Mucho tiempo sin reseñar mis lecturas. Cuando el tiempo se vuelve limitado, la elección entre leer y escribir no es difícil: basta con mirar mis libreros y sentir, con la ansiedad de un adicto, la llamada de todos esos libros que aún no he leído y que quiero leer. Entonces me centro en lo esencial: el disfrute de la lectura. Aun así, no pierdo la esperanza de que algún día retomaré no solo el hábito, sino también el ritmo de reseñar lo que leo.

La grata sorpresa que me llevé con la lectura de «Los virtuosos», una novela del hasta hoy desconocido —para mí, obviamente— escritor argelino Yasmina Khadra, me confirmó algo que siempre sospecho: que los grandes libros llegan cuando tienen que llegar. Entré en sus páginas sin expectativas y terminé atrapado por una historia intensa, poblada de personajes que respiran verdad y de un trasfondo histórico que nunca pesa, sino que empuja la narración hacia adelante.

Yasmina Khadra es el seudónimo del escritor argelino Mohammed Moulessehoul, nacido en 1955 en Kenadsa, cerca de Béchar, Argelia. Eligió firmar con nombre femenino para evitar la censura militar, ya que era oficial del ejército y no podía publicar libremente con su identidad real. Más tarde explicó que también fue una forma de rendir homenaje a su esposa, quien lo acompañó en ese camino literario. Autor de más de treinta libros —algunos llevados al cine o adaptados al teatro— ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos el Grand Prix de Littérature Henri Gal.

Ficción histórica, “Los virtuosos” arranca en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Allí conocemos a Yacín Cherraga, un joven humilde de un pueblo argelino, hijo mayor de una familia numerosa. Engañado con falsas promesas por el caíd Brahim —una especie de tirano local y representante del poder colonial—, Yacín es obligado a sustituir a su hijo supuestamente enfermo y a alistarse en el ejército francés, mientras el caíd busca así salvar la honra y la imagen de su familia.

Enviado al frente francés bajo el nombre de Hamza Busaíd, Yacín comparte las trincheras con Sid, Zorg, Horr, Mabruck y otros argelinos arrancados de sus pueblos, todos víctimas de la misma maquinaria colonial que los sacrifica en nombre de Francia. Allí, entre el fango, el frío y la podredumbre, la vida se reducía a esperar la siguiente explosión o la orden de avanzar hacia una muerte casi segura. El hambre, el miedo y los cuerpos destrozados se mezclaban con los gritos de los heridos y el silencio de los que ya no volverían. Nada había de gloria en aquel frente: solo la certeza de ser piezas desechables en una guerra que no era la suya.

Terminando la guerra con el grado de cabo, al regresar a casa, Yacín descubre que nada es como lo había soñado en las trincheras. Su familia ha desaparecido y el caíd Brahim, lejos de reconocer su sacrificio, intenta asesinarlo para borrar cualquier rastro de su engaño. Yacín logra escapar de la emboscada y, con la esperanza como única brújula, parte en busca de los suyos. Esa huida abre un nuevo capítulo en su vida: un viaje marcado por pérdidas, desencantos, rupturas y regresos; por la violencia y la obstinada necesidad de resistir, pero también por la amistad y la posibilidad del amor.

Como novela, «Los virtuosos» se sostiene en varios valores literarios que la convierten en una lectura poderosa. Contada por un narrador omnisciente, que sabe lo que sienten y piensan los personajes, que se mete en su intimidad, cargado de lirismo, de juicios velados, de empatía hacía los humildes y de dureza hacia los infames, déspotas, opresores y tiranos.

El protagonista está trazado con hondura: no es héroe ni mártir, sino un hombre vulnerable que encarna la dignidad de resistir. A su alrededor, Khadra despliega una galería de personajes que, aunque secundarios, respiran vida y aportan al retrato coral de una sociedad desgarrada. 

Su estructura es amplia, ambiciosa, pero sin complicaciones, pues sigue a Yacín durante varias décadas, combinando con naturalidad episodios de guerra, cárcel, búsqueda y amor.  La prosa es sobria y al mismo tiempo lírica: frases directas, cargadas de imágenes y metáforas contenidas que dejan huella sin necesidad de alardes. El ritmo alterna la crudeza de la batalla con pasajes reflexivos, creando un equilibrio entre acción y contemplación. En conjunto, una novela épica e íntima a la vez, escrita con pulso firme. 

Por cierto, como confesé, es la primera vez que leo a Yasmina Khadra y no tengo con qué comparar su estilo original en francés. Pero sí sé cuando un texto en español fluye con naturalidad y, en este caso, me llamó la atención desde el principio. La traducción de Wenceslao-Carlos Lozano no pasa desapercibida: hay un cuidado en el ritmo, en las imágenes, en la manera de dejar que la prosa respire, que hace que la novela se lea con gusto. Luego supe que Lozano ha traducido muchas de las obras de Khadra y que es un especialista en este terreno. No me sorprende: esa experiencia se percibe, incluso para un lector que llega aquí sin bagaje previo del autor.

En fin, «Los virtuosos» me ha reconciliado con la escritura de reseñas: no solo porque es una gran novela, sino porque me recordó lo que significa leer con la certeza de estar ante una historia necesaria. En la vida de Yacín caben todas las heridas de un pueblo: la injusticia, la traición, la guerra, el desarraigo; pero también la obstinación por vivir, por buscar a los suyos, por no claudicar. Esa mezcla entre lo íntimo y lo épico, entre la pequeña historia de un hombre y la gran historia de Argelia, es lo que da fuerza al libro.

Khadra escribe con un lirismo que nunca entorpece la narración, al contrario: ilumina. Sus personajes, aun los más breves, tienen carne y voz. Y aunque la trama nos arrastra por escenarios duros —trincheras, prisiones, desiertos—, la prosa mantiene un pulso sereno que permite avanzar sin caer en la desesperanza. Esa es quizá la mayor virtud de la novela: hablarnos de la barbarie sin renunciar a la belleza del lenguaje.

No sé si leeré pronto otra obra de Khadra, pero tengo claro que esta no será la última. Mis libreros están llenos de pendientes y, como siempre, me inquieta la ansiedad del adicto frente a tanto libro por descubrir. Sin embargo, «Los virtuosos» me hizo recordar que, además de leer, me gusta detenerme a escribir sobre lo leído. Y si escribir reseñas significa volver a dialogar con los libros, esta novela ha sido el mejor punto de partida para recuperar el ritmo perdido. Te leo.