“Lodo”, de Guillermo Fadanelli

De Fadanelli solo había leído Al final del periférico, una novela autobiográfica en cuya hoja de cortesía escribí: “¡Me encantó! Fadanelli llegó al sur profundo del Distrito Federal el mismo año que yo arribé. Desarraigados de nuestros barrios de la infancia para vivir la adolescencia allí, en el fin del culo del mundo: al final del periférico. (29-30 de diciembre del 2016, en Mazatlán, Sin.)”.

Y sí, disfruté tanto la novela de Fadanelli que mi madre, intrigada por mi goce, me cuestionó sobre la lectura. Al explicarle el contexto geográfico donde transcurre la novela —nuestros rumbos, a los que llegamos por el trabajo de mi padre—, me pidió que se la dejara. Sé que no la leyó, como pude confirmar en la siguiente visita, así que me la traje para regresarla a su estante junto con los demás libros de Guillermo.

Avenida Periférico, Villa Coapa, El Sardinero, Cuemanco, Cafetales y Rinconada Coapa son referencias urbanas donde mi pequeña ‘Colonia’, Acoxpa —partida por la mitad por la entonces poco transitada avenida Canal de Miramontes—, se integraba a lo que era el lejano confín del sur: un archipiélago de unidades habitacionales rodeado de terrenos baldíos y promesas de urbanidad que en esos años, principios de los 70’s, no terminaban de cuajar. Nunca me atreveré a decir que fui feliz allí, pero no niego que la lectura de Al final del periférico, en Mazatlán y junto a mi madre, me sacó lo mejor de los recuerdos de esos cinco años en los que viví mi exilio capitalino.

Hoy, por motivos académicos, dentro de la unidad sobre Narrativa Posmoderna Mexicana, me tocó en suerte la lectura de Lodo. Esta obra es considerada fundamental en la trayectoria de Guillermo Fadanelli, pues marca su madurez literaria y le permite sacudirse el estigma de enfant terrible. Con ella, logra trascender la ‘Literatura Basura’ que él mismo promovió en sus manifiestos de los noventa —inspirados en la movida española y el punk—, donde rechazaba el humanismo complaciente y las instituciones mediante el escarnio y el comentario subjetivo. En sus ensayos, Fadanelli critica la globalización, la democracia fallida en México y la dispersión intelectual, priorizando siempre la experiencia vivida sobre la erudición académica.

Cosas de la academia: confieso que ni enterado estaba sobre el Manifiesto de la Literatura Basura, publicado por Fadanelli y Naief Yehya en la revista La Pusmoderna allá por 1989. Es curioso, porque cuando uno deja de leer solo por vicio, curiosidad o entretenimiento y se mete al mundo académico, se entera de cosas que resultan extrañas para un ‘lector normal’ como lo era, lo fui durante más de 50 años.

Este movimiento, aunque efímero, fue una rebelión provocadora contra el ‘buen gusto’ y la academicización. Inspirados por el realismo sucio de Bukowski y Fante, decidieron abrazar la trash culture —con su humor negro y su absurdidad— para retratar una decadencia social que yo solo conocía a través de las páginas, pero que ellos ya estaban teorizando. Y conste que por aquí te he platicado sobre mi descubrimiento y admiración por la obra de Fante y Bukowski, por lo que mi ignorancia sobre la existencia de émulos mexicanos me apena.

Pero regresemos a Lodo e intentemos dejar atrás la academia. Lo primero es que me gustó, y mucho. Con esta novela, Fadanelli obtuvo el Premio Nacional de Narrativa Colima 2002 y fue finalista del prestigioso Premio Rómulo Gallegos, lo que validó su propuesta estética ante la crítica institucional. Y más allá de premios y reconocimientos, Lodo es una novela ¿de amor?, carretera y fracaso que me provocó una mezcla contradictoria de tensión, atracción y repulsión; esta última, generada por su protagonista, Benito Torrentera.

Escrita en primera persona por el propio Benito desde una celda —donde utiliza la escritura y la memoria para reconstruir los últimos tres meses de su vida y entender su ruina—, la historia nos presenta a un odioso profesor de filosofía cincuentón que se enamora obsesivamente de Flor Eduarda, dependienta de un Seven Eleven chilango quien, por una mezcla de malas decisiones y una cadena de errores, termina convertida en prófuga de la justicia. Esa relación lo arrastra a un viaje por Michoacán que concluye con él en la cárcel, lugar desde donde intenta descifrar cómo un ‘filósofo domesticado’ terminó perdiéndose por completo.

Torrentera es un intelectual alienado, misógino y autodestructivo. Obsesionado eróticamente, justifica la violencia y el crimen bajo la premisa de ‘vivir más e imaginar menos’, desplazándose voluntariamente a una periferia moral cargada de un pesimismo anarquista. Benito no genera simpatía, y esa es la victoria del autor: Fadanelli lo construye cruel y despiadado, lodoso en su apatía y su fracaso. Al final, el personaje funciona como una crítica mordaz al intelectual domesticado por una sociedad corrupta que, al intentar ‘despertar’, solo logra hundirse más.

Por otro lado, Flor Eduarda, conocida como Magdalena Gutiérrez con credencial falsa, es la joven dependienta de la tienda de conveniencia y prófuga de la justicia que desencadena la ruina de Benito Torrentera—impulsiva, maliciosa y carente de ‘sentido común’— encarna una suerte de violencia desocializada y libertad posmoderna. Ella rechaza las normas y vive en esos petits récits fragmentados, sin necesidad de los metarrelatos que obsesionan a Benito. Aunque intrigada por el profesor, Flor es ajena a su erudición (la filosofía, Revueltas). No es una víctima ingenua, sino una agente provocadora que se mueve con naturalidad entre la corrupción y los celos cotidianos de Michoacán.

Hoy, al terminar de escribir estas líneas, tomo la fotografía que acompaña este texto y ahí está Lodo, junto a Al final del periférico. Reconozco que la academia me ha quitado la inocencia: ya no puedo ser ese ‘lector normal’ que solo buscaba el goce de la trama. Ahora entiendo que el fango en el que se hunde Benito Torrentera es el mismo que acecha a cualquier intelectual que se olvida de la calle.

Al final, este recorrido por la periferia moral de Fadanelli me deja una certeza: aunque me haya tomado cinco décadas y un paso por la escuela descubrirlo, la literatura no está en los diplomas, sino en esa capacidad de sacudirnos el polvo —o el lodo— para vernos tal cual somos. Cierro el libro y, por un momento, vuelvo a estar ahí, en ese lejano confín del sur, agradeciendo que, a pesar de todo, la lectura siga teniendo el poder de dejarme con cara de what.

¡Te leo!

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