
(Versión breve inspirada en un artículo reciente sobre IA y escritura)
La inteligencia artificial promete facilitar la vida en muchas áreas: investigación, medicina, educación… incluso la planeación de vacaciones. Pero también encierra un riesgo profundo: ofrecernos la ilusión de que podemos pensar bien sin esfuerzo. Y eso, simplemente, no es posible.
Un estudio del MIT mostró que los ensayos escritos con IA incluyen más datos y definiciones, pero menos variedad de ideas. Además, quienes usaron IA tuvieron mayores dificultades para recordar o citar sus propios textos. La escritura se volvió ajena, no interiorizada. Los que pensaron por sí mismos, en cambio, mostraron mayor comprensión y conexión con su trabajo.
Pero lo más inquietante fue lo neurológico: usando electroencefalogramas, los investigadores observaron que quienes escribieron sin ayuda tecnológica presentaron mayor conectividad cerebral. Los que usaron IA, la menor.
Pensar fortalece la mente. Delegar todo a la IA puede ser eficiente, sí, pero nos debilita. La pregunta clave es: ¿queremos ahorrar tiempo o aprender? ¿Queremos producir o pensar? La IA puede ser aliada, pero no reemplazo.
En tiempos donde la escritura académica está en crisis, sería saludable hablar más —y sin ingenuidad— sobre las formas en que usamos (o abusamos de) esta tecnología.