Me acerqué a “La próxima vez que te vea, te mato”, de Paulina Flores, con la curiosidad genuina de entender el ruido mediático que la rodea y con la disciplina de quien no suele abandonar una carrera a la mitad. Pero hay kilómetros que no valen el desgaste.

Conviene decirlo desde el inicio: estamos ante una novela psicológica y sentimental, inscrita en el realismo urbano contemporáneo y formulada como un “melodrama millennial con humor negro”. No pertenece al thriller ni a la novela negra; la violencia y el crimen aparecen subordinados al relato íntimo de una relación amorosa, enmarcada en el poliamor y la precariedad migrante.

La novela promete una exploración visceral del poliamor y de la precariedad millennial, pero en mis manos terminó siendo un ejercicio de estilo irregular. Me encontré con una prosa que tropieza en sus propios adverbios y con personajes —el novio pasivo, la amante perfecta— que nunca dejan de ser siluetas de cartón piedra.

Quizá sea una cuestión de educación sentimental. Acostumbrado a una literatura que utiliza el “yo” para indagar en la condición humana —como ocurre con Karl Ove Knausgård o Annie Ernaux—, aquí sentí que el “yo” de Javiera giraba en vacío, más preocupado por validarse que por comprenderse. No hubo empatía, solo ruido.

Y con una montaña de libros esperando, decidí que mi tiempo está mejor invertido en autores que, al mirarse el ombligo, nos ven a todos.

¡Te leo!

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