
Durante la lectura de La muerte de Artemio Cruz estuve peleando con mi propia memoria, tratando de entender por qué, a pesar de tener en dos estantes de mi biblioteca buena parte de la obra de Carlos Fuentes —incluidos los seis tomos de sus Obras reunidas editados por el Fondo de Cultura Económica—, me resistí durante tantos años a entrar en sus novelas más celebradas, esas que bastarían para sostener su lugar como uno de los pilares del boom latinoamericano.
No había leído ni La región más transparente (1958), ni La muerte de Artemio Cruz (1962), ni tampoco Terra Nostra (1975). Solo Aura (1962), y eso, si recuerdo bien, a raíz del escándalo que provocó un político conservador durante el gobierno de Vicente Fox. Sí recuerdo, en cambio, una escena doméstica que hoy vuelve con cierta ironía: alguna vez mi hija me preguntó si me gustaba Fuentes y, cuando le respondí que no, se sorprendió de la cantidad de libros suyos que había en mi biblioteca. Yo le contesté de bote pronto, sin pensarlo demasiado, pero con una presunción que ahora me avergüenza, que precisamente por eso sabía que no me gustaba.
Lo curioso es que sí había conversado con él mucho antes de leerlo de verdad. A finales de los años ochenta, cuando trabajaba en la administración municipal de Monterrey, el alcalde me pidió que me adelantara a un restaurante para recibir a Carlos Fuentes y a su esposa, Silvia Lemus, mientras él llegaba con un poco de retraso. Así que durante un buen rato estuve sentado a solas con ellos, esperando. Han pasado más de treinta años y no recuerdo con precisión de qué hablamos, pero sí la presencia de Fuentes y la belleza de Lemus. Lo extraño es que, después de aquella tarde, todavía pasarían décadas antes de que me sentara por fin a leer La muerte de Artemio Cruz.
No creo que haya habido en ello ningún desdén hacia lo propio. Nunca he sentido rechazo hacia nuestra cultura, y mucho menos hacia la obra de nuestros autores. Tal vez la explicación sea más simple: sí había leído a Fuentes, pero había preferido sus novedades a esas novelas mayores que ya me esperaban, intactas, en los estantes. Quizá de ahí aquella respuesta a mi hija, tan segura como presuntuosa: creía conocerlo lo suficiente para saber que no me gustaba. Pero el asunto no deja de inquietarme. He leído y admirado a Vargas Llosa, García Márquez, Elena Garro, José Donoso… ¿por qué entonces esa distancia frente a Fuentes? No lo sé del todo. Tal vez por eso agradezco que el regreso a clases me haya obligado, por fin, a corregir una postergación demasiado larga.
Y también a descubrir que esta novela no solo ocupa un lugar central en la narrativa hispanoamericana del siglo XX por su audacia formal —esa estructura fragmentada donde el yo, el tú y el él reconstruyen la vida de un hombre desde la agonía—, sino porque en ella Fuentes convirtió la historia de un individuo en una autopsia moral y política del México surgido de la Revolución.
La novela arranca con un hombre agonizando, pero pronto se vuelve algo más: la reconstrucción de una vida hecha de traiciones, poder y memoria, y también la autopsia del México posrevolucionario. Mientras leía, no dejaba de pensar en el cacique de Pedro Páramo. Pero aquí el cacique ya no pertenece al mundo rural ni se hunde con su pueblo: aprende a sobrevivir en el periódico, el banco, la empresa y la política. Artemio Cruz me terminó pareciendo eso: la versión moderna de un poder que cambia de rostro, pero no de naturaleza. Por eso la novela no solo impresiona por su audacia formal; incomoda por lo que sigue revelando.
Leída desde esa perspectiva, La muerte de Artemio Cruz deja de ser solo una gran novela del boom o una brillante demostración de audacia técnica. Se vuelve algo más incómodo y, por lo mismo, más duradero: un examen de la memoria y del poder. Fuentes no nos ofrece la historia de un villano ni la de un héroe trágico, sino la de un hombre que se fue construyendo a sí mismo a partir de concesiones, traiciones y silencios. Y lo hace desde el único lugar donde esa vida puede mirarse sin máscaras: el momento de la muerte.
Hay algo perturbador en ese procedimiento. Artemio Cruz recuerda, pero sus recuerdos no funcionan como redención. Cada episodio que reaparece —la guerra, las alianzas, las traiciones, el dinero acumulado, el poder político— va revelando que el ascenso del personaje no es una anomalía, sino el resultado lógico de un país que transformó los ideales revolucionarios en una nueva forma de dominio. La conciencia que se fragmenta en el yo, el tú y el él no busca justificarse: busca entender cómo llegó a convertirse en lo que es.
Quizá por eso la novela sigue pesando tanto décadas después de haber sido escrita. No porque retrate una época ya cerrada, sino porque su pregunta central sigue abierta: qué ocurre con las revoluciones cuando el poder cambia de manos, pero no de naturaleza. Artemio Cruz no es un accidente; es la expresión de un sistema que aprendió a sobrevivir adaptándose a cada nueva circunstancia histórica.
En ese sentido, la intuición que me acompañó durante la lectura —la de ver en Artemio Cruz una especie de heredero moderno del cacique de Pedro Páramo— terminó pareciéndome menos descabellada de lo que al principio creí. Donde el personaje de Rulfo se derrumba junto con el mundo que domina, el de Fuentes sobrevive y se reinventa dentro de las estructuras del México moderno. Uno representa el final de un orden; el otro, su transformación.
Tal vez por eso La muerte de Artemio Cruz no es una novela cómoda. Obliga al lector a mirar de frente no solo la historia de un hombre, sino la persistencia de ciertas formas de poder que cambian de rostro, de lenguaje y de escenario, pero no desaparecen del todo.
Yo llegué tarde a esta novela. Durante años conviví con ella en los estantes de mi biblioteca sin atreverme a entrar en sus páginas. Ahora que por fin lo hice, entiendo por qué llevaba tanto tiempo esperándome. Hay libros que uno lee; hay otros que, tarde o temprano, terminan alcanzándolo. Este, para mí, fue uno de ellos.