
Si te das una vueltecita de vez en cuando por las redes, te habrás dado cuenta de que la obra de Dostoievski ha sido redescubierta por una juventud hambrienta de lecturas crudas. Este resurgimiento, impulsado principalmente en TikTok y Reddit, resuena porque temas como la adicción, la ansiedad y la autodestrucción les pegan de frente; se sienten conectados a esa alienación y ese nihilismo que el viejo Fiódor diseccionó hace siglo y medio.
No es poca cosa: etiquetas como #Dostoievski o #BookTok alcanzan cifras de visualizaciones que ya quisieran muchos bestsellers actuales, y las editoriales, que no son tontas, ya se subieron al tren colaborando con influencers y booktubers. Pero más allá del fenómeno de ventas o del marketing, lo que me intriga es qué encuentran estos chavos en la oscuridad del ruso que los hace sentir tan identificados
Al revisar mi BookBuddy me llevé una sorpresa de esas que te obligan a cuestionar tu propia biografía: resulta que solo he leído “Crimen y castigo”. Me parece increíble porque, durante décadas, cargué con la certeza de ser un lector asiduo del ruso. Quizá fue la presencia constante de su obra en mis libreros —donde acumulo más de una docena de sus títulos—, o tal vez fue el impacto brutal que me dejó Raskólnikov en aquel verano setentero de mi juventud en el Distrito Federal. Estaba tan clavado, tan atormentado por su ‘dramón’, que mi memoria decidió, por sus propios pistones, que yo ya había pasado también por las páginas de “Los hermanos Karamázov”. Ahora me doy cuenta de que no; de que ese registro marcaba “no leído”.
Decidí subsanar ese hueco, pero no con cualquiera de las ediciones que me han mirado desde mis repisas desde los años 70. Primero investigué quién era el mejor traductor y así llegué a Rafael Cansinos Assens; luego busqué qué ediciones lo tenían disponible hoy. No hubo un plan riguroso para elegir el título. Fue la pura contingencia: “El jugador” fue el primero que conseguí con ese traductor. Me pareció una coincidencia adecuada, casi una señal, considerando que es una obra que nació de la propia urgencia económica de Dostoievski. Con esa edición sencillita de Austral bajo el brazo, me senté a saldar mi deuda.
Y entonces me llegó la segunda sorpresa: “El jugador” resultó ser una lectura ligera, muy alejada de los dilemas morales, la angustia y la paranoia que me habían marcado en “Crimen y castigo”. Y créeme, no es por su brevedad. He escuchado de tantas tragedias emocionales, financieras y sociales aquí en mi rancho provocadas por la adicción al juego —hoy tan accesible por la tecnología—, que me esperaba… no sé qué, pero cualquier cosa menos esa historia tan ¿divertida?, cargada de un humor ¿cínico?, que recorrí totalmente relajado, flotando como un globo.
Sugestiva, accesible y deliberadamente superficial, la historia que nos cuenta Alexéi Ivánovich es una mirada cargada de ironía a esa sociedad europea del siglo XIX: educada, ociosa y obsesionada con las herencias —tanto sociales como financieras—. Es el retrato de una época de transición, con esas rancias aristocracias dándose codazos con los nuevos ricos, todos presionando por reconocer y ser reconocidos en un escenario que se siente tan artificial como el casino mismo.
No soy jugador. Solo en un par de ocasiones he entrado a un casino; jugué poco y, curiosamente, gané. Quizá por eso el retrato que Dostoievski hace del ambiente y sus personajes me resultó tan cinematográfico: los veo como hámsters en la rueda. Jugadores corriendo obsesivamente con la ilusión de que avanzan hacia la riqueza, cuando en realidad permanecen en el mismo lugar, cada vez más exhaustos y sin recursos.
Sí, aunque breve, vigorosa, con capítulos cortos y de ritmo acelerado, “El jugador” es una novela de realismo psicológico light, sobre un tema serio y doloroso: la adicción al juego y a la capacidad de autodestrucción de los ludópatas. Pero también es una crónica de costumbres de la aristocracia rusa en Europa (balneario, ruleta, deudas, apariencias), así que anímate: “El jugador” resulta una lectura ideal para ingresar o regresar a Dostoievski.
¡Te leo!