Llegué al japonés Seicho Matsumoto por una vía que me sorprendió: un booktuber que además es escritor y fraile dominico, Antonio Vázquez Ruiz. No hablaba solo de El castillo de arena, sino del autor y de las cuatro novelas traducidas al español. Yo leí la edición de Libros del Asteroide, con traducción de Marina Bornas. Pasada la sorpresa inicial, me atrajo la claridad con que hablaba de Matsumoto: sin pose, sin exageraciones, sin esa ansiedad de vender un libro a toda costa. Esa sobriedad me sirvió para decidir. Algo de ese mismo tono encontré después en la novela.

Desde las primeras páginas entendí que no estaba entrando a un policial hecho a base de sobresaltos o revelaciones espectaculares. La apuesta era otra. Se notaba que a Matsumoto le importaba menos deslumbrar al lector con un asesino imposible de adivinar que mostrar cómo una investigación, paciente y minuciosa, va cercando una verdad.

Eso fue lo primero que me sostuvo en la lectura. La cantidad de pistas que sigue el inspector Imanishi es notable. Muchas parecen no conducir a nada. O peor: parecen abrir rutas que se dispersan. Pero uno sigue leyendo, porque entiende que ahí está justamente la apuesta de Matsumoto. No se trata de un truco rápido, sino de confiar en que hasta los hilos más sueltos acabarán por encontrar su sitio. En esa forma de sostener la atención sin recurrir a sobresaltos fáciles está buena parte de su fuerza.

Mientras avanzaba la investigación, me fui dando cuenta de que la novela no me interesaba solo por el caso. También me iba revelando un país. El castillo de arena deja ver el Japón de posguerra no como simple ambientación, sino como el suelo mismo de la historia. El crimen no aparece suspendido en el vacío, sino incrustado en una sociedad concreta, atravesada por jerarquías, ambiciones, prejuicios y por la necesidad de dejar atrás el origen para poder ascender. Además, la investigación no avanza sobre un terreno limpio: la guerra sigue pesando sobre ese mundo, dejando marcas, vacíos y fracturas. La pesquisa no solo esclarece un asesinato; también deja ver las tensiones de un país en reconstrucción.

Desde muy temprano me llamó la atención el grupo de jóvenes que aparece en la novela. No tanto por el lugar que pudieran ocupar dentro de la intriga, sino por lo que representaban dentro de la sociedad de la época. Había en ellos algo del Japón que estaba emergiendo: prestigio, aspiración, modernidad, visibilidad. Más que preguntarme enseguida qué papel jugarían en el caso, me interesó lo que dejaban ver sobre el momento histórico y sobre el tipo de vidas que la novela estaba poniendo en escena.

Me gustó mucho la figura del inspector Imanishi. No está construida para el lucimiento. No necesita excentricidades ni golpes teatrales. Su presencia es más contenida, más pegada al trabajo y a la observación. Eso le sienta muy bien a la novela, porque el foco no recae en el brillo del investigador, sino en la complejidad del proceso. Uno no lee esperando el truco final, sino acompañando una búsqueda.

Algo semejante ocurre con la prosa, y ahí conviene reconocer el trabajo de Marina Bornas. La traducción mantiene un tono limpio, contenido, sin adornos de más. No empuja la emoción ni carga la frase. Por eso, cuando el pasado empieza a pesar, el efecto es más fuerte. No aparece una tragedia inflada, sino algo más seco: la persistencia del estigma y el costo de cargar con un origen que la sociedad no perdona.

A lo largo de la lectura creí, más de una vez, que ya entendía por dónde iba la cosa. Y Matsumoto se encargó de recordarme que seguía varios pasos adelante. Esa fue una de las grandes satisfacciones del libro. Porque El castillo de arena no solo tiene espesor social y un procedimiento policial convincente; también sabe jugar con la expectativa del lector. A mí me desacomodó en varias ocasiones y me obligó a rehacer mi lectura sin romper nunca la lógica de la trama.

Eso, al final, fue lo que más admiré. La inteligencia con que Matsumoto administra la información, la paciencia con que deja madurar cada pista, la naturalidad con que va reuniendo elementos que antes parecían lejanos, y la firmeza con que sostiene todo sin perder el control. No es común encontrar una novela capaz de interesarte a la vez por la arquitectura del caso, por el mundo social que lo rodea y por la manera en que conduce al lector.

No se trata de una novela para quien busque un arranque vertiginoso. Su ritmo exige atención. Hay momentos en que parece demorarse más de la cuenta. Pero créeme que esa lentitud tiene sentido. Nada está ahí por capricho. Cuando la historia termina de cerrarse, uno entiende que el libro necesitaba ese paso sostenido.

Al cerrar El castillo de arena, lo que más me quedó fue la admiración: por la paciencia de su arquitectura, por la inteligencia con que Matsumoto dispersa y reúne sus hilos, y por su capacidad para hacer que una investigación policial termine revelando no solo un crimen, sino la sociedad que lo hace posible. Yo, desde luego, la recomiendo sin reservas.

¡Te leo!

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