
Acababa de leer y comentarte El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodínov, cuando me topé en Letras Libres con una reseña de Fernando García Ramírez sobre Koljós, el reciente libro de Emmanuel Carrère. En su texto, el editor lo inscribe en la tradición de los grandes relatos de agonía y menciona entre ellos Una muerte muy dulce, de Simone de Beauvoir. El libro de Carrère aún no lo tengo en casa, pero esa mención bastó para empujarme hacia el de Beauvoir, que tenía en mis libreros.
No resultó una lectura tan casual. Venía de un libro sobre la agonía del padre y entraba ahora a otro sobre el final de una madre. Hay momentos en que ciertos temas dejan de ser universales y empiezan a volverse personales. Tal vez porque llegué a una edad en que la enfermedad, el deterioro y la proximidad de la muerte dejaron de ser abstracciones y empezaron a formar parte de la conversación cotidiana.
Una muerte muy dulce no me resultó una lectura fácil ni dulce ni entretenida. Simone de Beauvoir la escribió muy cerca de la agonía de su madre, y esa proximidad se nota en cada página. Más que una meditación sobre una pérdida ya consumada, el libro es el registro de un morir en tiempo real: el deterioro del cuerpo, la vigilancia, la impotencia de quien acompaña hasta el final.
de Beauvoir escribe desde una cercanía casi insoportable con el cuerpo enfermo de la madre: el hospital, la vigilancia, la culpa de mirar sin poder cambiar nada. Gospodínov, en cambio, se aleja de la escena clínica y escribe desde la memoria, la imagen y la transformación simbólica del padre. En de Beauvoir, el duelo nace mientras el cuerpo todavía se apaga. En Gospodínov, la escritura se dirige hacia lo que persiste de ese padre en la imaginación del hijo.
También difieren en la manera de narrar el duelo. Beauvoir no busca consuelo ni redención: registra una relación marcada por la ambivalencia y una ternura tardía, de modo que el duelo aparece menos como reconciliación que como espacio de tensión. Gospodínov lo trabaja como una exploración del linaje, la infancia y el lenguaje del cuidado; la pérdida del padre abre una narración donde el dolor convive con la memoria afectiva y con una imaginación que no deja de transformar lo vivido. Por eso uno duele por su negativa a embellecer la agonía, y el otro conmueve por la forma en que la sostiene a través de la imagen y el ritmo.
En Una muerte muy dulce, la escena hospitalaria importa no solo por el deterioro del cuerpo, sino por la forma en que ese deterioro queda administrado por otros. Los médicos hablan desde la autoridad y actúan bajo la convicción de que hay que hacer hasta lo imposible. La hija asiste con una mezcla de vigilancia, culpa e impotencia. El libro muestra que una agonía no depende solo de la enfermedad, sino también del modo en que una institución organiza el dolor, prolonga procedimientos y desplaza a la familia hacia un lugar de obediencia.
Hace unos pocos meses, mi madre le dejó muy claro a mi hermana que no quería ir a un hospital. Si se ponía mal, su deseo era que en casa solo se intentara lo que aún fuera posible. Pensé en eso mientras leía a Beauvoir: en las distintas formas en que una madre puede querer enfrentar su final.
Mientras trabajaba el texto, pensaba en mis razones para comparar mis últimas dos lecturas. No era solo una cuestión de tema. Había leído primero la agonía del padre en Gospodínov y entraba ahora en el final de una madre con Beauvoir. La comparación no nació de una idea crítica previa, sino de una inquietud más personal: algo en esos dos libros empezó a tocar una zona de mi vida donde la muerte de mi padre y el tramo final de la vida de mi madre parecían empezar a dialogar.
Tal vez por eso esta lectura me importó tanto. No solo por lo que muestra sobre la agonía de una madre, sino porque me obligó a pensar, desde otro lugar, en la muerte de mi padre y en el tramo final de la vida de mi madre. Gospodínov y Beauvoir escriben desde registros muy distintos, pero los dos terminan en el mismo sitio: ese en que los hijos descubren que el final de los padres no empieza el día de su muerte, sino mucho antes, y que tampoco termina ahí.
¡Te leo!