
Vaya experiencia resultó para mí la relectura de Los cachorros, esa novela breve que tanto me impactó en mis años de lector joven, junto con La ciudad y los perros, en mis primeros acercamientos a la obra de Mario Vargas Llosa. Sin embargo, volver a ella hoy fue descubrir un libro distinto. Ya no me impresionó solamente la anécdota brutal de Cuéllar, sino el modo en que Vargas Llosa la construye desde un lenguaje nervioso, coral y agresivo que vuelve inseparable la experiencia del personaje y la voz del grupo. Mi lectura parte de una constatación personal: en Los cachorros aparece un Vargas Llosa muy distinto del que creo conocer por sus novelas de madurez, un escritor joven, llevado por una apuesta verbal extrema, cuya fuerza no reside solo en lo que cuenta, sino en la manera en que el lenguaje encarna la violencia, la masculinidad y la exclusión. Esa singularidad se me volvió visible solo ahora, cuando la distancia de la edad me permitió oír como agresión social lo que antes, en mi juventud, había leído casi con naturalidad.
Tal vez toda relectura verdadera consista en eso: no en recordar mejor el argumento, sino en escuchar por fin algo que antes no habíamos sabido oír. Cuando leí Los cachorros por primera vez, antes de los veinte años, y con lecturas cercanas como José Agustín y la Onda mexicana, ese registro verbal pudo parecerme natural, incluso familiar. Hoy, en cambio, a mis sesenta y nueve años, con otra sensibilidad frente a la violencia, el machismo y el bullying, escucho en la novela una violencia verbal que antes no advertí del todo: insultos, jergas, apodos, burlas, pero también una sintaxis que no describe serenamente la experiencia de Cuéllar, sino que la remolina, la empuja y la deja atrapada en el vértigo del grupo. Lo que entonces pudo parecerme simple vitalidad juvenil, hoy se me revela como una forma de presión y de castigo.
Publicada originalmente en 1967, Los cachorros cuenta la historia de Cuéllar, un niño de clase media limeña cuya vida queda marcada por un ataque brutal del perro Judas en el colegio. A partir de ese hecho, que lo hiere de manera irreversible, la novela sigue su tránsito de la infancia a la juventud dentro de un grupo de amigos que crece, estudia, sale, conquista mujeres y avanza hacia la vida adulta. Cuéllar, en cambio, queda detenido en una zona ambigua: participa del grupo, pero nunca termina de incorporarse del todo al modelo masculino que ese mismo grupo celebra. La herida física se transforma así en marca social y simbólica. Más que la historia de una mutilación, la novela termina siendo la historia de una exclusión: la de un personaje que no puede cumplir el papel que su mundo espera de él y que, por eso mismo, va quedando al margen de la normalidad afectiva, sexual y social de sus compañeros.
Lo que más me sorprendió en esta relectura fue toparme con un verdadero idioma de juventud, hecho de frases que corren sin descanso y cambian de persona como el grupo mismo. No se trata solo de un léxico juvenil o de una sintaxis atropellada: también la voz narrativa se desplaza continuamente entre un “nosotros” que recuerda desde dentro y una tercera persona que observa desde fuera, como si Cuéllar perteneciera y al mismo tiempo estuviera ya separado de los suyos. Esa oscilación entre una memoria compartida y una mirada que lo expone acelera el relato y vuelve más inquietante su crueldad, porque funde subjetividad y distancia en una misma corriente verbal. Tomemos la escena del ataque: “Guau, guau, guau, ladraba Judas desde la puerta de los camerinos, guau guau, sólo Lalo y Cuéllar se estaban bañando” (Vargas Llosa, 1998, p. 19). Las onomatopeyas ladran antes que el perro, y la sintaxis se acelera en un crescendo que arrastra al lector hacia el caos, pasando casi sin aviso del rumor colectivo a los nombres propios. Poco después, la risa compartida sella la exclusión: “Cuenta, Cuéllar, hermanito, ¿le había dolido mucho?, muchísimo, ¿dónde lo había mordido?, ahí pues, … ¿en la pichulita?, sí, coloradito, y se rió y nos reímos” (Vargas Llosa, 1998, p. 20). El diálogo salta de pregunta a confesión y de la aparente intimidad al escarnio, hasta cristalizar la burla en ese “nos reímos” que convierte la humillación en experiencia colectiva. Años después, incluso en la rutina adulta, persiste el apodo: “…No, qué adefesio, cosa de tragos, choca esos cinco y amigos, Pichulita, como antes, no pasó nada” (Vargas Llosa, 1998, p. 31). La herida ya no es solo un hecho del pasado: el lenguaje la ha vuelto nombre y, con ello, destino social. No es una prosa que describe serenamente: remolina, empuja, asfixia, encarnando en su propio vértigo la presión del grupo sobre un personaje al que nunca se le permite existir fuera de su marca. Este Vargas Llosa joven no solo cuenta una historia brutal: la hace ladrar, reír y excluir desde el lenguaje mismo.
Tal vez por eso esta novela pide ser releída. No solo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. Sus elipsis, sus cambios bruscos de foco y sus saltos en el tiempo obligan a leer con más atención de la que uno recuerda. Hay que detenerse, regresar, atar cabos. En ese sentido, Los cachorros está en las antípodas de una prosa meramente informativa: aquí Vargas Llosa todavía parece disfrutar la opacidad fértil de una escritura que no entrega todo de inmediato, que obliga al lector a participar en la construcción del sentido. También por eso se siente muy distinta de la fluidez narrativa y la legibilidad más inmediata de buena parte de su obra madura.
