
No sé ni cómo empezar a poner en orden la cantidad de sensaciones, sentimientos y reflexiones que me ha provocado esta pequeña joya de la literatura universal. Por esas cosas extrañas de la vida no la había leído y, lo que resulta todavía más curioso —si conocieras mi biblioteca lo entenderías—, tampoco la tenía. Y es que “Bartleby, el escribiente” pertenece a esa categoría de textos que todos creemos haber leído, pero que en realidad muy pocos han leído de verdad.
De Herman Melville solo tenía en mis libreros “Moby Dick”, “Benito Cereno” y “Billy Budd, el marinero”. Asustado por la fama de la primera —tachada con frecuencia de “difícil” o “aburrida”—, no la había leído, aunque sé que su mala prensa no se debe a una falta de valor, sino precisamente a su complejidad, ambición y naturaleza híbrida, que la hacen distinta de casi todo lo publicado en el siglo XIX.
Pero hete aquí que, en la materia “Fundamentos de la creación literaria”, dentro del tema “La noción del personaje”, tenía como una de las lecturas “Bartleby, el escribiente”. Así que aproveché la ocasión para cumplir con la escuela y, de paso, conocer a Melville. Y si ya te quieres ir, lo único que puedo decirte antes de que lo hagas es que la leas en cuanto tengas oportunidad: es una breve joya de la literatura. Y si decides quedarte, deja intento explicarte por qué te lo digo.
Todo empieza con un abogado que contrata a un nuevo escribiente para su despacho. Nada extraordinario, hasta que el recién llegado, un hombre pálido y reservado, comienza a responder con una frase que se repite como un eco: “Preferiría no hacerlo”. Cuando leo esa frase, respingo en el asiento y mi cerebro acelera a mil por hora, intentando descifrar por qué me resonaba tanto, la frase y la escena. ¿Una película? ¿Una serie? Buscaba respuestas mientras continuaba, inquieto, la lectura.
Déjame decirte que aún no logro recordar por qué me sonaba tan familiar la trama. Mis huellas digitales en Google, la IA y YouTube no resolvieron el misterio. Pero estaba tan inmerso en la lectura que dejé de preocuparme y me concentré en la historia, narrada en primera persona por el abogado: el jefe de Bartleby, quien con una voz serena y ligeramente ingenua nos introduce al peculiar ambiente de su despacho, habitado por él mismo, Bartleby, Turkey —el copista veterano—, Nippers —joven y ambicioso— y el chico de los recados, Ginger Nut.
Todo en la oficina parece regido por la monotonía. Turkey y Nippers se alternan en sus horas de lucidez y exasperación; Ginger Nut entra y sale haciendo encargos; y el narrador observa, organiza, firma y calcula. Hasta que un día aparece Bartleby. Silencioso, pulcro, incansable, obedece sin quejarse. Trabaja de pie frente a su pupitre junto a la ventana, copiando documentos con una precisión casi sobrehumana. El abogado no puede creer su suerte: por fin un empleado sin vicios ni manías.
Pero todo cambia cuando le pide algo distinto: revisar un documento en voz alta junto con los demás. Es entonces cuando Bartleby responde, con la calma que desconcierta más que un grito: “Preferiría no hacerlo”. No hay desafío ni rebeldía, solo una negativa suave y absoluta. Una resistencia pasiva que, desde ese momento, empezará a desmoronar la disciplina del despacho y a perturbar la conciencia del narrador.
Poco a poco, la rutina del despacho comienza a resquebrajarse. Bartleby deja de copiar, deja de salir, deja de hablar. Permanece quieto frente a la ventana que da a un muro de ladrillos, inmóvil, como si contemplara el vacío. El narrador, que al principio lo observa con la irritación de un jefe ante un empleado inútil, empieza a sentir algo distinto: una mezcla de desconcierto, compasión y culpa. Intuye que detrás de ese silencio hay un sufrimiento que no sabe nombrar, una forma de renuncia que lo enfrenta con su propia comodidad. La oficina, antes tan ordenada, se convierte entonces en escenario de un conflicto moral: la lucha entre la ley del trabajo y la ley de la conciencia.
Narrada con una prosa limpia, controlada y de una modernidad sorprendente, donde cada palabra parece elegida para crear atmósfera: la oficina gris, la ventana ciega, el muro de ladrillos, la voz monótona del abogado. El relato avanza con una estructura de revelación lenta: inicia como una comedia de oficina. Pasa por el desconcierto y culmina con un drama silencioso. No es un thriller, aunque no te despegas de la lectura. Nada ocurre de manera espectacular; todo cambia por la suma de pequeños gestos.
No quiero aburrirte con academismos, pero como la lectura tiene que ver con mi materia sobre la creación literaria, puedo comentarte que Bartleby se convierte en un ejemplo perfecto de la modernidad del personaje literario: ya no actúa, ni explica, ni obedece la lógica de la trama tradicional; simplemente existe, resiste, y desde su inacción revela una profundidad psicológica que descoloca tanto al narrador como al lector.
Bartleby, el escribiente es una de esas lecturas que parecen pequeñas hasta que las terminas. En pocas páginas, Melville encierra una reflexión inmensa sobre el trabajo, la rutina y la soledad moderna. Bartleby, con su simple frase —“Preferiría no hacerlo”—, abre una grieta en la obediencia y nos enfrenta con algo que no queremos mirar: nuestra propia resignación. No grita, no se rebela, solo calla… y ese silencio pesa más que cualquier discurso.
Si alguna vez has sentido el deseo de detenerte en medio del ruido del mundo, léelo. Es un relato breve, luminoso y triste, que uno termina cerrando en silencio, como si acabara de escuchar una verdad incómoda.
Te leo!