
Descubrir a un buen escritor siempre se agradece. Más aún cuando confirma que en México se escribe literatura capaz de narrar el horror sin caer en el folclor ni en el morbo. Y no es poca cosa: contar la violencia del narcotráfico sin convertirla en espectáculo, sin deslizarse hacia ese realismo ramplón tan frecuente en estos temas, exige pulso y contención. Alejandro Páez Varela lo demuestra en su novela debut, Corazón de Kaláshnikov (2009), la obra que inaugura su conocida Trilogía del desencanto.
No lo tenía presente y la sorpresa fue grande. Páez Varela (Ciudad Juárez, 1968) no es un improvisado: su trayectoria como periodista y cofundador de SinEmbargo.mx se percibe en la precisión de su prosa. Su obra ha ido construyendo un territorio narrativo propio, un espacio que conecta el norte de México con el sur de Estados Unidos a través de personajes llevados al límite. Con esta novela arranca un proyecto de escritura que, más que contar historias de narcos, examina la vida de quienes van de un lado a otro de la frontera intentando no ser devorados por ella.
Confieso que si hoy tengo este libro entre manos es gracias a mis estudios actuales. Hay lecturas que uno descubre por recomendación de amigos o a partir de reseñas, y otras —como esta— que irrumpen desde un programa académico. Lo que comenzó como un ejercicio de análisis para la materia de Narrativa Contemporánea terminó convirtiéndose en uno de esos hallazgos que reconcilian al lector con la fuerza de la narrativa mexicana reciente.
Ambientada en la Ciudad Juárez de finales de los años ochenta y principios de los noventa, la novela no es el típico thriller de acción que glorifica al capo. Es, más bien, una novela de la violencia donde las verdaderas protagonistas son las víctimas y los afectos que logran sobrevivir en un entorno marcado por la miseria. El propio título ya marca distancia frente a cualquier tentación de cursilería: el Kaláshnikov —ese AK-47 de diseño soviético que en nuestras tierras bautizamos como “cuerno de chivo”— es un arma pensada para no encasquillarse nunca, para funcionar en el lodo, en la arena y en el abandono. Al nombrarla así, Páez Varela sugiere que en Ciudad Juárez incluso el corazón ha tenido que volverse una pieza fría y resistente para no detenerse ante el horror.
La fuerza de la novela está en su estructura: un mosaico de vidas fragmentadas que no necesita de un detective que explique el porqué de las cosas. Aquí es el lector quien debe recoger los casquillos. A través de una escritura seca, casi pericial, el autor presenta a tres mujeres en un mismo desierto —una reportera, una esposa de narco y una regenta de burdel— que no son figuras planas, sino cuerpos que resisten y cuyos destinos se entrelazan por hilos de muerte y solidaridad. Páez Varela evita el morbo de la sangre para ofrecernos algo más perturbador: la normalidad burocrática de la muerte. Al renunciar al folclor del narco —el sombrero, la bota, el desplante— permite que la literatura se sostenga por encima de la nota roja.
La potencia de la novela no descansa solo en su estructura fragmentaria ni en su estilo seco, sino en lo que provoca en quien la lee: una incomodidad persistente, la sensación de que la violencia no estalla, sino que se administra. Al renunciar al dramatismo y al morbo, el autor obliga a mirar de frente esa normalidad burocrática de la muerte, sin el consuelo del heroísmo ni de la épica.
Las frases cortas que utiliza Páez Varela golpean con dureza. Su narrador, de mirada externa y limitado a registrar acciones, impide que el lector se refugie demasiado tiempo en la introspección: aquí no se nos dice qué sienten los personajes, se nos muestra lo que hacen. Bajo esa mirada, el diseño de las protagonistas huye del arquetipo dócil para presentarnos a tres mujeres que, más que víctimas pasivas, viven en resistencia, definidas por gestos de dignidad y unidas por una solidaridad que florece precisamente ahí donde la burocracia de la muerte intenta borrarlas.
Corazón de Kaláshnikov es una novela necesaria porque desafía tanto los clichés del realismo mágico como la glorificación de la violencia. Funciona como una forma de resistencia frente al poder del narco al visibilizar los efectos del crimen en el tejido social. Es una obra directa: Páez Varela va a lo suyo, con un lenguaje que no adorna el dolor, sino que lo expone con crudeza.
Al final, la novela recuerda que, en el centro de la violencia, el gesto más radical puede ser la empatía. Jessica y Juanita mueren porque intentaron proteger a alguien; Violeta vive para vengar su propia historia. No hay consuelo ni redención, solo una sacudida que obliga a entender que, en ese “allá arriba” del norte, no se juega una tragedia local, sino una forma de país.
¡Te leo!