Y esa exigencia formal no es un adorno. Tiene sentido porque la novela misma trata de una identidad quebrada, de una pertenencia siempre inestable, de una vida contada a saltos por una comunidad que acompaña y condena al mismo tiempo. En Los cachorros, el grupo no solo rodea a Cuéllar: lo nombra, lo vigila, lo clasifica y termina por fijarlo en una diferencia de la que ya no puede salir. El plural cobija, pero también hiere. La voz colectiva incorpora a Cuéllar a la memoria compartida solo para recordarle, una y otra vez, que su lugar dentro del grupo nunca será del todo pleno. La violencia de la novela no está solo en el accidente ni en el destino trágico del personaje, sino en el modo en que esa voz lo absorbe y lo reduce a su herida.
Leída desde hoy, la novela permite reconocer con mayor claridad que la masculinidad no aparece en ella como una esencia natural, sino como una exigencia social. Hay que crecer, competir, seducir, demostrar, conquistar un lugar entre los hombres, avanzar hacia el matrimonio y la vida adulta. Cuéllar queda fuera de ese rito. Su tragedia no consiste solamente en la pérdida física que lo marca, sino en haber quedado excluido del guion masculino que organiza su mundo. No es casual que el grupo lo acompañe y al mismo tiempo lo condene: lo acepta como amigo, pero nunca deja de recordarle que hay un umbral que no podrá cruzar. Vargas Llosa muestra así que la masculinidad, al menos en ese universo limeño de clase media, no es un dato natural sino una representación obligatoria, un examen continuo, una forma de pertenencia que se valida ante la mirada de los otros.
En ese sentido, Los cachorros puede leerse también como una novela sobre la crueldad social. No hablo solo de la crueldad visible del accidente inicial, sino de una más difusa y cotidiana, incrustada en la amistad, en las bromas, en los apodos, en la aparente normalidad con que un grupo de muchachos administra la diferencia. La herida de Cuéllar deja de ser solo un hecho traumático para convertirse en materia de lenguaje, en memoria compartida, en signo social. Ahí está una de las intuiciones más incómodas de la novela: que el daño no se consuma únicamente en el cuerpo, sino en la repetición verbal que lo fija y lo vuelve identidad. La violencia no necesita aquí uniformes, instituciones imponentes ni discursos grandilocuentes. Le basta con instalarse en la conversación, en la risa, en la lógica de la pandilla, en el modo en que una comunidad decide quién pertenece plenamente y quién quedará siempre al margen.
Eso me parece clave para pensar la relación de la obra con la realidad latinoamericana. Los cachorros no construye esa realidad a partir de grandes acontecimientos políticos ni de escenarios rurales o míticos, sino desde la vida cotidiana de una clase media urbana que a primera vista parecería ordenada, moderna, incluso respetable. Pero bajo esa superficie late una lógica feroz de jerarquías, mandatos y exclusiones. Vargas Llosa nos recuerda que América Latina no solo se juega en sus revoluciones, en sus dictaduras o en sus grandes fracturas históricas, sino también en esos espacios donde la normalidad social educa, castiga y reparte destinos. La identidad latinoamericana que aquí se dibuja no es folclórica ni monumental: es una identidad atravesada por la presión del grupo, por la vigilancia del cuerpo, por la necesidad de encajar y por el miedo a quedar fuera.
Desde esa perspectiva, la novela dialoga de un modo muy particular con el boom latinoamericano. Si muchas obras de ese periodo apostaron por ampliar la escala de la novela, por complejizar su arquitectura y por representar la historia continental en clave ambiciosa, Los cachorros demuestra que también en un formato breve podía concentrarse una exploración radical del lenguaje y de la experiencia social. No hay aquí la expansión totalizante de otras novelas del boom, pero sí una intensidad verbal y una lucidez formal que la inscriben de lleno en esa voluntad de renovación. Vargas Llosa experimenta con la voz, con el tiempo, con la perspectiva y con la respiración misma del relato. Y esa experimentación no es un mero alarde formal: sirve para construir un mundo donde la forma reproduce la tensión, la violencia y el desajuste de lo narrado.
También por eso la novela me parece tan vigente. No porque anticipe con vocabulario contemporáneo nuestros debates sobre género o violencia, sino porque deja ver, con una claridad literaria tremenda, mecanismos de exclusión que hoy podemos nombrar mejor. El machismo, el bullying, la presión de la masculinidad normativa, la reducción del individuo a un rasgo humillante, la fijación social de una herida: todo eso está ya en Los cachorros, pero no como tesis sociológica, sino como experiencia encarnada en el lenguaje. La novela no explica esos mecanismos; los hace sentir. Y quizá por eso sigue incomodando. Porque no nos deja refugiarnos en la idea de que la violencia pertenece siempre a ámbitos excepcionales. Aquí está incrustada en el habla, en la amistad, en el paso del tiempo y en la vida corriente.
Al releer Los cachorros descubrí, entonces, no solo una novela que conservaba intacta su potencia, sino una novela que me exigía un lector distinto del que fui. Antes recordaba sobre todo su anécdota escandalosa; hoy me quedo con la violencia de su lengua, con la crueldad de su voz de grupo y con la manera en que su forma misma encarna la exclusión de Cuéllar. Si la primera lectura me dejó la impresión de una historia fuerte, la relectura me reveló algo más perturbador: que la verdadera herida de la novela no está únicamente en el cuerpo del personaje, sino en el lenguaje que lo rodea, lo nombra y termina por encerrarlo. Tal vez algunos libros esperan justamente eso: que el lector envejezca para revelar del todo la incomodidad que llevaban dentro desde el principio.
Referencia
Vargas Llosa, M. (1998). Los cachorros. Los jefes. Lumen.