“La invención de Morel” de Adolfo Bioy Casares

Las últimas semanas he estado leyendo mucho cuento, mayoritariamente, fantástico. No es ni el lugar, ni el momento ni soy la persona adecuada para presentarles una disertación sobre las características del género, pero leí Poe, Brasca, Merino, Arreola, Monterroso, Darío, Borges y Cortázar entre muchos más.

No es mi género preferido; lo reconozco. La fantasía en cualquiera de sus modalidades no se encuentra entre mis lecturas frecuentes. Pero hay que conocerlo, y si se puede, intentar reconocerlo. Por eso, ya enredado en el tema, me decidí a leer la novela de un maestro del género, Adolfo Bioy Casares: “La invención de Morel”.

Bioy Casares (1914-1999) fue un verdadero maestro del cuento y la novela breve. Amigo entrañable de Jorge Luis Borges, publicó junto con su esposa Silvina Ocampo , y con el mismo Borges, un importante libro sobre el género fantástico: “Antología de la literatura fantástica”.

“La invención de Morel” la publicó en 1940 y marcó el verdadero arranque de su carrera literaria. Siguieron otros libros: como “El sueño de los héroes”, “Historias fantásticas” y “Dormir al sol”. Su monumental “Borges”, es un hito en la historia de nuestra literatura, y los que nos hicimos de esa maravilloso volumen de más de 1500 páginas, nos sentimos orgullosos de tenerlo.

Novela corta, “La invención de Morel” es la historia de un prófugo de la justicia, que en su huida, decide esconderse en una isla desierta, donde un intento fallido de urbanización, la amuebló con algunas construcciones que se encuentran abandonadas.

Nuestro Robison Crusoe escribe una especie de diario, con la intención de ofrecerle a la humanidad su visión acerca del infierno que sus perseguidores han construido, y entre el trabajo que ejecuta frente a la necesidad de ganarse el pan, y sus constantes enfrentamientos contra las fuerzas de la naturaleza, nos va contando el transcurrir de sus días.

Una mañana es sorprendido con la presencia de un grupo de -¿vacacionistas?- personas, lo que lo obliga a abandonar la construcción donde se había instalado, para esconderse en la zona pantanosa de la isla, desde donde emprende varias incursiones para espiar a los intrusos, sin decidir que es lo que hará: presentarse y arriesgarse a que lo denuncien, o permanecer escondido hasta que regresen de donde llegaron.

Entre acecho y atisbo, nuestro protagonista descubre una bella mujer, a la que llama Faustine, y de la que termina total, irremediable y perdidamente enamorado, y como siempre sucede, la situación se le complica, pues inicia el juego de que me exhibo, pero no me ves, te celo, pero tú me ignoras, te amo, pero ni te enteras.

Será el amor, será el cansancio, será el coraje que le provoca el asedio de Morel -uno de los intrusos- sobre su bella Faustine que lo ciega, pero nuestro narrador, tardado, pero cae en cuenta que, como en aquella Isla de la fantasía, la del señor Roarke y Tattoo, ocurre un prodigio, que lo convierte en una especie de hombre invisible, por lo que pasa inadvertido para todos.

Y lo que inició como una novela policiaca, continuó como una historia de aventuras, se transformó en un romance de novela, termina en una fantasía de ciencia ficción, una especie de utopía metafísica, al que nuestro narrador, junto con nosotros, tendrá que encontrarle sentido.

“La invención de Morel” es una novela de muchas lecturas. A ratos me desesperó, en otros me fascinó, pero al final, terminé deslumbrado por la genialidad de Bioy Casares. No envejece la novela: 80 años y aún provoca emociones.
A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: