Son tantas las cosas que me gustaría contarte sobre esta novela, que tengo que empezar por el inicio. No recuerdo cuál fue el comentario, ni de quién vino. Probablemente, una reseña breve en YouTube, una frase escuchada en un podcast, una mención al pasar. Solo sé que fue lo suficientemente potente como para sacar el iPhone y comprar un libro sin agenda, sin proyecto, sin intención de “leer literatura japonesa contemporánea”. Así llegó La dependienta.

Desde Busca Libre España. Y ahí empezó a borrarse. El tiempo de envío hizo lo suyo: el impulso inicial se diluyó, el título dejó de significar algo, el libro se convirtió en un objeto más dentro del flujo constante de novedades que uno compra con entusiasmo y apila con culpa. Cuando finalmente lo tuve en las manos, ya no era “el libro que quería leer”, sino “uno más” entre decenas de pendientes.

Y entonces pasó lo más raro. Estaba leyendo El jugador, de Dostoievski. No tenía ningún motivo para interrumpirlo. Pero de camino al baño, vi La dependienta encima del baúl a pie de cama, la agarré casi sin pensarlo y me dije: mientras, “la hojeo tantito”. Eso pretendía: solo echarle un vistazo rápido. Además, creo recordar que llevaba encima un prejuicio: sin recordar la fuente del impulso, pensaba que quizá era una de esas novelitas japonesas raras, breves, de moda, medio juveniles, medio existenciales, bien vendidas por el exotismo y la corrección política. Y, joder: que me perdone Dostoievski, pero ya no la solté hasta terminarla. Literalmente, una sentada.

Keiko Furukura tiene 36 años y trabaja desde hace años en un konbini, una tienda de conveniencia en Tokio. Nunca ha tenido pareja y, más importante aún, nunca ha sabido “ser normal”: no entiende las reglas implícitas de la convivencia, no lee el aire, no decodifica lo que los demás dan por hecho. Pero en la tienda encuentra algo que la sostiene: un manual. Un guion exacto que le dice cómo hablar, cómo sonreír, cómo comportarse. El konbini se vuelve su refugio y su forma de pertenencia. El problema es que afuera esa vida resulta inaceptable. La familia, los compañeros y el entorno empiezan a presionarla para casarse o conseguir un empleo “serio”. Cuando aparece Shiraha, un empleado resentido y misógino, Keiko decide usarlo para montar una fachada de normalidad… y ahí empieza la verdadera incomodidad del libro.

Lo que hace Murata en La dependienta es brutal por lo silencioso: toma una vida banal —turnos, uniformes, frases hechas, rutina— y la convierte en un experimento sobre la normalidad. La novela trata del trabajo como dispositivo de conducta, del matrimonio como certificación social y de la feminidad como destino obligatorio. La presión no llega con golpes; llega con felicitaciones, consejos y ese “chantaje suave” que te dice: te falta algo.

Para lograr esto, la escritura de Murata destaca por una economía de recursos implacable: utiliza una prosa seca, funcional y despojada de adornos. A través de Keiko, una narradora que narra lo cotidiano como quien sigue un manual de instrucciones, la novela se estructura no como un drama, sino como un experimento clínico. Y es precisamente esa voz aséptica la que deja al descubierto la maquinaria social. Lo extraño no es Keiko: lo extraño es que el mundo solo la considere “persona completa” cuando puede ser leída como pareja, como mujer “en regla”.

¡Vaya novelón! Estaba tan sorprendido, tan… ¿incómodo?, ¿inquieto?, que ya no pude seguir leyendo como si nada. Pensé incluso que era mi ignorancia la que me estaba jugando una mala pasada, así que cerré el libro y fui a averiguar quién era esa autora capaz de hacerme sentir así con una historia mínima. Y ahí vino la segunda sorpresa: Sayaka Murata no era una rareza editorial ni una moda pasajera, sino una figura central de la literatura japonesa contemporánea, multipremiada, leída y discutida en su propio país, una autora plenamente legitimada que había escrito, con absoluta conciencia, esa incomodidad que a mí me había descolocado.

No estaba en mi radar. El universo literario es inmenso. No fue desidia ni pereza intelectual. Vale, La dependienta es la única obra de Murata traducida al español. Pero… en fin, lector tardío de grandes obras sí que soy. Pero se vale. Más tarde que nunca. Ahora sé lo que no tenía claro: Aunque Murata sea central en Japón, eso no garantiza traducción temprana, menos una buena distribución, crítica sostenida en español, o presencia en suplementos culturales latinoamericanos.

Así que aquí estoy: agradecido por ese comentario perdido que me empujó a comprar un libro sin plan, y más agradecido todavía por haberlo leído sin expectativas. La dependienta no me dejó una historia; me dejó una pregunta incómoda: ¿cuántas cosas en nuestra vida llamamos “normales” solo porque son mayoritarias, y cuántas violencias aceptamos disfrazadas de consejo y felicitación? No sé si Murata te gustará —no es una novela complaciente—, pero sí sé esto: después de Keiko, el mundo cotidiano suena distinto. Como si el manual estuviera ahí, zumbando, detrás de cada sonrisa correcta. Léela. Y luego me dices si también te dejó inquieta. ¡Te leo!

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