde seguimos una investigación sobre la memoria, la muerte, la supervivencia y el síndrome Kokeshi. Yo no había oído hablar de él. Así se llama la presencia fantasmal de un hermano o una hermana muertos antes de que uno naciera, cuyo nombre a veces hereda quien llega después.

Ahí Mora reúne referencias de muy distinta procedencia para mostrarnos cómo se arma un argumento académico: una pregunta lleva a una fuente, la fuente remite a otra obra y de pronto aparece una hipótesis que obliga a seguir buscando. Y lo que Berto va encontrando cambia la manera en que leemos la historia de Coral.

En esas notas reencontré a mi maestro. Al profesor que nos enseñaba a investigar y a desconfiar de las conclusiones demasiado fáciles.

Pero hablemos de Coral. ¡Qué personaje! Inteligente y mordaz, capaz de discutir de lo que sea con quien sea. También arrogante, vengativa y, cuando le conviene, hipócrita sin pudor.

En la entrevista con Manuela Mendieta controla cada respuesta para impedir que la periodista construya de ella una imagen pública que no desea. Conforme avanza la novela, descubrimos a una mujer dispuesta a usar contra los demás los mismos procedimientos que condena. Invoca libertades que después vulnera. Denuncia las manipulaciones ajenas mientras prepara las suyas.

En primera o en tercera persona, Coral es como la chingada.

Y aun así cuesta dejar de seguirla.

Buena parte de su atractivo está en cómo se nos presenta. Coral se narra a sí misma, otros personajes pretenden narrarla y uno intenta adivinar cuánto creer de cada versión. Cuando Delia Dacosta propone convertirla en coprotagonista de una autoficción, aun sin su consentimiento, surge una pregunta incómoda: ¿quién tiene derecho a contar la vida de otra persona?

Mientras leía, fui acumulando preguntas. ¿Quién narra? ¿Quién conoce realmente a Coral? ¿Para qué sirven las notas al pie? ¿Dónde termina lo verdadero y empieza lo verosímil? ¿Cuánto de lo que creemos saber depende de nuestra confianza en la voz que nos lo cuenta?

Y está el título. ¿Quiénes son esas nosotras? ¿Las mujeres que rodean a Coral, que se admiran y se traicionan? ¿Las distintas versiones de una misma mujer? Una nota al pie recuerda que una de las acepciones musicales de «coral» designa un conjunto de voces que persiguen sonar como una sola. Después de terminar la novela, me cuesta creer que esa referencia sea casual. El título parece contener la pregunta que me acompañó toda la lectura: ¿quién habla cuando creemos escuchar una sola voz?

Y todavía faltaba el final.

No voy a contarlo. Baste decir que en las últimas páginas Mora lleva la historia a territorios que no esperaba encontrar cuando empecé a acompañar a Coral por las calles de Barcelona. La novela cambia de registro y obliga a reconsiderar asuntos que parecían resueltos. Hasta que llega la última frase.

Cerré el libro desarmado. Lo primero que pensé fue que tenía que volver a leerlo.

La reacción tiene su ironía. He dedicado años a estudiar literatura y conozco, al menos en teoría, la diferencia entre narrador y autor o entre historia y discurso. Sé que un narrador puede ocultar información o cambiar de perspectiva cuando le conviene. Mora conoce de sobra esos procedimientos. Y sabe usarlos para divertirse con el lector.

Podría llenar esta reseña de categorías narratológicas y discutir la función de cada nota al pie, pero sospecho que acabaría describiendo la maquinaria sin transmitir lo que sentí al leerla. Nosotras es una novela divertida, por momentos disparatada, escrita con una libertad poco frecuente. Mora desafía las expectativas del lector, incluidas las que él mismo se encargó de despertar.

Y regreso a mi problema inicial.

Me preocupaba escribir sobre la novela de un querido profesor. Quería una tesis original, capaz de resistir su lectura, y demostrarle, quizá, que algo había aprendido en aquellas clases.

Después de terminar Nosotras, me doy cuenta de que he vuelto a comportarme como alumno suyo: me ha hecho volver sobre páginas ya leídas y desconfiar de lo que creía haber entendido.

No sé si esta reseña resistiría una evaluación de Vicente Luis Mora.

Lo que sí sé es que acabo de leer una novela que me ha dado un enorme placer.

Y que tengo que releerla.

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