A partir de la lectura de Morirás lejos de José Emilio Pacheco, en la materia de Narrativas Mexicanas Contemporáneas de la Maestría, se confirma que las grandes obras resisten el olvido y la irrelevancia. Publicada en 1967 y considerada desde entonces una de las cimas de la narrativa experimental latinoamericana, la novela conserva buena parte de su fuerza en una época convulsa y violenta, donde el asedio y la intolerancia han cambiado de escenarios y protagonistas, pero no de lógica.

El texto es experimental no porque busque romper reglas por capricho, sino porque se niega a contar el horror como una historia ordenada. No hay una trama lineal ni personajes psicológicamente desarrollados, sino fragmentos, hipótesis y escenas que se repiten con variaciones, además de una voz narrativa que duda, corrige y se contradice. Leerla implica aceptar esa incomodidad: avanzar sin certezas, reconstruir sentidos a partir de restos y comprender que la persecución que la atraviesa no se presenta de forma clara ni cerrada, sino dispersa e insistente.

La intención no es asustarte con tecnicismos ni presentar Morirás lejos como una novela difícil en un sentido académico, pero sí advertirte que su lectura exige otra disposición. No se lee buscando una historia que avance con claridad ni respuestas inmediatas, sino aceptando la fragmentación, la ambigüedad y la repetición como parte de la experiencia. Leer Morirás lejos implica paciencia, atención y cierta tolerancia a la incomodidad: la de no entenderlo todo de inmediato y la de enfrentarse a un texto que, más que explicar, obliga a convivir con lo que plantea.

En la novela, la estructura desplaza deliberadamente a la trama. El texto entrelaza un plano de ficción contemporánea, centrado en eme y Alguien, un plano histórico vinculado con la persecución judía y segmentos metatextuales que reflexionan sobre la propia escritura. Todo está organizado como un montaje de fragmentos que no buscan continuidad, sino resonancia. El sentido no depende de una causalidad cronológica ni de un desarrollo narrativo tradicional, sino de las correspondencias que el lector establece entre escenas de acoso, vigilancia y exilio en distintos tiempos. Por eso la estructura no es solo una elección formal: obliga a mantenerse alerta y a aceptar que el horror no cabe en una forma narrativa estable.

Aunque Morirás lejos aborda uno de los horrores históricos más extremos del siglo XX, la novela no se construye a partir de escenas explícitas de violencia ni de un impacto emocional inmediato. El horror es aquí persistente: aparece en la repetición de los mecanismos de persecución, en la vigilancia constante, en la ambigüedad entre víctima y victimario y en la imposibilidad de cerrar del todo el sentido. Por eso la lectura no abruma por lo que muestra, sino por lo que insinúa y hace volver una y otra vez, obligándome como lector a reconocer que el mal no irrumpe solo como excepción, sino que puede instalarse como estructura.

Esa lógica se concreta desde la primera página con una escena casi banal: un hombre observa desde la ventana de su departamento a otro que pasa horas sentado en una banca de un parque, hasta que surge la sospecha de que, en realidad, ha sido él quien lo ha venido observando. La escena importa menos por lo que ocurre que por la tensión que instala: la vigilancia, la sospecha y la posible inversión de roles entre víctima y perseguidor, un mecanismo que atraviesa Morirás lejos de principio a fin.

En el texto, la escena del parque funciona como una miniatura del mecanismo histórico de la persecución judía. La vigilancia mutua entre los dos hombres —mirar, sospechar, interpretar gestos mínimos, anticipar una amenaza— reproduce, a escala cotidiana, la lógica del asedio: nadie sabe con certeza quién es víctima y quién verdugo, pero ambos actúan como si el peligro fuera inminente.

Lo que la novela me sugiere es que la persecución no empieza con los campos de exterminio, sino mucho antes: con la mirada que clasifica, con la sospecha persistente, con la idea de que el otro es una amenaza. Por eso el episodio del parque no es un caso aparte, sino el presente banal de una violencia histórica que se repite. El mismo patrón —vigilar, señalar, aislar, justificar— aparece tanto en la escena íntima de la ciudad como en los grandes episodios de la historia. Pacheco parece unir ambos planos para decirnos algo incómodo: el horror no pertenece solo al pasado ni a escenarios excepcionales; puede instalarse en un parque cualquiera, entre personas comunes, cuando la sospecha se normaliza y la persecución se vuelve rutina.

Esa es, quizá, la razón principal de la vigencia de la obra de Pacheco. Leída hoy, en un contexto donde los discursos de exclusión, el nacionalismo agresivo y el señalamiento del otro han vuelto al centro del debate público —basta pensar en fenómenos como el trumpismo—, la novela recuerda que los mecanismos del horror no desaparecen: se reciclan. Cambian los lenguajes, los escenarios y los protagonistas, pero persiste la misma lógica de sospecha, vigilancia y deshumanización. Morirás lejos no habla solo del pasado; advierte sobre un presente donde la persecución puede reaparecer con formas democráticas, mediáticas o cotidianas, y donde la memoria sigue siendo una forma activa de resistencia.

¡Te leo!