
Mientras leía la pregunta era inevitable : ¿qué interés puede tener para un mexicano una historia generacional sobre matrimonios amigos, situada antes y durante la Transición española, y además armada alrededor del ajedrez, un mundo al que soy completamente ajeno? La duda era real. Desde muy joven —desde la muerte de Franco, cuando tenía 18 años— he seguido con atención lo que ocurre en la llamada Madre Patria. He leído todo lo que ha caído en mis manos: ensayos, memorias, biografías autorizadas o no, crónicas y reportajes sobre aquellos años y sus protagonistas. Pero aun así, mirando los montones de libros por leer, era inevitable cuestionarme si valía la pena entrar en otro más sobre ese periodo.
Pero poco a poco comprendí que, más allá de mi interés, digámosle, “académico” por la Transición, más allá del decorado histórico, lo que realmente me atrapaba era una afinación íntima con muchos de los temas que Reig coloca sobre la mesa: el desengaño, la traición a las expectativas, las promesas políticas incumplidas, la culpa, el miedo, el paso del tiempo y ese ajuste de cuentas entre lo que creíamos que seríamos y aquello en lo que finalmente nos convertimos. Temas universales, aunque vayan vestidos de transición española.
He leído poco a Reig. Esta es apenas la segunda novela suya que llega a mis manos. En 2016 leí Todo está perdonado y, según mis notas, me gustó bastante; aunque, por lo visto, no lo suficiente como para seguirlo de inmediato. Como detalle curioso, terminé comprando esa novela en tres ocasiones distintas. No era simple despiste: antes de catalogar mi biblioteca solía dejarme llevar por el impulso lector. Si un libro tocaba alguno de mis intereses —la memoria, la desilusión política, el peso del tiempo— lo compraba convencido de que debía estar en mis estantes. Y por lo visto, Todo está perdonado insistía en volver a mí más de lo que yo mismo reconocía entonces. También influyó que se promocionaba como un “retrato realista e irónico de los años de la Transición”, un tema entrañable para mí, así que cada vez que lo veía en una mesa de novedades activaba ese reflejo automático de llevarlo a casa… aunque ya estuviera ahí.
Pero en esta ocasión adquirí —y lo tuve que traer desde España— “Un árbol caído”, publicada en 2015, porque El País la incluyó en una de esas listas que acostumbra difundir: la de las mejores novelas publicadas en el siglo XXI. Y, como ya he contado, desde hace tiempo intento que mi biblioteca reúna las mejores novelas escritas en español —sea o no este su idioma original— en lo que va de este siglo. Ahora bien, eso no justifica, creo yo, leerla de inmediato, saltándome tantos libros pendientes. Pero ese tema es más propio del diván. Mejor te cuento de la novela, antes de alargar más esta introducción.
Un árbol caído es una sátira feroz sobre la evolución de la clase media progresista española, desde el idealismo de la Transición hasta el cinismo del siglo XXI. A través de Johnny, un observador externo que investiga una muerte trágica en 2003, la novela alterna tiempos para desmontar la hipocresía de un grupo de amigos de la urbanización «El Tomillar». Estructurada como una partida de ajedrez, la obra utiliza el humor corrosivo para denunciar cómo la antigua militancia antifranquista se diluyó en un cómodo aburguesamiento, dejando tras de sí un legado de corrupción moral y «árboles caídos”.
La novela tiene una estructura que, de tan precisa, parece diseñada por un ingeniero. Reig alterna dos líneas de tiempo muy definidas. La primera es 1979, donde vamos conociendo las historias del grupo de matrimonios que conviven en la “urbanización” (como se dice en España). La segunda es 2003, cuando Johnny —el narrador— inicia una investigación a petición de Lola, madre de Javito y Teresita. Lola, todavía golpeada por la muerte de Javito por drogas, quiere reconstruir la historia familiar, atar cabos y encontrar algún sentido a lo que ocurrió en 1979 y en los años posteriores.
La investigación de Johnny —escritor de novelas de espionaje— no solo busca esclarecer la muerte de Javi, su mejor amigo. También pretende —con pleno sentido narrativo— descubrir quién fue el delator que traicionó a su madre y al resto de los miembros de una célula antifranquista. En paralelo, indaga en el regreso del exiliado Luis Lamana en 1979 y en los destinos de aquellos matrimonios amigos, intentando poner orden en el caos de la Transición como una especie de escritor-detective. Y, de paso, comprenderse a sí mismo en un último intento por recuperar a la mujer que nunca lo quiso, mezclando su deseo personal con una especie de ajuste ético generacional.
La novela se cierra con Johnny estrellándose contra una verdad que el lector intuye desde muy pronto. Lejos de ser un spoiler, esta certeza subraya la tragedia: lo que emerge al final no es una resolución heroica, sino la constatación de una traición moral que atraviesa a toda una generación. No hay redención posible; apenas queda la resignación que deja tras de sí un árbol caído
La prosa de Rafael Reig acompaña el desmontaje de sus personajes sin alzar la voz: es directa, incómoda y no busca embellecer a nadie. Avanza con una ironía sostenida que los va desgastando poco a poco hasta dejarlos expuestos, sin épica ni coartadas morales.
Quizá por eso la novela merece ser leída. Más allá de su anclaje histórico, la novela ilumina una herida que no es exclusiva de España: la distancia entre lo que soñamos ser y lo que, a fin de cuentas, terminamos siendo. Reig no ofrece consuelo, pero sí una lucidez que incomoda y permanece. Y eso, al menos para mí, es razón suficiente para recomendarla. !Te leo!