La primera vez que leí Cien años de soledad tenía once años. Era 1968 y no me pregunté si lo que estaba leyendo era magia o realidad. Sencillamente era. Los Buendía, Macondo, la lluvia de mariposas amarillas, el hilo de sangre que cruza las calles hasta llegar a su madre: todo me parecía tan natural como el mundo que yo tenía enfrente. En realidad, si algo me hacía tropezar no era lo mágico, sino el árbol genealógico; ahí sí me perdía. No teoricé nada. No hacía falta.
Muchas décadas después, al leer *La península de las casas vacías*, de David Uclés, sentí por primera vez la necesidad de buscar una definición de realismo mágico. La novela me llevó hasta ahí. El propio narrador da la pista cuando, al referirse a una táctica real de Franco con embalses y dinamita, dice: “Parece realismo mágico, pero fue tal que así”. En esa frase está encerrado el problema. En García Márquez yo nunca sentí que hiciera falta una advertencia semejante. En Uclés, sí.
Por eso la pregunta no es tanto si el realismo mágico existe. Existe, desde luego. Ahí está desde que Franz Roh usó el término en otro contexto y desde que Uslar Pietri lo trajo a la literatura hispanoamericana, un poco porque había que llamar de algún modo a eso que se estaba viendo. Pero a mí me interesa menos la etiqueta que el lugar donde esa experiencia ocurre: si está en la escritura o en los ojos de quien lee.
Carpentier, por ejemplo, nunca terminó de sentirse cómodo con esa fórmula y prefirió hablar de lo real maravilloso. No era una diferencia decorativa. Para él, lo maravilloso no era una técnica ni un efecto literario: era una condición de América. Estaba en la historia, en la geografía, en el mestizaje, en la desmesura misma del continente. No había que fabricarlo: bastaba con verlo. O, mejor dicho, con tener la disposición para verlo, esa suerte de fe de la que habla Carpentier —no una fe religiosa, sino una apertura ante una realidad que a veces solo se revela a quien sabe mirarla.
Pero si eso es así, entonces aparece otra pregunta. ¿Por qué tantos lectores del mundo de García Márquez no encontraban magia en sus historias? Porque para ellos no había ruptura entre el texto y la vida. Lo que un lector europeo podía recibir como prodigio, un lector colombiano podía reconocerlo como parte de una experiencia familiar, de una memoria compartida, de una realidad cultural que no necesitaba traducirse en asombro. El texto era el mismo. Lo que cambiaba era la distancia desde la que se leía.
Mi propia experiencia me obliga a admitir algo parecido. A los once años, García Márquez me pareció mágico. A los veinte, me pareció natural. La diferencia no estaba en sus páginas, sino en mí, en lo que yo ya había vivido, leído y entendido entre una lectura y otra. La extrañeza se fue desvaneciendo conforme me acerqué al mundo que la novela daba por sentado.
Con Uclés me pasó lo contrario. Ahí el realismo mágico se percibe más como un procedimiento deliberado, una manera de mirar y de narrar una realidad que no termina de ser propia. Y eso no invalida la novela. A ratos le funciona muy bien. Pero se nota. Se nota porque el propio texto lo señala, porque por momentos uno alcanza a ver el dispositivo, porque la relación entre la mirada del autor y el mundo narrado no termina de borrarse.
Por eso yo no diría que lo mágico habita solamente en el texto, pero tampoco únicamente en el lector. Surge, más bien, en la distancia entre ambos. Aunque quizá eso tampoco basta: hace falta además cierta disposición a aceptar que la realidad puede entregarse de un modo no del todo explicable. Cuando existe esa distancia y el lector conserva esa apertura, aparece la extrañeza. Cuando desaparece —porque el lector reconoce ese mundo como suyo o porque con los años aprende a leerlo desde dentro—, aquello que parecía mágico deja de serlo. No porque el texto haya cambiado, sino porque cambió la forma de entrar en él.
Tal vez por eso, más que una esencia fija, el realismo mágico sea una forma de lectura: una manera de nombrar el asombro cuando todavía hay distancia y todavía queda fe en los poderes de la realidad. Y cuando una de las dos cosas se pierde, lo que queda no es menos valioso. Queda la literatura, a secas, que al final es lo único que importa.