Lo he comentado en diversas ocasiones y, aunque suene pretensioso y egocéntrico, lo repito de nuevo: fui el primer graduado de la Universidad Virtual del ITESM con la maestría en comercio electrónico, allá por el ya lejano 2001. Por eso, que hoy esté cursando otro diplomado y otra maestría completamente en línea en 2025 no me representa ninguna novedad.

Lo que sí me sorprende —y, lo confieso, a veces me incomoda— es algo que quizá tú, si eres novato en este modelo educativo, ni siquiera has notado: la ausencia total de cámaras encendidas. Que el micrófono esté apagado, se entiende. Para eso puedes “levantar la mano” y, cuando te la conceden, encender el micrófono y participar. Pero ni los compañeros y, en ocasiones, ni siquiera el propio maestro se anima a aparecer en pantalla. En la sesión “en vivo” solo ves la presentación, escuchas la voz del tutor en off y, a veces, la monotonía es tan enorme que te preguntas cuál es el sentido de conectarte. Y no todas las materias cuentan con clases sincrónicas: de cuatro que llevo, dos son solo videos. Como son opcionales, estoy seguro de que pocos los ven.

El caso es que estamos en campus universitarios virtuales donde la invisibilidad es la norma. Y, aunque pueda sonar exagerado, esa invisibilidad académica tiene un costo humano y pedagógico que creo que es enorme.

Al principio pensé que se trataba de un tema generacional. En la única sesión donde pude intercambiar opiniones en vivo con el maestro y un compañero, ambos insinuaron que la razón era la resistencia de los jóvenes. Podríamos simplificar diciendo que los jóvenes no encienden la cámara por pena o ansiedad social, o que los adultos prefieren no mostrar su casa. Y sí, eso ocurre… pero me puse a investigar y descubrí que los estudios más serios coinciden en algo distinto:

La cámara apagada no es un tema de edad.

Es un fenómeno cultural que se normalizó después de la pandemia.

Las razones que se repiten en investigaciones educativas en todo el mundo son sorprendentemente consistentes:

• Privacidad: muchos no quieren exponer su hogar o su espacio personal.

• Fatiga de videollamada: la temida *Zoom fatigue* es una realidad física y mental.

• Autoimagen: no todos disfrutan verse en pantalla durante horas; genera autoconciencia excesiva.

• Distracciones inevitables: ruidos, hijos, mascotas, movimiento constante en casa.

• Normas sociales: si nadie prende la cámara, tú tampoco quieres ser el único que rompe la regla no escrita.

Y cuando el profesor tampoco aparece, el mensaje implícito es clarísimo: “Aquí no hace falta mostrarse.” El grupo simplemente se adapta y el silencio visual se vuelve ley.

La diferencia: mi experiencia en la Universidad de Salamanca

Mi experiencia cursando el Máster en Escritura Creativa y, más recientemente, la Certificación en Literaturas Digitales y la IA de la Universidad de Salamanca, también en modalidad virtual, fue completamente distinta. Increíble, incluso.

Durante dos años en la primera y tres meses en la segunda, tuvimos una sesión en vivo cada semana, un espacio donde el profesor aparecía, hablaba, discutía y, sobre todo, se dejaba ver.

Además del Foro de Discusión Académico, existía una “cafetería virtual”, un foro que funcionaba como el pasillo de la facultad: ahí dejábamos constancia de nuestra vida, compartíamos lecturas, contábamos pequeñas victorias, dudas, hallazgos. Era una convivencia que trascendía los foros académicos obligatorios y convertía la experiencia en algo sorprendentemente parecido a mis años universitarios en los 70.

Supongo que mucho tuvo que ver el contexto: estudié ese máster en plena pandemia (2019–2021), un tiempo en el que todos buscábamos contacto humano de cualquier manera posible. Y quizá por eso la comunidad se volvió más cálida, más presente, más real, aunque nos separaran miles de kilómetros.

Hoy, en cambio, muchas plataformas educativas han eliminado esa dimensión humana, justo la que hacía que estudiar en línea no se sintiera como estar solo frente a una pantalla.

El cambio del modelo educativo: más práctico, menos humano

Después de la pandemia, la tendencia fue clara: las universidades y plataformas adoptaron modelos mucho más asincrónicos. ¿Por qué?

• Son más baratos de operar.

• Evitan problemas de horario entre zonas geográficas.

• Permiten grupos más grandes y escalables.

• Exigen menos presencia y preparación por parte del docente.

• Facilitan la administración de cursos sin interacción real.

Pero este modelo tiene un precio altísimo: la comunidad desaparece.

Estudiar en línea nunca significó estudiar solo. Pero cuando no ves a nadie —ni compañeros, ni maestro— la experiencia se vuelve fría, distante y, en ocasiones, profundamente desmotivadora.

Yo vengo de una tradición donde la educación en línea buscaba compensar la distancia con humanidad, no reforzarla.

Los profesores encendían la cámara.

Los alumnos también.

Te presentabas, dabas tu nombre, debatías, te equivocabas, aprendías con otros. Había un esfuerzo consciente por “ser visto”.

Hoy me encuentro con algo que se parece más a ver un video de YouTube con tareas que a una clase.

Y sí, entiendo y valoro la eficiencia del modelo actual, pero echo de menos la presencia, la mirada, el rostro del otro.

¿Qué dicen los estudios sobre prender la cámara?

Los datos no mienten. Los estudios muestran que activar la cámara:

• Aumenta la retención del contenido.

• Mejora la motivación y el compromiso del estudiante.

• Reduce la deserción.

• Fortalece la relación alumno–profesor.

• Construye comunidad y sentido de pertenencia.

Nada de esto es menor. Y, sin embargo, se está perdiendo en favor de la conveniencia.

La pregunta final

Si prender la cámara no cuesta más que un clic,

si la tecnología ya está integrada en cualquier dispositivo

y si los beneficios pedagógicos y humanos son tan claros…

¿por qué estamos aceptando la invisibilidad como la nueva normalidad?

No tengo la respuesta completa. Pero sí tengo la convicción de que la educación en línea —la buena, la que deja huella— necesita recuperar algo esencial:

La presencia.

La mirada.

El rostro del otro.

Porque aprender sin vernos puede ser práctico, incluso más barato, con opciones como los cursos completos a 99 pesos de Udemy; pero independientemente del supuesto valor o prestigio que otorga el “papelito” universitario, aprender viéndonos es profundamente más humano.