Inicié la lectura de la novela de Uclés con la expectativa de no terminarla. Se trataba, después de todo, de la novela del año en España, un verdadero best seller recomendado y aclamado en redes, lo que hizo que tardara más de un año en conseguirla: siempre estaba agotada y, para colmo, no llegaba a México. La hermosa edición de pasta dura que me envió Siruela aumentaba su peso, convirtiéndola en un “tocho” tan bello como incómodo de maniobrar. Pero no era el peso lo que me generaba el recelo, sino los diversos comentarios que había leído sobre la utilización del realismo mágico en la narrativa y el hecho de que la temática de la novela fuera la Guerra Civil Española, contada por un joven desconocido.

A pesar de todo, reconozco que muy pronto me encontré enganchado en la historia de la familia Ardolento, que vive en el pueblo ficticio de Jándula. Allí, la familia funcionaba como una especie de metáfora de una España rota donde el maltrato, la injusticia y la memoria se entrecruzaban, creando una trama compleja y emocionalmente intensa que terminó por atraparme. Los miembros de la familia Ardolento y los habitantes de Jándula conforman un panorama de relaciones tensas, lealtades, traiciones, miedos y esperanzas en medio de la descomposición social provocada por la división de las ideologías políticas en pugna.

En esencia, la novela narra la desintegración total de la familia Ardolento durante la Guerra Civil Española (1936-1939), reimaginada en un territorio ficticio llamado Iberia, una fusión imaginaria de España y Portugal. Ambientada en el pueblo rural de Jándula —trasunto de Quesada, Jaén—, la historia sigue a esta extensa familia de olivareros —unos cuarenta miembros al inicio— que se desintegra por completo en solo tres años debido a la violencia bélica. Esto deja tras de sí un paisaje de casas vacías que simboliza el trauma colectivo. El relato arranca en una noche primaveral de 1936, con Odisto Ardolento esperando el nacimiento de un hijo —un presagio del naufragio familiar y nacional—, y culmina en el exilio y la ausencia total.

La principal novedad de la novela resulta de la utilización del realismo mágico para narrar la Guerra Civil española, combinando hechos históricos con elementos fantásticos incorporados en la vida cotidiana y creando un relato que mezcla lo real con lo inverosímil de manera natural. Así, en La península de las casas vacías, el personaje de María pierde 160 kilos de peso en una sola noche. Esta pérdida, extrema e improbable, se presenta dentro del relato no como un hecho fantástico, sino como una realidad simbólica y metafórica que refleja el impacto brutal de la guerra y el desgaste físico y emocional de los personajes.

La misma estrategia se aplica a episodios colectivos: la novela introduce fenómenos sobrenaturales —terremotos que secan la Laguna Negra, quiebres en catedrales y acueductos romanos—, mientras la radio emite las arengas de Queipo de Llano y se suceden masacres en Jándula junto con eventos históricos reales (Badajoz, Guernica, Paracuellos o la Desbandá). De esta forma, el realismo mágico actúa como un filtro poético que atenúa la brutalidad, simbolizando el caos bélico y el vacío existencial.

Otro elemento que me llamó poderosamente la atención fue la figura del narrador. Uclés rompe la cuarta pared mediante un narrador que es, explícitamente, un alter ego llamado “David”, quien asume una posición de “dios creador” desde la que observa, dispone, enjuicia y manipula los acontecimientos con total libertad. Este narrador autor-omnisciente- domina el relato como un juego posmoderno: accede a los pensamientos y destinos de todos los personajes, describe paisajes míticos como Jándula con exuberancia y rompe constantemente la cuarta pared al dialogar con los personajes (incluso con Franco), con el lector y consigo mismo. Además, reflexiona sobre su propio proceso creativo e ironiza sobre el estilo: por ejemplo, advierte cuando la realidad histórica supera la ficción al citar tácticas reales de Franco con embalses y dinamita (“Parece realismo mágico, pero fue tal que así”), e incluso abandona el recurso fantástico en la segunda mitad para priorizar el cierre histórico.

Esta voz dominante, que alterna lirismo, épica, humor y tragedia con las perspectivas de los personajes, crea un tono íntimo, oral y de complicidad, manteniendo la cercanía emocional pese a la distancia histórica. Sin embargo, este recurso ha generado debate: mientras que para algunos enriquece la reflexión ética, para otros resulta forzado, plano o carente de simbología profunda. Personalmente, confieso que a ratos me divertía, pero en otros momentos, me estorbaba.

En resumen, La península de las casas vacías cuenta con una estructura narrativa compleja y cuidadosamente elaborada. Su prosa denota un trabajo artesanal, casi compulsivo, que roza la obsesión en su construcción depurada y rica en detalles. El manejo literario incluye un coro de cuarenta personajes muy bien ensamblados, lo que contribuye a que la novela sea densa pero coherente y sólida. Todo ello sostiene una obra amplia, ambiciosa y profunda que combina el rigor histórico con una poderosa creación literaria y simbólica, y que me fascinó por su cohesión y su ritmo implacable.