“El jardinero y la muerte”, de Gueorgui Gospodínov, es un libro sobre la vigilancia de la muerte: sobre el dolor de presenciar y acompañar el final de la vida del padre. Narrar esa agonía no es recrearse en el sufrimiento. Es negarse a que ese tramo quede reducido a una elipsis piadosa. Es decir: esto pasó, así se vio, así se sintió, así me cambió. Y quizá también: amar a alguien no siempre consiste en recordarlo fuerte, entero, digno, sino en atreverse a permanecer junto a él cuando ya casi no puede sostener ninguna de esas formas.

Leo mucho sobre la relación con el padre. También sobre el duelo por su pérdida. Creo que los leo porque lo que empieza como la historia del padre del autor termina tocando algo mío. Uno cree entrar en una intimidad ajena, en un duelo privado, y a las pocas páginas ya no está leyendo solo sobre ese hombre, sino sobre la pérdida, el tiempo, lo que no se dijo y ya no podrá decirse. El libro deja de ser ajeno porque descubre una zona que también nos pertenece.

Hay experiencias que uno vive sin entenderlas del todo mientras ocurren. La pérdida de mi padre fue una de ellas. Uno la padece, la carga, aprende a vivir alrededor de ella, pero solo mucho después empieza a descubrir exactamente lo que perdió. Entonces aparece un libro que nombra algo que uno ya sabía, aunque no tuviera palabras para expresarlo. No ofrece una respuesta, pero sí una forma.

No siempre, pero sí desde hace algunas décadas, he envidiado la manera en que papá falleció: un infarto agudo al miocardio, justo en la plenitud de la vida. Sin enfermedades, sin quejas, sin preocupaciones, sin despedidas. Unos días antes de ese lunes, festejaba en Sídney su cumpleaños número cuarenta y siete, adonde había acudido acompañado de mi madre a una convención organizada por la empresa transnacional donde había trabajado los últimos, ¿qué serán?, ¿veinte? años. Deportista siempre, acudía al gimnasio al mediodía, y fue ahí donde empezó a sentirse mal. Debió de sentirse muy mal, porque llamó a un compañero de la oficina para que fuera por él. No recuerdo cómo se dieron las cosas para que su muerte ocurriera en los jardines frontales de un edificio del DIF, sobre Insurgentes Sur, antes de llegar a Periférico. Tengo entendido que pretendían llegar al Instituto Nacional de Cardiología, unos kilómetros más adelante. No llegó. El caso es que, si sufrió, no fue por mucho tiempo.

Yo pensaba que seguiría su camino. Craso error. A mis sesenta y nueve años, lo que probablemente me espera es lo contrario. Su muerte me privó de atestiguar una lenta y quizá dolorosa decadencia, pero también, aunque no lo tuve claro en aquellos días, me arrebató una parte importante de mi futuro. Perdí a un testigo de mi vida, tiempo compartido, la posibilidad de hacerle un sinfín de preguntas que han ido apareciendo con los años y que solo él podía responder. Las pérdidas provocadas por su muerte han vuelto cuando han querido: cuando me gradué, cuando me casé, cuando nacieron sus nietas, cuando cumplí los cuarenta y siete. En cada una de esas ocasiones, al necesitar su presencia, he resentido su ausencia.

Gospodínov no escribe la pérdida desde la ausencia, sino desde el deterioro. No busca conmover con el hueco que deja el padre, sino documentar la presencia de un cuerpo que se apaga. Es el registro de un hijo que se queda ahí, mirando lo que otros preferimos no ver: el momento en que un padre deja de ser una figura de autoridad para convertirse en una materia frágil que requiere cuidados.

Al narrar la agonía de su padre, Gospodínov registra lo que le está pasando a él mientras esa voz, esa autoridad, esa costumbre de estar en el mundo, empieza a deshacerse ante sus ojos. La agonía tiene un espesor distinto al de la muerte ya ocurrida: obliga a mirar el proceso, no solo el hecho. En ese proceso aparecen cosas que después ya no pueden narrarse igual: la degradación, la impotencia, la espera, la culpa de desear que termine, el cansancio, la ternura, el rechazo, la vergüenza de ese rechazo. Todo eso forma parte de la verdad y casi nunca cabe en los discursos limpios sobre la pérdida.

Quizá por eso “El jardinero y la muerte” me importó tanto. No porque me haya permitido reconocerme por completo en lo que cuenta, sino porque me enfrentó con la forma de pérdida que no viví y me ayudó a pensar mejor la que sí me tocó. Con mi padre no acompañé la agonía ni presencié el deterioro. Hoy, en los últimos días de vida de mi madre, esa experiencia empieza a rozarme de otro modo. En ese cruce está buena parte de la fuerza del libro: mostrar que la muerte de los padres no empieza ni termina en una sola fecha, sino que cambia de forma y nos cambia con ella.

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